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| 10/16/1995 12:00:00 AM

EL DIARIO DE MEDINA

Desde la cárcel, Santiago Medina, ex tesorero de la campaña samperista, escribió su versión de los hechos para anexarla al proceso 8.000. SEMANA publica algunos apartes.

EL DIARIO DE MEDINA EL DIARIO DE MEDINA
EL VIERNES 17 DE JUNIO DE 1994, DOS DIAS antes de la elección presidencial, Ernesto Samper me comentó en la sede de la campaña que había resuelto invitar a mi casa a un grupo de amigos -cerca de 50 personas- para presenciar en mi pantalla gigante de televisión el partido de fútbol entre Colombia y Rumania, el primero que jugaba nuestra selección en el Mundial de Estados Unidos.
Entre los invitados que llegaron a mi residencia el sábado 18 estaban las directivas de la campaña y 20 integrantes de las glorias del fútbol, entre ellas el 'Caimán' Sánchez, 'Maravilla' Gamboa, el 'Pocillo' López y otros jugadores ya retirados. Si la selección ganaba Samper había ordenado que se les entregara a los noticieros de televisión de esa noche las imágenes de la celebración que había tenido lugar en mi casa.
Antes de que llegaran los invitados, hacia las tres de la tarde, entró una llamada telefónica y una de mis empleadas me dijo que en la línea había un señor que necesitaba hablar urgentemente conmigo y que no había querido identificarse. Cuando pasé al teléfono el interlocutor se identificó y me dijo: "Santiago, habla con Miguel Rodríguez. Lo llamo para decirle que tengo información sobre unos casetes que están por ahí rodando y en los cuales nos grabaron hablando de la plata que le dimos a la campaña. No se preocupe que eso lo tenemos arreglado y vamos a decir que nada de eso es cierto y que usted y yo nunca en la vida nos hemos visto". Eso fue todo lo que hablamos. Yo quedé petrificado. Me angustié mucho y no sabía qué hacer. Unos minutos después llegó Fernando Botero. Salí presuroso a la puerta a recibirlo. Lo cogí del brazo y me lo llevé para un sitio tranquilo y solo y allí le comenté la conversación que había tenido y el susto que me había producido. Botero, con tono pausado me respondió que no me preocupara, que mantuviera la calma, que todo estaba bajo control, que él ya sabía de esa historia, pero que eran rumores falsos para tratar de asustar a Samper a un día de las elecciones. Yo me quedé tranquilo y subí a reunirme con los invitados en la mansarda de mi casa a presenciar el partido. La frustración porque la Selección Colombia perdió ante Rumania fue total y no hubo ningún tipo de celebración.
A eso de las 8:30 de la noche, Ernesto Samper, Fernando Botero, Rodrigo Pardo y yo nos fuimos para mi cuarto a ver el noticiero TV Hoy. Antes de que empezara Fernando comentó que de pronto TV Hoy publicaba algo sobre los casetes puesto que se sabía que los casetes estaban en manos de Andrés Pastrana, cuya familia es dueña del noticiero. Los cuatro nos concentramos a la espera de la noticia, pero esa noche no pasó nada y cuando terminó el noticiero Botero nos dijo que estuviéramos tranquilos que no había problemas. Unos minutos después nos despedimos y quedamos de vernos muy temprano para acabar de organizar algunos detalles en el día de la segunda y definitiva vuelta presidencial.
El día de la elección fue muy tensionante. Todos estábamos con los nervios de punta esperando los resultados finales. Al finalizar el día las cosas comenzaron a cambiar, pues los escrutinios que entregaba la Registraduría y las encuestas callejeras que realizó la campaña le daban la Presidencia a Ernesto Samper. Entonces salimos al Centro de Convenciones a celebrar. Yo estuve allí una hora y después me fui para mi casa a terminar de organizar la fiesta que teníamos preparada para 300 personas.
En la madrugada, cuando Ernesto Samper se disponía a marcharse, se me acercó y me dijo que quería conocer la piscina de mi casa. Nos fuimos caminando los dos y cuando estuvimos solos me preguntó que si yo estaba seguro de que todas las 'cosas' de la campaña se habían hecho bien. Yo le contesté que todo se había hecho con mucho cuidado.
