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| 5/5/2003 12:00:00 AM

En la boca del lobo

¿Qué hay detrás de los estudiantes universitarios que han terminado trabajando para las Farc?

Diana Milena Guevara y Juan Pablo Gómez pertenecen a la misma generación de colombianos. No se conocen pero tienen algunas cosas en común. Ambos eran universitarios promedio y deportistas consagrados. Diana Milena es bogotana, tiene 22 años, estudiaba noveno semestre de medicina en la Universidad Nacional y jugaba en el equipo de rugby de ese centro educativo. Juan Pablo nació en Riohacha hace 24 años, iba en décimo semestre de ingeniería electrónica en la Universidad El Bosque y era capitán del equipo de fútbol de la misma institución. Hoy los dos están detenidos en los calabozos de la Sijin en Bogotá. El permanece en el patio uno de hombres y ella en el sótano de esa institución, reservado para las mujeres. Diana Milena fue detenida el 11 de marzo pasado después de instalar una bomba incendiaria de las Farc en un bus de Transmilenio. Juan Pablo fue arrestado a comienzos de abril, sindicado de colaborar con la red de finanzas que había instalado el frente primero de las Farc -que opera en Guaviare- en la capital del país. Diana Milena, según uno de los oficiales que ha conversado con esta joven, está arrepentida de lo que hizo. "¿Cómo cree que yo, que estaba estudiando para salvar vidas, iba a ser capaz de quitársela a alguien?", le dijo ella a uno de los policías que la interrogó. Por eso insiste en que el día del atentado pensó que las bombas que llevaba sólo producían humo o aturdían con el ruido. En un acto de ingenuidad poco creíble, jamás se imaginó que el bus se iba a quemar por completo. Esta acción, de la cual se siente avergonzada y que si es condenada le costará varios años de cárcel, hizo que las demás internas de la Sijin la bautizaran 'Transmilenio' o 'Señorita Candela'. El apodo no corresponde con su temperamento, que es más bien apacible y se refleja en el paisaje que está pintando en uno de los muros del calabozo mientras la Fiscalía resuelve su situación jurídica. Juan Pablo, en cambio, no está tranquilo. Todavía no entiende, al igual que su familia en La Guajira y sus amigos costeños de la universidad, cómo su vida dio un giro tan brusco por haber tenido una confianza ciega en su primo Gerardo Andrés Gómez y, sobre todo, en Andrea Carolina Vargas, la compañera de éste. Caras vemos, corazones no sabemos Gerardo Andrés Gómez tiene 25 años, es alto, acuerpado, ojiverde, e hizo curso de piloto. Recién terminó la carrera se fue a trabajar a Villavicencio, donde conoció a Andrea Carolina Vargas, una joven de su misma edad que tenía una hija pequeña. Las autoridades saben muy poco sobre las actividades de esta pareja en la capital del Meta, lo que sí tienen claro es que regresaron a Bogotá a vivir juntos en un apartamento que compraron en la calle 119 con 12. Para amoblarlo Andrea Carolina y Gerardo fueron al local de un reconocido decorador y compraron de contado un juego de sala, uno de comedor y uno de alcoba, que en total costaron más de 20 millones de pesos. El dueño del negocio recuerda todavía la transacción porque la joven, de aspecto muy humilde, primero dijo: "Esto es horrible". A lo cual él le replicó molesto: "Aquí los únicos horribles somos nosotros porque todo lo que hay aquí es bonito". Aparte de este incidente también le pareció extraño el afán de la joven por comprar de inmediato lo que estaba en exhibición en ese momento en el almacén. Tiempo después la pareja vendió el apartamento y se mudó a uno mucho más costoso en el exclusivo conjunto Sierras del Moral, ubicado sobre la falda de los cerros orientales, en la calle 145 con carrera séptima. Gerardo y Juan Pablo se criaron juntos y más que primos parecían hermanos. Por eso no era extraño que este último saliera de clases en El Bosque, y si no se quedaba