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| 3/12/2001 12:00:00 AM

El último vuelo de ‘Techos’

El brutal asesinato del mejor parapentista del país extingue un ejemplo de vida y una ilusión para el deporte colombiano.

El último vuelo de ‘Techos’ El último vuelo de ‘Techos’
A los 41 años Jorge Hernán Abad Barón revivió la leyenda griega de Icaro, el joven que se elevó del laberinto con unas alas hechas por su padre Dédalo y embriagado con el vértigo de la velocidad y el éxtasis del vuelo se estrelló contra el mar después de haber intentado alcanzar el Sol. Desde 1994 las alas de Abad, un hombre corpulento de 1,84 metros de estatura, eran las de su parapente, un planeador ultraligero flexible. Con ellas descubrió la libertad de volar y las usó para escapar del laberinto de su trabajo de oficina y dedicarse de lleno a robarle espacio a los pájaros. Al principio la falta de pericia y un arrojo temerario a la hora de volar lo obligaron a aterrizar dos veces en los techos de las casas. Eso para no hablar de la vez que se llevó por delante un poste de energía de Tejicóndor. Por eso sus colegas comenzaron a llamarlo ‘Techos’.

El martes 30 de enero ‘Techos’ salió hacia el alto de Matasanos, a 45 minutos de Medellín, a encontrarse con David Castaño y Ulrich Muñoz. Dos pilotos como él con quienes quería superar el récord nacional de distancia que habían establecido el domingo anterior, al volar 90 kilómetros desde su punto de partida hasta los farallones de La Pintada. A las 11 de la mañana, con un cielo despejado como de postal, se lanzaron al espacio vacío.

Habían calculado que por la ruta recién descubierta llegarían en cuatro horas a su destino. A la una de la tarde Castaño y Muñoz vieron descender a ‘Techos’ en una cancha de fútbol de Belén Aguas Frías, un barrio del centro occidente de la capital antioqueña. No había podido coger la térmica, la corriente de aire caliente que ayuda a elevarse a los parapentistas. Los otros dos pilotos continuaron el viaje, llegaron a La Pintada y luego se devolvieron a Medellín. Al otro día se reunieron en la escuela Freegliders y ‘Techos’ no apareció. Tampoco había ido a su casa. Claudia Ramírez, ‘La Chiquita’, su compañera de los últimos años, y Juanita, la hija de los dos, estaban preocupadas. Todos comenzaron a inquietarse por su suerte.



Un hombre feliz

Antes de convertirse en ‘Techos’, el parapentista, Abad Barón llevó una vida como cualquiera otra. Había nacido el 9 de junio de 1959 en Calarcá, Quindío, bajo el signo zodiacal de Géminis, regido por el elemento aire. Fue el mayor de cinco hermanos, buen estudiante, con una habilidad especial para los números. En Bogotá, donde se había radicado con su familia cuando era un adolescente, estudió sistemas. En 1982 viajó a Medellín para estudiar ingeniería industrial en la Universidad Autónoma. Allí se graduó y conoció a Maritza Carrasco, una joven paisa con la que se casó y tuvo dos hijos: Melissa, de 13 años, y Samuel, de 7. Abad trabajó luego en varias empresas antioqueñas como gerente o jefe de compras.

En esas estaba en 1994 cuando se inscribió en un curso de parapente, descubrió la emoción de volar y le cambió la vida. Al comienzo subía a la hora del almuerzo hasta el alto de Matasanos y desde allí se lanzaba hacia la ciudad. Después, como si la aventura hubiera sido algo trivial, recogía sus cosas y volvía a la oficina. Poco a poco su pasión aérea devoró sus deseos de volver al trabajo.

Un día cualquiera no regresó, sus compañeros no volvieron a oír su hablado a media lengua. ‘Techos’ se dedicó de lleno a perfeccionar su dominio del parapente y a mirar la ciudad desde el cielo.

Su tesón, sumado a un espíritu atrevido y la poca ortodoxia con la que volaba, lo convirtieron en un gran piloto. “Hace seis años el parapentismo estaba en ciernes y todos estábamos experimentando, pero mientras nosotros estudiábamos si con tal o cual nube se podía volar él simplemente volaba”, recuerda su amigo y colega Luvansky Ramírez. Entre los parapentistas es memorable el día de febrero de 1997 en que ‘Techos’ voló a mediodía en pleno eclipse de Sol.

