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| 12/4/1995 12:00:00 AM

EL ULTIMO CONSERVADOR

ALVARO GOMEZ HURTADO FUE EL ULTIMO DE los grandes hombres del siglo XX.

EL ULTIMO CONSERVADOR EL ULTIMO CONSERVADOR
Ese es el significado del inmenso silencio nacional, asombro, estupor y rabia, pero siempre silencio, que cobijó al país de un extremo al otro cuando lo perdimos el jueves por la mañana. Toda la tarde parecía que la pobre Colombia estuviese gestando un parto anticipado, doloroso y lento hacia el siglo XXI, mientras sus pobres gentes no atinaban siquiera a sacar los pañuelos blancos para llorar al viento al héroe dormido para siempre.
Qué tarde tremenda. Qué agonía de siglo tan larga y tan lenta. Qué cantidad de sangre y de silencio la que nos cubría, el último jueves, haciendo el tránsito al dolor.
Y todo cambió. Ya nada fue igual. Doblamos la hoja de las instituciones, 50 años de historia política que no querían terminar de pasar, y entramos tambaleantes y atolondrados en la modernidad...
Por su fina inteligencia, superior a todo lo circundante, por su elegancia personal, siempre amable primero, por su incansable batalla contra la decadencia en medio de un tiempo avasalladoramente liberal, Alvaro Gómez me hace pensar en el príncipe de Metternich, que se quedó solo en el centro de Europa tratando de desviar y amansar las tempestades que habrían de derrumbar las instituciones del ancien regime europeo.
Era, como Metternich, el último conservador, porque tenía un sentido de la historia.
Y quizás, como él diría en sus últimos años, en la amargura que nos causa la destrucción nacional, que a la hora de la verdad "los que habrían de construir saben solo destruir", pues se quedó solo siempre -inmensamente solo con su pueblo- batallando contra el viento que tomaba siempre la forma de liberalismo.
El fin del Frente Nacional fue un formidable derrumbe. Como si el país, suspendido en vilo en una casa sin tiempo, hubiese repentinamente recibido la corrupción del oxígeno. Alvaro corría de lado a lado, angustiosa y afanosamente tratando de salvar pedazos del naufragio del viento, con cierta triste inutilidad. Porque el viento del liberalismo recorrió la vieja casona y la demolió en polvo arrasando, como el gorgojo, los cimientos de las estructuras.
Lo principal era salvar los valores del espíritu.
He allí, en lo intangible, la verdadera estructura política de la sociedad. Construir y salvar una cultura.
La de la fe, la de la tolerancia, la de la paz.
Solo el tiempo nos dirá si en medio de la polvareda del derrumbe moral, este gran conservador logró dejar algo en pie. Cuando en su entorno todos descreían, Alvaro -como un roble en la tempestad- mantenía la fe. Su catolicismo era conmovedor y estremecedor. A través de la fe cristiana le daba un sentido a los 500 años de historia americana, y seguramente de haber nacido en el barroco habría sido un jesuita batallador, dispuesto a conmover las fibras morales de la sociedad para preservar la grandeza de la sociedad.
Pero en su tiempo, no barroco sino neoclásico, Alvaro no tuvo los elementos del arte, la poesía, la arquitectura o la música, con que contaron los hombres de la contrarreforma para salvar la cultura europea del paganismo que los sacudía.
Por eso era el último conservador. Trataba de conservar cosas sin tener elementos de batalla.
Aquí, en nuestra generación, no tuvimos la grandiosa arquitectura del Bernini, ni la tremenda fuerza de la palabra de Quevedo, ni los aires sublimes de Haendel nos han llenado las catedrales, ni el claroscuro de Tiziano, ni Rubens, nos conmueve el corazón.
No hay muchos elementos estéticos con los cuales armar una política conservadora.
El virus del liberalismo cambió primero las formas culturales y espirituales, que son las que contienen las instituciones políticas, antes de atacar con extrema facilidad a estas últimas. Por ello, todos los conservadores salieron corriendo, como en la Tierra del Olvido, dejando el campo yermo, y abierto a la destrucción de la cultura.
La confusión de los valores sociales alcanza su más alta expresión en el desprecio por la vida humana.
Por ello en Colombia la política comienza con la predicación, y no tiene ya ningún sentido electoral. Alvaro, como San Ignacio de Loyola o como Felipe II, trataba con su política de reedificar una cultura del espíritu en un pueblo amatorio y latente que estaba creciendo en medio del vacío.
Primero, el primer acto político, debe ser la defensa de la vida humana. La vida es sacramental, inviolable, intangible, perfecta y eterna.
Pobre pueblo desgraciado al que lo sacude el descreimiento a tal punto de no respetar la vida.
A la defensa de la vida debía orientarse toda la política, comenzando por las instituciones de justicia. Ese fue el meollo de su pelea con el Establecimiento.
La justicia es el instrumento de la paz.
Mejor dicho: la paz es la expresión de un estado de justicia. Y el resultado de la paz es la exaltación de la vida, la fiesta de la vida.
La demolición de las instituciones judiciales nos ha convertido en un pueblo bárbaro, y solamente la justicia nos puede redimir, para colocarnos otra vez en el perdido rumbo de la civilización.
Cuando Alvaro le censuraba a los gobiernos de turno la carencia de una política de paz, estaba realmente pensando en una política por la defensa de la vida. Empeño gigantesco, militante, civilizador...
Su muerte violenta es perfectamente injusta. Como fue injusto el país con él durante tantos años. Como fue injusto el conservatismo, al que amaba.
Pero Alvaro no temía a la muerte. La esperaba, con grandeza, en la madurez de su tiempo. Así lo leímos en sus cartas desde el cautiverio. A lo que sí temía era a la mediocridad. A la medianía de los propósitos, a la poquedad de los hombres, a la escasez de miras, a la falta de visión.
El temor a la mediocridad es una forma exaltada de patriotismo, y Alvaro lo llevaba en forma superlativa. Por eso batalló tan duramente contra la fuga de los conservadores, para estremecer y alertar el alma del pueblo, que estaba mal dirigido.

El apocamiento del conservatismo, su caída irredenta en la mediocridad, su permanente y humillante posición de epígono (lo contrario del líder: el seguidor), su entrega inmoral a los contratos, su reblandecimiento ante el poder ajeno, su tolerancia de la corrupción siempre que le dejasen compartirla, estos eran los rasgos que definían la desaparición del conservatismo. Y con él desaparecía el equilibrio, la fuerza dialéctica para construir la historia...
Al no poder reformar al conservatismo, Alvaro lo quería destruir para poderlo conservar. Y para usarlo como martillo contra el Establecimiento, que requería el mismo tratamiento singular.
Perdido irremediablemente en la política, Alvaro Gómez fue un elevado pensador, un intelectual superior, un místico, un artista, un esteta y un guerrero.
Su muerte saldrá bien.
Saldrá bien librado de la muerte.
Como un acto extremo de refinación política será, como Luis Carlos Galán, mucho más influyente después de pasar.
Y seguramente, como El Cid Campeador, obtendrá su más grande victoria -el derrumbe del régimen- después de muerto.
Ya nada puede seguir igual. Los violentos han bendecido a Colombia con la sangre de los justos, que no ha sido derramada en vano. Y nosotros nos quedamos con el dolor, que redime, y con el corazón entristecido, y con el majestuoso silencio, lágrimas de silencio que fertilizan el optimismo.

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