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| 12/28/1992 12:00:00 AM

El diario de Azucena

SEMANA reproduce los más reveladores apartes del libro de Azucena Lievano sobre el secuestro de periodistas por los extraditables y la muerte de Diana Turbay.

El diario de Azucena El diario de Azucena
OSCAR NOS CONTO COSAS IMPORTANTES. Primero nos habló de su vida. Nos dijo que había estado en el Ejército y lo que nos narró fue terrible.
"Me tocó con un mayor de apellido Villamizar a quien destituyeron. Ustedes no se imaginan a dónde fue a parar:
trabajando con nosotros. Estando en el Ejército me hizo la vida imposible, pero lo más agradable fue verlo trabajando en la organización donde se las cobramos todas. A el le atribuyeron la muerte de unos jóvenes que prestaban el servicio militar y que murieron de insolación. El los mató".
-Yo me acuerdo de eso, dijo doña Diana.
Nos contó que el mayor Villamizar lo mataron aquí en Medellín. Pero no oyó ni como ni por que. También nos comentó que en el Ejército los obligaban a matar a los campesinos porque, según ellos, eran informantes de la guerrilla. Las cosas que nos dijo fueron terribles.
En un momento me pare y fuí hasta el baño. A mi regreso, doña Diana y Oscar estaban afuera. Así los tres nos quedamos hablando bajo una noche clara y tranquila.
Oscar empezó a contarnos como planearon el secuestro.
Los intentos que hicieron y como se ubicaron en Bogotá.
A doña Diana la estaban siguiendo hacía un año. Varias veces intentaron secuestrarla a la fuerza, pero por esas cosas del destino, fallaban y muchas veces se escapó. Para hacer el seguimiento, uno de ellos se ubicó frente a las instalaciones de la revista Hoy por Hoy, en la calle 34 con quinta donde vendían perros calientes y otro más abajo, en una cafetería, esperaba. Otros tres se estacionaron frente a la revista durante varios meses.
Nos cuenta Oscar, que una vez la siguieron hasta un restaurante y entraron al sitio. La seguían dos hombres y una mujer, quienes se sentaron frente a la mesa que ocupaba doña Diana y al igual que ella, pidieron almuerzo. Cuando estaban listos para actuar, entró un general de la República con su grupo de escoltas. "No supimos quienes eran ellos", dijo. Oscar. Afuera otros esperaban en dos carros. Nos dijo que se asustaron tanto, que salieron aprisa y no pagaron lo que habían pedido.
En Bogotá tenían un apartamento por los lados de Unicentro, desde donde operaban. Finalmente, un mes antes de nuestra partida lo que sería el encuentro con el cura Pérez, recuerdo que doña Diana me dijo que íbamos a realizar un trabajo con la guerrilla y me pidió que estuviera lista. Un miércoles a las seis de la mañana estuve en el noticiero, con los camarógrafos. Doña Diana llegó una hora después, metió su carro en el garaje y nos montamos en un taxi que pedimos por teléfono. La cita era en una panadería que quedaba al frente de la Universidad Nacional. Cuando llegamos, doña Diana se encontró allí con dos muchachos jóvenes, uno de ellos se llamaba Juan . Ambos vestían deportivamente. Los camarógrafos, un fotógrafo de la revista Hoy por Hoy y yo nos sentamos en otra mesa y pedimos tinto. Esperabamos la hora de partir. Al rato doña Diana se levantó, se acercó a nuestra mesa y nos dijo que nos regresabamos, que le habían dicho que no podíamos viajar porque en la zona había peligro y que no nos garantizaban nuestra seguridad, así que salimos de allí nos ordenaron que nos fueramos en un taxi que tenían listo. Regresamos nuevamente al noticiero. Sin embargo, un mes después estabamos viajando a esto, a lo que nunca nos imaginamos.
Oscar nos contó que esos muchachos en verdad si eran guerrilleros, que a ellos les dieron la orden de que se devolvieran para Medellín, mientras buscaban gente de la guerrilla, pues así era más fácil el trabajo y a doña Diana no le iban a tocar ni un pelo en el secuestro tal como sucedió.
