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| 7/23/2001 12:00:00 AM

Es más difícil escribir que dirigir

Llega Colombia <i>Nadie conoce a nadie</i>, la primera película dirigida por Mateo Gil, co-guionista de Tesis y asistente de dirección de la Lengua de las mariposas. Ricardo Silva, crítico de cine de SEMANA, habló con él.

Es más difícil escribir que dirigir Es más difícil escribir que dirigir
Mateo Gil dice que es más fácil dirigir que escribir. Y debe saber por qué lo dice. Hace un par de años, en 1995 y 1997 escribió con Alejandro Amenábar, dos de las películas españolas más interesantes de los últimos años: Tesis y Abre los ojos. En 1998, después de un par de honorables intentos, realizó un cortometraje, Allanamiento de morada, que ganó premios y menciones en 40 festivales de cine. Fue el asistente de dirección de José Luis Cuerda en La lengua de las mariposas. Y, como si no bastara, el primer largometraje que dirigió, Nadie conoce a nadie, que ahora se estrena en Colombia, resultó ser una de las tres producciones más taquilleras en España, y fue elegido por los críticos de la prestigiosa revista Reseña como una de las 10 mejores películas españolas de 1999.

Nadie conoce a nadie es exactamente lo que Gil —nacido el 23 de septiembre de 1972, en Las Palmas de Gran Canaria— pretendía desde un principio: un thriller que envuelve y entretiene sin sacrificar la inteligencia del relato y sin menospreciar, en ningún momento, las capacidades del público. Parte de una novela de Juan Bonilla que examina la desaparición de la identidad en los juegos de rol —esos que, como Dungeons and Dragons, llevan a los participantes a asumir nuevas personalidades, y a dejarse arrastrar, a la larga, por nuevas formas de vida— y construye, gracias a la producción, a la música del propio Amenábar, y a las actuaciones de Eduardo Noriega, Jordi Mollá y Natalia Verbeke, una asfixiante trama policíaca que se resuelve, en las calles de Sevilla, en la Semana Santa del año 2000.

SEMANA:¿Cómo nace la película?

Mateo Gil: Ni siquiera iba a dirigirla: los productores me pidieron que adaptara la novela, y yo —esa fue, creo, mi contribución— la centré en la Semana Santa, porque pensé que si íbamos a hacer una película situada en una ciudad tan religiosa como Sevilla lo mejor tendría que ser inventar un juego herético, diabólico, jugado por una especie de ejército de las tinieblas.

SEMANA: ¿Puede decirse que escribir una película es algo así como inventar un juego de rol?

Mateo Gil: tiene mucho que ver porque un juego de rol plantea una situación inicial, más o menos fantástica, y luego los personajes, junto con el master, van diseñando una trama que se ve afectada por la cultura, las películas y la tradición narrativa que hayan recibido en sus vidas.

SEMANA: Lo que más impresiona de Nadie conoce a nadie es su tensión, su ambientación asfixiante, su atmósfera: ¿cuáles fueron sus modelos a la hora de construir visualmente la película?

Mateo Gil: A mí me gusta mucho Marathon Man, de Schlessinger, que tiene una atmósfera impresionante, pero no sé hasta dónde puede ser una fuente. Creo que mis fuentes son mucho más inconscientes y que ahora, en este momento, no las podría nombrar. Hay muchos, muchos thrillers que me gustan. Y creo que, cualquier película de ese género, o que pretenda acercársele, bebe finalmente de Hitchcock. El es el maestro. El fundó el género y siempre nos vamos a remitir a él. David Fincher es, para mí, aunque sus películas son bastante diferentes entre sí, el último gran maestro de la atmósfera: Seven es, sin duda, un modelo de trhiller. El club de la pelea, en cambio, es una estupenda historia de personajes.

SEMANA: hay cierta relación, inconsciente, porque fueron hechas al mismo tiempo, entre El club de la pelea y Nadie conoce a nadie: el problema de la identidad, una amistad peligrosa, un juego que va demasiado lejos...

