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| 7/7/2019 12:10:00 AM

La naturaleza persevera

El trayecto final del río Bogotá luce desolado. La contaminación impide que sus habitantes interactúen con él o puedan verlo de frente. Sin embargo, en sus zonas aledañas la naturaleza gana la batalla: lagunas y bosques sobreviven al paso del tiempo, ayudados por personajes que los defienden de sus agresores.

Aunque contaminado, el río Bogotá sobrevive Garzas, tortugas, caimanes y babillas abundan en el final del río Bogotá, cuando le entrega sus aguas al Magdalena.
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Una tortuga chaparra saca su cabeza del agua en busca de un sitio donde pueda asolearse. Divisa una piedra a pocos metros de distancia y acelera su movimiento para evitar que la corriente la lleve lejos. En menos de un minuto ya está sobre el montículo y mira hacia el cielo. Encuentra cientos de aves sobrevolando a la espera de cazar algún pez.

Garzas y patos entran y salen del agua con nicuros en los picos. En las orillas, otras charapas asolean sus caparazones. Una babilla está al acecho, pero prefiere darse un chapuzón. Los pescadores sacan sus anzuelos para atrapar bagres, bocachicos o mojarras. Cuando los rayos del sol no dan tregua, saltan al agua para refrescar sus cuerpos.

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Este cuadro corresponde a la unión de dos guerreros afectados por la desidia humana: la del río Bogotá con el Magdalena, en Girardot. Luego de serpentear por 380 kilómetros de Cundinamarca y recibir descargas de más de 11 millones de habitantes, el Bogotá le entrega al imponente de aguas carmelitas toda clase de basuras y tóxicos. 

A pesar de la agonía del encuentro, la naturaleza persevera y advierte que la batalla no está perdida. Así sucede en la cuenca baja del río Bogotá, llena de hervideros biodiversos defendidos por la gente.

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La laguna de Pedro Palo es vivo ejemplo de ello. En 1990, la CAR declaró 125 hectáreas como reserva forestal, sin embargo, llegaron turistas a afectar el ecosistema. Esto llevó a su cierre al público. Dueños de predios aledaños conformaron reservas naturales para impedir más atentados. Uno de ellos, Roberto Sáenz, ayuda a reverdecer la zona. “Como dijo Jorge Bayona: no es un sitio propicio para la vulgaridad, debe seguir escondido”. Hoy luce silenciosa y rodeada de cedros y encenillos. 341 especies de aves la sobrevuelan y el halo místico de los muiscas la protege.

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