En esa ocasión él y sus compañeros habían viajado hasta Sincelejo para contemplar el espectáculo astronómico. Querían volar pero había mucho viento y el despegue era muy difícil porque el terreno era muy bajo. No había condiciones para elevarse e intentarlo era muy riesgoso. ‘Techos’ no le prestó atención a las advertencias de sus amigos. Se tenía mucha fe y decidió despegar. Se ‘pianó’, cayó, en el argot de los parapentistas, casi de inmediato. Lo que sucedió a continuación es inolvidable para su amigo Diego Rodas: “El eclipse estaba empezando y nosotros, absortos con el milagro, no nos dimos cuenta cuándo volvió a despegar. De pronto empezó a coger altura y a elevarse mientras gritaba: ¡Techooos… Techoos… Techooos…! Lo vimos envolver el aire con la tela y volar. Todos nos pusimos a llorar de la emoción”.

‘Techos’ montó una escuela de vuelo en parejas para vivir y reunir fondos para competir. Probó suerte en campeonatos de México y Brasil y no le fue mal. En el Panamericano de Parapente de Rio de Janeiro quedó en el puesto 15 entre 200 competidores. En Europa participó en tres campeonatos y se dio el lujo de ganar con su equipo la Copa Pirineos. Era su primera participación en ese evento y en el camino dejó a algunos de los mejores pilotos del mundo. Por sus buenos resultados la Federación Colombiana de Deportes Aéreos lo había escogido para que participara en el próximo mundial de parapente.

En el Viejo Continente también hizo grandes amigos. Su simpatía era un imán para todos. Sus rivales internacionales siempre decían que las competencias en las que él había participado fueron “las más animadas en la historia del deporte”. En España lo recuerdan porque en una ocasión apostó, lo que hacía con frecuencia, con los parapentistas de las islas Canarias que los colombianos sacaban mejor puntaje que ellos en la final. ‘Techos’ ganó y a los españoles, como pago de la apuesta, les tocó desfilar por una improvisada pasarela vestidos con ropa interior femenina en la clausura del evento.



La caida de Icaro

El pasado miércoles 31 de enero ‘Techos’ no apareció en el lugar de encuentro. Sus compañeros ya habían elaborado un plan de búsqueda cuando Adriana Estrada, una parapentista ingeniera de sistemas, llamó por trámite a Medicina Legal. Para su sorpresa le dijeron que el cuerpo estaba allí con dos disparos en la cabeza. Lo habían encontrado medio desnudo, con su inseparable amuleto de piedras verdes aún en la muñeca. Sus asesinos se habían llevado la vela, la silla y el casco. Todo el equipo, que en el mercado internacional cuesta por lo menos 2.200 dólares (casi cinco millones de pesos), se lo había comprado hace poco a un campeón español. La semana pasada tropas de la IV Brigada detuvieron a cuatro jóvenes, de entre 20 y 24 años, que ya tenían otras órdenes de captura en su contra, de quienes la Fiscalía tiene sospechas de que hayan participado en el asesinato del parapentista. Pertenecían a una organización autodenominada Comandos Unidos del Pueblo, una especie de milicias de la zona, y habían visto volar a ‘Techos’ tres veces sobre su barrio.

Los familiares del parapentista tuvieron que convencer a las autoridades para que les dejaran cremar el cuerpo, lo cual va contra la ley cuando la muerte es violenta, y así poder cumplir su sueño de ser “aire para el aire”. El sábado 3 de febrero los amigos y familiares de ‘Techos’ se reunieron en Medina, a 20 minutos de Medellín, desde donde se lanzaba con sus alumnos, para rendirle un homenaje póstumo al compañero muerto. En el alto de San Félix hicieron un círculo con los morrales de los parapentes y en el centro colocaron el de ‘Techos’, cubierto con su chaqueta, y al lado la urna con las cenizas. Hubo una misa y luego los asistentes desfilaron ante los objetos de su amigo para darle una despedida simbólica.

Al final, acompañados por el toque fúnebre de una trompeta, uno a uno despegaron 25 parapentes multicolores. Cada piloto llevaba una parte de las cenizas del amigo, que habían sido empacadas en 35 bolsas por una tía de ‘Techos’. Su hija Melissa fue la primera en despegar. En cuestión de minutos el cielo se llenó de humo de colores y cintas blancas que se desprendían de los parapentes. Ese mismo día algunos de sus colegas internacionales volaron en sus respectivos países en memoria de un competidor leal. Este fue el último viaje de ‘Techos’. Ahora sólo falta encontrar la manera de inscribir en el viento el epitafio que él había dictado para su tumba: “Aquí yace Jorge Abad, quien en vida disfrutó del descanso eterno”.

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