El día que nos encontramos con ellos en la cafetería de la Universidad Nacional, les dieron la , orden de que se suspendía todo, pues habían arreglado con el Gobierno, dijo Oscar. Lo mismo que nos había dicho don Pacho en la entrevista. A los muchachos de la guerrilla, dicen, les pagaron 30 millones de pesos por traerles a doña Diana.
Finalmente hablamos de nuestros compañeros. Oscar dijo que estaban bien y que hoy bajan a Richard y a Orlando. Que esta vez si era cierto. Ayer bajó a la "Ola", como le dicen al sitio donde estan los camarógrafos, pero siguió derecho para Medellín, porque recibió un mensaje por el buscapersonas que lo necesitaban urgentemente...

EL VIAJE
Estaba tan obnubilada, que no sabía lo que realmente sucedía a mi alrededor. Tan sólo respondía a algunas preguntas que me hacía un periodista de El Colombiano...
Al fondo escuchaba una mezcla de voces que me confundía... A mi lado iba Juan Gómez Martínez y adelante su primo... El carro avanzaba rápidamente hacia el aeropuerto José María Córdova de Medellín. Allí me esperaba el avión HK 325 de Avianca que me llevaría de regreso a casa. Estaba muy confundida. El doctor Gómez Martínez iba en silencio. Sólo el periodista y yo hablabamos. Detrás de nosotros venían no se cuántos vehículos más y agentes de la policía en moto. De pronto escuché la voz de Juan Carlos, mi esposo, en la radio. En ese momento interrumpí la charla y le pedí al conductor que subiera el volumen de la radio. Juan Carlos estaba hablando con Yamid Amat, director de noticias de Caracol. Lo sentía confundido. Hubo tiempo para que le contara cómo nos conocimos, cómo nos enamoramos y lo último que nos dijimos el día de la partida y cómo soportó esos tres meses y medio sin mí.
El diálogo resultó tan agradable que hasta nosotros reíamos...
Luego vino lo más hermoso:
Yamid le preguntó:
-Juan Carlos: se ve que usted está muy enamorado. ¿Que estaba haciendo cuando supo de la liberación de Azucena?
-Yamid, respondió Juan Carlos-: le estaba escribiendo un poema...
¿Cuál? -dijo Yamid.
-Un poema, que hoy, no sé por que, le estaba escribiendo.
El diálogo era muy especial. Yamid hablaba con ternura y Juan Carlos con serenidad. Una serenidad que yo sabía que pronto se convertiría en afán y angustia por el reencuentro.
Continuaron hablando del poema y yo quería oirlo.
Entre tanto mis acompañantes, también en silencio, escucharon una a una las palabras de mi esposo. No se cuanto duró el viaje hasta el aeropuerto, ni que camino tomamos.
Estaba ansiosa. No sabía que decir. Sólo deseaba escuchar el poema. La señal de la radio se perdió por un momento. Solicité nuevamente que le subieran el volumen... De pronto alguien dijo: "Estamos llegando". Entonces pensé: "En pocos minutos estaré rumbo a casa. No lo podía creer... ".
Este pensamiento me transportó inmediatamente a recordar cómo fue el último día al lado de mis seres queridos.
Fue el jueves 30 de agosto de 1990. Me levanté a las 5:30 a.m. Antes de las siete ya estaba en la universidad, donde dictaba la catedra de televisión. Ese día, recuerdo bien, estaba muy feliz: la clase resultó agradable y entretenida.
Al llegar al noticiero, le pedí a Richard que me acompañara a hacer una nota al norte de Bogotá. "¿De que se trata?", me preguntó.
-Es sobre las Olimpiadas Especiales, -le dije. Y quiero que vaya conmigo para que logremos hacer un buen trabajo con uno de los niños participantes. Inmediatamente le comunicó a Orlando y nos fuímos.
Al llegar, me encontré con Juan Carlos, quien estaba colaborando en la oficina de prensa del evento.
Luego de recorrer el sitio, encontramos a Pachito. Estaba rodeado de su familia y sus amigos, quienes lo apoyaban, pues ese día competiría en los 100 metros planos. Le informé a Richard que el era la persona ideal para la nota... "Hágale unas tomas bien lindas"...
Estando apenas en la mitad del trabajo se me acercó el conductor del vehículo del noticiero y me dijo que me comunicara urgentemente con el doctor Alejandro Montejo, quien necesitaba hablar conmigo.
