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| 10/31/1994 12:00:00 AM

EL LECTOR, EL ESCRITOR, EL HUMANISTA

María Mercedes Carranza, su mano derecha en "Nueva Frontera", traza un perfil humano del lado más desconocido del ex Presidente.

EL LECTOR, EL ESCRITOR, EL HUMANISTA EL LECTOR, EL ESCRITOR, EL HUMANISTA
MUY POCAS PERSONAS EN este siglo han marcado tanto al país con su desempeño público como Carlos Lleras Restrepo. Actuó de tiempo completo durante 65 años de la centuria que termina y lo hizo con un sello tan personal y con una concepción del Estado tan completa, que puede decirse que con él se cierra una época, tanto en lo que tiene que ver con la organización del Estado que gestó a lo largo de toda su carrera y dio forma definitiva durante su administración presidencial, como con el estilo de hombre público y de gobernante.

MUERE UNA ERA
Carlos Lleras perteneció a esa era colombiana de los políticos con una cultura humanística sólida, de los cuales existen hoy muy pocos y los que quedan son casi todos de la vieja guardia. Su modo de vida y sus costumbres sociales, sobrias y discretas, son también características de un hombre público en vías de extinción. Pero tal vez sea en el gobernante donde más puede apreciarse el cambio profundo que marca dos épocas. Me atrevo a afirmar que Carlos Lleras jamás recurrió a una encuesta para tomar una decisión de gobierno y sé, porque alguna vez me lo dijo, que todos los discursos que pronunció fueron escritos por él mismo.
Si no tuvo "ghost writer" mucho menos asesor de imagen. Y su misma imagen fue posiblemente la última de sus preocupaciones, como lo prueba el hecho de que nunca se molestó en disimular su carácter fuerte y poco complaciente y lo prueban también las medidas que tomaba, porque las creía necesarias y que iban muchas veces en contravía de la opinión pública.
El Estado que Carlos Lleras planeó y organizó, y que tuvo vigencia plena en las décadas del 70 y del 80, recibió cristiana sepultura durante el gobierno de César Gaviria, con las políticas de liberalización y privatización de la economía y la consecuente reducción del tamaño del Estado y de su gestión reguladora de las fuerzas del mercado.
El país conoció a Lleras Restrepo por sus desempeños en esos campos de la política y del gobierno. Yo tuve el privilegio de conocerlo en otras actividades que, si fueron menos notorias entre la opinión pública, hicieron en la misma media parte importante de su vida y su personalidad. Hablo de Carlos Lleras el periodista y el hombre de cultura. Durante 13 años trabajé con él en Nueva Frontera como jefe de redacción. y puedo ahora decir que esa experiencia influyó en mi vida en forma decisiva. Porque no en vano se presencia día a día, durante años, un espectáculo tan excepcional de disciplina casi heroica para el trabajo y de capacidad intelectual tan vasta y polifacética.
Disciplina es una palabra clave para hablar de Carlos Lleras. Bajo cualquier circunstancia, enfermo, atareadísimo. cansado, golpeado por la tragedia, hizo hasta su último día una jornada de trabajo que comenzaba a las nueve de la mañana escribiendo a máquina en la mansarda de su casa y terminaba en la noche, luego de numerosas audiencias. A veces, en día de cierre de la revista, me comentaba angustiado su dificultad para escribir el editorial: "es como sacarle aceite a una piedra", decía, y se lo sacaba pues el editorial llegó siempre.
Hoy dirían que era un adicto al trabajo, pero Lleras veía las cosas de otra manera. Para él era el secreto de la eterna juventud: alguna vez lo oí contar que ciertos pueblos de Asia Central alcanzan un altísimo grado de longevidad y llegan a la muerte natural semejante a la de los antiguos patriarcas porque según la expresión bíblica morían "cansados de sus días". "Siempre he tenido eso presente, dijo, y quiero morir cansado de mis días".