Dos días después, el martes 21 de junio, me encontraba en mi oficina de la sede arreglando y revisando los papeles de la campaña cuando una de las secretarias me dijo que había una periodista londinense que preguntaba por mí y que era urgente que hablara con ella. Al principio dudé en recibirla. No sabía de qué quería hablarme y yo estaba muy nervioso como para recibir periodistas. Ella insistió y le dijo a la secretaria que el tema a tratar era muy delicado. Entonces decidí recibirla y ella me tocó de nuevo el asunto de los narcocasetes. Le contesté que no sabía de qué me estaba hablando. Fui muy cortante y le dije que no tenía tiempo de atenderla. Cuando se marchó decidí irme para mi casa, pues estaba muy alterado y no sabía qué hacer. Cuando llegué a mi casa llamé a Fernando Botero y le dije que necesitaba hablar urgentemente con él. Me contestó que no me preocupara, que él de inmediato salía para donde yo estaba y hablábamos con más tranquilidad.
Botero llegó a eso de las tres de la tarde. Yo seguía muy preocupado. El me tranquilizó y me dijo que no había de qué preocuparse y que por qué no me tomaba una temporada fuera del país. Me dijo que yo no tenía ningún problema económico para sostenerme unos meses en el exterior y que lo mejor era que yo estuviera alejado de todo.
La propuesta no me gustó para nada. Me molesté mucho y fui muy duro con Fernando. Le dije que por qué ellos me estaban insinuando eso. Que por qué querían salir de mí. Que yo no era ni un criminal, ni un hampón, ni nada parecido para salir corriendo del país. Que todo lo que había hecho en la campaña había sido con autorización de él y de Ernesto Samper. Que en ningún momento se hizo algo diferente a lo ordenado por ellos y que por lo tanto la propuesta que me estaba haciendo era inaceptable. El me vio muy molesto y trató de tranquilizarme y me dijo que no interpretara las cosas de esa manera, que lo único que estaban buscando era mi tranquilidad para que nadie me molestara. Yo le contesté que el problema no era de una sola persona, que todos estábamos metidos en el asunto y le dije que en esta situación estábamos o todos en la cama o todos en el suelo. Aquí no va a haber ningún sacrificado ni ningún mártir. O todos salimos adelante o todos nos hundimos.
Las cosas quedaron de ese tamaño con la idea de que conmigo sabían a qué atenerse en caso de que algo pasara.
En la última semana de junio, después de que Andrés Pastrana diera la rueda de prensa sobre el asunto de los narcocasetes, Fernando Botero me llamó y me dijo que necesitaba hablar urgentemente conmigo. De nuevo nos reunimos y en esta oportunidad me dijo que tenía un mensaje a nombre del presidente Ernesto Samper: "Santiago, el presidente Samper quiere pedirle un favor muy personal. El quiere que usted salga esta noche en televisión y se responsabilice de todo el asunto diciendo que como tesorero de la campaña, si entró dinero, usted fue engañado y el narcotráfico le metió la plata sin darse cuenta". Me negué rotundamente y le contesté: "Listo, yo doy la entrevista en televisión, pero hago una rueda de prensa y cuento la verdad de lo que pasó". El me dijo que solo era un favor que me pedía el Presidente, pero que si no quería no lo hiciera. De todas maneras me convenció para que le concediera una entrevista a QAP y diera unas respuestas muy evasivas. Fue así como me consiguieron una entrevista de inmediato con QAP, donde salí hablando.
Los días siguientes fueron de mucha tensión y las cosas empezaron a salirse de las manos. Todos los días hablaba con Fernando. El me repetía una y otra vez que había que tener tranquilidad, que las cosas se iban a arreglar, que tan pronto pasara la tormenta el gobierno me nombraba en una embajada para que me fuera al exterior y con el tiempo las cosas se olvidaran.
