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| 6/9/1986 12:00:00 AM

BARCO SUPERSTAR

En escasos dos meses la imagen del candidato liberal pasa de profesor distraído a fenómeno de masas

BARCO SUPERSTAR BARCO SUPERSTAR
Las muchachas jóvenes se arrojan para tratar de tocarlo. Los ancianos se arriesgan a ser pisoteados para poder verlo con sus propios ojos. Las mamás levantan sus niños a ver si les regala una caricia o, inclusive de pronto, un beso. A su paso las multitudes se desbordan. ¿Qué es esto? ¿Perón en los años cincuenta? ¿John Kennedy en los sesenta? ¿Felipe González en los setenta? No.
Es Virgilio Barco Vargas en 1986.
El hombre tímido, que no sabe hablar y que es ajeno a la idiosincrasia del pueblo colombiano, se ha convertido en el gran fenómeno carismático de la política contemporánea y está a punto de ser elegido Presidente de la República por la mayor votación en la historia de Colombia.
¿Cómo sucedió? ¿Qué pasó? Eso es lo que tratan de descifrar politólogos, sociólogos y simples observadores políticos que hace escasos dos meses consideraban a Barco, como lo hacían incluso sus más fervientes admiradores, el peor candidato en la historia del Partido Liberal. "Virgilio es un mal candidato pero será un gran Presidente", era el argumento de los barquistas para defenderse de los ataques de quienes no creían en ninguna de las dos cosas. Hoy, si existe alguna duda es ya más sobre lo segundo que sobre lo primero, porque un buen candidato sólo puede ser medido por un parámetro: ganar o perder y por cuánto.
Y ya se da por descontado que Barco pasará ampliamente esa prueba. Las apuestas giran alrededor de si su votación llegará a los cuatro millones de votos y su margen de victoria al millón. Pero nadie discute que será el próximo inquilino del Palacio de Nariño.
El fenómeno Barco no es fácil de explicar. Su desprestigio antes de las elecciones parlamentarias parecía considerable y dio lugar a muchas especulaciones. Su incapacidad como comunicador, su mal manejo de las relaciones públicas, su costumbre de cancelar compromisos a último momento, habían hecho que Barco fuera el único candidato de quien se habían inventado más chistes que de cualquier Presidente en ejercicio: un atentado terrorista consistía en tirarle un micrófono al antejardín, se decía en burla. Que de los tres vivas al Partido Liberal, leía los dos primeros e improvisaba al último, se agregaba con rlsas. En medio de este ambiente, el mito del tecnócrata inepto políticamente, elegido en hombros de una maquinaría clientelista, parecía realidad.
Todo esto cambió después de las elecciones parlamentarias. El haber ganado el nueve de marzo como un hecho matemático, lo convirtió de la noche a la mañana en un ganador como un hecho político. Esto cambió la percepción que se tenía de Barco y este cambio parece también haber cambiado la percepción que el candidato tenía de él mismo. El aspirante a la Presidencia comenzó a reflejar una gran seguridad. A improvisar no aprendió. Pero a leer sí. Su fórmula de leer discursos en plaza pública, ridiculizada durante mucho tiempo por la descoordinación entre el contenido y el movimiento de manos, gradualmente comenzó a funcionar. Hoy existe una armonía entre los dos elementos que hacen de Barco en el balcón un espectáculo perfectamente decoroso. Su vocalización y tono de voz han pasado del balbuceo a la fogosidad estándar. Sus relaciones personales con los políticos se han consolidado . "Somos socios" dice un afiche de Bernardo Guerra y Barco que cuelga por toda Antioquia. Y ese sentimiento parece ser el de la mayoría de los políticos profesionales que antes renegaban del candidato que les había tocado. Barco, por su parte, aunque siempre cordial, no les ha hecho grandes concesiones, actuando como si las multitudes que se ven desde el balcón no se deben sólo a ellos, sino también a él. Lo más curioso tal vez son ciertos cambios que han registrado los observadores en la propia fisonomía de Barco. Sus facciones, sus gestos y sus movimientos han sido objeto de una transfiguración. La imagen del profesor de matemáticas, distraído, medio flacuchento y desgarbado, de las caricaturas de Osuna, ha dado paso a un hombre vigoroso, de quijada firme y expresión enérgica. Barco no es aún un candidato telegénico pero por lo menos ya es fotogénico.