NO SOY PERIODISTA
En Lleras había varios periodistas. Estaba el escritor satírico, que trabajaba con gran humor e ironía los comentarios de Hefestos o los coloquios de Cleofás Pérez, su escéptico y huraño interlocutor. Existe una foto muy reproducida en la que aparece el ex Presidente con Cleofás de boina y barba, que no es otro que su hijo Carlos, disfrazado y en ameno palique.
Estaba el editorialista, conocedor como pocos de los problemas nacionales e informado de los internacionales, gracias a media docena de revistas en varios idiomas que leía de pe a pa semanalmente en sus horas de insomnio, que eran casi todas pues apenas dormía a pesar suyo dos o tres. Y estaba el director de la revista que creía que el periodismo tenía una función eminentemente pedagógica y que había que informar a la gente de manera muy completa: si, por ejemplo había elecciones en Haití, pedía que se comentaran contando la historia de ese país, desde su independencia hasta hoy.
Era también el director que no se interesaba para nada en la diagramación y diseño; la revista podía ir con muchas fotos o con ninguna, pues le daba lo mismo. Pero el más insignificante error de corrección era motivo de regaño seguro y ni digamos cuando el nombre de una persona en el pie de foto iba equivocado... "Yo no creo que sea periodista, decía, el periodista busca la actualidad, la noticia. Yo suelo escribir sobre temas que no tienen nada que ver con lo actual y creo que eso no es condición de periodista, sino de escritor, soy simplemente un escritor".
Como director, creía que las posiciones y políticas de la revista debían ser acatadas por todos los colaboradores y no admitía que nadie se apartara de ellas. Justificaba esa posición con argumentos nada equívocos: "cuando fundé 'Nueva Frontera' fue para defender unas ideas políticas determinadas". Y eso sí: si se quería ganar indulgencias de buen periodista ante sus ojos, había que escribir largo, muy largo, porque lo contrario era sinónimo de mala calidad. Luis Carlos Galán, en sus tiempos de codirector del semanario, sufrió mucho con este requisito, pues era hombre de pocas palabras cuando escribía, y al final -lo reconocía él mismo muerto de la risa- acabó haciéndolo más largo que el propio Carlos Lleras.

UN ESPECTACULO ASOMBROSO
Resultaba un espectáculo -porque no puede usarse otra palabra- ver a este periodista, político, estadista y escritor en una reunión de redacción de Nueva Frontera. Era capaz de hablar con igual conocimiento y entusiasmo sobre las modificaciones introducidas al artículo 15 de la Constitución por el Acto Legislativo No. 8 de 1905, a propósito de un escrito que le encargaba a Luis Carlos Galán, o de los efectos de la caída de las reservas internacionales sobre la base monetaria para pedirle una nota a Jorge Méndez, que de comentarle a Pedro Gómez Valderrama una biografía de Voltaire de 1.200 páginas que estaba leyendo, para hacer luego apuntes sobre la linda piel de la reina Isabel II y solicitarle a María Teresa Herrán un artículo sobre la monarquía inglesa, mientras le daba 20 gruesos tomos sobre el particular para que se documentara; en seguida podía entregarle a Patricia Lara un buen número de documentos y publicaciones, debidamente señalados y subrayados, sobre las cinco últimas reformas educativas para pedirle que hiciera una crónica sustanciosa, y, por último, me decía a mí que aligeráramos "el periódico" -así se refería a la revista- metiendo una página de poesía: "aquí tiene una buena traducción de los sonetos de Shakespeare, he seleccionado algunos para que los publiquemos en los dos idiomas", y no era raro que recitara unos versos y recordara que en su juventud se sabía todos esos sonetos de memoria. Al finalizar la reunión, todos quedábamos exhaustos por ese despliegue avasallador de energía y de intereses y conocimientos tan vastos y diversos.

UN LECTOR MUY ESPECIAL
Muchas veces hablamos de libros. Era un lector muy especial, pues tenía la costumbre de hacer resúmenes de los libros que más le gustaban y alguna vez llegó a escribir una historia de la literatura española, basada en un resumen de la "Historia de la poesía lírica castellana", de Menéndez Pelayo. Esos trabajos los perdió en el incendio de su casa en 1952, como perdió también toda su biblioteca. Y era una obsesión para él reconstruirla, recuperando los libros más apreciados en librerías de viejo o gracias a los amigos. Por ejemplo, mucho buscó sin encontrar nunca la colección Espasa-Calpe, en la que leyó por primera vez a los escritores rusos; hablaba también de una novela, "La bien plantada", de Xenius y de las obras de Gómez Carrillo y de Leopoldo Alas, que no pudo volver a tener en su biblioteca.
Algún día me contó que el escepticismo con que miraba la vida y a los hombres -que era muy grande, por cierto- surgió con la lectura y relectura de "El jardín de Epicuro", de Anatole France, "la prosa francesa más cristalina y más hermosa que he conocido. . . " Y, cosa curiosa, tenía por uno de los libros mejor escritos que había leído, "una prosa insuperable" afirmaba, a una obra de Gaspar Melchor de Jovellanos, titulada "Informe sobre la ley agraria".

