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| 11/11/1996 12:00:00 AM

UN NOBEL PARA RECORDAR

El premio de la paz otorgado a dos timorenses pone la tragedia de su pueblo ante los ojos del mundo.

UN NOBEL PARA RECORDAR UN NOBEL PARA RECORDAR
Mientras que los países del mundo industrializado se declaraban a favor de la democracia y defendían los derechos humanos, un tercio de la población de la isla de Timor desaparecía bajo la violencia indonesia. El genocidio, la tortura, la represión de la identidad cultural y religiosa, los asentamientos forzados de musulmanes y la persistencia de la guerrilla han caracterizado la situación del territorio de Timor Oriental durante los 21 años que han pasado desde la invasión de Indonesia a la isla. Este país, que parecía olvidado o desconocido por la mayoría del mundo, salió del anonimato con el nombramiento de los Premios Nobel de Paz, José Ramos-Horta y Carlos Belo. Indonesia invadió a Timor Oriental en 1975 justo cuando el territorio recibió la independencia después de cuatro siglos de dominación colonial portuguesa. Desde ese momento estalló la violencia entre los timorenses, de religión predominantemente católica y cultura portuguesa, y las fuerzas indonesias. Un año más tarde Indonesia anexó formalmente la isla como su provincia número 27. Sin embargo esta apropiación de un país por otro no fue reconocida por la Organización de las Naciones Unidas. Desde entonces las autoridades indonesias han empleado su potencia militar para reprimir el movimiento independentista. La lucha de los timorenses por mantener su efímera independencia dejó un saldo de 210.000 muertos en una población de 650.000 habitantes. Una situación que fue calificada por Amnistía Internacional como un "genocidio impune". En términos de derecho internacional, la ONU reconoce a Portugal como la 'potencia administradora' de su ex colonia hasta que se complete el proceso de independencia mediante un referendo. Por otro lado, el régimen de Jakarta justifica la invasión con el argumento de que liberó a la isla de 450 años de colonialismo portugués y afirma que Indonesia hizo más por el desarrollo de Timor en dos décadas que Portugal en más de cuatro siglos. En medio de estos debates y de la violencia subyacente, José Ramos-Horta, coordinador del Consejo Nacional de Resistencia, y el arzobispo católico Carlos Belo, recibieron el Premio Nobel de Paz por sus esfuerzos en pro de lograr una solución pacífica en el territorio portugués de Timor. El presidente del comité del Premio Nobel, Francis Sejersted, afirmó que "Belo ha sido el más destacado representante del pueblo de Timor del Este. Bajo riesgo de su propia vida ha tratado de proteger a su pueblo de las intromisiones de quienes están en el poder". El obispo Belo dijo que su premio es una victoria para todos los timorenses. Por otro lado, el comité declaró que "Ramos-Horta ha sido el principal portavoz internacional de la causa de Timor desde 1975 cuando Indonesia asumió el control de la isla". Ramos-Horta asegura que se siente feliz pero también triste porque, según él, quien debió recibirlo es el líder de la organización política Xanana Gusmao, quien se encuentra en prisión después de haber sido capturado por las fuerzas de seguridad y sentenciado a 20 años de prisión. Esta decisión del comité del Premio Nobel parece seguir la tendencia de jugar un papel importante en los países en conflicto. El premio en 1980 fue para el argentino Adolfo Pérez Esquivel, y resultó un abrebocas de la caída del régimen militar de su país. En 1984 fue para Desmond Tutu, el líder de la Iglesia Anglicana de Suráfrica que luchó contra el apartheid y demostró a la comunidad internacional que la discriminación racial era derrotable. Cinco años más tarde, en 1989, el líder espiritual del Tíbet, Dalai Lama, fue el ganador de este premio en función de la independencia de su pueblo. En 1992 Rigoberta Menchú fue premiada por su defensa de los derechos humanos de los indios de Guatemala. Gracias al reconocimiento de José Ramos-Horta y de Carlos Belo por su lucha contra los atropellos indonesios, la tragedia de Timor Oriental se pone, tal vez por primera vez, en el foco de la atención internacional. Se trata de un fuerte revés para el gobierno indonesio, cuyo presidente Suharto acusa ya el deterioro de más de 30 años en el poder. La pregunta es si el premio logrará producir resultados que alivien la situación de los oprimidos habitantes de Timor Oriental.

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