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| 9/9/2006 12:00:00 AM

Arranque cuesta arriba

El primer mes del segundo gobierno de Uribe dejó la sensación de falta de rumbo. No hubo luna de miel. ¿El precio de la reelección?

Arranque cuesta arriba Nadie se imaginaba, en la posesión del presidente Uribe el 7 de agosto, que su primer mes sería tan difícil. La situación política del segundo cuatrienio es más difícil, por la reforma política y la ley de bancadas que fortalecen al Congreso. Uribe tendrá que dedicarle más tiempo a trabajar con los partidos que lo apoyan
Nadie se hubiera imaginado que el primer mes del segundo cuatrienio de Álvaro Uribe sería tan difícil. La luna de miel de los primeros 100 días no se ve por ninguna parte, ni los enormes márgenes de maniobra que se esperarían de una victoria electoral tan amplia como la que alcanzó el pasado 28 de mayo. Uribe, en este arranque, se ha visto acorralado como en ninguno de los 48 meses anteriores.

Los problemas pululan desde varios frentes. Por el lado del Ejército, la revelación de que los atentados de los días previos a la posesión presidencial fueron hechos por oficiales golpeó la columna de su popularidad: la seguridad democrática. En el Congreso, la coalición uribista carece de coherencia y sus disputas pueden llegar a obstaculizar la aprobación de las iniciativas gubernamentales. De paso, el gobierno se ha demorado en presentar los proyectos de ley más importantes y cuando lo ha hecho, como en el caso de la reforma tributaria, se han hecho públicas insólitas diferencias de opinión entre el Presidente y sus ministros.

En el campo internacional han surgido críticas que van desde un duro informe de The New York Times que consideró que el Plan Colombia es un fracaso, hasta un reciente reporte de Amnistía Internacional que afirma que los defensores de los derechos humanos en Colombia corren peligro. Eso sin contar los efectos negativos que tendrán en el Congreso estadounidense -donde se deben aprobar el TLC y la ayuda futura- noticias como la de la matanza de policías por parte del Ejército en Jamundí, los atentados montados por oficiales para mostrar falsos 'positivos', y la negativa a solicitudes de extradiciones de personas que forman parte de las negociaciones con las AUC.

El proceso con los paras ha sido otra fuente inagotable de desgaste en este intenso mes de arranque. Las expectativas de que la desmovilización era un tema del pasado que le daría paso, en el segundo gobierno, a una etapa de reinserción, no se han cumplido. En cambio, se han producido incómodas noticias sobre las tensiones que existieron en el seno del gobierno en la redacción de la reglamentación de la Ley Justicia y Paz y sobre la intención de sacarle el cuerpo al fallo de la Corte Constitucional sobre esa materia para establecer condiciones aceptables para los comandantes. A eso se agregan las revelaciones de SEMANA sobre crímenes cometidos por 'Jorge 40' incluso después de la entrada en vigencia de la Ley de Justicia y Paz. Y los intentos de narcos puros de camuflarse como 'paras' con el objeto de ganar acceso a los beneficios de esa ley. Para no hablar del confuso cambio de opinión sobre Juan Carlos Sierra, a quien el presidente Uribe le suspendió la extradición después de que su propio gobierno lo había excluido de la mesa de Santa Fe Ralito por ser 'narco'.

Semejante cadena de adversidades pone en tela de juicio la estabilidad de cualquier gobierno. Constituyen un escenario que normalmente se asocia con las etapas terminales del mandato, y no con los inicios. Y proyectan la percepción de que el gobierno no lleva un mes, sino mucho más. El Tiempo, diario que apoyó editorialmente la reelección, publicó el domingo 29 de agosto un duro editorial que le pide a Uribe "corregir, corregir y corregir" el rumbo.

