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| 7/4/1988 12:00:00 AM

EL PASEILLO

Sin ningún resultado concreto por allá y con muchos problemas por acá, Barco interrumpe gira al exterior.

EL PASEILLO EL PASEILLO
Definitivamente a Virgilio Barco no le va bien cuando sale del país. En el segundo semestre del año pasado, el jefe de Estado debió suspender, por motivos de salud, su gira por el Lejano Oriente. Ahora, la situación de orden público en el país le impidió viajar desde Roma hasta Washington y Nueva York, donde debía verse con Ronald Reagan y asistir a las Naciones Unidas.
Claro que Barco alcanzó a completar la parte europea de su viaje. En una semana el mandatario colombiano pasó por Portugal, España e Italia, sitios en donde puso la mejor cara posible dada la crisis que al mismo tiempo se estaba viviendo en el país. El balance de la visita acabó siendo mediocre, pero no necesariamente por culpa del Presidente. A pesar de que Barco cumplió a cabalidad con su parte del libreto, ese esfuerzo no fue suficiente para contrarrestar la atención que despierta Colombia por sus problemas de narcotráfico y violencia generalizada.
El viaje comenzó con malos augurios. Apenas el avión presidencial había aterrizado en Faro, Portugal, las noticias venidas de Colombia no eran nada alentadoras. Marchas campesinas, paros cívicos y problemas laborales opacaron el esfuerzo diplomático hecho por el gobierno nacional para intentar convencer a los europeos de que las cosas estaban bajo control.
La espada de Damocles de la situación de orden público empezó a mecerse desde el primer día en la ciudad costera portuguesa, donde el Presidente arribó el 26 de mayo, con el fin de descansar y amortiguar la diferencia de seis horas con respecto a la hora colombiana. La visita oficial comenzó, sin embargo, el día siguiente cuando Barco llegó a Lisboa a las 10 de la mañana bajo un cálido sol de primavera. Después de los saludos protocolarios el mandatario colombiano y su comitiva se dirigieron a las afueras de la ciudad donde se encontraron con el Presidente Mario Soares y el primer ministro Aníbal Cavaco Silva.
La parte sustanciosa del viaje comenzó realmente en las horas de la tarde, cuando el Presidente colombiano se dirigió a la Asamblea portuguesa y pronunció un encendido discurso contra el narcotráfico al cual calificó de "enemigo de la democracia". Ese primer mensaje oficial marcó el tono del resto del viaje.
Si esas palabras calaron, es imposible saberlo. La prensa portuguesa destacó cortésmente la visita del jefe de Estado colombiano y la televisión recalcó el estado de violencia en el país, sin pararle muchas bolas a las palabras presidenciales en relación con el narcotráfico. Los contactos con el gobierno portugués fueron notoriamente cálidos, pero es dudoso que se traduzcan en algo más. Portugal es uno de los países más pobres de Europa y su peso dentro del viejo continente es realmente poco. Las relaciones comerciales con Colombia son mínimas (Brasil y los países africanos son mucho más importantes) y las posibilidades de colaboración estrecha son bajas. Fue esa tal vez la razón por la cual la estadía en Portugal acabó transcurriendo sin pena ni gloria, por lo menos en lo que a actos oficiales se refiere.
Esa primera etapa fue, no obstante, la ocasión de dos crisis. La primera resultó ser un falso escándalo y ocurrió el viernes 27 de mayo en las horas de la noche cuando Barco debía asistir a una cena dada en su honor por el presidente Soares. Minutos antes de salir, el jefe de Estado colombiano empezó a sangrar por la nariz y tuvo que pasar por el hospital para que se le hiciera una cauterización. Cuando la radio colombiana se enteró, el espectro de Seúl volvió a aparecer. El escándalo en el país fue inmediato y sólo cuando el propio Barco a la vuelta de la comida habló con la prensa, incluído el enviado especial de SEMANA, la bomba de una nueva enfermedad presidencial se desactivó.
La segunda crisis fue real y tuvo lugar el domingo en las horas de la noche, cuando al término de un día tranquilo y relajado Barco fue informado del secuestro de Alvaro Gómez Hurtado. Después de hablar con el ministro delegatario y con la familia del político conservador, el Presidente decidió continuar con el viaje y seguir a España.
Bajo esa sombra comenzó la cita en Madrid el día siguiente. En El Pardo, Barco se encontró con los reyes de España y con el primer ministro, Felipe González, en compañía de los cuales pasó revista a las tropas y presenció el vistoso desfile de la Guardia Real.