Le dije a Juan Carlos que me acompañara y fuí en busca de un teléfono. El primero que encontré, estaba dañado. Así que tuvimos que buscar otro. Repetí la llamada, pero tampoco pudimos hablar, pues no había forma de escucharlo. Encontré entonces un teléfono más privado y desde allí conocí la noticia sobre el viaje a entrevistarnos con la guerrilla. El doctor Montejo me explicó por encima el asunto y me dijo que me comunicara con Diana Turbay,lo que hice tan pronto colgué. Al hablar con ella, me sugirió que alistara ropa para unos tres días, ya que intentaríamos nuevamente el viaje que teníamos planeado.
Inmediatamente terminé la conversación, salí en busca de Richard y Orlando, quienes ya habían acabado el trabajo.
Cuando los encontre les informe del viaje.
-¿A dónde?-, preguntaron.
-Al monte. Vamos con doña Diana.
La verdad fue que no les dí mayores detalles sobre el viaje. Recogieron el equipo y nos fuímos a almorzar. En el restaurante estaba mi esposo y le comenté lo del viaje. Al despedirnos me dijo que me quería mucho...
Regresamos al noticiero. Cada uno salió hacia su residencia a preparar el equipaje. A las cuatro de la tarde, ya estabamos reunidos. Cámaras listas, maletas dispuestas... Todo preparado.
Doña Diana llegó a las cinco. Para entonces el vehículo que nos transportaría estaba frente a las instalaciones del noticiero.
Al conductor lo acompañaban una mujer y dos hombres. Salimos rápido. El tiempo apremiaba.
Juan Vitta y Hero Buss se hicieron en la parte de atrás, Richard y Orlando más adelante y en seguida, doña Diana y yo. Con el conductor iba Juan, el contacto que habló con doña Diana sobre el viaje y que, se suponía, era de la guerrilla.

Cerca de las nueve llegamos a Honda, cálida población ubicada a 149 kilómetros al occidente de la capital. Bajamos el equipaje y comimos. La mayoría coincidimos en pedir pescado y por sugerencia de nuestro compañero alemán, Hero, nos decidimos por la cerveza. Siempre a nuestro lado el joven y la señorita.
A los 15 minutos de estar allí, llegaron otros hombres en dos vehículos.
Uno pequeño y el otro bastante grande.
Al terminar la cena, nos acomodaron en ellos.
En el pequeño nos subimos adelante Diana y atrás Juan, un vigilante y yo. En el grande se acomodaron Hero, los camarógrafos y tres guardianes más.
Seguimos por la misma carretera que va a Medellín. La lluvia comenzó a caer fuertemente. El camino era oscuro y la velocidad de los vehículos era alta.
Llegué a sentir un miedo espantoso por la fuerte lluvia y por la alta velocidad. Todo en mí parecía temblar...
Seguíamos y la lluvia nos acompañaba. La carretera se mostraba peligrosa. Llegamos hasta un sitio en donde minutos antes se había derrumbado un peñasco que taponó completamente la via. Los vigilantes se bajaron a inspeccionar; la situación era grave: no había paso. Trataron de mover algunas piedras sin resultado. En ese momento no había ningún otro vehículo en la carretera. (...) ...Iniciamos un largo recorrido, subiendo y bajando lomas adornadas de cafetales. En el camino nos encontramos con mucha gente que nos saludaba de manera amable, aunque con extrañeza y asombro, pues parecían reconocernos.
Así anduvimos durante horas.
Cerca de las cuatro de la tarde llegamos a una finca y nos apeamos. Más tarde nos reunieron a todos en un cuarto.
Después de estar un tiempo adentro, decidimos salir al comedor a fumarnos un cigarrillo. A los pocos minutos entró un hombre de unos 30 años y nos dijo: -Por favor, vamos al cuarto. Ustedes no pueden estar aquí.
Estando de nuevo en la habitación nos ofrecieron jugo de naranja. Allí encerrados estuvimos toda la tarde, hasta cuando llegó un nuevo vigilante encapuchado, quien nos dijo:
-Soy del ELN. Les ruego, por favor, que esperen. No se impacienten. Ya regreso con noticias.
Se retiró y regresó una hora más tarde.
