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| 3/26/2006 12:00:00 AM

¿A qué le teme, Presidente?

Álvaro Uribe no quiere participar en debates por televisión con sus rivales. Debería hacerlo.

¿A qué le teme, Presidente? ¿A qué le teme, Presidente?
Todo indica que los colombianos no verán un debate entre los candidatos presidenciales, en vivo y en directo por televisión, como los que se hacen en otros países. El presidente Álvaro Uribe ha rechazado varias invitaciones para enfrentarse con sus rivales. Entre ellas, una de Caracol y CNN, otra de SEMANA y RCN, y una adicional convocada por El Colombiano, Teleantioquia y esta revista. El viernes pasado, en entrevista en Caracol radio, el director de la campaña, Fabio Echeverri, fue tajante: "No vamos a dejar que el Presidente vaya a una gallera", dijo.

La decisión de Uribe se resume en dos puntos. En primer lugar, no quiere aparecer en igualdad de condiciones con los demás competidores. Considera que descendería de Presidente a candidato en detrimento de la dignidad del primer cargo de la Nación.

En segundo lugar, agrega que en aras de asegurar una controversia sobre los temas, y darles oportunidad a los medios de comunicación de formular todo tipo de preguntas, aceptará otro tipo de esquemas para enfrentarse a grupos de periodistas o analistas. La condición es aparecer solo, sin sus rivales. La campaña uribista les ha hecho propuestas a los canales RCN y Caracol para unas entrevistas, después de Semana Santa, con periodistas de grupos de medios sobre dos ejes temáticos: economía y política social y el otro sobre seguridad y política internacional.

En los países donde los debates televisados son uno de los eventos más importantes de una campaña presidencial, los argumentos de Uribe serían inaceptables. Todos los presidentes de Estados Unidos, cuando buscan la reelección, participan en duelos televisados con sus retadores. Es parte de las responsabilidades que asumen al buscar un nuevo mandato. Ir a los debates es una obligación. En la última campaña, al presidente George W. Bush le tocó medirse con un peso pesado, John Kerry, considerado más experto en los temas, de mejor capacidad discursiva y hasta de más atractivo registro. Bush perdió todos los debates, según las encuestas, pero ganó la elección. La hipótesis de haberle sacado el cuerpo a la controversia por una supuesta defensa de la dignidad de su cargo -o por cualquier otro pretexto- lo habría podido llevar a la derrota.

En la reciente campaña de Alemania ocurrió algo similar. La candidata de oposición, Angela Merkel, llevaba una ventaja enorme pero se sabía que en un careo televisado con el canciller Gerhard Schröder podía salir mal librada. Y en efecto este último, una de las figuras más carismáticas y telegénicas de Alemania en muchos años, después de dos debates logró emparejar las encuestas y llevó a su partido, que estaba prácticamente perdido, a un empate en la elección. Para encabezar el gobierno, Merkel tuvo que aceptar una coalición con los socialdemócratas de Schröder, pero seguramente seguiría en la oposición si hubiese rechazado las peleas televisadas. El costo político de sacarles el cuerpo a estos eventos es tan alto, que se han vuelto parte esencial de la política. Es mucho más grave no asistir que salir con un pistero luego del debate.

Las confrontaciones en directo ante audiencias enormes, con altos niveles de rating y sin libretos prefijados, no se limitan a Estados Unidos o Europa. En América Latina se han extendido casi a todas partes. Michelle Bachelet -la recién posesionada presidente de Chile- tuvo que superar como candidata el desafío de Sebastián Piñera, el atractivo y mediático candidato de la derecha chilena quien, según la mayoría de los análisis, lo hizo mejor en la pantalla chica.

En Colombia la historia es diferente. La silla vacía ha sido protagonista de varias campañas y Álvaro Uribe no es el primero que, con la camiseta amarilla, evita en este año electoral la confrontación con sus competidores. El propio Horacio Serpa, candidato oficial del liberalismo y ahora el más necesitado de aparecer hombro a hombro con Uribe, dejó metidos a los organizadores del Gran Debate organizado por RCN y SEMANA para la consulta liberal, cuando las encuestas lo daban de archifavorito frente a Rafael Pardo, Rodrigo Rivera y Andrés González. Lo mismo sucedió el año pasado cuando Navarro no quiso aparecer en un debate televisivo con Carlos Gaviria en su pulso por la candidatura presidencial del Polo.

