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| 12/15/2018 5:06:00 PM

La historia de Belisario y Semana

El recién fallecido expresidente fue jefe de redacción de esta revista a finales de los años cuarenta. En un libro de conversaciones con Diego Pizano y Carlos Caballero Argáez, que está en imprenta, relató su experiencia en el periodismo. Fragmento.

Belisario Betancur y Semana Belisario en la época en que llegó a Bogotá.

Carlos Caballero Argáez: ¿Cómo empezó a trabajar en SEMANA?

Ocurrió que el presidente Alberto Lleras fue nombrado secretario general de la OEA. Él había fundado con Abdón Espinosa la revista SEMANA. Y se la vendieron a Hernán Echevarría y a Mauricio Obregón por partes iguales. Entonces ellos dijeron, como en un poema del tuerto López, “¿Y ahora qué hago con este fusil? Nosotros no sabemos de periodismo”. Alguien les sugirió que un tipo que era el secretario general de Bavaria, que era un gran escritor y periodista, Hernando Téllez, podría servir. Hernando Téllez dijo: “Yo de eso no sé, yo sé escribir, pero no sé de periodismo, y menos de una revista”. Entonces alguien más los iluminó y les dijo que en Londres, en McGraw Hill, había un tipo que hacía diez años trabajaba en revistas en inglés y en español, se llamaba Eddy Torres. Lo llamaron y él contestó que no tenía interés porque trabajaba allá con buenos honorarios. Le propusieron que se viniera una semana, con los pasajes cubiertos.

Le mostraron el panorama y le interesó. Pero como no sabía hacer exactamente eso, les dijo: “En Medellín hay un tipo que fue mi compañero de infancia y adolescencia, que es un tigre, se las sabe todas, porque cuando era estudiante de Derecho y de bachillerato trabajaba en un periódico. Es godo, pero sabe de esto”. Entonces me llamaron. Yo había montado una oficinita de abogados ya en el atrio de La Candelaria, en Medellín, enseguida de la iglesia, un edificio al lado del Banco de la República de entonces. Muebles en cuero rojo, que era lo que se acostumbraba en las oficinas elegantes del momento, los hacían en Palmira. Me pintaron el panorama y dije que no, ya estaba casado y tenía una hija. Pero después lo pensé. Las oficinas eran en la carrera 9 con 12 o 13, una cuadra abajo de la plaza Bolívar, en frente de un antiguo edificio de la beneficencia. Entonces don Hernán y Mauricio Obregón me examinaron. Fue cuando don Hernán me dijo:

–Hombre, ¿vos sabes escribir notas? Por qué no te vas allá a mi oficina, hay una máquina Remington, y escribís una nota sobre tal tema.

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Me dio tiempo y extensión, a los diez minutos se la entregué. Mauricio Obregón, que era respetuoso conmigo, me pidió otra nota y a los diez minutos la tenía. Entonces don Hernán me solicitó una editorial sobre tal tema y de nuevo me dio tiempo y extensión, y antes de tiempo la tenía.

–¿Pero vos cómo haces? –me preguntó sorprendido don Hernán.

–Es que yo crecí de joven haciendo esto, de modo que sé.

Entonces Eddy y yo hacíamos la revista en Litografía Colombia, por allá cerca de Puente Aranda. Hernando Téllez era el director. Vivía en Chapinero, y Eddy y yo nos íbamos con él caminando para jalarle la lengua.

Eddy y yo nos divertíamos, nos llevábamos un ajedrez para Litografía Colombia, jugando y armando la noticia. Hernando Téllez radiante, feliz: “Muchachos, ¿me dejan ver cómo es que hacemos la revista?”.

– Claro, ¡vente! –y nos veía era jugando ajedrez.

Eddy Torres después regresó a Londres, y desde allí me ayudaba con ideas y cosas para discursos. Cuando salí elegido recuerdo que me dijo:

–Oye, yo te ayudé mucho, pero no era desinteresado. Yo te dije que si ganábamos me nombrabas director de la Biblioteca Nacional.

Murió en la Biblioteca Nacional, lo encontraron un sábado en su escritorio. La historia de Eddy es más enredada todavía. Su madre murió en el parto y su papá era Ignacio Torres Giraldo, jefe comunista, que estaba juntado con la “flor del trabajo”, María Cano. En su casa, de Eddy, dormí durante siete meses en el sofá de la sala.

DIEGO PIZANO: Presidente, ¿cómo fue su ingreso a El Siglo?

Yo escribía editoriales en el diario El Pacífico también. Con eso me ayudaba con el sueldo. Hasta un día, cuando era presidente Laureano Gómez, a quien yo no conocía, me dice la secretaria de SEMANA que me llamaban de la Presidencia. Yo no le creía. A los cinco días lo mismo: “Que te volvieron a llamar de la Presidencia”. A la tercera o cuarta llamada me fui a las oficinas del doctor Francisco de Paula Pérez, donde estaban su hijo Alfonso y su hijo Pacho, que eran amigos míos.