Como estaba muy tensionado decidí irme unos días de vacaciones a Europa. Lo hice también por varias razones. Una de ellas fue el distanciamiento que comenzó con Samper. Con él fueron muy pocas las veces que hablé o nos vimos. Botero me decía que no era necesario que hablara o me reuniera con Ernesto, que cualquier cosa que necesitara o cualquier duda que tuviera, lo buscara a él. Estuve unas semanas por fuera del país y regresé antes de la posesión de Samper como presidente. De nuevo comenzaron las sorpresas. La invitación que me enviaron era diferente al lugar que ocuparon las directivas de la campaña. A mí me tocó en las filas de atrás, donde nadie me pudiera ver. Cuando le pedí una explicación a Fernando me contestó, "No se preocupe por esas boberías, piense que Ernesto tiene decidido mandarlo a una embajada".
El compromiso en un principio con Samper y Botero fue que la embajada en la cual me nombrarían sería la de España. Sin embargo, con la situación que había, Botero me dijo un día que la designación en Madrid era casi imposible. Que era muy difícil sacar a María Emma Mejía de ese cargo y que además el columnista de El Tiempo Roberto Posada García Peña, D'Artagnan, era candidato para reemplazarla.
Frente a esta situación, Botero me invitó a su casa y me dijo que con el Presidente habían llegado a un acuerdo: que yo sería el embajador en Italia y que solo había que esperar unos días para que Plinio Apuleyo Mendoza renunciara, que ellos consideraban que a finales de 1994 el nombramiento estaría listo.
Dos semanas después Fernando Botero me invitó a desayunar en su casa y me dijo que en una reunión que había tenido con Juan Manuel Turbay habían decidido que lo mejor para mí era que me fuera de inmediato como embajador en Grecia. En ese momento me molesté muchísimo. Le contesté que lo que querían era salir de mí y que yo no me pensaba dejar exiliar en cualquier parte.
Me fui de la casa de Botero con la firme intención de no volver a tocar el asunto. Dos días después Botero me volvió a llamar para invitarme a la posesión de David Turbay. Ese 31 de agosto llegué a Palacio y Fernando me dijo que el Presidente me tenía una sorpresa. Que el nombramiento en Grecia estaba arreglado. Me puse furioso. Estaba verdaderamente molesto. El presidente Samper me llamó aparte y tuvimos una discusión muy fuerte. A un lado del salón de ministros, donde ocurrió el altercado, estaban presentes: De la Calle, Horacio Serpa, Julio César Turbay Quintero y Olga Duque.
En un momento de la discusión, Samper, muy bravo, me dijo que no sabía lo que estaba pasando conmigo, que no entendía por qué le estaba cambiando las reglas de juego que habíamos acordado. Su decisión era que yo me fuera para Grecia y que más adelante sería nombrado en Italia. Yo, furioso, le contesté que él estaba equivocado, que a mí no me interesaba irme a Grecia y que eran ellos quienes estaban forzando mi salida del país. Samper, muy contrariado, me dijo que le estaba faltando al respeto, y en tono fuerte agregó: "Santiago, no olvides que yo soy el Presidente". Yo le respondí: "Tú tampoco olvides que yo fui quien consiguió el dinero para que tú fueras Presidente".
Samper salió muy disgustado del salón y después de haber leído el discurso en la posesión de David Turbay regresó y me buscó. Hablamos un buen rato y me dijo que teníamos que tranquilizarnos, que no debíamos pelearnos. Después de este episodio yo me fui para Europa durante un mes en viaje de negocios. Cuando regresé me enteré de que Juan Fernando Cristo había filtrado a la revista SEMANA un confidencial en el que se decía que por ningún motivo el gobierno me iba a nombrar en cargo diplomático alguno. También supe que Rodrigo Pardo había comentado en una comida que mientras él fuera Canciller no había posibilidad alguna de que a mí me nombraran en una embajada.
Durante las semanas siguientes la presión bajó un poco y decidí dedicarme a mis negocios, los que dejé abandonados por dedicarme a la campaña presidencial. Pero las cosas se complicaron a mediados de octubre cuando un emisario de los Rodríguez Orejuela me buscó para entregarme un mensaje que traía de ellos. Era una carta en la que me pedían que le transmitiera un mensaje al presidente Samper. Ellos estaban indignados y sentían que les estaban poniendo conejo. Habían participado en la financiación de la campaña con la intención de someterse a la justicia tan pronto se posesionara Samper. Sin embargo, no solo no habían encontrado un interlocutor para esto, sino que el gobierno, por presión de los Estados Unidos, los estaba persiguiendo en forma implacable.