La lista es más extensa: Juan Lozano, derrotado al final por Luis Eduardo Garzón en la lucha por la alcaldía de Bogotá, después de asistir a dos debates en Citytv faltó a la última cita, convocada por Caracol.

En 1986 Virgilio Barco se rehusó a asistir al primer duelo de esta naturaleza que se llevó a cabo en Colombia. Lo organizó Juan Diego Jaramillo, entonces presidente de Anif. Barco lideraba las encuestas, y sus asesores pensaban que una confrontación con los otros dos candidatos -Álvaro Gómez y Luis Carlos Galán- se prestaría para una 'manguala' en su contra. Agravada, además, por las ventajas de Galán y Gómez sobre Barco en facilidad de comunicación y comodidad ante las cámaras.

Al final debatieron los dos retadores y Barco organizó una rueda de prensa individual. Una opción semejante a la de Uribe en 2002, quien sólo asistió a una confrontación televisada, convocada por SEMANA, El Tiempo y RCN. Más tarde, cuando se consolidó su liderato en las encuestas, modificó la estrategia y cambió los debates por entrevistas en solitario, así fueran con varios y aguerridos periodistas. Lo mismo que está planteando ahora.

En general, en Colombia se ha impuesto el argumento de que quien va adelante no tiene por qué arriesgarse a perder puntos por culpa de los ataques de sus rivales. Si no se paga un alto costo por no ir, ¿para qué asumir riesgos? Sin embargo, tanto los medios de comunicación como los ciudadanos están cambiando su actitud frente al tema y valoran cada vez más los debates en directo. La reelección les da todavía mayor importancia a estos careos. SEMANA pudo establecer que varias de las entidades que han invitado al presidente Uribe a debatir, dejarán la silla vacía en caso de que mantenga su decisión de no aparecer junto a los demás. La reiteración de un mensaje que marca a un aspirante presidencial como reacio a la pelea no es aconsejable para ninguna campaña. Tarde o temprano, debatir se volverá una obligación para los presidenciables colombianos. La pregunta es si ese momento ya llegó.

El dilema de Uribe

Para Uribe, sin embargo, el dilema es complejo. Hay razones para eludir los enfrentamientos cara va cara, que hasta ahora se han impuesto. Pero también hay sólidos argumentos en sentido contrario, que lo podrían obligar a cambiar de táctica. Mientras mantenga una ventaja tan amplia en las encuestas y no existan indicios de que los votantes le cobrarían su ausencia en los debates, no tendría para qué someterse al fuego cruzado de sus adversarios. "Sería una bajada de podio innecesaria, dice el publicista y experto en imagen Carlos Duque. Tal como están las cosas, no tiene nada qué ganar, ni perdería nada si no va", agrega.

Sería previsible, además, que en un eventual panel junto a Horacio Serpa, Carlos Gaviria y Antanas Mockus, se conformaría una especie de frente común: todos contra Uribe. No tanto para atacar personalmente a un candidato tan popular, que sería contraproducente para quienes lo hagan, sino para conducir la agenda de la campaña a un análisis sobre la obra de gobierno de los últimos cuatro años. Uribe, solo, puede dedicarse a lo que ha hecho en las últimas semanas: a hacer promesas sobre subsidios, diálogos con las Farc, consensos nacionales, en fin, propuestas que suenan a decisiones del Presidente en ejercicio más que propuestas de candidato, y que ponen a hablar a todo el mundo sobre ellas.

En cambio, frente a sus rivales tendría que defender lo que ha hecho. Y aunque puede mostrar muy buenos resultados en varias áreas, lo obligaría a mirar hacia atrás en vez de plantear caminos de futuro y les daría papaya a sus contrincantes para poner en duda sus logros.

La silla vacía de Uribe tiene otra connotación positiva, desde el punto de vista de su estrategia: que los demás se desgastan entre sí. En la última semana hubo apariciones simultáneas de Carlos Gaviria y Horacio Serpa en Citytv y en Caracol radio, que dejan la inevitable sensación de que se están disputando el segundo lugar. Uribe gana por punta y punta. Por un lado, se reitera su favoritismo y la percepción de que va escapado del lote. Y por otro, Serpa y Gaviria se dedican a pelearse los puntos que ya tienen en las encuestas: lo que gana uno lo pierde el otro, pero Uribe se mantiene incólume en su 56 por ciento.

