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| 7/18/1994 12:00:00 AM

EL QUE RIE DE ULTIMO...

Diez días antes de las elecciones Ernesto Samper estaba perdido. ¿Cómo logró el milagro?

EL QUE RIE DE ULTIMO..., Sección Nación, edición 633, Jul 18 1994 EL QUE RIE DE ULTIMO...
EL DOMINGO DE ELECCIONES, FERNANDO Botero Zea se encontraba reunido con unos observadores internacionales discutiendo el desarrollo del proceso electoral. A la 1:10 de la tarde sintió el familiar cosquilleo de su beeper en el cinturón. Discretamente lo tomó en la mano para ver cuál era el mensaje y leyó: "Comuníquese urgentemente con Augusto López". La palabra "urgentemente " lo dejó frío. Pensó que se trataba de malas noticias. Se retiró del recinto y en privado llamó al presidente de Bavaria. Con el corazón en la mano, antes del saludo escuchó la siguiente palabra: "¡Ganamos!". López Valencia procedió a explicarle que acababa de recibir el exit poll de Caracol y que el resultado era 52-46 a favor de Ernesto Samper. Como el margen de error era de 1.5 era imposible perder. Botero, que es un hombre de sondeos y de matemáticas, se dio cuenta de que era verdad. Pasara lo que pasara de ahí a las cuatro de la tarde, cuando se cerraban las urnas, el resultado era contundente: Ernesto Samper era el próximo presidente de la República.

A todas estas el protagonista del triunfo no lo sabía. Botero llamó inmediatamente a su secretaria y le manifestó: "Dígale al doctor Samper que ya sé quién ganó las elecciones. Que me llame lo más rápido que pueda a mi carro". El candidato liberal venía de acompañar a Humberto de la Calle a votar en Ciudad Kennedy. Tan pronto abordó el automóvil fue informado del mensaje y procedió a llamar a Botero, quien se encontraba a bordo de su camioneta Jeep Grand Cherokee acompañado de su esposa y de cinco niños entre hijos y sobrinos. Tan pronto sonó el teléfono Botero Zea descolgó el auricular y, en medio de la gritería infantil, alcanzó a reconocer la voz de su interlocutor a quien le dijo: "¡Presidente, misión cumplida!". Samper, después de dos segundos de desconcierto, captó el mensaje y preguntó buscando una reafirmación: "¿ Ganamos?". La respuesta fue positiva y recibió en ese momento toda la información que había transmitido Augusto López. Así culminó lo que había sido una maratónica y extenuante campaña de 13 meses para Ernesto Samper, durante los cuales nunca tuvo la certeza del triunfo.

Hace dos años todos los colombianos estaban de acuerdo en una cosa: era imposible que Ernesto Samper no llegara a la Presidencia de la República. Hace una semana, en todas las tertulias se hacía un pronóstico diametralmente opuesto: Samper estaba a punto de convertirse en un cadáver político. Esta semana es el Presidente de la República con la segunda votación más alta en la historia de Colombia. ¿Cómo se pueden explicar todas estas fluctuaciones en apenas 24 meses?

En diciembre de 1991 Ernesto Samper no tenía rivales para la Presidencia de la República. El Partido Liberal había obtenido 58 de los 102 escaños del Senado que surgía después de la revocatoria decretada por la Asamblea Nacional Constituyente. En esas mismas elecciones Andrés Pastrana había logrado un resultado que sin ser del todo malo era muy inferior a las expectativas. Su Nueva Fuerza Democrática sacó apenas ocho renglones de los 33 que pronosticaban las encuestas y la lista fue derrotada en términos absolutos de votos por Vera Grabe. Por otra parte, Antonio Navarro, el líder de las encuestas en el primer tramo del gobierno de Gaviria, había entrado ya en un proceso de declive tras un melancólico resultado en las elecciones parlamentarias. En este contexto Samper aparecía como el candidato natural del partido que acababa de arrasar en las urnas.

