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| 9/3/2001 12:00:00 AM

Antología de grandes reportajes

Antología de grandes reportajes Antología de grandes reportajes
En 1976 apareció la primera edición de la Antología de grandes reportajes colombianos, elaborada y prologada por Daniel Samper Pizano, que contenía 31 reportajes. De hecho, el prólogo de este libro (titulado El reportaje moderno en Colombia) se convirtió en material de estudio en facultades de periodismo y comunicación, y puede comparársele al que escribiera Tom Wolfe en su antología El nuevo periodismo, publicada en castellano por la editorial Anagrama.

Esta tercera versión de la antología de Samper Pizano (se publicó una segunda versión en 1990, con seis nuevos reportajes) le agrega cuatro trabajos más a la antología. Uno de ellos es Sandra Milena, que forma parte del libro Del Llano llano, del investigador, escritor y reportero Alfredo Molano Bravo, tal vez el colombiano que más a fondo conoce el tema de la colonización, al que le ha dedicado varios de sus libros anteriores.



SANDRA MILENA
Por Alfredo Molano

Me llamo Sandra Milena. Soy de Armenia, tengo 23 años y hace 12 meses llegué al pueblo con la ilusión de conseguir algo. Una sabe que lo que una se propone lo consigue. Fíjese en las compañías petroleras: le dieron y le dieron al asunto hasta que consiguieron lo que querían. Toda mi infancia la pasé en Armenia al lado de mis padres y alcancé a estudiar los años reglamentarios. Mi papá, pensionado de la empresa municipal; mi mamá, ama de casa. Éramos nueve hermanos pero vivíamos bien. En primero de primaria todo era muy lindo, a pesar de que tenía una profesora muy regañona. Ese año lo perdí porque yo era muy lenta. Lo repetí y no volví a perder años. Me gustaba jugar con los niños. Pero después, en primero de bachillerato, comencé a volarme del colegio para irme a nadar a la piscina con los muchachos. Me suspendían cada rato y cada rato tenía que cambiar de colegio porque ya no me aguantaban; era muy fregadita. Cuando terminé el bachillerato conseguí novio y quedé embarazada. Me casé a los 17 años. Tuve una hija. Cuando ella tenía ocho meses me separé del esposo y nunca más volvimos a convivir No nos entendimos. Pasó el tiempo. Yo trabajaba en una fábrica de bolsas, pero con lo que ganaba no vivíamos las dos.

También trabajé en un taller con mi papá y mi hermano haciéndole al arte de la grasa, como dicen, pero cuando nació Yésica Alexandra comencé a pensar en una casa. Tenía un lote que mi papá me había regalado, pero con lo que me hacía en el taller sólo podíamos vivir con la niña y no podíamos hacer casa. Entonces me decidí a conseguirla a como diera lugar, así fuera en esta vida que llevo. Me metí a "minear" al Chocó. Con mi amiga fuimos a tentar suerte con los mineros. EIlos trabajan el mes, los dos meses seguidos hasta que se enguacan o logran acumular un buen peso. Entonces salen a gastarse la plata y a desquitarse del cansancio y de la soledad, como los petroleros. Yo estuve sólo ocho días por los lados del Chocó y conseguí un plantecito más o menos. Con eso volví a Armenia y armé viaje para acá' a buscar la moneda, porque una trabaja es sólo para conseguirla. Aquí hay peladas de 13 años. Muchas de ellas llegan al oficio porque sus padres son muy pobres, y es curioso que haya niñas de todo el país menos de Tauramena, una región donde los hombres son muy sanos, aunque ya se les abrirá la agalla por el dinero. E1 petróleo trae eso: todo plata.

Es una vida muy dura, y espero salirme pronto de ella porque tampoco es justa. Yo estaba desesperada por falta de plata y una amiga llamada Lobean me dijo la forma de buscarla. Me pareció que era muy fácil. Entonces me llevó a un centro nocturno, me dio las últimas indicaciones y me dejó sola muerta de miedo. Horrible. El primer hombre que me tocó era alto y acuerpado, pero muy buena gente. Cuando notó mi timidez me dijo que más bien no me metiera a eso y cuando me vio llorando me pagó sin tocarme. Pero después rompí el miedo y vinieron otros hombres, y luego otros, y me acostumbré a ellos. A veces le dan a uno 10, 15, 20 mil pesos. Vi que era fácil. Un día me convidaron ya para el Llano, me dijeron que aquí había plata. Acepté. Las patronas de Tauramena mandan peladas a traer más peladas y yo me monté en el bus. Y aquí estoy, logrando lo que me he propuesto: buscarle un futuro a mi hija y conseguir algo que ella pueda decir "me lo dejó mi mamá".