Sin embargo, la conveniencia táctica de un candidato no es el único aspecto importante a la hora de definir si los debates se deben hacer o no. Esos planteamientos son válidos para los adalides del marketing político, pero no para quienes esperan una democracia deliberante y una política de cara al país. Una cosa es la táctica electoral, y otra, la discusión pública de los grandes temas.

El Presidente-candidato está sobrado, y prácticamente tiene la victoria en el bolsillo, si no hay un cambio dramático de las circunstancias. Pero también tiene necesidades de buscar que su elección sea digna y que no es un simple producto de sus ventajas como candidato y Presidente. La igualdad de oportunidades es un tema crucial de la actual campaña. No hay que olvidar que el gobierno Uribe propició modificar la Constitución para permitir la reelección, en medio de amplios cuestionamientos sobre los efectos institucionales de esta audacia. Tampoco se puede olvidar que ha habido una profunda discusión sobre si sus rivales tienen verdaderas garantías para participar. La presencia de Uribe en un debate sería una contribución a la legitimidad del proceso, y su ausencia, una manera de agudizar los cuestionamientos.

Uribe, además, tiene el viento a su favor. Ni siquiera la intención de voto de todos sus rivales sumados le llega a la cintura. Tiene un amplio margen para jugar. En cambio, una vez consolidada su victoria, los derrotados podrían echar mano del argumento de la falta de espacios e instrumentos que tuvieron en la campaña para enfrentarse a Goliat. Los debates serían un seguro anticipado contra esas críticas porque los votantes tuvieron la oportunidad de verlo en el ruedo de la dialéctica política.

Hasta el momento, Uribe ha demostrado que en el dilema entre asegurar la victoria más contundente posible y legitimar su reelección, le da más importancia a lo primero. Pero no sobraría una visión de más largo alcance. Más aún cuando en una eventual fotografía suya al lado de Serpa, Gaviria y Mockus, tiene todas las de ganar. Su figura jovial, su estilo directo y su demostrada sintonía con la audiencia pondrían las apuestas a su favor antes de un eventual debate. Y un poco de picante y sabor, como los que siempre aportan los debates, le daría más realce a su probable victoria en las urnas.

¿Sirven los debates?

Más allá de la conveniencia estratégica, también hay una consideración sobre el significado institucional de los debates. Si con ellos se beneficia el electorado, porque dan mejores elementos de juicio a la hora de votar, ¿es justo que su realización dependa de los candidatos y no del público? ¿El interés táctico de una campaña pesa más que el interés colectivo por conocer a fondo a los candidatos?

La televisión es el espacio natural de la política moderna. Si en la antigüedad los griegos debatían en el ágora, y hace algunos años el liderazgo popular se forjaba en las plazas públicas, hoy la pantalla chica se ha convertido en el escenario definitivo para el acceso al poder. La inversión de dinero más cuantiosa de cualquier campaña se dedica a este medio. Pero las cuñas están diseñadas para enviar un mensaje interesado y generar un efecto buscado por los publicistas. En cambio, en los debates en vivo y en directo, los televidentes, que también son electores, tienen la oportunidad de conocer las capacidades de reacción de los candidatos ante preguntas y situaciones sorpresivas. Por algo su práctica, inicialmente muy gringa, se ha extendido a todos los continentes: por su capacidad de mostrar a los aspirantes sin los recursos que normalmente tienen a mano para esconder sus deficiencias y realzar sus cualidades. Y por su eficacia para interesar a la gente, en forma masiva, por la política y por los planteamientos de quienes aspiran a gobernar. "La palabra 'debate' se ha vuelto sinónimo de 'política en serio", según los expertos Kathleen H. Jamieson y David Birdsell, quienes escribieron todo un libro sobre el tema. Según dicen, obligan a los candidatos a hablar sobre temas de interés para el electorado, sobre los cuales preferirían no tener que opinar.