Mateo Gil: Es cierto, la hay, salvando las distancias, pero si le preguntaran a él, a David Fincher, seguro que te diría que no y que se reiría: sus películas son, desde mi punto de vista, auténticas joyas y yo ni siquiera puedo pretender que la mía esté a su altura.

SEMANA: Da la impresión de que se siente más cómodo escribiendo que dirigiendo. ¿es cierto?

Mateo Gil: No es verdad. Creo que escribir es muchísimo más difícil que dirigir. Es cierto que ésta, para ser una primera película, era una producción demasiado compleja, y creo que la pasé fatal porque estaba plagada de helicópteros, de extras y de secuencias de acción que ocurrían por la noche. No perdí pelo, ni sé por qué, pero me faltó poco, y aún así yo creo que es más fácil dirigir porque ya tienes la historia y sólo debes ejecutarla de la mejor manera posible, mientras que cuando escribes lo que tienes es la famosa página en blanco por delante. Lo más difícil, en estos trabajos, es encontrar una idea original que merezca ser contada.

SEMANA: Y contarla bien.

Mateo Gil: Que no es tan difícil porque el espectador ya se ha acostumbrado al lenguaje cinematográfico y soporta los cambios de plano: lo más difícil, en el cine de hoy, y creo que ahí es donde más falla, es encontrar buenos personajes y buenos diálogos, que sean naturales y a la vez profundos.

SEMANA: ¿Se puede decir que sus modelos, a la hora de escribir, son los guionistas norteamericanos?, ¿que con su generación se ha borrado, al fin, la injusta etiqueta de ‘la españolada’?

Mateo Gil: Creo que sí: eso es lo que se puede decir de Tesis, Abre los ojos y Nadie conoce a nadie, pero no creo que siempre vaya a seguir por ahí: estoy tratando de cambiar de género y de no dejarme llevar por la estética americana que hemos mamado los directores de mi generación. Lo de ‘la españolada’ es, por otro lado, un tópico: antes, cuando se trataba de vender lo español, se hicieron unas películas maravillosas y, de la misma manera, no todo lo que estamos haciendo ahora es cojonudo. Todo tiene dos caras.

SEMANA: ¿Qué tal fue su experiencia como asistente de dirección de La lengua de las mariposas?

Mateo Gil: Ese era un guión estupendo, precioso, armado como un reloj, que, antes del rodaje, le levantaba las lágrimas a cualquiera y que yo hubiera dado la vida por rodar desde cuando lo leí. Era la suma de Rafael Azcona y Manuel Rivas: no podía haber una mayor calidad literaria. Fue una experiencia maravillosa —ver cómo ese material iba cobrando vida— y aprendí mucho de ella: entendí que no todo es fórmula ni género, que no todo es estrategia para enganchar al espectador, que hay otras cosas.

SEMANA: ¿Y su próxima película?

Mateo Gil: Estoy un poco disperso: el año pasado me dormí un poco en los laureles y descansé de los tres años de trabajo de Nadie conoce a nadie y ahora me encuentro reescribiendo un antiguo guión y desarrollando, lentamente, otro proyecto.

SEMANA: ¿Qué espera de Vainilla Sky, de Cameron Crowe, la versión norteamericana de Abre los ojos?

Mateo Gil: Me muero de la curiosidad por verla porque no tengo ni idea de lo que han hecho con los personajes, de si han conservado la historia o la han adaptado de otra manera. Ellos compraron los derechos y las hicieron toda por su lado.

SEMANA: ¿Tiene planeado algún otro trabajo conjunto con Alejandro Amenábar?

Mateo Gil: Por el momento no. El ha escrito su nueva película solo. Y yo estoy escribiendo las mías, pero, en el futuro, porque aún somos amigos, coincidiremos en otro proyecto. Eso es seguro.

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