Aparentemente Barco está tan seguro de su triunfo que ha considerado prudente no ser muy concreto en materia de ofrecimientos electorales. Si algo se pudiera generalizar como diferencia entre los dos candidatos de los partidos tradicionales en esta campaña, sería que Barco ha sido demasiado abstracto y Gómez demasiado concreto. Si el aspirante conservador llegara al poder le tocaría producir carnés de descuento para los estudiantes, tribunales para contar los muertos en la televisión, divorcio para los católicos, buldózer para cada municipio, etc., etc. Barco, por su parte, no ha pasado de ofrecer la erradicación de la pobreza absoluta, buscar una sociedad más justa, racionalizar la administración pública, crear empleo y generalidades de ese orden. Es posible que nunca un candidato haya atravesado toda una campaña enumerando principios universales incontrovertibles casi sin especificar ninguna fórmula concreta para volverlos realidad. Si estuviera perdiendo, su tendencia a los lugares comunes sería objeto de inmensas críticas.
Sin embargo, en política toda estrategia que conduce a un triunfo, necesariamente tiene que ser considerada acertada y viceversa. De ahí que cada propuesta concreta que plantea Alvaro Gómez, es considerada no viable, oportunista, utópica, simplista, liberal, etc. Y es objeto del desprecio o indiferencia general del electorado, que parece ya haber tomado su decisión. Esta decisión prematura ha hecho que en la práctica Barco se esté comportando no tanto como candidato, sino como Presidente electo.
Podría pensarse que esta realidad produjera un languidecimiento de la campaña electoral y del entusiasmo de las masas rojas. Lo primero sucedió en parte, al confirmarse categóricamente el no despegue de la candidatura Gómez. Pero lo segundo sucedió al contrario de lo previsto. El liberalismo, que tal vez se había casado con Barco por conveniencia y no por amor cuando lo proclamó candidato, comenzó a enamorarse de él después de la boda. Aunque por estos días la mecánica electoral hace posible llenar cualquier plaza y de por sí casi todos los candidatos las llenan, las manifestaciones de Barco han ido en crescendo rompiendo récord tras récord. Las dos últimas, en Barranquilla y en Medellín han sido manifestaciones monstruo. El esfuerzo de la maquinaria es gran parte de la explicación. Pero hay algo más: un entusiasmo y una expectativa por Barco que van mucho más allá de la simple mecánica política. Para el politólogo Jesús Pérez González-Rubio, "Barco encarna el deseo de recuperar el poder y el partido tiene en este momento una gran vocación de poder". Esta es una explicación bastante generalizada. El liberalismo ha conocido la amargura de la derrota y tiene admiración y agradecimiento por quien lo va a sacar de ésta.
Otro argumento que se oye permanentemente es el del voto contra Alvaro. Según esta teoría, los colombianos tienden a votar en contra más que a favor. Juan Gossaín al respecto comenta humorísticamente: "Los colombianos tienen mala memoria para todo, menos para Alvaro Gómez". Y el pobre Gómez terminará su carrera política confirmando una vez más la regla. No hay duda de que el sentimiento anti alvarista revivió en estas elecciones. El sectarismo liberal, no tanto el de Barco como el de los liberales rasos, se ha hecho evidente en esta contienda. Las agresiones de Gómez contra Barco en lugar de debilitarlo parecen hacerlo fortalecido.
"El Partido Liberal está toreado" afirma un barquista paisa al tratar de explicar el delirio vivido en la plaza de Cisneros el viernes pasado.
Pero las dos interpretaciones anteriores, la del deseo de recuperar el poder y la de la animadversión hacia Gómez, hacen caso omiso de un elemento sin el cual no estaría pasando lo que está pasando. La relación entre el partido y Barco es, como en los buenos matrimonios, una relación en la que se quiere a la pareja con todo y sus defectos. Que Barco no sepa hablar parece finalmente ser considerado más una virtud que una limitación. Que tenga fama de mal político, lo mismo. Que tenga fama de rico, también. "Ese sí no tiene para qué robar" comenta un taxista bogotano.
Lo que llamó Alberto Lleras hace 4 años "la opción tecnocrática" refiriéndose al hoy candidato liberal, parece definitivamente ser la opción que anhela en este momento el Partido Liberal. El problema de Barco parece ser, ya no las pocas expectativas que se tenían de él, sino el exceso de expectativas que ha generado en las últimas ocho semanas, que pronto tendrán que enfrentarse a las duras realidades del gobierno. --

EDICIÓN 1879

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