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| 8/5/1996 12:00:00 AM

CALLES DE FUEGO

El fantasma del sicariato de nuevo se apoderó de la capital paisa. Las pandillas están enfrentadas a una guerra a muerte para defender sus territorios.

CALLES DE FUEGO CALLES DE FUEGO
Con la masacre de 17 muchachos en el corregimiento de Altavista la semana pasada, es claro que la situación de la violencia en manos de grupos organizados está a la orden del día. Actos como estos tienen a los habitantes de Medellín en un estado de alarma permanente. Según los organismos de seguridad paisa, los responsables de estos crímenes son 121 bandas juveniles. Consideran que cerca de 2.500 muchachos pertenecen a estos grupos delincuenciales que producen más del 60 por ciento de la muertes violentas de la ciudad. Valiéndose del poder intimidatorio que encarnan en changones hechizos fabricados en talleres clandestinos, hasta sofisticadas ametralladoras que consiguen en el mercado negro de armas, los jóvenes delincuentes consolidan sus fortines. Hacen de policías y dictadores, y establecen las normas dentro de las cuales deben actuar los habitantes. Ellos llegan a prohibir que la gente de su zona atraviese los límites con el otro barrio y constituyen verdaderas fronteras que dividen no solo los territorios sino la vida de las personas. Tampoco permiten establecer amistades con miembros de otros 'combos' bajo la amenaza de ser considerados traidores. Por otro lado, los delincuentes obligan a los ciudadanos a pagar diversas vacunas en dinero o en especie para ser protegidos de otros grupos delincuenciales o de ellos mismos. Es la ley del hampa. ¿Por qué ha llegado a tal deterioro la sociedad? ¿Por qué jóvenes que apenas han cambiado sus dientes de leche se ven impulsados a robar, matar, violar y juzgar a otros miembros de la comunidad? Son muchas las respuestas a esta barbarie que se ha apoderado de las calles de Medellín y que ha creado un clima de zozobra. Sicólogos de la Universidad de San Buenaventura, en un diagnóstico sobre la personalidad del sicario, establecen varios factores que inciden. Uno de los que más resaltan es la falta de una figura paterna estable que marque la ley e instruya sobre normas civiles y de convivencia. También influye el maltrato físico en la infancia, la permisividad de los padres en el consumo de drogas, la aguda crisis económica y la falta de perspectivas hacia el futuro. Para nadie es un secreto que Colombia es el país que más muertes violentas registra en el mundo: 77,4 por cada 100.000 habitantes. Medellín por su parte tiene un promedio de 76 muertes por semana, según datos suministrados por la Dirección Seccional de Fiscalías. Esto la ratifica como la ciudad más violenta del mundo. Gran parte de esos muertos tienen su origen y sus víctimas dentro de la población que oscila entre los 15 y los 24 años. Los investigadores sociales que se han ocupado del fenómeno están de acuerdo en que el surgimiento de las bandas juveniles y grupos milicianos, son la respuesta de la población pobre a la ausencia estatal y a la desconfianza generalizada en el Estado y sus instituciones. Pero la violencia sicarial no es un tema nuevo. Desde hace más de 10 años Medellín ha tenido que sufrir el azote desde las refinadas hasta las más desesperadas formas de violencia. Los sicarios, surgidos a instancias del narcotráfico y con un buen caldo de cultivo en los jóvenes desocupados de los barrios periféricos, eran asesinos pagados que actuaban en lugares concurridos como parte de la estrategia de su actividad. Luego de cumplir sus 'trabajos', aprovechaban los movimientos de la turba para salir huyendo casi siempre sin prisa, desafiando la posibilidad de una captura. Aún se recuerdan las pruebas sicariales en las que los asesinos, enfrente de un semáforo, acababan con los conductores de los carros con placas impares logrando así su consagración y el certificado de valentía que exigían estas organizaciones. Fue el comienzo de una larga historia de asesinatos que aún no termina y que sigue sembrando el terror en la capital paisa.Hoy la ciudad recuerda con estupor los crímenes horrendos en manos de la delincuencia organizada y de los sicarios del narcotráfico que terminaron con la vida de jóvenes, niños y miembros de la fuerza policial. En épocas del narcoterrorismo fueron asesinados 700 policías ante la mirada atónita de la ciudad y del país. En aquel tiempo, en el que no se sabía a ciencia cierta de qué frente provenían las balas que iban minando en un fuego cruzado tantas vidas, sólo un sitio parecía plenamente concurrido: el Cementerio Universal. La administración municipal ha desarrollado algunos programas que buscan remediar estas dolencias. Lo más importante se ha logrado a través de la oficina de Asesoría, Paz y Convivencia, entidad que bajo el mando de Juan Guillermo Sepúlveda, ha conseguido pactos de paz entre algunas de estas bandas. Pero la tarea de reinserción a la vida ciudadana se ha visto obstaculizada por la difícil ubicación laboral de los jóvenes ya que tienen muy baja escolaridad y no se adaptan a la disciplina de horarios y normas. Los logros más satisfactorios se han dado en sectores ubicados en los barrios localizados en la frontera con Bello. Quinientos muchachos pertenecientes a estas bandas, cansados de darse bala, accedieron a hacer un pacto de convivencia. Pese a esto todavía falta un largo camino por recorrer. La violencia volvió a apoderarse de las calles. Y ahora la ley del ojo por ojo, diente por diente, está dejando un reguero de cadáveres de jóvenes sin que las autoridades encuentren una salida para contrarrestar esta demencial guerra de pandillas que luchan a muerte por un espacio