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| 5/30/1994 12:00:00 AM

UN NUEVO PAIS

Después de las primeras elecciones universales, Suràfrica jamàs serà la misma. ¿Qué tanta paz habrá?

UN NUEVO PAIS, Sección Mundo, edición 626, May 30 1994 UN NUEVO PAIS
LAS FILAS INTERMINABLES DE SURAFRICAnos negros dispuestos a votar por primera vez en sus vidas, resultaron el mejor índice del fracaso de los atentados terroristas que, en un intento desesperado por cambiar el rumbo de los acontecimientos, cometieron algunos militantes de grupos extremistas de derecha. El entusiasmo por votar contra viento y marea pareció demostrar que el camino de Suráfrica no tiene regreso.
Sin embargo, en este momento crucial de la historia de ese, el país potencialmente más rico del Africa, la pregunta es qué tanto va a sobrevivir la precaria paz de una nación atravesada por diferencias raciales estimuladas durante años por el propio Estado.
Sin que se sepan los resultados de las elecciones celebradas a lo largo de tres días, una cosa es segura: el próximo presidente de Suráfrica se llama Nelson Mandela, el mismo hombre que durante años fue considerado tan peligroso que era prohibido publicar su imagen y hasta mencionar su nombre en los medios.
El reto es enorme, porque durante los 46 años en que el apartheid fue la base legal de Suráfrica, el régimen del Partido Nacional dividió a los surafricanos no solamente entre blancos y no blancos, sino por las etnias negras. De hecho, desde que se inició la última fase del proceso hace cuatro años, cuando el Congreso Nacional Africano fue sacado de la ilegalidad, la mayor parte de los 13.000 muertos ha perecido por disputas entre los mismos negros. Al fin y al cabo allí comparten el territorio los matabele, los zulúes, los tswanas, los xhosa (la etnia de Mandela), los sotho, los ndebele, los shangaan, entre otros grupos negros. A su lado, están los inmigrantes de origen indio, y los afrikkaaners, blancos europeos descendientes de los bóers.
Los blancos, que apenas alcanzan al 14 por ciento de la población, son quienes más tienen que temer, especialmente durante la vigencia de una confusa Constitución interina; pero también es cierto que fue el partido nacional del presidente Frederick de Klerk, quien venció en franca lid a los extremistas en las elecciones de hace tres años para allanar el camino hacia la plena igualdad de los habitantes.
Al fin y al cabo, De Klerk pasará a la historia como el presidente que interpretó con pragmatismo la realidad que la mayoría de los surafricanos blancos entendían: que el apartheid no solamente no se podía defender, sino que no era definitivamente viable. Sólo los grupos más extremistas, agrupados en organizaciones paramilitares con sede en el campo, han lanzado amenazas de desencadenar una guerra civil para proteger sus intereses.
Sus temores son exagerados por el hecho de que el Congreso Nacional Africano (CNA), que probablemente obtendrá más del 55 por ciento de los votos, tiene entre sus miembros al Partido Comunista, y durante años militó en la extrema izquierda. Por otra parte, esos afrikaaners son de algún modo extraños en su propia tierra, y están atrapados por su historia de opresión hacia una mayoría cuyas retaliaciones ahora temen.
Es al CNA y al nuevo presidente Mandela a quienes corresponde ahogar esos temores para evitar que la desesperación aconseje mal a los extremistas. De hecho, Mandela deberá no sólo compartir el poder con cientos de funcionarios blancos, incluso de la policía, sino confiar en ellos por la sencilla razón de que su movimiento, tras décadas en la oposición, no tiene suficientes cuadros preparados para sumir la totalidad de las funciones estatales.
Por encima de todo, el proceso requiere una inmensa dosis de buena fe. Sólo la historia podrá decir si eso era suficiente para la creación efectiva de un nuevo país.

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