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| 6/25/2001 12:00:00 AM

Controlar los instintos

Controlar los instintos Controlar los instintos
“¿Se quiere morir? ¡Entonces, hable. Diga dónde están, por dónde se fueron. Hable!”, le grita el soldado al hombre que patea en el suelo. Sus compañeros disparan al aire, los perros ladran y un niño chilla a todo pulmón. Los soldados que observan la escena sueltan la carcajada. El capitán los interrumpe y ordena finalizar el simulacro. Explica que así no se debe tratar a “¿Se quiere morir? ¡Entonces, hable. Diga dónde están, por dónde se fueron. Hable!”, le grita el soldado al hombre que patea en el suelo. Sus compañeros disparan al aire, los perros ladran y un niño chilla a todo pulmón. Los soldados que observan la escena sueltan la carcajada. El capitán los interrumpe y ordena finalizar el simulacro. Explica que así no se debe tratar a la población civil, que existe una forma correcta. Los soldados vuelven a entrar al pueblo ficticio, esta vez sin disparar. Saludan de mano al señor de la choza, le preguntan si ha visto algo raro, lo requisan y le ofrecen su apoyo. Cuando los reúne nuevamente el capitán les dice: “La guerra no se mide por litros de sangre. La guerra se gana ganándose a la población civil”. Los soldados sacan su propia lección de este taller práctico en Derecho Internacional Humanitario (DIH): si maltratan a la población y le dan la espalda, la guerra está perdida.

En la tarde, los oficiales que dirigieron los ejercicios se reúnen en un aula calurosa. El taller, que hace parte de su reentrenamiento de seis semanas, lo dictan las Fuerzas Armadas todos los años con el apoyo del Comité Internacional de la Cruz Roja (Cicr), en el Centro de Instrucción y Reentrenamiento de Aguachica, Cesar, una población hirviendo, otro más de los múltiples territorios en disputa entre guerrilleros y autodefensas.

Al frente de los instructores está el mayor Gustavo Alfredo Mejía, subdirector del Centro de Instrucción, y junto con los delegados del Cicr analizan las cuatro fases del taller: respeto a la vida de los combatientes heridos, protección a la población civil, trato al combatiente que se rinde y cómo conducirse en los retenes con el personal de la Cruz Roja. Como alumnos juiciosos, los capitanes y sargentos levantan la mano y hablan por turnos. Uno de ellos dice que le preocupa que el Ejército pierda ventaja militar si respeta al pie de la letra el derecho internacional humanitario mientras la guerrilla lo viola, una inquietud que varios comparten.

El mayor Mejía responde a las dudas de sus subalternos. Respetar las reglas de la guerra no afecta el desempeño táctico —dice—, pero es difícil educar los instintos. Cuenta que hace unos años en Urabá, las Farc atacaron una patrulla y alinearon a la entrada del caserío los cuerpos casi sin cabeza de cinco de sus soldados con tiros hechos a quemarropa. “Ver ese cuadro tan miserable lo deja a uno sin ganas de ayudar a un guerrillero herido”, afirma el mayor, quien ha pasado la mayoría de sus 20 años en el Ejército en el frente de batalla. “Uno tiende a actuar por resentimiento, pero tratamos de que la institución cree instintos de no excederse frente al otro”.

Ricardo Angarita, el asesor de difusión, quedó satisfecho con el taller. El es uno de los 200 empleados colombianos que trabajan con el Cicr y uno de los más antiguos. Entró en 1991 cuando sólo había cuatro delegados internacionales que se dedicaban sobre todo a lograr que Colombia ratificara el protocolo II adicional de Ginebra (que finalmente entró en vigor cinco años después), y cuando, “¿Se quiere morir? ¡Entonces, hable. Diga dónde están, por dónde se fueron. Hable!”, le grita el soldado al hombre que patea en el suelo. Sus compañeros disparan al aire, los perros ladran y un niño chilla a todo pulmón. Los soldados que observan la escena sueltan la carcajada. El capitán los interrumpe y ordena finalizar el simulacro. Explica que así no se debe tratar a la población civil, que existe una forma correcta. Los soldados vuelven a entrar al pueblo ficticio, esta vez sin disparar. Saludan de mano al señor de la choza, le preguntan si ha visto algo raro, lo requisan y le ofrecen su apoyo. Cuando los reúne nuevamente el capitán les dice: “La guerra no se mide por litros de sangre. La guerra se gana ganándose a la población civil”. Los soldados sacan su propia lección de este taller práctico en Derecho Internacional Humanitario (DIH): si maltratan a la población y le dan la espalda, la guerra está perdida.

En la tarde, los oficiales que dirigieron los ejercicios se reúnen en un aula calurosa. El taller, que hace parte de su reentrenamiento de seis semanas, lo dictan las Fuerzas Armadas todos los años con el apoyo del Comité Internacional de la Cruz Roja (Cicr), en el Centro de Instrucción y Reentrenamiento de Aguachica, Cesar, una población hirviendo, otro más de los múltiples territorios en disputa entre guerrilleros y autodefensas.

Al frente de los instructores está el mayor Gustavo Alfredo Mejía, subdirector del Centro de Instrucción, y junto con los delegados del Cicr analizan las cuatro fases del taller: respeto a la vida de los combatientes heridos, protección a la población civil, trato al combatiente que se rinde y cómo conducirse en los retenes con el personal de la Cruz Roja. Como alumnos juiciosos, los capitanes y sargentos levantan la mano y hablan por turnos. Uno de ellos dice que le preocupa que el Ejército pierda ventaja militar si respeta al pie de la letra el derecho internacional humanitario mientras la guerrilla lo viola, una inquietud que varios comparten.

El mayor Mejía responde a las dudas de sus subalternos. Respetar las reglas de la guerra no afecta el desempeño táctico —dice—, pero es difícil educar los instintos. Cuenta que hace unos años en Urabá, las Farc atacaron una patrulla y alinearon a la entrada del caserío los cuerpos casi sin cabeza de cinco de sus soldados con tiros hechos a quemarropa. “Ver ese cuadro tan miserable lo deja a uno sin ganas de ayudar a un guerrillero herido”, afirma el mayor, quien ha pasado la mayoría de sus 20 años en el Ejército en el frente de batalla. “Uno tiende a actuar por resentimiento, pero tratamos de que la institución cree instintos de no excederse frente al otro”.

Ricardo Angarita, el asesor de difusión, quedó satisfecho con el taller. El es uno de los 200 empleados colombianos que trabajan con el Cicr y uno de los más antiguos. Entró en 1991 cuando sólo había cuatro delegados internacionales que se dedicaban sobre todo a lograr que Colombia ratificara el protocolo II adicional de Ginebra (que finalmente entró en vigor cinco años después), y cuando, confundiéndolos con la Cruz Roja Colombiana, el único curso que le pedían era de primeros auxilios. Por eso ahora, 10 años después, no acaba de asombrarse con las cartas que recibe diariamente de brigadas, universidades y comunidades pidiéndole cursos sobre derecho internacional humanitario. Y de hecho el Cicr dicta también talleres a guerrilleros y autodefensas para que no involucren a la población civil y cumplan las normas internacionales de la guerra.

En estos últimos años, la infraestructura del Cicr creció a tal punto que

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