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–Pacho, Alfonso, préstame el teléfono.

–¿Qué te pasa? ¿Peleaste en SEMANA?

–Es que quiero hacer una llamada de aquí, porque no quiero que la oigan allá.

Entonces llamé al teléfono que me habían dejado. Inés Escobar López, hermana de doña Margarita, la mujer de Álvaro, secretaria general de la Presidencia, me dijo que el presidente me estaba buscando y me lo comunicó.

–Doctor Betancur, lo estoy buscando con el objeto de que me haga el honor de venir a almorzar conmigo.

¡Hágame el favor! ¡Que le haga el honor a Laureano Gómez! ¡Al monstruo! Acordamos una cita para el martes siguiente. El fin de semana lo aproveché para ir a Palacio a caminar como cualquier hijo de vecino para saber cómo se entra, para llegar pisando duro, sin timideces. Ahí el campesinito se había acabado, quedó atrás en la historia o en la prehistoria.

–¿Usted qué hace? –me preguntó el presidente.

–Señor presidente, yo…

–Sí, esa revista liberal…

–Señor presidente, no es una revista liberal, es propiedad de un liberal y de un conservador, que es el doctor Mauricio Obregón.

–Bueno, es liberal… ¿Y qué más hace?

–Señor presidente, yo escribo artículos y editoriales para el diario de El Pacífico de los Borrero de Cali.

–¿Y sobre qué temas?

–Señor presidente, sobre temas intemporales y aespaciales, de tal manera que le sirvan al director en cualquier época.

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–Lo he llamado porque mi hijo Álvaro está cansado y él no puede dirigir la política y dirigir El Siglo. Entonces yo lo he llamado para que sea o subdirector o codirector con mi hijo Álvaro.

–Señor presidente, qué honor tan grande, pero yo no puedo aceptar.

–¿Por qué?

–Señor presidente, porque es que ese periódico a mi juicio es muy malo, entonces yo fracasaría. ¿Me podría traer un ejemplar del periódico de cualquier día? Yo se lo analizo.

Llevaron un periódico del día y de la víspera, era un lunes, llevaron el del lunes y el del domingo. Se lo volví trizas:

–Señor presidente, mire estos títulos de la primera página, hay que cuadrarlos, y eso se hace con unos caracteres que se incrustan en caliente. Señor presidente, la m ocupa dos lugares, si no se tiene en cuenta eso queda sin sentido el título. Y mire, aquí hay una columna escrita por el peor de sus enemigos, se llama “El Predio del Vecino”, lo firma Julio Abril. Sale todos los días, insulta a alguien, y es usted y el gobierno quienes ganan enemigos nuevos todos los días. Yo creo que un periódico del presidente no es para eso.

–Acabe con esa columna.

–Señor presidente, no se puede acabar con ella, porque don Julio Abril es un pseudónimo de Rafael Lugo, que está casado con la señora fulana de tal, que es sobrina de doña María Hurtado, su esposa. Y el del domingo, el mayor ridículo que se hace hoy en la prensa colombiana es esta página de crónicas no sé qué de sociedad, de doña Ana Pombo de Lorenzana. ¡Mire las ridiculeces! Entonces muchas gracias por el honor y tal, pero no…

–Bueno, pero una editorial sí puede escribir.

–Sí, presidente, con mucho gusto. Yo escribo un editorial que sea de temas intemporales y aespaciales para que al doctor Álvaro le sirva cualquier día.

Empecé a escribir todos los días un editorial. Sacaban dos editoriales diarios, a veces los dos era míos. Pero nadie lo sabía, solo Álvaro, el doctor Gómez y yo. Almorzaba con el presidente en Palacio cada rato, conversábamos y comentábamos temas. También me llamaba para darme temas editoriales. [Betancur se detiene un momento en la narración, antes de continuar]. Se dan cuenta, una desmesura: el campesinito con el presidente de la república, con el jefe del partido. Un día se terminó el almuerzo y en ese momento entró el director del Partido Conservador de Antioquia, y le dice el presidente:

–Le presento al doctor Betancur, que no ha querido aceptar la dirección de El Siglo con Álvaro, mi hijo, pero nos ayuda con el editorial.

–¿Usted por qué no nos había contado, hombre? –dijo sorprendido el director conservador.

Salí de ahí y al cabo de una hora estaban en mi oficina los del Directorio Conservador. En las listas para el Congreso apareció Betancur por Antioquia, sin hacer campaña, por el círculo de Laureano Gómez. Ahí comenzó mi ascenso político.

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