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| 1/31/2000 12:00:00 AM

El sobreviviente

El atentado contra Eduardo Pizarro pone de nuevo en evidencia que el conflicto colombiano se ha degradado de manera dramática.

El sobreviviente, Sección Nación, edición 922, Jan 31 2000 El sobreviviente
Días después del asesinato de Jesús Antonio Bejarano en la Universidad Nacional, fueron amenazados los profesores del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales, más conocido como el IEPRI, muy probablemente el más importante “think tank” de Colombia. Uno de los amenazados fue su director, Eduardo Pizarro Leóngómez. Pero cuando le dijeron a Pizarro que una de las maneras de hacerle frente a esa situación de inseguridad era saliendo de Colombia Pizarro no lo dudó un segundo. Decidió quedarse en el país. La semana pasada la amenaza se convirtió en realidad: dos sicarios le dispararon desde una moto a la salida de la Universidad. Pizarro se salvó de manera milagrosa.

La indefensión en la que se encontraba Pizarro es apenas una de las circunstancias que ilustran la degradación del conflicto armado en Colombia. El creciente número de víctimas de la población civil que ha dejado el conflicto se ha visto incrementado a su vez por una masacre sistemática de defensores de derechos humanos, investigadores y profesores universitarios. La muerte de Bejarano no fue la primera que ocurrió en un centro universitario y, con toda seguridad, el atentado contra Pizarro no será el último.

Al igual que Bejarano, Pizarro ha sido un crítico severo tanto de la guerrilla como de los paramilitares y la extrema derecha. El pasado 11 de diciembre, por ejemplo, Pizarro publicó en su habitual columna de El Espectador, un artículo sobre los grupos paramilitares en el que advertía que las Fuerzas Militares “no pueden continuar afirmando que han mejorado su conducta frente a los derechos humanos, mientras no demuestren que estas tareas sucias no las están llevando a cabo ‘actores sustitutos”.

Una semana después analizó las que llamó “consecuencias muy negativas” de la decisión de negociar en medio de la guerra. “¿Como es posible —se preguntó Pizarro ese día—, que las Farc hablen a nombre del pueblo y, a su turno, destruyan los pueblos y asesinen a mujeres, niños y ancianos con sus criminales pipas de gas?”

Resulta imposible saber quién atentó contra Pizarro. Las hipótesis son las mismas del asesinato de Bejarano y apuntan a los grupos más radicales, tanto de izquierda como de derecha, que hoy operan en las universidades. Ese es otro de los rasgos macabros de la degradación: la desaparición del carácter de “santuario” de los centros docentes.

Decir que el conflicto colombiano se está degradando rápidamente es ya un lugar común. Pero se trata de un lugar cómún que cada día se acercará más a los indiferentes y que creará otro lugar común, tan terrible como aquel: el exilio de los intelectuales, los académicos y los periodistas de Colombia. Y con el exilio, la desaparición de los tolerantes.

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