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| 3/1/1999 12:00:00 AM

Y AHORA QUE

En materia de desastres es hora de que Colombia aprenda la lección para que no se repitan los <BR>errores del pasado.

Y AHORA QUE, Sección Nación, edición 874, Mar  1 1999 Y AHORA QUE
Ni Popayán, ni Armero, ni el río Páez ni ninguno de los desastres naturales ocurridos en los
últimos 20 años han sido suficientes para que Colombia adopte de una vez por todas una política seria de
contingencia para estos fenómenos. El terremoto del eje cafetero no ha sido la excepción. A pesar de la
solidaridad de los colombianos, de la rápida reacción de la comunidad internacional y de la voluntad de los
organismos de socorro, cuatro días después de ocurrida la tragedia todavía la improvisación era la norma
imperante en la zona. Por falta de recursos, pero también por el descuido del Estado en el mantenimiento
óptimo de organismos como la Red Sismológica Nacional y la Oficina de Atención y Prevención de
desastres, la historia volvió a repetirse: el país no estaba preparado para asumir la catástrofe. El terremoto de
Popayán, ocurrido en 1983, había dado la primera voz de alerta sobre la necesidad de crear una entidad
independiente y autónoma que inventariara y canalizara todos los recursos disponibles para la atención de
emergencias. Pero las operaciones se centraron más en la exclusiva solución del desastre que en la
prevención de eventos futuros. Dos años después la avalancha de Armero, que se llevó por delante cerca de
20.000 vidas y dejó más de 5.000 damnificados, daría la estocada final a tanta negligencia. La
administración de los suministros destinados a amainar la tragedia fue tan desordenada que más de la mitad
de los recursos se diluyeron en medio de la improvisación, los trámites burocráticos y la falta de una unidad de
mando que coordinara las ayudas. Entonces el gobierno de Virgilio Barco creó el Sistema de Atención y
Prevención de Desastres, un organismo descentralizado que, con base en la dotación de comités nacionales
y regionales, se encargaría no sólo de elaborar mapas detallados de las zonas de alto riesgo sino del
montaje de operativos destinados a atacar con eficiencia la emergencia en el menor tiempo posible. El modelo
alcanzó tanto prestigio que se convirtió en un ejemplo para toda Latinoamérica. Pero la desidia estatal volvió
a hacer de las suyas y el sistema fue quedándose poco a poco sin recursos hasta reducirse apenas a una
oficina más del Ministerio del Interior, tanto que los habitantes de la cuenca del río Páez alcanzaron a sufrir las
consecuencias en el terremoto de 1994, no sólo en el campo de la atención sino también en el de la
prevención, pues varios estudios del Inderena habían advertido sobre la eventualidad de una avalancha si se
presentaban actividades volcánicas o sísmicas en la zona. Total, de nuevo el Estado colombiano recibió la
noticia de la tragedia con los pantalones abajo.Lo que vienePero si con el terremoto del eje cafetero quedó
demostrado que el país no ha aprendido la lección en materia de atención inmediata de desastres, por lo
menos es de esperar que el plan de reconstrucción de las zonas afectadas se sirva de las experiencias
pasadas para garantizar la eficacia de la operación. En el caso de Popayán el gobierno central creó la
Corporación para la Reconstrucción del Cauca. Y aunque su labor en términos generales fue rápida y
eficiente, el control sobre los recursos destinados a la rehabilitación de la región fue tan ligero que hubo
quienes aprovecharon la oportunidad para inventar calamidades inexistentes y utilizar el dinero donado para
remodelar la casa y hasta comprar carro. A través de créditos blandos a 15 años otorgados por el BCH los
damnificados pudieron levantar nuevamente sus viviendas pero no pudieron pagarlas debido a la falta de un
plan de empleo a largo plazo que les permitiera cumplir con sus obligaciones. En Armero sucedió algo similar.
La fundación Resurgir, creada por el presidente Belisario Betancur, se dio a la tarea de construir una nueva
ciudad en Lérida para reubicar a los afectados. Pero a pesar de que el objetivo se cumplió a cabalidad,
Lérida se convirtió en una ciudad fantasma por el abandono de sus habitantes, que terminaron
desplazándose a otros municipios en busca de fuentes de empleo. Con estos antecedentes no cabe duda
de que no basta con recuperar las edificaciones si la labor no va acompañada de un plan de desarrollo
a largo plazo. Así lo ha entendido el recién nombrado coordinador ejecutivo de la Presidencia para la
emergencia y la recuperación del eje cafetero, Luis Carlos Villegas, quien sostuvo a los medios que "no se
trata sólo de paliar una situación de emergencia", pues las dimensiones del desastre obligan a plantear
soluciones perdurables en el tiempo.La primera y quizá la mayor dificultad tiene que ver con el censo
de damnificados. Si bien la de Armero es considerada la tragedia más grande de la historia de Colombia, la
de Armenia y sus alrededores puede llegar a ser aún peor si se tiene en cuenta el número de sobrevivientes
que quedaron desamparados y que, según informaciones preliminares, podría ascender a cerca de 200.000.
El segundo obstáculo está relacionado con el manejo de los recursos. Las experiencias de Popayán,
Armero y el río Páez indican que no es suficiente la adjudicación de un presupuesto _que en este caso se
calcula en cerca de dos billones de pesos para la rehabilitación total de la zona_, si éste va
desapareciendo en manos de la burocracia. Sin embargo el ingrediente más importante en el reto colosal de
recuperar el eje cafetero es la voluntad. En un país donde las tragedias suelen ser olvidadas casi con la
misma facilidad con que suceden, el mayor inconveniente es la postración una vez atendidas las primeras
necesidades. Y a juzgar por las dimensiones del desastre no sería justo que tanta solidaridad se vea
desvirtuada, como muchas veces ha sucedido en el pasado, por el abandono.

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