Me di cuenta de que las cosas se estaban complicando y me dio pánico. Entonces decidí ir a Palacio para buscar a Samper y plantearle el problema. Era el 13 de octubre del año pasado. Ernesto no me atendió esa noche, pues había una comida de despedida para Carlos Lleras de La Fuente, quien se iba para Washington como embajador. Me dijeron que regresara al día siguiente a cumplir una cita a las 10 de la mañana. Cuando llegué, Samper estaba ocupado en la posesión de Lleras de La Fuente y me dejó una orden con uno de sus asistentes: que me fuera de inmediato para el Ministerio de la Defensa y hablara con Botero.
Salí de Palacio y me fui para donde Botero. El me estaba esperando. Nos reunimos a puerta cerrada y tuvimos una discusión muy fuerte. Yo le dije que no podía seguir más en este cuento. Que no tenía porqué seguir poniendo la cara por todo el mundo, que la entrega de los Rodríguez Orejuela no era problema mío, pero el hecho de que ellos sintieran que les estaban incumpliendo y que los estaban persiguiendo me dejaba a mí en la mitad por haber sido el intermediario de la plata. Le dije que hasta aquí llegaba, que no podía seguir en el mundo de mentiras en que estábamos. Botero, con la tranquilidad de siempre, me calmó. Me dijo que lo de los Rodríguez no era asunto mío porque las políticas sobre el narcotráfico las fijaban él y el Presidente. Me agregó que él manejaría la situación y que no me preocupara. Manifestó que él viajaría ese día a San Andrés con el Presidente y que buscarían un momento para hablar del tema.

El lunes siguiente murió mi mamá. Ese día estuvieron en la funeraria Samper, Jacquin, Juan Manuel Turbay y Botero. Al día siguiente, durante el entierro, Botero estuvo a mi lado en representación del Presidente. Tres días más tarde, Jacquin me invitó a almorzar con Ernesto a la casa privada. La reunión fue muy familiar y muy grata. Se limaron las asperezas y volvimos a ser amigos.
En noviembre me volvieron a invitar a Palacio. Esta vez a un concierto.
En las semanas siguientes fui unas cuatro veces a Palacio. Llamaba a la secretaria de Ernesto y le avisaba que iba a visitarlo; entonces daban orden para que entrara con mi carro por el sótano privado. Las reuniones eran siempre después de las 9 de la noche. A esa hora era muy difícil que me encontrara en los pasillos con alguien. Las visitas a Palacio comenzaron a complicarse. La situación estaba muy difícil y se acordó que a partir de ese momento tenía que reunirme solamente con Fernando. Desde entonces, cualquier duda que tuviera, cualquier inquietud, a la hora que fuera, el día que fuera, solo tenía que coger el teléfono y llamar a Fernando para que él se reuniera conmigo.
Con Fernando Botero nos reuníamos todos los miércoles casi siempre después de las 8 de la noche. La mayoría de esas reuniones eran en su apartamento, aunque de vez en cuando nos reunimos en otros lugares como el Oma del Centro Internacional o el Gun Club.
En una de esas reuniones de los miércoles, Botero me dijo que estaba muy preocupado con la posición de los Estados Unidos, que estaban fregando mucho con los cuentos de la financiación de la campaña. Yo me asusté mucho y comencé a tener gran desconfianza. Tenía el pálpito de que algo grande se venía encima y que en cualquier momento me iban a coger de chivo expiatorio. A comienzos de este año decidí documentarme de todo lo que había pasado en la campaña, de armar la verdadera contabilidad de la plata que había entrado y que nunca se había relacionado en los libros. La base de esa contabilidad fueron las relaciones de recaudo que yo presentaba semanalmente a Botero, a Samper y a Juan Manuel Avella. En la primera semana de trabajo encontré que tenía documentos con los cuales demostraba inicialmente el ingreso de 1.200 millones de pesos y los recibos que me había firmado Avella de esa plata y que no estaban declarados en la campaña. En las semanas siguientes fue mucha la información que recopilé, y comencé a comprender a dónde había ido a parar la plata que nos dio el cartel de Cali.