ARTESANO DE DECRETOS
Una tarde hablamos de su vocación literaria y de los poemas que había escrito en "la edad primera": "mi inspiración poética es muy mediocre, me dijo, no me considero creador en el campo literario, en cambio me considero un buen artesano en materia de decretos y disposiciones administrativas". Su juventud fue de una bohemia literaria que hizo época. Se sabía de memoria miles de versos, que recitaba en las tertulias entre copa y copa de vino. Al final dejó las tenidas poéticas, porque "a palo seco son aburridísimas", comentaba.
En materia de poesía, sus gustos eran muy conservadores."Yo tengo, decía, un gran apego a la rima y al ritmo, encuentro que hay más arte en la labor de bruñir un verso y de infundirle musicalidad". Por ello solíamos discrepar en nuestras aficiones poéticas, aunque la última vez que hablé con él me contó que estaba leyendo "Tiempo frágil", el libro de su hijo Fernando que acaba de publicarse. Me dijo que le gustaba mucho y reconoció, por fin, que "la poesía nueva puede ser buena, así carezca de rima".
Entre sus aficiones fue muy conocida la que tenía por la literatura erótica. Se inició en ella en el colegio con Ovidio y me contó que en su juventud leyó a escondidas las novelas pornográficas de los españoles Felipe Trigo y Alvaro Retana, que tenían títulos inolvidables, como "La de los ojos color de uva" y "La coquito". Conocía de memoria la poesía del brasileño Olavo Vilak, hoy totalmenté olvidado, y alguna vez se decidió a publicar en Nueva Frontera un poema suyo muy erótico, según él, pero lo hizo en portugués y se negó a traducirlo por más que le insistí.

Los TETE-A-TETE GALAN-LLERAS
Carlos Lleras recibía en una sala del primer piso de su casa. Es una habitación pequeña, con libros hasta el techo: la colección completa de los Clásicos Castellanos, la colección de la Pléiade y una valiosísima y muy numerosa biblioteca de clásicos griegos y latinos en ediciones francesas bilingües, de la cual según he sabido, no existen más que 20 completas en todo el mundo: y ésta es una de ellas. En una pared están los retratos al óleo de sus antepasados Lorenzo María Lleras y Félix de Restrepo y en el poyo de la chimenea siempre hay una rosa fresca al lado de las fotos de sus hijas Clemencia y María Inés. Al frente está la poltrona de terciopelo verde donde se sentaba.
Son muchas las conversaciones que tuvieron lugar allí y que ahora recuerdo en forma fragmentaria y atropellada. Pero especialmente están aquellas a las que, casi muda, asistí entre el ex Presidente y Luis Carlos Galán. Este sentía una veneración y un respeto inmensos por Lleras Restrepo y era muy tímido con él, tanto que fueron esas las únicas citas de su vida a la cuales llegó puntual. En esta época con frecuencia las reuniones eran entre los tres y, más que sobre la revista, se hablaba de política. A Carlos Lleras le gustaba que lo mantuvieran muy informado y, contra lo que se cree, oía y tenía muy en cuenta lo que le decían. Galán le contaba sus planes políticos y le pedía consejo. Entre ambos discutieron y planearon muchas cosas que ya son historia patria. Fueron seis años, de 1976 a 1982, los que duró esta comunicación entre esos hombres extraordinarios, seis años en los que en esa pequeña sala se imaginó un país diferente y se trabajó, el uno desde el magisterio de su pluma y el otro desde la plaza pública, para hacerlo realidad.
La última vez que vi a Carlos Lleras, acababa de cumplir 86 años. 'Vivo, me dijo, una situación excepcional, pues sólo el 1 por ciento de la población llega a mí edad; me pregunto todos los días hasta cuándo durará, pues ya quiero descansar". Y agregó, con esa sonrisa suya tan especial: 'porque, finalmente, voy a morir cansado de mis años".-

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