A pesar de querer dar la impresión de normalidad, era imposible escaparse a las noticias venidas de Colombia. El tema volvió a ponerse sobre el tapete después de una conferencia de más de una hora que sostuvieron Barco y Felipe González en El Pardo ("sin intérprete", bromeó un periodista). A la salida, el presidente del gobierno español habló para la prensa y condenó duramente el secuestro de Gómez Hurtado. Acto seguido, el turno le correspondió al mandatario colombiano, quien concedió una conferencia de prensa de más de media hora en uno de los salones del palacio. Después de un comienzo flojo Barco tomó confianza y acabó desenvolviéndose bien ante las preguntas que se le formularon. De manera enfática, el jefe de Estado sostuvo que no cancelaría su viaje, por lo menos por ese momento y le achacó la mayoría de los problemas del país a las mafias del narcotráfico.
Ese punto volvió a ser central el día siguiente, cuando Barco fue al centro de Madrid (El Pardo queda a unos 15 kilómetros de la ciudad). En medio de impresionantes medidas de seguridad, el Presidente colombiano colocó una ofrenda floral en la Plaza de la Lealtad, asistió al Ayuntamiento de la ciudad y visitó las Cortes Españolas. Allí, Barco pronunció su discurso más largo hasta ese momento y volvió a insistir en el tema de la lucha contra el tráfico de drogas, anotando -en algo que pasó inadvertido- que había que buscar fórmulas novedosas y que para ello era muy útil el debate que se estaba dando en Estados Unidos sobre la legalización, palabra ésta que no llegó a mencionar más que en forma tácita. La resonancia del mensaje fue disminuída por la escasa asistencia de diputados al evento y la escasa atención que el tema despertó en la prensa.
Esa tónica dominó el resto del día. Una vez más, Barco fue recibido cordialmente por sus huéspedes, pero en términos de resultados concretos fue poco lo que consiguió. La declaración conjunta de ambos jefes de gobierno resultó muy pálida y decepcionó a aquellos que esperaban un tratado de ayuda especial para Colombia, similar al que España firmó con Argentina la semana pasada. Adicionalmente, la prensa informó que la policía española había declinado la firma de un convenio antinarcóticos con su contraparte colombiana por "falta de garantías".
Por último, la campaña publicitaria contra el tráfico de drogas quedó desmentida por los hechos. El mismo día de la llegada del Presidente, dos colombianos más fueron detenidos en España, con 20 kilos de cocaína escondidos en el interior de un auto. A pesar de los llamados de Barco, los españoles siguen convencidos de que el gobierno nacional no hace todo lo que está a su alcance en materia de drogas y de que el Presidente ha sido desbordado por el clima de violencia en el país. Si bien en Madrid no se presentaron -como se esperaba- manifestaciones en protesta por la situación de los derechos humanos, la visita no salió bien. El secuestro de Gómez Hurtado acaparó el espacio en los periódicos y ayudó a convencer a muchos de que las cosas en Colombia están más allá del punto de no retorno.
Si eso es cierto o no, es cosa que se verá en el futuro, pero por ahora es dudoso que la calidez de las conversaciones entre Barco y Felipe González acabe traduciéndose en ventajas concretas para los colombianos.
Sea como sea, lo único claro fue que los resultados alcanzados no fueron los óptimos. Las mismas dificultades que se encontraron en España se repitieron en Italia a partir del miércoles primero. El secuestro de Alvaro Gómez -que eventualmente condujo a la suspensión de la gira- y las picardías de los narcotraficantes colombianos le quitaron todo peso a las declaraciones del Presidente que insistía en que en el país la situación era normal.
Anuncios como éste enterraron las posibles ganancias del viaje presidencial, opacando incluso el planteamiento hecho en el Vaticano por Barco ante el Papa, sobre la necesidad de reformar el Concordato. Aparte de unas cuantas fotos vistosas y de las mociones de apoyo que recibió el Presidente colombiano, la gira dejó escasos resultados realmente sustanciosos. Hubo gente que sostuvo que el viaje había acabado siendo contraproducente pues, teniendo en cuenta la situación del país, la llegada del Presidente a las capitales del sur de Europa, sirvió para recordarle al viejo continente que las cosas en Colombia no están marchando nada bien. Por eso, a pesar de que Virgilio Barco cumplió su papel lo mejor que pudo, el saldo que dejó su gira es rojo, porque a pesar de sus palabras, los hechos demostraron que en el país, el palo no está para cucharas.

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