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| 8/4/2018 7:00:00 PM

Los héroes de Tailandia no tienen patria.

Dos de los niños rescatados en la cueva de Tailandia, y su entrenador, son apátridas. Pertenecen a una etnia a la que el gobierno tailandés no acepta como ciudadanos. Pero su caso no es tan raro: más de 10 millones de personas en el mundo sufren su situación, y el fenómeno crece.

Varios de los héroes nacionales de Tailandia no son ciudadanos. Adul Sam-on nació en Myanmar, es miembro de la etnia wa y es uno de los apátridas del grupo. Su familia, para alejarlo de la difícil situación de su país, lo dejó en una escuela cristiana de Tailandia que le ofreció estudios y vivienda. Por ser angloparlante fue el vocero de los niños mientras estuvieron en la cueva. Foto: AFP

Cuando terminó el drama de los pequeños extraviados en una cueva marina, Tailandia quedó en el centro de la atención mundial, y los niños se convirtieron en sus héroes nacionales. Pero detrás de las historias de heroísmo, yacía una más oscura: algunos de ellos, y su guía, no son ciudadanos de Tailandia, ni de ningún otro país: son apátridas, como otras 486.000 personas en Tailandia.

Los niños recibieron múltiples invitaciones a lo largo y ancho del planeta. Varios equipos de fútbol europeo -como el Manchester United- los invitaron a sus estadios para ver sus partidos. Sin embargo, los tres apátridas no pueden viajar porque no tienen pasaporte, ni cédula, servicio de salud, educación o beneficio social alguno. El gobierno de Bangkok se comprometió a nacionalizarlos. Pero para sus vecinos en la región de Chiang Rai no hubo solución alguna. Seguirán siendo parias en su propio país.

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Lo peor es que ese fenómeno se repite virtualmente en todo el mundo. Hay múltiples razones para que una persona no tenga nacionalidad. Las guerras, las fronteras indefinidas, los Estados fallidos y las migraciones masivas ayudan a explicar el hecho. Sin embargo, para muchos expertos, las restricciones legales, basadas en exclusiones étnicas y religiosas, producen la mayor cantidad de apátridas en el mundo.

En Tailandia, por ejemplo, no es suficiente haber nacido en el país para ser ciudadano. Cada niño debe demostrar que hace parte de un grupo étnico reconocido por las autoridades, lo que deja por fuera a las minorías akha, lahu, lisu, shan, karen o hmong, que a la luz de la ley no son tailandesas. Para algunas ONG, las cifras oficiales se quedan cortas: más de 3 millones de habitantes hacen parte de esas minorías no reconocidas por el Estado.

En el mundo

La carencia de una patria, conocida como apatridia, no solo existe en Tailandia. Precisamente esta semana el gobierno indio, presidido por el primer ministro Narendra Modi, entregó el borrador final del Registro Nacional de Ciudadanos (NRC) del estado de Assam, al noreste del país, en el cual se identificó a los ciudadanos indios y a los inmigrantes “ilegales”. De 32 millones de personas, 28 quedaron inscritos en el registro. Los 4 millones restantes, en su mayoría musulmanes, permanecen en un limbo jurídico y, para muchos, ahora son apátridas.

Para que los incluyan en el NRC, los habitantes de la región tienen que demostrar que vivieron allí desde antes del 24 de marzo de 1971, cuando finalizó la guerra de liberación de Bangladés, antiguo Pakistán Oriental, en la cual emigraron a India aproximadamente 10 millones de pakistaníes, en su mayoría musulmanes. Para varios analistas, el registro es una medida dirigida contra la minoría musulmana. Todos los nacidos después de esa fecha, que pensaban ser ciudadanos indios por haber nacido en el país, se quedaron sin patria.

Los habitantes de la región india de Assam se vieron obligados a asistir a las jornadas de registro nacional. En las listas que entregó el gobierno, 4 millones de personas no fueron aceptadas como ciudadanos y su situación jurídica es un enigma. 