-Vamos a llevarlos al campamento, pero tenemos que salir en grupo, pues hay peligro en la zona. Así que tomó papel y lápiz y anotó nuestros nombres y nos dividió en dos equipos.

SE INICIA EL CALVARIO
A las 8:30 p.m., doña Diana, Juan y yo fuimos llevados por entre el monte a otra casa... Fue un largo camino en la oscuridad... Cada uno de nosotros llevaba un acompañante quien nos vigilaba celosamente... Varias veces nos tocó parar, oportunidad que aprovechaban para decirnos que no hicieramos ruido. Aún continuábamos tranquilos.
Pensabamos que todo esto estaba dentro del plan para acercarnos a la guerrilla y que ibamos a encontrarnos con el cura Pérez.
El grupo de Hero, Richard y Orlando, se quedó en la casa donde estuvimos inicialmente. Después de un largo camino llegamos a una especie de "caleta". Allí había más gente esperandonos.
Después nos metieron a un cuarto. Al rato sali y me sente en una silla de la sala a ver televisión. Doña Diana estaba muy cansada y se quedó dormida.
Al día siguiente, sábado, se levantó muy temprano. Juan y yo, aún dormiamos. Doña Diana se nos acercó y dijo: "Estoy aburrida y lo mejor es regresar. Voy a hablar con ellos y nos vamos porque esto no me gusta". Pero lo que no sabíamos, lo supimos después, cuando regresó el mensajero, quien nos dijo:
-Les quiero decir la verdad: ustedes estan retenidos por los extraditables. ¿Alguna pregunta?
-Por qué?-. Le pregunté.
-No sé. Es lo único que puedo decirles. Esperen más noticias.
Doña Diana, Juan y yo estabamos frente al hombre, en la sala. Le temblaba la voz. Me empezaron a sudar las manos y me puse fría. Volví a mirar a doña Diana y note su angustia... Entonces dijo:
-¿Y Hero, Richard y Orlando? ¿Que pasó con ellos?
-Están bien- respondió secamente.
Nos dieron a entender que los habían soltado y que llevarían un mensaje a nuestras familias. Los hombres salieron y nos dejaron encerrados con llave.
La casa estaba a oscuras.
Cuando el vigilante salió, quedamos mudos, impávidos. No sabíamos que decir. Al rato doña Diana y Juan empezaron a comentar la situación. Sobre nuestros compañeros sentíamos dudas de lo que nos dijeron. Y comenzaron a surgir incógnitas.
Ese día entre al cuarto donde dormiamos y me tire sobre la cama. Mi mente volaba. Pensaba en todo, en lo que haría. Mire a todos los lados y no vi a nadie.
Estaban afuera en el solar. Hablaban no se de qué. Entonces quise hacer algo. Recordé que había llevado una libreta de apuntes. Y me decidí a escribir. Me levanté y busqué en mi equipaje la libreta y un bolígrafo. Volví a la cama. Me acosté boca abajo y me puse a escribir...

EL PRIMER CONTACTO
CON EL JEFE DEL
OPERATIVO
Septlembre 19 de 1990
Anoche esperamos hasta muy tarde la llegada del Patrón, quien nos había prometido que iba a hablar con nosotras para explicarnos lo que estaba sucediendo.
Esa mañana aún estabamos metidas debajo de las cobijas cuando tocaron a la puerta.
-¿Quien es? -preguntó doña Diana.
Era el Patrón o don Pacho como le decían. Se paró frente a la cama y nos dijo:-¿Cómo están?... ¿Cómo amanecieron hoy? -nos preguntó con un pronunciado acento paisa. Dona Diana le dijo:
-Bien Mientras levantaba su cabeza para reincorporarse de la cama.
-¿Cómo las han tratado? ¿Las han atendido bien?-Insistió el Patrón.
-Sí-respondió doña Diana
Junto a él estaban dos personas más. Eran jóvenes. Ambos morenos y bien vestidos.
Don Pacho nos dijo:
-Bueno, vine a hablar con ustedes, como se los había prometido. Anoche no pude llegar porque montaron muchos retenes en la via y la situación era difícil. Decidí entonccs madrugar y aquí me tienen. Arreglense que yo las espero afuera.
