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| 4/22/1996 12:00:00 AM

DESDE EL BALCON

MIENTRAS LA CLASE POLITICA SE DESMORONA POR EL PROCESO 8.000, EL ALCALDE DE BOGOTA OBSERVA CON TRANQUILIDAD COMO CRECE EL FENOMENO MOCKUS.

DESDE EL BALCON DESDE EL BALCON
Aunque puede parecer prematuroAa dos años de las elecciones cualquier tipo de análisis al respecto, lo cierto es que si las elecciones fueran hoy Antanas Mockus sería el próximo Presidente de la República. Así lo dicen las encuestas, en las cuales el hoy alcalde de Bogotá supera a todos y cada uno de los probables candidatos, no importa cuál sea la combinación en que se presenten. Mockus ha manifestado que no está decidido a ser candidato a la Presidencia pero nadie le cree.El hecho es que, con elecciones el año entrante o en 1998, el alcalde figurará dentro del abanico con grandes posibilidades.Según la última encuesta realizada para SEMANA por Invamer Gallup, Antanas Mockus tiene en las cuatro principales ciudades del país una imagen favorable del 69 por ciento, superior incluso a la del fiscal Alfonso Valdivieso. En una primera vuelta, enfrentado con Noemí Sanín, Andrés Pastrana, el padre Bernardo Hoyos y con los posibles candidatos liberales, Mockus gana en cualquier escenario, doblando en casi todos a su inmediato seguidor. En el mano a mano de la segunda vuelta quien más se le acerca es Noemí Sanín, a quien aventaja por 18 puntos, mientras él supera a todos los demás por más de 20.¿Qué hace posible que alguien que hasta hace un par de años era prácticamente un desconocido en el país esté superando en las encuestas a políticos con más de una década de figuración? La verdad es que, aunque nadie niega su inteligencia y honestidad, el éxito de Mockus no obedece al reconocimiento de su gestión como alcalde. Es más bien la consecuencia del proceso 8.000, que lo ha convertido en el símbolo del rechazo a la clase política tradicional. Así como Mockus se volvió famoso hace tres años por bajarse los pantalones y mostrarle el trasero a sus estudiantes, el electorado colombiano, al respaldarlo en este momento, está dejando en claro que quiere hacer algo parecido frente a su clase dirigente.El gran interrogante de todo esto es hasta qué punto es lógico que un hombre cuyos principales méritos ante el público han sido bajarse los pantalones y casarse entre una jaula con leones, sea considerado el hombre clave para salir de la crisis más grave que ha vivido elpaís en medio siglo. Mockus como alcalde no ha sido ni muy bueno ni muy malo. Como símbolo de la antipolítica y con una inusitada campaña en la que hubo de todo menos manifestaciones, discursos en plaza pública, vallas, pasacalles y cuñas publicitarias, se hizo elegir con medio millón de votos, duplicando sin mayor esfuerzo a su más inmediato contendor. Es evidente que con su imagen de académico excéntrico, una reconocida trayectoria de honestidad y una clara actitud de rechazo a todos los valores y costumbres de la política tradicional, tiene convencidos a los desesperados habitantes de una Bogotá cada vez más caótica de que quizás él, con su peculiar estilo, puede lograr el milagro que nadie ha logrado hasta ahora: salvar la ciudad.Sin embargo ese milagro hasta ahora parece más una ilusión que una realidad. Mockus es un gran intelectual pero un regular administrador. Conceptualiza pero no actúa. No siempre la aptitud de conceptualizar y generar grandes ideas que poseen los académicos como él se traduce en capacidad para llevarlas a cabo. Y ese sin duda es el caso de Mockus. A pesar de que todos le reconocen que ha desempeñado su cargo con honestidad y responsabilidad, la impresión que tienen quienes han seguido de cerca su labor al frente de la Alcaldía es que ha sido lenta, desorganizada y que está muy lejos de poder calificarse como una buena gestión.Honesto y diferenteLas deficiencias de Mockus en el campo administrativo las ha compensado con un gran éxito en el campo didáctico. Es indudable que detrás de su éxito está el sello personal que logra imponerle a cada cosa que hace. No importa si se trata de un programa de educación ciudadana o de una intrincada controversia con el Concejo Distrital. A pesar de que en lo personal Mockus aparenta ser más bien tímido e introvertido y difícilmente genera a sus interlocutores una sensación de cercanía, en el terreno público es un comunicador innato. Su capacidad para poner al servicio de sus propósitos los símbolos que todo el mundo conoce ha puesto a publicistas y asesores de imagen a revaluar sus conceptos sobre lo que hay que hacer para llegarle a la gente. Juegos tan simples como el de la pirinola, el de las tarjetas de sube y baja o los mimos recorriendo la Avenida 19 para enseñarle a la gente a transitar por Bogotá lograron, aunque fuera por un rato, poner a los indiferentes transeúntes capitalinos a pensar un poco en su ciudad.Si es evidente que Mockus, a pesar de su buena imagen, está muy lejos de poder ser catalogado como un buen alcalde, ¿qué hace entonces que este hombre con cara de intelectual extraterrestre recién llegado a la política barra en todas las encuestas sobre presidenciables, sin ser precandidato y sin que él mismo reconozca