La pregunta que surge es si esta situación es una consecuencia inevitable de la reelección. El surgimiento de un desgaste que se postergó por la dinámica de la campaña electoral. Y más que eso, resultado de que faltó la oxigenación que producen los relevos presidenciales. No hay muchas caras nuevas en los carros oficiales, ni posibilidad de barajar en temas que puedan necesitar rectificaciones. El estilo del Presidente ya no genera la curiosidad que despertaba al principio, cuando los consejos comunitarios y el contacto con la gente fascinaron a la opinión pública. Todo es demasiado conocido. Y como ya no existe la expectativa de una reelección, el concepto del presidente Uribe de un "gobierno en campaña permanente" , capaz de mantener el dinamismo y el entusiasmo, se queda sin piso.

Los enemigos de la reelección consideran que lo que está pasando era inevitable por la introducción de esa figura. Recuerdan que la mayoría de los mandatarios latinoamericanos reelectos en las últimas décadas han tenido segundas partes mucho más complicadas que las primeras. La historia es igual en los propios Estados Unidos.

La continuidad del gobierno, y de la mayor parte del gabinete, le cierra puertas también al cambio de agenda. Hay pocas ideas nuevas. Y algunas de ellas, como la reforma tributaria, el proyecto que reduce la transferencia de fondos a los departamentos y municipios, y la reestructuración del Seguro Social, son impopulares. Desgastan.

Más allá de que la reelección conduzca a una especie de caída inexorable, el panorama político ha cambiado y el triunfo de Uribe en 2006 fue muy diferente al de 2002. Las condiciones de gobernabilidad son distintas. Con la reforma política que fortaleció los partidos, y la ley de bancadas que obliga al voto disciplinado, las relaciones entre los poderes Ejecutivo y Legislativo se transformaron. En uno y otro lado se está viviendo un aprendizaje cuyo efecto más inmediato es la paralización de la agenda legislativa. Con un agravante en contra del gobierno: el ajuste es más fácil para la oposición que para la bancada oficialista. Una cosa es nombrar buenos voceros para los distintos temas -como hizo el Partido Liberal en su debate de balance del gobierno Uribe el martes pasado- y otra muy distinta, acostumbrar a los congresistas a trabajar en grupo y dejar la negociación individual.

Si durante los primeros cuatro años Uribe se jugó por la estrategia del contacto directo con la gente, a través de los consejos comunitarios y su omnipresencia en todo el territorio nacional, en el segundo cuatrienio tendrá que fajarse como torero en el ruedo del Congreso. Más aun cuando la bancada que lo respalda, compuesta por cinco partidos diversos, ya ha demostrado que no opera como una aplanadora. O que, al menos, no anda con piloto automático, sino necesita de la atención permanente de su timonel. Lo que está por verse es si el cambio de estrategia política es compatible con mantener la luna de miel con la opinión pública. La perspectiva de un ambiente más hostil y complejo en el segundo cuatrienio es una hipótesis que no se puede descartar.

Lo anterior no significa que el gobierno Uribe está abocado al fracaso prematuro o inexorable. Es poco probable que los sucesos del primer mes, por más negativos que hayan sido, hayan afectado la popularidad del Presidente en la ciudadanía. Muchos de ellos sólo son de interés para las elites. La mayoría de los colombianos, en cambio, se benefician de una situación económica que no se ha deteriorado y es la mejor en muchos años en términos de empleo e ingresos.

De otra parte, no todo ha sido negativo en los últimos 30 días. Los grandes negocios en Ola, la refinería de Cartagena y la concesión de El Dorado son una muestra de credibilidad internacional. La crisis de la bancada uribista durante la elección del Consejo Nacional Electoral le sirvió como campanazo y en la reunión que tuvieron con el presidente Uribe el jueves pasado sus miembros llegaron con la cabeza agachada y con evidentes intenciones de actuar con mayor disciplina. El tirón de orejas del primer mandatario dejó la sensación de que está empeñado en superar los tumbos de los primeros días, y la sensación de que las cosas se le habían salido de las manos. Es muy pronto para hablar de crisis o de desgaste. Pero es innegable que el arranque fue mucho más difícil de lo esperado.

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