Nosotras pensamos que había llegado el momento que tanto esperabamos. En pocos minutos nos enteraríamos de por que estabamos secuestrados y que era lo que pasaba. Doña Diana se metió muy rápido en el baño mientras que yo apenas salía de la impresión que me causó ver al despertarme, una cucaracha caminando sobre mi cobija. Luego me bañé y lo hice más rápido que nunca, pues sentía la proximidad de la libertad. El Patrón había dicho que lo que nos iba a dar era el primero de tres comunicados. Pense entonces que muy pronto estaría en casa. Cuando salí del baño, doña Diana estaba sentada en la cama pensando. En nosotras había alegría, pero también una gran incertidumbre sobre lo que el Patrón nos iba a decir. Ella esperó a que me arreglara y juntas salimos al comedor. Todo estaba listo en el pasillo, donde habían colocado tres sillas.
Don Pacho se sentó frente a nosotras y nos dijo:
-Voy a decirles por que están aquí. También les voy a hablar sobre el Gobierno y el general Miguel Maza Márquez, director del DAS.
-¿Puedo grabar? -le dijo doña Diana.
Dijo que no, pero finalmente accedió, mientras yo tomaba papel y lápiz.
Doña Diana fue al cuarto por la grabadora, y don Pacho me comentaba que después de esto vendrían otros "amigos", entre ellos Pablo Escobar.
-Doña Diana -empezó diciendo el hombre: -Nosotros desde hace un año la estamos siguiendo...
-¿Cómo planearon este secuestro? -preguntó ella.
-Estuvimos trabajando varios meses en su seguimiento, cómo llegaba al noticiero, a la revista, etc. Pero en esos días ocurre la muerte de Galán. Las cosas se paran porque Bogotá se había vuelto intransitable. Al año se calman, cuando ya tenemos contacto por intermedio de la gente que quería dialogar. Ya no queríamos dar bala ni hacer las cosas mal hechas.
Se pensó en la forma como usted hizo contactos y diálogos con el M-19. Nosotros pretendíamos "sacarla" sin tocarle un pelo y sin ningún accidente. Se hizo el primer contacto por intermedio de dos compañeros, dos muchachos que usted más o mestro nos vio. En esos días se había llegado a un acuerdo...
-¿Un acuerdo con quien? -le pregunté.
-Ya usted se imagina. Un acuerdo con el Gobierno sobre cosas que en realidad no se cumplen. Entonces que pasa: empezamos a contactar otra vez a doña Diana. Programamos la salida para el 30 a las cinco de la tarde, y este es el momento en que estan aquí, frente a nosotros. Necesitamos que nos saque comunicados porque es una persona de alta alcurnia en la sociedad, periodista muy "fina", como la llamamos nosotros, muy metódica, muy analista de la situación. Su detención es preventiva mientras se aclaran dos puntos.
-¿Cuáles son? -preguntó doña Diana.
-Maza y Cali.
-¿Los puntos los van a aclarar ustedes o ustedes juzgan? -insistió ella.
-Los puntos se van a aclarar con usted para que usted los juzgue, ¿correcto?.
-Y cuando usted dice una detención preventiva ¿a que, concretamente, se refiere?
-La detención preventiva es para hacer presionar al enemigo, que es Maza Márquez. Cada día sabemos los movimientos que hace. Es un tipo que acosa mucho y cuando hay un problema, saca una mano de fotos que ni siquiera conoce. En el 87 Maza mató a un pariente mio y lo informó como si fuera un enfrentamiento, una batalla campal entre la organización que el decía y el DAS. ¿Pero que pasó? A ellos los sacaron del hotel Plaza de Bogotá, amarrados como cualquier perro.
"El Gobierno hace su encubrimiento y uno tambien tiene que sobrevivir, y si yo se que a mi me van a matar, pues yo no me voy a dejar. Maza para entonces entregó a los periodistas la noticia que había destruido a una red de sicarios.
