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| 2/26/2002 12:00:00 AM

El poeta y la muerte

El poeta y la muerte El poeta y la muerte
"Lo que me preocupa de la muerte es que no alcanzas a conocerla porque dura un poco, un segundo. Lo único que me aterra es que es el fin de la palabra".

Luis Sepulveda

El domingo 27 de enero de 2002 apareció el poema ‘Invocación a la muerte’ de Orlando Sierra en Papel Salmón, el magazín literario del periódico La Patria, cuya editora es Gloria Luz Ángel, la compañera y confidente del periodista en los últimos dos años. Sierra era filósofo y escritor. Escribía por la pasión de hacerlo. Dejó cinco novelas inéditas, una de las cuales, Estación de los sueños, es posible que aparezca publicada este año en una edición bilingüe en Francia. Era un lector voraz que dedicaba como mínimo media hora diaria a leer alguno de los dos o tres libros que cargaba en su inseparable maletín de cuero café. Ese tiempo era la dosis que se había automedicado para "desembrutecerse". Con la misma disciplina visitaba todos los días la librería Palabra para mirar novedades y encontrar tesoros. El sábado hacía lo mismo pero en la librería Veyco.

En los últimos días andaba tras la pista de libros de la filósofa Hannat Arendt. De ella es esta cita que cobra una dolorosa vigencia ante la muerte de Orlando: "Lo único que es absolutamente mudo es la violencia porque carece de discurso, no media ni una palabra. La violencia es muda, y como carece de discurso, nunca podrá ser grande, nunca podrá ser constructora de cosas importantes". Esa violencia muda se llevó en un abrir y cerrar de ojos al poeta que entre septiembre y octubre de 2000 escribió en una de esas temporadas de inspiración, tan intensas como escasas en la vida de un artista, el poema ‘Invocación a la muerte’ y otros 19 más. Quiso que apareciera publicado porque le preocupaban las muertes de jóvenes, cada vez más frecuentes, cada vez más violentas. (A.G.)

Invocación a la muerte

Yo sé que te impacientas,
muerte,
con la osadía de los jóvenes,
que su temeridad te excita.


Cultiva la paciencia con ellos,
que sus provocaciones
no te lleven al límite.

Cuerpos jóvenes no cobres
para tu reino de polvo.

Piernas firmes,
torsos laminados de sol, altivos pechos,
no te queda bien emboscarlos
porque los sorprendes
en ríos tormentosos, escalando montañas, embriagándose,
conduciendo a tontas y a locas
y fornicando a veces sin precaución.

Guiños cotidianos te hacen vieja parca,
pero no te lances
como un viejo verde sobre ellos,
aguanta, ten paciencia.

No saques a bailar en tu fiesta a los jóvenes,
ni aunque te pidan una pieza,
mejor a los viejos, a los muy viejos,
se duermen entre tus brazos
tan dulcemente,
tan quedamente.

EDICIÓN 1879

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