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| 10/23/1989 12:00:00 AM

CAICEDO, DE UN CACHO

Decisión galanista deja a Juan Martín Caicedo a las puertas de la alcaldía.

CAICEDO, DE UN CACHO CAICEDO, DE UN CACHO
Así como suena de sencillo, es posible que el fin de semana pasado haya quedado definido quién será el próximo alcalde de Bogotá. Después de un forcejeo político que se prolongó hasta el final de la tarde del sábado, Juan Martín Caicedo Ferrer se colocó a las puertas de ser designado en la próxima convención distrital del liberalismo como candidato único a la alcaldía.

En una declaración política dadas conocer hacia las 5 de la tarde del sábado, el bloque galanista de delegados a la convención (26 de un total de 94 convencionistas) se comprometió a inscribir a Caicedo este lunes y a votar por él en la convención distrital. Esos 26 votos, sumados a los cerca de 30 de otros sectores políticos que ya lo venían acompañando, determinaron una mayoría absoluta que puede elegirlo candidato.

Pero más interesante que estos resultados es quizá la forma como los galanistas de la capital idearon y llevaron a cabo lo que muchos conocedores de la política bogotana calificaron como "un golpe maestro". Hasta la semana pasada, la situación de los herederos del asesinado senador Luis Carlos Galán en Bogotá no era la mejor. Aparte del golpe moral y político que significó para ellos el crimen del 18 de agosto, el movimiento se había gastado las últimas semanas en un proceso de reordenamiento de sus estrategias, derivado de la proclamación del ex ministro César Gaviria como precandidato de ese grupo, a lo largo del cual no faltaron los recelos entre algunos viejos galanistas por la designación de un hombre extraño al grupo como sucesor de Galán en la precandidatura.

Aparte de lo anterior, los galanistas, que tienen la mayoría relativa entre los distintos grupos liberales de la capital, se habían convertido en impávidos observadores del proceso de selección del candidato a la alcaldía.
Con la competencia bastante avanzada y con dos candidatos (Caicedo y el concejal Fernando Botero) ganando adeptos en forma acelerada, los galanistas no sabían qué hacer. Caicedo había sido el adversario en la accidentada campaña del 88 y había contado con el respaldo del hoy precandidato Hernando Durán Dussán. Y Botero había respaldado entonces a Caicedo y estaba identificado como turbayista.

Para muchos galanistas de la vieja guardia, la salida obvia era lanzar un candidato propio (para lo cual se barajaron los nombres de los concejales Patricio Samper y Jorge Muñoz) a nombre de las mayorías. Pero esta actitud implicaba varios riesgos: el primero, que ninguno de ellos había ventilado su candidatura y por lo tanto se encontraban en clara desventaja frente a Caicedo y Botero, que ya habían colocado vallas en la ciudad; el segundo, que se le entregaba la decisión a los demás grupos, particularmente al de otro precandidato a la Presidencia, Ernesto Samper, quien podía escoger, de los tres que estuvieran sobre el tapete, a quién apoyar, llevándose así el mérito de haberle dado el impulso definitivo.

Botero, quien veía que Caicedo le venía sacando una ventaja importante, decidió moverse rápido. Primero, obtuvo el respaldo de Julio César Turbay Jr., muy simbólico porque borraba el supuesto distanciamiento de Botero con Turbay padre, después de la carta regaño del jefe del partido al concejal. Luego, se acercó a las toldas de Samper. El miércoles 20 en la noche todo parecía indicar que Botero se había crecido y que Samper lo sacaría adelante, convirtiéndose así en el padrino de su canididatura. Esa noche Botero estaba prácticamente elegido.

Vino entonces la jugada galanista, que muchos atribuyen al viejo zorro de ese grupo, el representante a la Cámara Alberto Villamizar, sin duda el más pragmático y hábil de los estrategas que Galán, rodeado de tanto idealista, había tenido. La idea era apoyar a Caicedo e inscribirlo en bloque este lunes. Aparte de dejar a este como virtual alcalde, se lograban para el movimiento otros objetivos: recuperar la iniciativa en la política bogotana y convertir a un duranista en candidato apadrinado por el galanismo. Pero, antes de hacerlo, había que convencer a los aspirantes galanistas Patricio Samper y Muñoz de que la cosa era con Caicedo. Si no se lograba esto, se corría el riesgo de romper la frágil unidad galanista en la capital, con lo cual el golpe de mano podía derivar en catástrofe. Dos reuniones, de varias horas cada una, entre viernes y sábado, le permitieron al precandidato Gaviria convencer a Samper y a Muñoz, y hacer pública el sábado la declaración.

Fue así como no sólo pareció quedar a salvo la unidad galanista en su principal fortín --Bogotá--, sino que, por iniciativa de ese grupo, parece haber quedado resuelta la selección del aspirante liberal. Pero, además, para Gaviria significa salir airoso de la primera prueba en una ciudad a la cual él era ajeno y que resulta ser nada menos que la capital del galanismo y, por si fuera poco, del país.-

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