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| 3/9/2019 4:58:00 PM

Comunidades de Guaviare, Caquetá y Antioquia buscan fórmula para salvar los bosques

Terratenientes, acaparadores de tierra, ganadería extensiva, corrupción, minería y deforestación tienen en peligro los bosques de esos tres departamentos. Casi 500 personas de estas regiones participaron en los foros de la Gran Alianza Contra la Deforestación para tratar de encontrar una solución a esta debacle.

Comunidades de Guaviare, Caquetá y Antioquia buscan fórmula para salvar los bosques Aunque San Vicente del Caguán es el municipio más deforestado del país, casi el 70 por ciento de su territorio aún cuenta con bosque natural. Sus habitantes quieren aprender nuevas prácticas sostenibles para dejar de talar. Foto: foto: fcds

A finales de 1880, colonos provenientes del interior del país llegaron a San Vicente del Caguán atraídos originalmente por la quina y el caucho. Luego de asentarse en el territorio y desplazar a los indígenas huitotos, tamas y koreguajes, los nuevos habitantes de la selva cambiaron de parecer y establecieron sabanas de pastos. Desde esa época el municipio tiene su principal fuente de ingresos en la ganadería.

Limpiar monte significa quitar selva para darle paso al potrero y al uso de la tierra. Esa actividad, desde 1977, tiene monumento propio en el centro del parque Los Fundadores de San Vicente del Caguán: un hacha gigante clavada en el tronco cortado de un árbol, fundida en hierro y concreto. La construyeron como homenaje a los cientos de colonos que abrieron paso por entre la manigua a los pastizales repletos de vacas.

El monumento al hacha en el parque central de San Vicente honra a los primeros colonos que tumbaron selva para criar ganado.

Hoy en día, esa herramienta ancestral le da paso a una más efectiva. En el casco urbano, cerca de diez locales exhiben motosierras de diversos tamaños, precios y propósitos. En el Aserrador del Yarí apetecen sobre todo la Stihl 236, que cuesta 600.000 pesos y solo sirve para tumbar rastrojos. Para los árboles de 20 metros de altura prefieren la 382, que cuesta 1,8 millones de pesos. En Centro Agro los precios van desde 595.000 pesos hasta 2 millones de pesos.

Los vendedores explican que las motosierras grandes requieren un permiso de la autoridad ambiental para usarlas, pero no para venderlas. “Cualquiera que tenga la plata puede comprar motosierras sin ningún problema. Lo que dice el papel es que después de adquirirlas tienen que ir a la corporación por el permiso. No hay ley que prohíba comercializarlas”.

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Igual permanece el cariño por el hacha. Cuando arrancó la remodelación del parque central, en 2017, muchos habitantes levantaron su voz de protesta cuando el alcalde propuso derribarla. Incluso el escudo municipal exhibe la misma imagen del hacha en su parte inferior.

Actualmente, San Vicente del Caguán es el municipio más ganadero de Caquetá. Alberga 831.000 cabezas de ganado distribuidas en 5.800 fincas, cifra que representa 46 por ciento del inventario vacuno departamental. De este sitio salen a diario 8.000 litros de leche.

La vía que lo conecta con Florencia ofrece un vivo ejemplo de la sobrecarga pecuaria: señales de tránsito con dibujos de vacas abundan por el recorrido de más de tres horas, donde el olor a boñiga, mezclado con el humo de la quema, es el común denominador. En 2017, San Vicente del Caguán perdió más de 26.000 hectáreas boscosas, cifra que lo convierte en el más deforestado del país.

Educación ambiental

Rosa Betancur guardaba la esperanza de que con la remodelación del parque quitaran el monumento al hacha. A ella, como a muchos, le transmite devastación.

Aesta maestra de 55 años el hacha le recuerda que proviene de una cultura asociada a la ‘tumba’ de bosque. “Si todos los días vemos ese mensaje, nadie va a cambiar su forma de actuar. Yo pondría un árbol, para que fuera nuestro nuevo símbolo de identidad”.

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El solar de su casa rebosa de palmas, frutales y cañas. En 2016, mientras recorría las 310 veredas del municipio como educadora ambiental de la Gobernación, visitó varios hatos ganaderos. “Les dije que por cada árbol que talaran debían plantar cinco. No entendieron. Para dejar de talar, primero debemos cambiar nuestra cultura”.

Pobres, la coartada

Beatriz Sierra llegó al Caguán hace 12 años como misionera laica. Afirma que los terratenientes utilizan a los campesinos para burlar los controles.

“Una vez, la señora más pobre que he conocido estaba protestando porque le habían quitado 50 vacas. Según ella, las había comprado. Pero esta mujer nunca tuvo plata ni para comer. Las mafias les pagan a los pobres para que digan que son los dueños de las vacas y evitar el peso de la ley”.

Esta paisa de 70 años dice que la mayor prueba de que no hay Estado en la región es que siguen las vacunas, hoy llamadas “donaciones para la paz”.

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Nueva ganadería

Harvey Daza, líder social de la región de El Pato, dice que la colonización dejó un modelo de producción ganadero obsoleto.

Predomina la ‘tumba’ de grandes bosques para convertirlos en potreros. Pocos quieren cambiar hacia un modelo eficiente y sostenible, que mezcle árboles con ganado; lo que llaman ‘sistemas silvopastoriles”’.

Este campesino de 38 años dice que el pequeño productor siente desconfianza de lo novedoso y prefiere seguir tumbando. “Podemos cambiar, pero necesitamos ayuda del Estado”.

Freno a los villanos

José Penagos pide que el Estado cambie la forma de ayudar al campesino para dejar la tala.

“Es más que entregar recursos. Necesitamos asesoría permanente. Los culpables de la tala, los grandes hacendados, compran motosierras y les pagan a los más pobres para que tumben. El año pasado, 50 personas desaparecieron 3.000 hectáreas de bosque en una finca”.

Hablan los expertos

“Tenemos que vencer el escepticismo y pensar que no solo la ganadería genera ganancia. Hay muchas alternativas más que no impactan tanto los recursos”, inidicó Luz Marina Mantilla, directora Instituto Sinchi.

Debemos identificar alternativas para asegurar que conservar el bosque no signifique condenar a la comunidad a la pobreza”, manifestó Carolina Urrutia, directora Parques Cómo Vamos.

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“El cambio hacia una cultura de respeto a los recursos naturales está en manos de nosotros los jóvenes. Por más diferencias que tengamos, debemos unirnos”, explicó William Lizcano, integrante del Colectivo de Comunicación Ambiental Ecodando.

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