Todas estas ventajas comenzaron a desaparecer gradualmente y fueron reemplazadas por nuevas realidades con las cuales no contaban ni él ni sus asesores. Ocho años de gobierno habían desgastado al Partido Liberal a pesar de la popularidad de Gaviria. Las nuevas reglas de juego creadas por la Constituyente lo iban a someter a tres elecciones sucesivas en menos de 90 días, lo cual desafiaba el nivel de tolerancia de los liberales. Por otro lado, dos de los departamentos claves del país -el Valle del Cauca y Antioquia- contaban con gobernadores incondicionales de Andrés Pastrana. Como si esto fuera poco, Bogotá, la capital de las victorias liberales, estaba gobernada por Jaime Castro quien atravesaba por su peor momento de desprestigio a finales del año pasado. A lo anterior se sumaba el hecho de que esta iba a ser la primera campaña de televisión en la historia de Colombia. Las normas que abrieron la compuerta de las cuñas de televisión en forma masiva creaban un mundo nuevo en el cual Andrés Pastrana -con su experiencia en el medio- era un gigante. Samper no sólo no era bueno para la televisión, sino que las encuestas demostraban que era considerado el candidato de la maquinaria y que esa asociación le producía el rechazo del electorado. A lo anterior se sumaba que mientras nadie asociaba a Pastrana con la maquinaria, contaba con el apoyo de los Valencia Cossio en Antioquia, de Omar Yepes en Caldas y de barones liberales desertores de la causa samperista, como Félix Salcedo Baldión en Norte de Santander y los Escrucería en Nariño. En cuanto a los medios de comunicación editorialmente la mayoría eran samperistas, pero en el manejo de la información eran neutrales, por lo cual no se podía contar con los apoyos incondicionales de otras épocas.

LA ESTRATEGIA
Todos estos factores cambiaron de la noche a la mañana la ecuación política y dejaron a Pastrana con una ventaja en las encuestas de más de 15 puntos. Como estaban las cosas Samper iba a perder y era imperativo contrarrestar esta tendencia. La estrategia de la campaña fue diseñada en un remoto castillo en España. En una reunión que se realizó en el mes de marzo de 1993 se encerraron, durante un par de días, Ernesto Samper y un grupo de sus más cercanos asesores. Ahí estuvieron Fernando Botero Zea, Mónica de Greiff, Roberto y Juan Carlos Posada García-Peña y Julio Andrés Camacho. También estaban presentes un grupo de estrategas estadounidenses que habrían de desempeñar un papel clave en la campaña. Las bases fundamentales de la estrategia eran seis. La primera estaba orientada a plantear una campaña que tuviera equilibrio entre los dos polos de la política colombiana: la opinión pública y la maquinaria. La consigna era, caminando por el filo de la navaja, capitalizar la maquinaria liberal sin perder el apoyo de la opinión pública.

La segunda base consistía en adoptar un criterio selectivo frente al gobierno del presidente Gaviria, con el objeto de ser una alternativa en el interior del Partido Liberal y no el simple continuismo del régimen. El tercer elemento de la estrategia indicaba que había que posicionarse en el centro del espectro ideológico. Si Gaviria había ganado la consulta de 1990 llevando a Durán Dussán a la derecha y a Samper a la izquierda, ahora se podía aplicar la misma estrategia frente a Andrés Pastrana y Antonio Navarro.

El cuarto elemento consistía en resaltar tres rasgos positivos de la personalidad política de Samper: su preocupación por el empleo y los temas sociales, su experiencia en los asuntos públicos y su condición de candidato liberal. La otra cara de la moneda de esta estrategia era destacar la ausencia de esos mismos rasgos en el perfil público de Pastrana. Por eso la campaña liberal se esforzó en mostrarlo como una persona con falta de experiencia frente a los asuntos públicos, indiferente frente a los temas sociales, y como un candidato conservador y no suprapartidista.