Fue un trabajo complicado porque yo no tuve nunca acceso directo a la contabilidad. Yo era una especie de relacionista público que recibía el dinero, se lo relacionaba a Botero y él era quien le ordenaba a Avella los gastos. Yo jamás tuve mi firma registrada en ninguna chequera, pero como siempre he sido un hombre muy ordenado, al revisar mis fólderes y mis papeles encontré cosas muy sorprendentes.
Mientras tanto, en una de las reuniones con Fernando le hice saber de la información que tenía. Le dije que mi vida estaba en peligro y que por ello había tomado la decisión de grabar un videocasete donde contaba todo lo que había ocurrido en la campaña. Que había hecho un expediente sobre las cuentas y que una de las copias de esa documentación la había llevado a Europa y la había dejado en una caja fuerte, junto con el video. También le conté que si llegaba a pasarme algo había una persona encargada en el exterior que tenía órdenes precisas de darle a conocer toda esa documentación a la prensa internacional. Fernando me dijo que estaba exagerando las cosas, que él estaba encargado de mi seguridad. Me volvió a repetir lo de la embajada en Italia anotando que la diligencia iba por buen camino. Al principio me dijo que para la Semana Santa se haría el nombramiento, luego, que para mayor seguridad podría ser en junio y finalmente que en septiembre de este año, pues ellos tenían que darle un compás de espera a Plinio Mendoza, quien había pedido unos días para retirarse y que no era conveniente para el gobierno sacarlo del cargo antes de lo previsto.
Cuando supe que la Fiscalía me iba a llamar a rendir una declaración libre y espontánea sobre el tema de la financiación, decidí contratar un abogado. Después de barajar varios nombres me recomendaron a Ernesto Amézquita y lo hice porque sus referencias eran muy buenas y además porque era el abogado de Alan García. La función de Amézquita era la de representarme legalmente ante la Fiscalía por el caso de las camisetas y después por el famoso cheque de los 40 millones de pesos girado a mi nombre por el cartel de Cali y que yo endosé. Yo siempre he creído que ese cheque fue la cascarita que pusieron los Rodríguez para que quedara una prueba de la vinculación de ellos con la campaña, por si algún día la necesitaban, pues todo el dinero de ellos había entrado en efectivo. En otras palabras, querían un seguro por si las cosas se enredaban.
Poco a poco me fui dando cuenta de que Amézquita era muy amigo del ministro Horacio Serpa. Con él se reunía mínimo dos veces por semana. La disculpa que tenía era la Asociación de Abogados Litigantes, organismo del que mi abogado era presidente. Amézquita pertenecía al Consejo de Garantías Electorales y había sido nombrado allí por Serpa. Pero la realidad de esas reuniones era la de acordar cómo Amézquita tenía que tranquilizarme, lavarme el cerebro y repetirme una y otra vez que todo estaba bien, que no había ningún problema, etc., etc.
Pero sí se presentó un problema. Tres días antes de mi declaración ante la Fiscalía, la directora del Noticiero 7:30 Caracol, Daissy Cañón, me llamó y me pidió una cita para hablarme del cheque de los 40 millones. Ella fue la primera periodista que me habló de ese tema. Yo nervioso le di la entrevista y le contesté las preguntas. Cuando se fue, salí corriendo para donde Fernando y le conté lo que había pasado. Me dijo que no me preocupara que él manejaba eso. El hecho es que la información no salió en el noticiero de Daissy, quien era quien tenía el cheque, pero Yamid Amat sí sacó la historia en CM&.
En todo caso la aparición de un cheque de los Rodríguez Orejuela a mi nombre complicó jurídicamente las cosas para mí y políticamente para el gobierno. El asunto ya no era de camisetas como había creído yo hasta el momento. Ante esta nueva situación nos reunimos en el despacho de Serpa con Amézquita con el fin de orientarme sobre lo que debía decirle a la Fiscalía en la declaración a la que había sido citado.