"Se muere ese grupo y empiezan a hacerme un seguimiento detrás del que está hablando en ese momento. Lo cual quería decir, como nos lo habían hecho saber, se trataba del cartel de Medellín. Hasta aquí así lo entendimos don Pacho. El señor Maza, por intermedio de un agente del DAS, llamó a Albeiro, bueno se llama Albeiro, despues dare el nomhre más concreto; el trabajaha en el DAS. Los cita Maza a una reunión en Bogotá y es para que me asesinen y ofrece cinco millones de pesos. Entonces el hombre Albeiro, como nos criamos juntos, me comenta a mi de ingenuo y yo le digo: si él da cinco por mí, yo te doy 20 ó 30 por él. ¿Que pasa?. No se si la información se filtró. El hombre vuelve al país y a la luz del día lo matan; pasó un carro oficial y lo mató; hasta aquí llegamos nosotros".
-¿Usted estuvo comprometido en el asesinato de Galán y de líderes de izquierda? -prosiguió doña Diana.
-Bueno, yo en eso no hice nada.
Los asesinatos de Carlos Toledo, de Piarro de Jaramillo, de Antequera y de Galán tuvieron una peculiar circunstancia: en esos días todos los escoltas fueron cambiados. ¿Para qué? Para permitir la infiltración de la gente de Cali. ¿Por que? Vean: El primer atentado fue el que se le hizo a Galán en Medelín y nadie investiga la procedencia del carro que cogieron. Allí se encontraron los papeles de un tal Herrera Buitrago, que es socio de los de Cali. Eso no se dijo se sacó en la prensa, sino que se nos achacó a nosotros. La desinformación en el DAS es muy grande, como también es la misma Policia. ¿Por que? Porque los de Cali querían desestabilizar al cartel haciendo los atentados aquí en Medellín, y como todo se lo achacaban al señor de aquí, de Medellín, ¡pues que recayera aquí y listo!.
Estábamos tensas... Don Pacho hablaba y mientras nosotras lo mirabamos con angustia y ansiedad, necesitabamos que llegara al meollo del asunto, al asunto clave de lo que iba a pasar con nosotras. Su vocabulario era grotesco aunque ya nos habíamos acostumbrado a el.
Mientras continuaba el dialogo, Oscar, los dos negros que acompañaban al Patrón, Mario Hitcher, Albeiro y hasta el viejo Anibal, cuidaban los cuatro costados de la casa.-
La muerte de Galán, si no me equivoco, ¿fue reivindicada por el cartel de Medellín? -insistió doña Diana en el tema.

-No. El cartel de Medellín no reivindicó el hecho -respondió secamente (...)
-Don Pacho,-dijo doña Diana-, nosotros queremos que nuestras familias sepan cual es nuestra situación.
-No. No es posible -respondió enfáticamente.
-Podemos mandar una carta o ustedes enviar un fax. no diciendo quienes nos tienen sino sobre nuestra situaciíon.
Por favor... por lo menos que sepan que estamos vivos.
-Voy a ver que puedo hacer... Ah, quiero decirles que muy pronto nos moveremos de aquí.
-¿Cuánto tiempo va a durar esto? -le preguntó doña Diana.
-Posiblemente a comienzos de noviembre quedan libres...
Fue lo último que dijo.
Luego se despidió y nos ordenó que entraramos. Así lo hicimos. Doña Diana escondió el casete en la maleta y luego comentamos la situación.
Apenas estábamos en septiembre y el mes de noviembre nos parecía una eternidad. Ahora por lo menos sabíamos que era el cartel de Medellín el que nos tenía y que sólo nos quedaba esperar, como nos dijo don Pacho. Dos comunicados más y nos iriamos (...)
...El 22 de enero (un mes después de la liberación de Azucena Lievano), a través de las noticias conocí que dos de los sicarios al servicio del cartel de Medellín habían sido abatidos por unidades del Cuerpo Elite de la Policía Nacional en Medellín. La noticia me alertó y me preocupó. Efectivamente se trataba de los hermanos David Ricardo y Armando Alberto Prisco Lopera, conocidos como los Priscos. (...)
Las autoridades confirmaban que David Ricardo Prisco Lopera, de 33 años y conocido como el jefe de la organización de sicarios, había sido dado de baja en la madrugada del 22 de enero de 1991 en la carrera 64B #39-22, al suroccidente de Medellín. Su fotografía en la prensa y los datos de falsa identidad como Francisco Muñoz Serna de 24 años, me confirmó que efectivamente se trataba de don Pacho, el feje del operativo y de quien practicamente dependía nuestra suerte en cautiverio.(...) -

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