jugando dominó o fútbol en la universidad se iba a pasar el rato en el apartamento de su primo Gerardo. El, según las investigaciones de las autoridades, no hacía nada y, sin embargo, tenía recursos suficientes para jugar en los casinos con frecuencia, viajar a las carreras de Juan Pablo Montoya en el exterior, mantener cuatro carros y dos motos con las que hacía motocross casi todos los fines de semana. A veces le prestaba una de éstas a Juan Pablo para que lo acompañara en sus correrías por Guatavita. Dada la evidente cercanía que existía entre los dos primos Andrea Carolina no tuvo ningún reparo en comenzar a pedirle favores personales a Juan Pablo. Al comienzo fueron cosas sencillas: que le comprara un computador, que le instalara el home theater, que recogiera a una amiga. Nada extraño. Más adelante le pidió que le ayudara a hacer unos pagos del negocio de la mamá, a quien presentaba como una ganadera y comerciante de los Llanos. Por esta labor de 'mensajería', que según una persona del entorno de Juan Pablo sólo realizó unas seis veces, el aprendiz de ingeniero recibía 100.000 pesos de pago. En la mira Lo que no sabían los primos Gómez ni Andrea Carolina era que agentes de inteligencia de la Policía estaban siguiendo sus pasos. Durante la oleada terrorista de comienzos del año las autoridades detectaron la presencia en la capital de Yenny Patricia Oliveros, una guerrillera confesa del frente primero de las Farc conocida con el alias de 'Claudia', a quien la Fiscalía sindica de haber comprado las casas de Girardot (Cundinamarca) y Suárez (Tolima) donde se planearon los atentados para volar los puentes de esos municipios. Durante su paso por la capital la Policía siguió a 'Claudia' hasta un hipermercado, donde un hombre le entregó una caja de zapatos. Cuando la Policía averiguó quién era el personaje se llevó una gran sorpresa. Se trataba de Juan Pablo Gómez, un estudiante de El Bosque con un promedio histórico de 4,2, que veía cinco materias, estaba preparando su tesis de grado sobre electrónica de potencia y no fumaba ni tomaba. Las pocas veces que lo hacía bebía sólo dos tragos de whisky Old Parr. Siguiendo a Juan Pablo, que por su alto perfil pensaban que era el cerebro del asunto, la Policía ubicó a Gerardo y a Andrea Carolina. La imagen de ellos tampoco coincidía con la de guerrilleros de las Farc. El parecía no hacer nada y ella iba con frecuencia a arreglarse a una peluquería del norte o a comprar ropa importada en un reconocido almacén de la Zona Rosa. Allí la vieron en los últimos meses con el bebé que había tenido recientemente. Sin embargo una labor de inteligencia electrónica les permitió descubrir qué estaba pasando detrás de esta fachada de vida plena. Las autoridades determinaron que Flor Alba Rodríguez, la mamá de Andrea Carolina, vive en el Guaviare y, al parecer, es la compañera de 'César', el alias con que se conoce al comandante del frente primero de las Farc. Este grupo, según las autoridades que conocen el caso, se encargó de enviar entre noviembre del año pasado y febrero de este año 1.000 millones de pesos a Bogotá. Parte de este dinero llegó a manos de Andrea Carolina, quien a su vez, tal y como se lo ordenaban por teléfono, recibía instrucciones sobre a qué persona debería entregárselo y en qué número podía conseguirla. Luego ella le pedía a Juan Pablo el favor de llevar los paquetes. Cuando lo capturaron a la salida de la universidad el estudiante de ingeniería pensó que lo iban a atracar. Pronto se dio cuenta de la magnitud del lío en el que estaba metido y por eso, según allegados a su familia en La Guajira, cuando habló con su padre lo único que atinó a decirle fue: "Te fallé papá, te fallé?". Después de la captura el hermano menor de Juan Pablo buscó a Gerardo y a Andrea Carolina para que le ayudaran. La reacción de ellos fue esconderse en el apartamento de un abogado, donde los