Aquí un hombre con otro deja entre 30 y 50 mil pesos, aunque esa plata no era toda para nosotras. Hay que pagar la pieza. En esa casa la mayoría de las muchachas son costeñas y los hombres vienen de todo lado. A unos les gusta la salsa y a otros el vallenato; unos son soldadores y otros son esmeriladores. Los que mejor pagan son los soldadores, porque son los que más ganan. ¡Y mi mamá que cree que yo ando por los pueblos vendiendo mercancía!

A veces le salen a una hombres con cosas raras: por ejemplo nos proponen matrimonio. Una a todos les pilla lo que quieren. Esperando a que ellos se desarrollen se entienden muchas cosas. Sólo son 10 minutos, pero ese tiempo es un jueguito para mirar a los hombres. Como una no siente nada, puede mirarlos. De todas formas, yo tomo mis medidas y todo hombre que se me arrime tiene que encondonarse. El condón es un derecho que hemos ganado las mujeres y es motivo para rechazar a un hombre si no lo usa o no lo sabe usar. En mi caso yo no acepto ninguno sin preservativos.



En este oficio tiene una sus ratos amargos, como también sus ratos alegres. Los amargos son cuando una tiene que ir con ellos. Eso es lo más amargo. Los ratos alegres son las compañeras. Somos muy unidas. A voces nos vamos para los caños a pasear y a reírnos, a contarnos todo lo que nos pasa con los varones. Las compañeras son Io más importante en una vida de éstas. Sin embargo, no se debe perder nunca la meta que una se fijó. Si en un año no se sale adelante y se dejan pasar tres o cuatro, se va la juventud y ya sin ella una echa a ser esclava de ellos. Otro peligro para la meta es enamorarse, porque una se entrega y entonces cae en manos del tipo y pierde libertad.

Fue lo que me pasó con mi esposo, mi primer hombre. Tanto él como yo éramos muy jóvenes y los jóvenes son locos. Él tomaba mucho. Vivíamos y trabajábamos en un depósito de basura y él bebía mientras yo me mataba seleccionando desperdicios. Yo estaba embarazada y no era justo, y para empeorar las cosas, ya un día me había tratado mal. Yo hablé con mi papá y él me dijo que me fuera para la casa y que me ayudaba a separarme. Así fue. Pero a la larga mi esposo me ha hecho falta, porque luchar sola es muy duro y porque a la niña le falta también su papá. Un niño debe crecer al lado de su padre: debe tener su padre y su madre. Eso me da duro. Yo sigo enamorada de él y no he podido dejar de mirar por entre sus ojos.

Hay hombres con los que me gusta dialogar y estar a su lado, mas no porque sienta algo por ellos. En estos sitios una como que pierde el sentimiento, como que no siente nada en el corazón, aunque conozco peladas que se han enamorado. En este oficio, como en cualquier otro, se da más que todo la rutina. Como todas tenemos que estar a las siete de la noche fuera de las piezas, en el salón, uno debe comenzar a moverse temprano. A las cinco comemos, después nos bañamos y a las seis estamos peinándonos, pintándonos, poniéndonos, como dicen, la máscara del engaño. Porque uno de noche canta y de

Los propios de Tauramena, los que son llaneros, vienen de la sabana. Se conocen porque son buena gente y no han sido civilizados. No engañan. Con ellos da pesar, pero la regla es la misma para todos: sacarlos rápido de encima, ligerito. Yo digo que ellos están sacándole a una la plata y si una se pone a darles tiempo y se detiene a hablar con ellos un rato, entonces es cuando empiezan a utilizarla a una, a retirarla, como se dice groseramente. Al menos yo los trato bien, porque ellos son los clientes y están pagando un servicio, pero si me tratan feo se van y no vuelven. Una tampoco puede ser cariñosa con ellos. Nada de decirles "mi amor" y esas palabras' porque entonces se creen con derecho, se quedan toda la noche en la pieza y no quieren volver a salir ni con la luz. Hay otros que buscan enamorarla a una para no pagarle, para que una les rebaje o los pase gratis. Una vino a lo que vino y los varones deben hacer lo mismo. A veces es duro, porque se alcanza a ver que hay unos buenos que buscan de veras quién los quiera, pero la única manera como una puede quedarse con un hombre toda la noche es en la mesa, haciéndolo gastar.