Como quinto pilar de la estrategia se creó la figura de la Alianza por Colombia. El propósito de ésta era ir preparando el terreno para una eventual segunda vuelta, donde sería necesario abrir espacios políticos para darle cabida a terceras fuerzas con votaciones importantes. Y en materia de estrategia publicitaria -la sexta columna del plan- se tomó la decisión de utilizar una campaña donde primara la efectividad por encima de la estética.

Pero como suele suceder con frecuencia en la vida, toda la estrategia anterior era más fácil de sostener en el papel que en la realidad. A lo largo de la campaña se presentaron toda clase de incidentes que impedían implementarla de manera efectiva. El primer tropiezo se presentó en agosto del año pasado cuando Ernesto Samper tomó distancia frente al proyecto de la reforma a la seguridad social que el gobierno del presidente Gaviria había impulsado como el proyecto estrella de su mandato. Con sus declaraciones Samper levantó una tempestad que dio al traste con la imagen del nuevo Samper y revivió la vieja imagen del Samper populista.

Por otra parte, el equilibrio entre maquinaria y opinión pública fue un objetivo que resultó mucho más difícil de alcanzar de lo esperado. En un movimiento pendular, constante en la campaña, Samper siempre parecía estar poniendo el énfasis del lado equivocado. En los momentos en que acentuaba la importancia de la maquinaria aparecían las acusaciones de clientelismo, y cuando el énfasis se volteaba hacia los temas de la opinión pública, inmediatamente se sentía el resentimiento de la clase política liberal.

Por el lado de la publicidad también parecía haber problemas. La campaña de Andrés Pastrana era alegre y colorida. La de Samper, por el contrario, parecía plana y no generaba el mismo entusiasmo. La confluencia de la campaña samperista con la del Partido Liberal, basada en exaltar la bondad del rojo libera, creó mayor confusión.

Finalmente, la propuesta de la Alianza por Colombia tampoco despegaba. Incluso no fueron pocas las criticas que recibió de parte de la clase política liberal que insistía en basar la campaña en la estrategia del "rojo, dale, rojo".

Todos estos obstáculos que se presentaron sobre la marcha fueron aprovechados de manera sistemática y con gran eficiencia por la campaña pastranista. Con eso lograron crear la impresión de un candidato liberal inconstante que actuaba a bandazos. Pastrana, con su pinta y su espontaneidad, logró hacer aparecer a Samper y al Partido Liberal como una espeie de Jurassic Park en vía de extinción. Samper, a los 43 años, había sido convertido en un émbolo del pasado.

Fuera de la decisión de escoger a Humberto de la Calle como vicepresidente y su triunfo en el debate televisado, nada funcionaba.

EL DESENLACE
Ernesto Samper ante esta evolución, comenzó a patinar. Sus pronunciamientos no convencían y en muchas ocasiones, por tratar de quedarse con el pan y con el queso se quedaba sin ninguno. Pero por alguna de esas razones que permanecerán en el misterio, todas las bondades de esa compleja estrategia engranaron en las últimas dos semanas de la campaña. Apenas terminada la primera vuelta Pastrana adquirió una ventaja de dos puntos, la cual fue confirmada aun en las encuestas del propio Samper.

La tendencia parecía ser negativa cuando se presentaron una serie de hechos que fueron la base del knock-out final. En primer lugar, se manejó con gran acierto lo que hubiera podido ser una bomba atómica: la denuncia publica de monseñor Darío Castrillón contra el candidato liberal. Conscientes de la dimensión del problema de ser desautorizados públicamente por un obispo en un país de mayoría abrumadoramente católica, la campaña consideró que era necesario frentear la situación y radicalizarla. En otras palabras, no sólo no dejarse denunciar sino contraatacar denunciando la intervención de la Iglesia en política como un regreso a etapas superadas de la historia de Colombia. La contradenuncia caló y los sondeos comenzaron a demostrar que eran más los colombianos indignados contra el obispo que contra el candidato.