detuvieron al día siguiente. A las autoridades la joven les dijo que el primo de Gerardo no tenía ni idea de dónde venía la plata ni para qué estaba siendo usada. Los casos de Juan Pablo y de Diana Milena son algunos de los pocos concretos (también está el de los estudiantes de la Universidad Católica que participaron en el atentado contra la Casa de Nariño el 7 de agosto y que se encuentran prófugos de la justicia) en los que, de una u otra forma, se puede decir que exista alguna vinculación de universitarios con las Farc. Todo lo demás que se diga sobre el reclutamiento masivo de esta organización en las universidades privadas y públicas no pasa de ser un rumor persistente. Líderes estudiantiles de 10 universidades bogotanas que hablaron con esta revista negaron haber oído de otros casos y pidieron que no se estigmatice a los universitarios de guerrilleros por hechos aislados. Si bien las autoridades no descartan que personas vinculadas a la guerrilla, en particular hijos de comandantes, podrían estar estudiando en instituciones de élite, no es claro que lo estén haciendo con la visión de un miliciano en busca de posibles secuestrables o de blancos estratégicos para hacer terrorismo. Lo que parece evidente es que la guerrilla está buscando nuevas formas de ingresar y golpear en la ciudad que no sean detectadas con tanta facilidad por las autoridades. Diana Milena Guevara hizo lo que no habían logrado los milicianos de la red urbana Antonio Nariño: quemar un bus de Transmilenio. La inversión en este atentado fue mínima y su captura no puso en peligro ninguna estructura de las Farc, pues lo único que ella pudo contar fue que la reclutaron para el Movimiento Bolivariano una mujer llamada 'Manuela' y un hombre apodado 'Julián'. Juan Pablo Gómez tampoco es mucho lo que puede decir, salvo que llevaba plata, por unos pesos de más, a los que les hizo vista ciega sobre su procedencia, a unas personas que resultaron ser guerrilleros. En su caso es claro que, según un oficial que lo interrogó, "no tiene simpatía por la guerrilla ni por su ideología". Sin embargo la investigación está hasta ahora en su etapa inicial. El caso más reciente que se ha conocido es el de Oscar Marín, el nombre falso con el que contó su historia un egresado de otra universidad privada, un joven al que las Farc supuestamente intentaron reclutar para el Movimiento Bolivariano por medio de llamadas y cartas intimidatorias. Su caso, publicado en El Tiempo esta semana, parecía un poco insólito porque no era lógico que las Farc estuvieran jugando al 'tín marín de do pingüé' para conseguir colaboradores. Sin embargo parece que Marín no fue elegido al azar. Es hijo de un oficial retirado de la Policía, practica regularmente karate en el Club Militar y, dada su condición, podía ingresar también al Centro de Estudios Superiores de la Policía, contigua a la sede de la Dirección de Inteligencia de la institución. Con estos datos su historia cobra sentido pues no es descartable que intentaran cooptarlo o utilizarlo para llevar a cabo un atentado. Las Farc aprendieron que sus guerreros rurales son presa fácil en la ciudad por más entrenados que se encuentren, no sólo por su fisonomía sino por su escaso conocimiento de la vida urbana. Por eso están tratando de poner a funcionar redes en la capital que no despierten sospechas y que se muevan como pez en el agua en ciertos círculos estratégicos, como clubes, universidades, escuelas de cadetes, empresas o ministerios. Ya sea para obtener información o para preparar acciones militares. Y si de algo sirve la historia de Diana Milena y Juan Pablo es para comprobar que embarcarse en una aventura de estas, por ingenuidad o a conciencia, puede acabarles la vida de un plumazo. Porque en caso de encontrarlos culpables la sociedad espera una sanción ejemplarizante de la justicia.

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