en las comunas de la ciudad. Calles de fuegoEl fantasma del sicariato de nuevo se apoderó de la capital paisa. Las pandillas están enfrentadas a una guerra a muerte para defender sus territorios.on la masacre de 17 muchachos en el corregimiento de Altavista la semana pasada, es claro que la situación de la violencia en manos de grupos organizados está a la orden del día. Actos como estos tienen a los habitantes de Medellín en un estado de alarma permanente. Según los organismos de seguridad paisa, los responsables de estos crímenes son 121 bandas juveniles. Consideran que cerca de 2.500 muchachos pertenecen a estos grupos delincuenciales que producen más del 60 por ciento de la muertes violentas de la ciudad. Valiéndose del poder intimidatorio que encarnan en changones hechizos fabricados en talleres clandestinos, hasta sofisticadas ametralladoras que consiguen en el mercado negro de armas, los jóvenes delincuentes consolidan sus fortines. Hacen de policías y dictadores, y establecen las normas dentro de las cuales deben actuar los habitantes. Ellos llegan a prohibir que la gente de su zona atraviese los límites con el otro barrio y constituyen verdaderas fronteras que dividen no solo los territorios sino la vida de las personas. Tampoco permiten establecer amistades con miembros de otros 'combos' bajo la amenaza de ser considerados traidores. Por otro lado, los delincuentes obligan a los ciudadanos a pagar diversas vacunas en dinero o en especie para ser protegidos de otros grupos delincuenciales o de ellos mismos. Es la ley del hampa. ¿Por qué ha llegado a tal deterioro la sociedad? ¿Por qué jóvenes que apenas han cambiado sus dientes de leche se ven impulsados a robar, matar, violar y juzgar a otros miembros de la comunidad? Son muchas las respuestas a esta barbarie que se ha apoderado de las calles de Medellín y que ha creado un clima de zozobra. Sicólogos de la Universidad de San Buenaventura, en un diagnóstico sobre la personalidad del sicario, establecen varios factores que inciden. Uno de los que más resaltan es la falta de una figura paterna estable que marque la ley e instruya sobre normas civiles y de convivencia. También influye el maltrato físico en la infancia, la permisividad de los padres en el consumo de drogas, la aguda crisis económica y la falta de perspectivas hacia el futuro. Para nadie es un secreto que Colombia es el país que más muertes violentas registra en el mundo: 77,4 por cada 100.000 habitantes. Medellín por su parte tiene un promedio de 76 muertes por semana, según datos suministrados por la Dirección Seccional de Fiscalías. Esto la ratifica como la ciudad más violenta del mundo. Gran parte de esos muertos tienen su origen y sus víctimas dentro de la población que oscila entre los 15 y los 24 años. Los investigadores sociales que se han ocupado del fenómeno están de acuerdo en que el surgimiento de las bandas juveniles y grupos milicianos, son la respuesta de la población pobre a la ausencia estatal y a la desconfianza generalizada en el Estado y sus instituciones. Pero la violencia sicarial no es un tema nuevo. Desde hace más de 10 años Medellín ha tenido que sufrir el azote desde las refinadas hasta las más desesperadas formas de violencia. Los sicarios, surgidos a instancias del narcotráfico y con un buen caldo de cultivo en los jóvenes desocupados de los barrios periféricos, eran asesinos pagados que actuaban en lugares concurridos como parte de la estrategia de su actividad. Luego de cumplir sus 'trabajos', aprovechaban los movimientos de la turba para salir huyendo casi siempre sin prisa, desafiando la posibilidad de una captura. Aún se recuerdan las pruebas sicariales en las que los asesinos, enfrente de un semáforo, acababan con los conductores de los carros con placas impares logrando así su consagración y el certificado de valentía que exigían estas organizaciones. Fue el comienzo de una larga historia de asesinatos que aún no termina y que sigue sembrando el terror en la capital paisa.Hoy la ciudad recuerda con estupor los crímenes horrendos en manos de la delincuencia organizada y de los sicarios del narcotráfico que terminaron con la vida de jóvenes, niños y miembros de la fuerza policial. En épocas del narcoterrorismo fueron asesinados 700 policías ante la mirada atónita de la ciudad y del país. En aquel tiempo, en el que no se sabía a ciencia cierta de qué frente provenían las balas que iban minando en un fuego cruzado tantas vidas, sólo un sitio parecía plenamente concurrido: el Cementerio Universal. La administración municipal ha desarrollado algunos programas que buscan remediar estas dolencias. Lo más importante se ha logrado a través de la oficina de Asesoría, Paz y Convivencia, entidad que bajo el mando de Juan Guillermo Sepúlveda, ha conseguido pactos de paz entre algunas de estas bandas. Pero la tarea de reinserción a la vida ciudadana se ha visto obstaculizada por la difícil ubicación laboral de los jóvenes ya que tienen muy baja escolaridad y no se adaptan a la disciplina de horarios y normas. Los logros más satisfactorios se han dado en sectores ubicados en los barrios localizados en la frontera con Bello. Quinientos muchachos pertenecientes a estas bandas, cansados de darse bala, accedieron a hacer un pacto de convivencia. Pese a esto todavía falta un largo camino por recorrer. La violencia volvió a apoderarse de las calles. Y ahora la ley del ojo por ojo, diente por diente, está dejando un reguero de cadáveres de jóvenes sin que las autoridades encuentren una salida para contrarrestar esta demencial guerra de pandillas que luchan a muerte por un espacio en las comunas de la ciudad.

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