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| 6/29/2003 12:00:00 AM

El ocaso del overol

Estigmatizado, anacrónico y debilitado, el sindicalismo atraviesa la peor crisis en 30 años y no sabe cómo salir de ella.

Hace 11 años los sindicatos de Telecom incomunicaron el país como protesta por la intención del gobierno de César Gaviria de privatizar la empresa. La huelga tumbó al ministro de Comunicaciones, obligó al Ejecutivo a retirar la propuesta y retrasó un par de años la entrada de la competencia privada. Hoy en día la administración Uribe liquida no sólo Telecom sino también reestructura -en un mes- el Instituto de Seguros Sociales (ISS) y Ecopetrol, fusiona ministerios y liquida otras entidades estatales. En otras palabras, se enfrenta a los sindicatos más poderosos del país y la reacción de los trabajadores ha sido más débil de lo que se esperaba. ¿Se acaba el movimiento sindical en Colombia?

Que el sector está en crisis es un común denominador entre dirigentes sindicales, estudiosos de asuntos laborales, analistas, líderes políticos y trabajadores consultados por SEMANA. Las centrales obreras no cuentan con el poder de movilización de antaño mientras las tasas de afiliación, la proporción de trabajadores sindicalizados sobre la población económicamente activa, han pasado del 15 por ciento en los 80 a 5 por ciento en la actualidad. A esto se le añade que las huelgas, una de las herramientas de presión de los sindicatos por excelencia, han disminuido. Según un estudio del Cinep el año pasado sólo se presentaron 39, el punto más bajo en dos décadas. "Los sindicatos se volvieron minoritarios dentro de las empresas, no tienen la misma fuerza y no son atractivos para los jóvenes, las mujeres y otros sectores", afirma Alvaro Delgado, experto en el tema sindical.

Por otra parte, los sindicatos no gozan de buena imagen dentro de los ciudadanos. El más reciente Barómetro Latinoamericano, una encuesta realizada en 14 países del hemisferio, revela que 61 por ciento de los colombianos no tienen confianza en las organizaciones sindicales. Para el total de latinoamericanos la desconfianza es del 63 por ciento. Por tal razón no sorprende que los colombianos acusen a los trabajadores de ser los únicos responsables de la crítica situación de las empresas estatales y respalden las medidas que está tomando el gobierno.

Causas y efectos

Sería ingenuo afirmar que la liquidación de Telecom o la reestructuración de Ecopetrol son los detonantes de esta crisis. El sindicalismo está afrontando dificultades desde hace más de 10 años con la aprobación de reformas laborales y de seguridad social que se enmarcan dentro del neoliberalismo. Además, en situación similar se encuentran los movimientos obreros de Italia, Francia, Gran Bretaña y España. La crisis es global.

Para Miguel Cárdenas, investigador de Fescol, "el nuevo régimen laboral encontró a las bases sindicales desprovistas de alguna capacidad de respuesta y actitud propositiva frente a la generalización de la flexibilización del mercado de trabajo". Así, los empresarios empezaron a contar con la posibilidad de contratar con más facilidad a trabajadores temporales y a término fijo. "El contrato colectivo de trabajo es el alma del sindicalismo y como la economía cambió esa alma está enferma", dice Delgado. Con los altos índices de desempleo y subempleo del pasado lustro un trabajador prefiere conservar su empleo como temporal que entrar a un sindicato y que no le renueven el contrato. De las relaciones colectivas entre los trabajadores y el empleador se está pasando a una relación individual que mata el espíritu del movimiento obrero: la unión para conseguir reivindicaciones.

Sin embargo los sindicatos tampoco se han adaptado a las nuevas condiciones del mercado de trabajo. Con más informales, trabajadores independientes, subempleados y desempleados, el movimiento sindical enfrenta el reto de articular esos millones de potenciales miembros. A esto se le suman, según los expertos, más sindicatos de industria o rama y menos de empresa. Así, una afiliación individual a las centrales obreras y la creación de organizaciones por actividad, como metalmecánicos o eléctricos, son una invitación atractiva para una economía cada vez más informalizada.

No obstante, la crisis sindical no es sólo económica sino también humanitaria. A raíz del conflicto interno ser sindicalista en Colombia se ha convertido en uno de los oficios más peligrosos. Según la Escuela Nacional Sindical, el 'tanque de pensamiento' más reconocido del mundo laboral, en los últimos 12 años han sido asesinados 1.925 trabajadores, un promedio de 160 por año. De acuerdo con el informe de derechos humanos de la Escuela en los primeros cuatro meses de este año se han presentado 29 homicidios de sindicalistas y 99 amenazas de muerte.

Aunque la tasa de asesinatos ha disminuido este año radicalmente, como lo afirmó el Ministerio de la Protección Social, eso contrasta con un aumento en las amenazas, las detenciones por la Fuerza Pública y la violencia contra las mujeres sindicalizadas. "Asistimos a un aumento de la violencia de origen estatal y la generalización de una cultura antisindical", concluye el informe.

Los retos

Diezmados, perseguidos y deslegitimados, los sindicatos no se están quedando cruzados de brazos. La Central Unitaria de Trabajadores (CUT) tiene un plan de unión que reduciría su número de sindicatos afiliados de 756 a 18 en 2008. Además está desarrollando programas de capacitación a distancia para 10.000 dirigentes. "Necesitamos impulsar la unidad sindical, menos sindicatos y más afiliados", explica Carlos Rodríguez, presidente de la CUT, la central obrera más importante del país con 650.000 afiliados.

Pero la unidad implicaría que los dirigentes renunciaran a los privilegios que les ofrecen los cientos de sindicatos de empresa para formar unos pocos de industria. Ese es uno de los mayores lunares del movimiento sindical: las escandalosas prebendas, permisos y ventajas de que goza la cúpula y que no está dispuesta a sacrificar. Estas cúpulas sindicales, mejor llamadas oligarquías del overol, han estado dedicadas a satisfacer sus intereses individuales o grupales y no a interpretar los derechos de los trabajadores y por eso tienen una gran cuota de responsabilidad en esta crisis.

Además no deja de ser paradójico que el movimiento sindical esté atravesando por tan crítica situación mientras en las elecciones parlamentarias y presidenciales líderes provenientes del gremio obtuvieran curules y, en el caso de Luis Eduardo Garzón, el tercer lugar en la carrera presidencial. Los senadores Jesús Bernal, Jorge Robledo, Jaime Dussán, Luis Carlos Avellaneda y los representantes Wilson Borja y Alexander López son muestra de ello. ¿Dónde está la unión entre una dirigencia sindical en crisis e incapaz de responder y los congresistas de origen trabajador?

Ni a los patronos ni al gobierno ni a muchos líderes sindicales les convienen reformas como la afiliación individual, la democracia interna, la unidad entre las centrales, el sindicato de industria y la inversión en capacitación. En la dirigencia está el reto de acometer estas reformas para mejorar la capacidad de reaccionar a las medidas que los están debilitando. Sin embargo el panorama no es muy halagador. El sindicalismo no se acabará mañana. La persecución de los actores armados, la falta de adaptación, la ausencia de liderazgo, el fin del contrato colectivo y el egoísmo de sus dirigentes prolongarán la agonía de un actor social que transformó la vida y las esperanzas de los trabajadores en el siglo XX.

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