El 14 de julio me presenté en la Fiscalía para rendir mi versión libre y espontánea sobre el cheque de 40 millones de pesos. Creí que había salido bien librado y me fui a mi casa. Allá me visitó la periodista Mary Sheridan, del periódico Miami Herald, quien quería hacerme una entrevista. Yo le repetí la misma historia que le había contado a la Fiscalía sobre cómo lo endosé y lo mandé a la sede de la campaña en Cali. Cuando terminé mi cuento, ella me dijo: "Señor Medina, ¿usted no se cansa de decir mentiras? ¿Usted no sabe que las agencias de seguridad de los Estados Unidos saben en detalle sobre las cuentas bancarias que hay en mi país relacionadas con la campaña? ¿Usted no sabe que el gobierno americano conoce en detalle los dineros que fueron aportados por los Rodríguez a la campaña de Samper y que esos dineros fueron enviados a su casa en manos de Alberto Giraldo y Eduardo Mestre? ¿Usted no sabe que ellos conocen en detalle la historia del diamante de Elizabeth de Sarria? ¿Hasta cuándo usted va a seguir diciendo mentiras?".
Tan pronto Mary Sheridan salió de mi casa llamé a Botero. Le dije que los gringos sabían todo. Que me acababa de enterar por una periodista del Miami Herald. El me contestó que no había que creer todos los cuentos, que me fuera a descansar a Girardot, que dejara las cosas en sus manos y que tan pronto las arreglara me llamaría.
El 21 de julio Fernando Botero me llamó a Girardot y me dijo que iba a enviar al día siguiente a un amigo suyo que me iba a dar nuevas noticias. El sábado 22 de julio llegó a mi casa del Condominio El Peñón el señor Jaime Orlando Páez, a quien yo personalmente recibí. Páez estuvo hablando conmigo y me contó que Fernando se iba a una reunión de ministros de Defensa en los Estados Unidos y que ellos dos se iban a encontrar allá. Me manifestó que Fernando tenía interés en saber cómo andaban las cosas y que por eso lo mandó a visitarme. La realidad es que, aunque yo no lo sabía, mi detención era inminente y era posible que Fernando estuviera en el exterior cuando sucediera. Páez me dijo que era conveniente que nos mantuviéramos en contacto y acordamos una comunicación telefónica entre Bogotá y Washington para el miércoles siguiente, puesto que él iba a estar con Fernando en la capital de Estados Unidos. Me dejó, sin embargo, el teléfono y el nombre de su secretaria por si algo inesperado pasaba con la Fiscalía. En esa eventualidad me señaló que me limitara a seguir las recomendaciones que me había dado Horacio Serpa.
El martes 25 de julio regresé a Bogotá. Esa noche a las 8:30, un día antes de mi captura, me reuní de nuevo con Horacio Serpa en su oficina del Ministerio. Allí hablamos de todo lo relacionado con el problema. Serpa tenía un gran conocimiento de lo que estaba ocurriendo porque muchas veces nos reunimos con él y con Fernando para analizar las cosas. Yo realmente confiaba más en Horacio que en Fernando porque él era más realista. Esa noche, Horacio me dijo que ellos tenían mucho susto de que el día que yo fuera a ampliar nuevamente mi versión en la Fiscalía, corriera el riesgo de que me dejaran preso. Pero me dijo que si eso ocurría tenía que estar tranquilo, que ellos estaban trabajando en la parte jurídica para que me liberaran. En ese momento se me paró el corazón. Me di cuenta que el único que no sabía qué estaba pasando era yo porque ellos me tranquilizaban permanentemente. Pero ante la frase de Horacio le dije: "Yo no voy a ser el Mestre del paseo. Las cosas conmigo son muy diferentes. Si ustedes no solucionan esto a tiempo, mi lealtad con el Presidente y con el gobierno llegará hasta ahí". Les dejé en claro que yo no iba a permitir que me cogieran preso y que no me iba a quedar callado. Que no iba a dejar que me echaran toda el agua sucia mientras ellos seguían gobernando. Serpa se alteró con este planteamiento. En tono enérgico me dijo que me tranquilizara porque si yo hablaba sería el más perjudicado. Concretamente afirmó: "Santiago, nunca olvide que el Presidente es el Presidente". Antes de terminar me dijo que él iba a hablar al día siguiente con el Fiscal, pues ellos dos viajarían a Apartadó y que en el avión buscaría la forma de preguntarle lo que iba a pasar conmigo y cómo podrían arreglar las cosas para evitar contratiempos. Antes de despedirnos me dijo que el miércoles en la noche nos reuniéramos de nuevo para ver en qué estaban las cosas.