Incluso en Colombia, un país con menos experiencia en materia de debates televisados, ¿quién no recuerda la aparición sorpresiva de Antonio Navarro en el debate de 1994 entre Ernesto Samper y Andrés Pastrana? Con esa incursión audaz y polémica Navarro dejó en claro su punto: había un tercer candidato. A pesar de lo hollywoodesco y efectista, la intrusión en el estudio de los noticieros QAP y CM& fue ampliamente criticada, y al final el electorado castigó a Navarro y se polarizó entre Samper y Pastrana. También fueron impactantes las respuestas de Andrés Pastrana y Horacio Serpa a la última pregunta del debate en 1998: ¿Extraditaría usted al presidente Samper, en caso de que fuera solicitado por Estados Unidos? Pastrana, el abanderado de la oposición, dijo que no. Y Serpa, el gran escudero del Presidente, dijo que sí. Andrés ganó puntos decisivos.

Hay varias teorías sobre qué tan definitivos son los duelos por televisión. En muchos casos, "los televidentes simplemente reafirman la intención de voto que ya tenían", según Jorge Londoño, presidente de la firma encuestadora Invamer-Gallup. Pero hay indicios de que bajo determinadas circunstancias pueden ser definitivos. "Si un candidato comete un error grave, se gana una semana de prensa negativa después del debate", agrega Londoño. "En una pelea cerrada o empatada, puede hacer la diferencia", según Paulo Laserna, presidente de Caracol. Y agrega: "También depende del tipo de debates: los de dos contradictores son mucho más influyentes. Los de muchos participantes se vuelven aburridos".

Hace cuatro años, en la campaña de 2002, la firma Napoleón Franco investigó el impacto que había tenido el debate organizado por SEMANA, El Tiempo y RCN. Los resultados indican que tuvo un efecto mediano en términos de determinar el voto de los colombianos: el 67 por ciento dijo que el programa televisado por RCN -con participación de Álvaro Uribe, Horacio Serpa, Luis Eduardo Garzón y Noemí Sanín- simplemente les había ratificado el apoyo a su candidato. Sólo 8 por ciento cambió su voto, y 10 por ciento de los indecisos definió por quién sufragar.

Aunque para la campaña de Uribe la decisión de no ir a los debates (y reemplazarlos por entrevistas individuales) es considerada un asunto chuleado, es muy probable que lo tenga que revisar. Todavía faltan más de dos meses para las elecciones, y la presión se va a incrementar. El Presidente no es una persona que cede con facilidad -e incluso su tenacidad lo podría llevar más bien a reafirmarse-, pero si el punto se convierte en un papayazo para generar críticas de sus adversarios y de los medios, tendría que revisar su posición. De paso, le pondría interés a una competencia que promete ser muy poco animada.

Hay algo particularmente triste en la actitud del Presidente. Teniendo en cuenta la responsabilidad que pesa sobre sus hombros, de inaugurar la figura de la reelección presidencial, negarse a participar en los debates crea un peligroso precedente. Fueron muchos los debates que tuvieron lugar alrededor de la ley de garantías y muchas las críticas que se han presentado por su falta de dientes. Para ser justos, el gobernante ha hechos esfuerzos para neutralizar la ventaja que entraña ser Presidente en ejercicio frente a otros aspirantes.

Con su negativa a participar en los debates está echando por la borda muchas de esas buenas intenciones. La consideración estratégica de que dada su imagen Presidencial no tiene porqué rebajarse al nivel de los otros candidatos es válida como estrategia electoral, pero restringe el ejercicio democrático. Dada toda la polémica que se hizo a raíz de la reelección con nombre propio, debería tener prioridad la democracia sobre la estrategia. Si el presidente Uribe se mantiene en su posición de no debatir, cada futuro Presidente con aspiraciones reeleccionistas va a invocar este antecedente.

Por lo tanto, lo que se está definiendo ahora no es un asunto trivial. Llama la atención que un comunicador tan formidable como el actual mandatario haya asumido esa posición. Gran parte de su popularidad obedece a que es un 'monstruo' en televisión. Su presencia no sólo enriquecería el debate electoral, sino que le permitiría demostrarles a los colombianos que es capaz de ganar una elección en franca lid. Negarse es darles munición a sus adversarios para que digan que es un Presidente autoritario que utilizó el poder para perpetuarse en él.

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