abiertamente que quiere serlo? La respuesta es muy concreta: el alcalde es percibido como un hombre honesto y diferente. Sin duda, uno de los principales activos con que cuenta Mockus es el ser reconocido por todo el país como símbolo de honestidad. Esta es una ventaja curiosa. En otras circunstancias, la honestidad constituiría simplemente un prerrequisito indispensable en cualquier hombre que quisiera hacer vida pública. Sin embargo, en un momento en que el Presidente de la República y buena parte de su equipo de gobierno se encuentran acusados de corrupción por haber sido elegidos con dinero del narcotráfico, ser el símbolo de la honestidad genera unos dividendos políticos incalculables.El principal gancho de Mockus no es sólo éste. Al fin y al cabo Noemí Sanín, Andrés Pastrana, Juan Manuel Santos o Carlos Lleras son igualmente honestos. Alfonso Valdivieso va aún más allá y es percibido igualmente como el símbolo de la lucha contra la corrupción. ¿Qué hace entonces que Mockus los barra a todos? El hecho de que es considerado diferente. En un país donde el gobierno siempre ha sido asociado con una rosca, no importa si se llama liberal o conservadora, cuyo único objetivo es rotarse en el poder, el alcalde es hoy el único hombre público con credibilidad que es percibido por fuera de esa rosca. En otras palabras, lo que hace a Mockus diferente no sólo es su estilo personal de hacer las cosas sino además el hecho de que él no pertenece a la élite que ha gobernado usualmente al país, que es precisamente la que se encuentra cuestionada dentro del proceso 8.000. Con su facha de académico irreverente y apellido de extranjero, este hijo de inmigrantes lituanos representa los valores de una élite alternativa que, incontaminada de la clase política tradicional, busca asumir el liderazgo de la lucha anticorrupción sin el apoyo de los partidos pero con el respaldo de la inmensa mayoría de la población que ve en ella un cambio frente a lo tradicional.Paralelo asombrosoA este respecto son asombrosos los parecidos entre Mockus y el presidente del Perú Alberto Fujimori. La situación que había en ese país antes de que éste fuera elegido presidente era similar a la que vive Colombia hoy. Apra, el partido mayoritario de gobierno, se encontraba desgastado y desprestigiado por cuenta de múltiples escándalos de corrupción. El presidente Alan García, quien llegó al poder con reputación de ser un populista de tendencia izquierdosa, era el centro de todas esas acusaciones. En la opinión pública reinaba un escepticismo y un gran rechazo a las élites políticas tradicionales. Ante esta situación surgió un candidato que tenía dos características: era un rector de universidad de origen extranjero y sin una gota de sangre nativa. Esta combinación de factores le daba un atractivo ante las masas. Lo único que se necesitaba para ganar las elecciones era que existiera un sistema de dos vueltas. La primera la ganó el escritor Mario Vargas Llosa. Después de eso las fuerzas del presidente García, indignadas por la campaña moralista de Vargas Llosa, prefirieron apoyar a Fujimori. Y efectivamente, éste ganó en la segunda vuelta. Es la analogía entre estas dos circunstancias la que hacen de Mockus un candidato singular. Lo que lo convierte realmente en un fenómeno electoral es el estar en la arena en un momento en que los colombianos no sólo están más cansados que nunca de los políticos de siempre sino en que además varias de sus más representativas figuras se encuentran en la cárcel o a punto de ingresar a ella.Por cuánto tiempo retendrá Mockus la camiseta de líder en las encuestas es aún impredecible, especialmente cuando se vive una situación de confusión política como la actual y aún el país se encuentra a más de dos años de la fecha prevista para las elecciones. Ya otros, como Antonio Navarro y Noemí Sanín, hicieron el mismo recorrido y a pesar de ganar durante varias etapas el premio de montaña, no se mantuvieron al frente hasta llegar a la meta. Navarro de precandidato presidencial con el 45,5 por ciento de intención de voto en 1990 terminó de alcalde de Pasto. Y Noemí, que hace apenas seis meses no tenía contendores en las encuestas, bajó finalmente de la estratosfera de las encuestas a la Tierra, donde hoy por hoy se encuentra compitiendo hombro a hombro con los demás mortales.Lo cierto es que todos los analistas consultados por SEMANA coinciden en que la suerte de Antanas Mockus como candidato a la Presidencia de la República más que de él o de su gestión como alcalde depende del desenlace del proceso 8.000 y de qué tan maltratada o reivindicada quede la imagen de los políticos envueltos en la crisis. La volatilidad del electorado en momentos de desconcierto como los que atraviesa el país hace que cualquier tipo de vaticinio resulte arriesgado. Sin embargo, por ahora Antanas Mockus se escapó del pelotón. Curiosamente su fuerza política no radica en que la gente lo conozca muy bien o que lo quiera elegir a él. Radica en que el electorado está rechazando la filosofía que siempre ha acompañado las decisiones políticas en Colombia: mejor malo conocido que bueno por conocer.

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