El miércoles 26 de julio, a las 4:45 de la tarde se presentaron en la portería de mi casa varios miembros de la Fiscalía, entre ellos el doctor Hernán Jiménez, director del Cuerpo Técnico de Investigaciones. El preguntó por mí y le dijo a mi secretaria que venía a cumplir una diligencia. Ella procedió a localizarme y me informó de lo que estaba ocurriendo en ese momento en mi casa. También llamó a mi abogado, el doctor Amézquita, para que se presentara y los atendiera mientras yo llegaba a mi casa. En ese momento me encontraba a tres cuadras de allí, en el apartamento de una amiga, cumpliendo la cita telefónica con Washington que habíamos acordado con Jaime Orlando Páez. Como todos los teléfonos estaban interceptados, decidí no hacer la llamada desde mi casa. Llamé a Washington y me contestó la mamá de Páez, quien me dijo que él no estaba y que lo llamara al otro día.
Estaba en esas cuando mi abogado me llamó al celular y me dijo que me presentara en la casa, que la Fiscalía simplemente había ido con una orden de notificación y nada más. La verdad era que ellos llevaban una orden de captura pero Amézquita quería suavizarme las cosas. Tan pronto me enteré de la realidad al llegar a mi casa, entré en pánico. Sin embargo los agentes de la Fiscalía me trataron cordialmente, me trajeron un médico para que me hiciera un examen y me dieron más de una hora para organizar mis efectos personales.
Cuando me llevaban detenido en el carro de la Fiscalía hacia el DAS, entró una llamada al celular de Amézquita, quien estaba al lado mío. Se trataba de Horacio Serpa, quien le pidió a mi abogado que me pasara al teléfono. Pasé y Horacio me dijo que estuviera tranquilo, que ellos iban a hacer todo lo posible para sacarme rápido.
Al llegar al DAS me enfrenté a la dura realidad de pasar una noche en una celda. Mi desconcierto era total. Esa noche Ramiro Bejarano entró a los calabozos, donde yo estaba retenido. Lo hizo hacia las 11 de la noche y me dijo que él estaba en Cali y que el presidente Samper lo había hecho devolver para que hablara conmigo. Me manifestó que mi situación iba a depender en buena parte de lo que yo hablara al día siguiente en la Fiscalía. Yo le contesté que eso dependía de ellos; que si me ayudaban no iban a tener problemas; pero que si me dejaban solo y me iba para la cárcel, mi lealtad para con el Presidente y con Botero llegaría hasta la primera grada que pisara de la Fiscalía. El me preguntó si eso era una amenaza. Yo le respondí que no, que simplemente era una advertencia.
Al día siguiente me llevaron en el carro blindado de Bejarano a la Fiscalía. Al llegar allá, Amézquita, quien en el fondo trabajaba más para Serpa que para mí, trató de torpedear la indagatoria, pues me hicieron unas preguntas muy directas y comprometedoras basadas en el testimonio que Andrés Talero, el ex cónsul en Miami, había rendido el 20 de julio. La diligencia se suspendió y Amézquita me dijo que iba a viajar a Cali a tratar algunos asuntos personales y que cuando regresara prepararíamos toda la defensa para el día martes. Yo le dije que sí, pero apenas se fue y quedé solo, le mandé un mensaje al doctor Armando Sarmiento, director nacional de Fiscalías, en el que le dije que había tomado la decisión de decir la verdad. El viernes 28 de julio pedí un abogado de oficio y me asignaron al doctor Oswaldo Sepúlveda, a quien yo no conocía. Ya con él y sin Amézquita encima me tranquilicé y empecé a contar todo. Solicité que me dejaran hablar con una persona de mi confianza para que trajera todos los papeles de la contabilidad, los recibos, los comprobantes, los memorandos, las fotocopias de los cheques. En mi declaración entregué más de 400 documentos. Creo que pasé prácticamente más de 10 horas ante los fiscales sin rostro. Al final de todo ese proceso sentí que me había quitado un peso de encima.

EDICIÓN 1879

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