La salida del obispo de Bucaramanga logró algo que no había obtenido hasta ahora la campaña liberal: encontrar un tema que lograra marcar las diferencias frente a Andrés Pastrana. El tema de la intolerancia religiosa cumplió este requisito y sirvió para conservatizar la imagen de Pastrana y marcar la diferencia frente al candidato liberal.

A todas estas surgió una buena racha en el manejo de los medios de comunicación. El programa Cara a cara con Darío Arizmendi, donde aparecieron el candidato liberal y su hermano, el periodista Daniel Samper, alcanzó índices de aprobación por encima del 70 por ciento. En la última alocución, el jueves anterior a las elecciones, Samper se jugó la carta de la faceta humana. Apareció en televisión presentándose como una persona sin recursos a pesar de sus apellidos, que había salido adelante a pulso en medio de grandes privaciones. No obstante el escepticismo que el programa generó en los altos círculos bogotanos, caló en las masas y batió todos los récords alcanzando un índice de aprobación del 74 por ciento.

Mientras que el frente de la opinión reaccionaba, algo similar acontecía con los parlamentarios liberales. Después de haber pasado el susto de la primera vuelta, los políticos se metieron de lleno a la campaña y se propusieron lograr las metas numéricas planteadas por el candidato. El trapo rojo funcionó. Cada parlamentario criando vio que su pellejo estaba en juego, se sumó a la causa con más fervor que en la primera vuelta.

En materia de distanciamiento frente al gobierno del presidente Gaviria se presentó la oportunidad perfecta con el alza vertiginosa de los precios internacionales del café. Al conocerse las declaraciones del candidato liberal en relación con la necesidad de ajustar el precio interno se pudo ganar puntos, no sólo en el eje cafetero sino en los municipios de vocación agrícola en general.

Por último, la publicidad que había sido cuestionada demostró altos índices de efectividad. La decisión de centrarse esencialmente en cuñas de televisión resultó ser acertada. A pesar de lo que creían muchos observadores, las cuñas de Samper tuvieron mayor acogida que las de su rival. En cinco de las siete semanas que duró la batalla de la pantalla chica, la propaganda del candidato liberal registró índices de aprobación más altos que los de Pastrana, que eran considerados perfectos técnicamente pero elitistas. Fernando Botero y Rodrigo Pardo decidieron jugársela toda a nivel masivo con lo que acabó por ser considerado como el hit de la propaganda televisiva: asociar a Samper con la popularidad del 'Pibe' Valderrama. Esta había sido una iniciativa de Augusto López, quien logró en cuestión de horas superar todos los problemas logísticos para salir al aire cuatro días antes de las elecciones. Como diría Pastrana, "diciendo y haciendo" se bombardeó con pauta publicitaria las dos fechas de mayor sintonía en la historia reciente del país.

El engranaje de estos factores se produjo en circunstancias que no tienen parangón en la historia política del país. Las encuestas realizadas en la penúltima semana de la campaña arrojaban un empate técnico entre los dos candidatos. Y en un escenario de empate, Samper contó con la ventaja de ser el que llevaba la dinámica ascendente. Toda esta motivación simultánea de opinión pública y maquinaria logró el objetivo nada despreciable de llevar a la tolda samperista al 90 por ciento del liberalismo, cuando al iniciarse la campaña apenas el 53 por ciento manifestaba estar dispuesto a votar por Ernesto Samper (ver cuadro). En votos contantes y sonantes, Ernesto Samper había aumentado su votación, en apenas 21 días, en 1.200.000 votos. Pasó de 2.600.000 votos en la primera vuelta a cerca de 3.800.000 votos en la segunda, constituyéndose en la segunda votación más alta de la historia de Colombia. El premio de todo este esfuerzo: el derecho a ser el próximo inquilino de la Casa de Nariño.-

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