Mi meta es terminar mi casa para vivir con mi niña. Eso me vale un millón y medio. Una sólo se los puede conseguir en este oficio y, como le digo, sin perder tiempo en amores. Aquí no hay descanso. Se trabaja toda la semana. De lunes a domingo. Sábado y domingo son los días de cosecha. Llegan hombres como arroz. Una vive encerrada sin salir, así por fuera pasen muchas cosas. Aquí adentro llega todo lo de afuera. Sólo salgo el martes por la mañana para ir al control médico, para renovar el sello del carnet y para pasar a la policía a mostrarlo. Cada semana es obligatorio ir al hospital, pagar mil pesos por el frotis y después hacer cola en el despacho de la policía para entregarle la hoja donde se dice que una está bien y que puede trabajar. Lleva la fecha, y si una está sana, la firma de la monja que hace el control.

Ella nos da consejos. Me gusta oír a la monja porque dice siempre cosas verdaderas. Ya no me da pena que una monja me mire mis pecados, aunque aquí todo mundo sabe en qué trabajamos, como si lleváramos un letrero en la frente. En la policía hay que aguantar que nos toquen y nos digan porquerías. Los "polochos" no tienen boca sino para eso. Y si una pelada no tiene el carnet, se la llevan y la meten 24 horas presa. Total, sin carnet no se puede salir al pueblo.

Ahora estoy mirando esta vida. A veces me pregunto qué habré hecho para merecerla. Sin embargo, después vuelvo y pienso: estoy bien, tengo que esforzarme, aguantarme; ya poco me falta para salir de la olla. A veces conseguirse los 100 mil diarios no cuesta trabajo, aunque hay días que amanece una con el genio rebotado y de sólo pensar en los hombres da moridera. Ahí es cuando el trabajo cuesta, y eso que yo no soy una cualquiera. Lo máximo que voy a la pieza son cinco o seis veces por noche. No es que no pueda: es que no me gusta, no me nace. Una tampoco debe esforzarse tanto. Hay otras que van las quince veces, las veinte veces. Una no debe ser así como tan...mejor dicho, no debe exagerar la nota, porque al final ya no siente nada: cero. Una sale y se baña y queda otra vez normal. No hay dolor ni nada de eso. Hay veces que toca hacerlo con el mismo hombre varias veces, y cada vez tiene que pagar, así no pueda hacer nada. Aquí sí que el tiempo es oro: una espera 10 ó 15 minutos a que el tipo se desarrolle y se calme, y si no puede en este tiempo pues no es culpa de la mujer. Entonces una cumple; el que no cumple es el otro, y por eso paga.

A ratos es como peluqueando bobos. Los hombres llegan como atolondrados, y en cambio nosotras estamos en lo que estamos. Una llega ubicada, sabe a qué viene. Desde el momento en que a una la contactan en Armenia, en Pereira o en Cali, una ya está lista para llevar esta vida fácil, que no es tan fácil. Sí, más bien es una vida dura.

Yo hago todo por Yésica Alexandra. Ella algún día sabrá todo y creo que me va a perdonar; no le guardaré secretos, porque mi sacrificio no es para nadie más que para ella. Estar con un hombre sin sentir nada es un sacrificio, un pecado muy grande. Yo cuando voy para la pieza me echo la bendición y pido a las almas benditas que el cliente salga rápido. No soy devota de la Virgen porque me da pena. Trato de olvidarme de la persona que está conmigo y miro hacia los lados para no verle la cara. Si me hablan no contesto. Si me preguntan digo que sí porque casi siempre preguntan que si una los quiere. Toca fingir para que los hombres se vengan rápido. Sería mejor hacerlo por amor, pero eso es imposible.

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