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| 3/13/1995 12:00:00 AM

EL REINO DE LA HEROINA

En Birmania los generales de la junta juegan golf con los grandes capos. ¿Cómo es y qué pasa en el país con el cual Estados Unidos pretende comparar a Colombia?

EL REINO DE LA HEROINA EL REINO DE LA HEROINA
SI LAS PEORES predicciones se cumplen y las autoridades de Estados Unidos le niegan a Colombia la certificación de cooperación en la lucha antidrogas, el país quedaría incluido en la lista en la cual figuran naciones que han sido acusadas de inundar el territorio estadounidense de drogas ante la indiferencia -e incluso la complicidad- de sus gobiernos. Cuatro países comparten este infame club: Birmania, Siria, Irán y Nigeria. Irán y Siria son enemigos declarados de Estados Unidos, y por ello su inclusión en la lista de los parias de la comunidad internacional no sorprende. En lo que toca a Nigeria, sus autoridades fueron acusadas de proteger a los capos y de ayudarles abiertamente en sus operaciones.
Pero ninguno de los anteriores es capaz de superar a Birmania en este oprobioso escalafón. Independiente del Reino Unido desde 1948, Birmania -rebautizada con el nombre autóctono de Myanmar hace algunos años- ha sido desde el siglo XIX el eje central del triángulo de oro, la región que produce el 70 por ciento de la heroína y el opio que se consumen en el mundo. De acuerdo con el Departamento de Estado de Estados Unidos, la producción de heroína ha aumentado en un 50 por ciento desde que la junta militar gobernante tomó el poder en 1988. Hoy por hoy el país exporta más de 215 toneladas de heroína por año gracias a la complicidad de las autoridades locales.
La complacencia de la junta militar tiene un objetivo que resultaría loable en cualquier otra circunstancia: la paz y la unidad nacionales. Para lograr la coexistencia entre las múltiples etnias del territorio y evitar que los afanes secesionistas atomicen al país, los generales establecieron unos frágiles acuerdos de paz con los líderes de las minorías, que éstas aceptaron a cambio de que el gobierno central les permitiera cultivar amapola. Por esta razón la gran mayoría de los jefes del narcotráfico mantiene relaciones cordiales con el gobierno militar, a tal punto que son frecuentes los partidos de golf en Yangon entre los generales de la junta y los principales jefes del narcotráfico.
Cuando no son amigos personales de los miembros de la junta, los principales capos tienen la particularidad de disfrazar sus actividades con un tinte patriótico. Tal es el caso de Khun Sa, líder político del estado de Shan, conocido como el rey de la heroína. Khun Sa controla el 80 por ciento de la producción de esa sustancia en la región. Un ejército de 15.000 hombres vigila el territorio y es el encargado de escoltar y proteger las caravanas que transportan la droga hasta la frontera con Tailandia y Laos, a cambio de grandes sumas de dinero que sirven para sostener a los Shan. Desde 1960 -cuando Khun Sa pasó a la clandestinidad- y hasta hace unos pocos meses, no se habían producido grandes enfrentamientos entre los Shan y el ejército. Khun Sa ha ofrecido retirarse del negocio a cambio de 300 millones de dólares. Las autoridades estadounidenses han rehusado la oferta, aunque en los años 70, cuando toda la heroína que entraba a su país procedía de Turquía, le compraron a narcotraficantes de esa nación 35.5 millones de dólares de esa droga a cambio de que dejaran el negocio.
Si bien Khun Sa no ha librado grandes batallas contra el gobierno, sus hombres luchan contra los Wa, otra minoría dedicada a la heroína y liderada por el comunista Chao Nyi Lai, una especie de Tirofijo birmano con 20.000 guerrilleros a su mando. A diferencia de la gente de Khun Sa, los Wa firmaron un acuerdo de paz con la junta. Ahora que ésta ha decidido ganar los favores de la comunidad internacional atacando (o simulando atacar) a Khun Sa, el control sobre la frontera entre Birmania y Tailandia y sobre los más de 20 laboratorios de la región ha pasado a manos de los Wa. Salvo este último detalle -el de la narcoguerrilla- todo lo demás es muy distinto a lo que pasa en Colombia. Pero, aún así, en Washington algunos insisten en meter a estos dos distantes países en la misma canasta.

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