Asia es el continente donde más apátridas hay en el mundo. La división administrativa de sus Estados, construida casi en su totalidad por los imperios europeos entre el siglo XVI y XX, dejó varias etnias/culturas separadas por una frontera. Y los dirigentes de sus Estados se han encargado de aplastar esas minorías con la excusa de construir una nación étnica y religiosamente homogénea. Los rohinyás en Birmania, los beduinos en la Península Arábiga y los tibetanos en Nepal también son minorías sin patria, excluidas por su religión o por su etnia.

Algunos casos llaman la atención fuera de ese continente. Y la situación de los inmigrantes haitianos en República Dominicana es, tal vez, la más dramática. En 2013, el parlamento dominicano aprobó una ley con efectos retroactivos para excluir a todos los hijos de indocumentados haitianos nacidos luego de 1929 en el país. Todos ellos dejarían de ser dominicanos. Fue un proceso de “desnacionalización”. Casi 4 generaciones quedaron borradas de la historia.

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Haití y República Dominicana comparten la isla de La Española. Su relación en términos geográficos, demográficos y políticos es muy cercana. Desde 1920 hasta finales de los ochenta, los haitianos fueron la mano de obra de las enormes plantaciones de caña del país vecino. Sin embargo, con la caída internacional del precio del azúcar, se convirtieron, a los ojos de Santo Domingo, en un estorbo. Y desde 2013 ese malestar, que se confunde con el racismo, se manifestó legalmente.

Luego de la aprobación de la ley, miles de manifestantes salieron a las calles a demostrar su descontento y en 2014 el parlamento la derogó. Sin embargo, la situación de miles y miles de haitianos sigue en el limbo.

Minorías perseguidas

En los últimos años la apatridia ha regresado a la atención mundial por cuenta de la dictadura de las mayorías, un concepto ultranacionalista y autoritario basado en que quien tiene más votos puede hacer lo que quiera. Eso, en un contexto de xenofobia, se ha convertido en la pesadilla de las minorías. Los proyectos nacionales de esos Estados ‘iliberales’, con pocas excepciones, se convierten en un esfuerzo por homogeneizar a la población a través de la religión, la lengua o la raza. Se trata de políticas dirigidas a eliminar la diferencia, lo cual podría considerarse un paso previo a la desaparición de una cultura o una etnia, con consecuencias análogas a la pérdida de la nacionalidad.

La situación de los apátridas en el mundo es cada vez más dramática. Los rohinyás en Birmania y los haitianos en República Dominicana han soportado por años la exclusión de los países en los que viven.

En un caso que pasó desapercibido por el Mundial de fútbol de Rusia, Vladimir Putin decidió limitar severamente la enseñanza de 34 de las 35 lenguas oficiales de las repúblicas que integran su país. De ahora en adelante, los colegios deberán dictar sus clases en ruso, y los niños de las regiones que hablan otro idioma, como Tartaristán, sede de la Selección Colombia, solo tendrán poco menos de dos horas de clase en su lengua a la semana. Claramente se trata de un esfuerzo por borrar las lenguas vernáculas, pues para Putin, el ruso es “el idioma del Estado”, su “marco espiritual”, y nada podrá reemplazarlo.

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En China, los musulmanes de la etnia uigur sufren una persecución aterradora. El año pasado, los uigures sufrieron el 21 por ciento de todas las detenciones realizadas en el país, a pesar de que solo representan el 1 por ciento de la población. El gobierno chino justifica sus acciones en que en repetidas ocasiones los uigures han recurrido al terrorismo en busca de su independencia. Y mientras los excluye y estigmatiza, el gobierno de Beijing tiene un plan de poblamiento masivo de sus territorios con miembros de la etnia han, la mayoritaria de China, con el 92 por ciento de la población. A largo plazo, se busca homogeneizar a los ciudadanos chinos, algo que sucede también en la vecina Tíbet.

Si se mira con lupa, muchos países del mundo tienen, al menos, un caso de una minoría históricamente excluida. El caso tailandés, que elevó a “héroes nacionales” a unos niños que ni siquiera aceptaba como ciudadanos, demuestra la hipocresía de su gobierno, y las tensiones que hay, aún hoy, en la construcción de los Estados.

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