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| 10/20/2002 12:00:00 AM

Guerra en las comunas

La batalla de Medellín, si no se gana a tiempo, podría ser la semilla de la guerra urbana en el resto del país.

Guerra en las comunas Lo que sucedió en la comuna 13 de Medellín es un campanazo de alerta para ciudades como Bogotá y Cali, donde hay una creciente presencia de los grupos armados en los barrios marginales. Muchos analistas veían venir el desenlace de la semana pasada
Sergio y a cuatro miembros de su familia la guerra los sorprendió en su casa de Belencito, uno de los 20 barrios de la comuna 13 de Medellín, unos días antes de las escaramuzas y enfrentamientos de la semana pasada. Una noche, hacia las 11, un grupo de hombres uniformados subió por la carrera 92 y a la altura del convento de La Madre Laura fueron recibidos a tiros desde la parte alta. Un taxista quedó atrapado en medio del fuego cruzado. Para salvar su vida dejó el carro botado, se escudó detrás de uno de los hombres que disparaba hacia arriba y, de cuando en cuando, se atrevía a preguntar si se podía ir. Sólo pudo hacerlo en algún providencial momento de calma y no lo pensó dos veces cuando le ordenaron: "¡Andáte!". El combate duró hasta la madrugada. Durante cinco horas Sergio y su familia, acomodados sobre una cama y un colchón en el suelo del cuarto más alejado de la calle que hay en la casa, escucharon explosiones y disparos. En los últimos meses se habían acostumbrado a este tipo de escalofriantes conciertos nocturnos pero nunca los habían oído tan cerca de su vivienda. El tableteo de las metralletas. El eco vacío de los disparos. El ruido y la zozobra de no saber qué podía pasar no los dejaron pegar el ojo en toda la noche. En la mañana, con las ojeras aún frescas y el cuerpo agotado por la vigilia, salieron a echarle un vistazo a la calle que había servido como campo de batalla. Afuera los niños jugaban, inocentes, como si nada hubiera pasado, con sus trofeos: pedazos de metal retorcido o vainillas de munición que recogían del suelo. Más arriba habían quedado botados dos cadáveres. Al día siguiente, después de otra noche de insomnio, aparecieron otros dos.

El lunes de la semana pasada la pesadilla no esperó a la noche. Una patrulla de la policía que se dirigía hacia la parte alta de los barrios Belencito y Corazón fue atacada por milicianos a la hora del desayuno. Tres agentes resultaron heridos, uno murió esa misma noche. Durante toda la mañana hubo enfrentamientos entre las milicias y la Fuerza Pública. Una bala perdida mató ese día a Laura Cecilia Betancur, una estudiante de 19 años que se encontraba en su apartamento, ubicado en el barrio Santa Mónica, en la parte baja de la comuna. Al día siguiente otra joven del mismo sector, Carolina Gómez Salazar, salió de su apartamento hacia la universidad. A las pocas cuadras el carro en el que iba fue cerrado por un taxi, en el que milicianos de los autodenominados Comandos Armados del Pueblo (CAP) se la llevaron secuestrada hacia la parte alta del sector. Era la tercera persona de su unidad residencial que se convertía en víctima de este delito.

La mayoría de los 130.000 habitantes de la comuna 13 se habían resignado a esta rutina trágica a fuerza de soportarla durante meses. Por eso, cuando la Fuerzas Armadas reaccionaron en forma contundente ese martes en la noche con la instalación de un puesto de mando a la entrada de Belencito para coordinar el trabajo de 3.000 efectivos, pensaron que se iba a repetir la historia de las operaciones Mariscal y Antorcha, que se llevaron a cabo en mayo y agosto. Movilizaciones espectaculares de tropas que dejaron un cruento saldo de heridos civiles, al cabo de las cuales todo siguió igual que siempre.

Se equivocaron. La Operación Orión no fue diseñada para aplicar pañitos de agua tibia a una situación que se salió de madre hace rato, sino para apagar un incendio que amenazaba con consumir la parte alta de la segunda ciudad más importante del país. "No había ninguna otra opción", dice el investigador Alonso Salazar, experto en el tema del conflicto urbano en Medellín.

Orión, en concordancia con el cazador mitológico del que toma su nombre, no ha sido un operativo incruento. Hasta el viernes, según la Alcaldía de Medellín, la confrontación había dejado por lo menos 15 personas muertas y 45 heridas con arma de fuego o esquirlas. Sin embargo el impacto de este elevado número de víctimas ha sido minimizado por otros resultados, como la captura de 176 presuntos milicianos, 21 de los cuales tienen orden de captura por terrorismo, secuestro, extorsión, rebelión y conformación de grupos ilegales. En este solo operativo fueron capturados más de los que las autoridades habían arrestado hasta agosto: 157.

Más alentadora aún fue la liberación de Fernando Molina, quien permanecía secuestrado desde comienzos de octubre, y de la joven Gómez Salazar. Estos hechos le devolvieron la esperanza a los habitantes del sector y la presencia de tropa evitó que la noche del miércoles se presentaran los consabidos combates entre milicianos y paramilitares. "Esa noche no hubo balacera. Fue la primera noche que dormimos tranquilos", recuerda Sergio, y en su cara se refleja la sensación de placidez que debió haber experimentado ese día.

Soberania armada

El desmadre de la comuna 13 tiene raíces muy profundas. A finales de los 80 los barrios de ese sector eran asolados por bandas de delincuencia común, atracadores y drogadictos. Un día, recuerda un habitante del 20 de Julio, aparecieron los milicianos, "llegaron encapuchados y diciendo que querían hacer una limpieza social contra bandas y jíbaros. Empezaron a matar selectivamente y uno sentía que el barrio tomaba otro aire. En ese momento creíamos que eran una redención, como ellos no le robaban a nadie, pero eso se convirtió en un problema muy grave". El discurso de redentores les granjeó una simpatía instantánea y como el territorio era grande se lo repartieron entre el ELN y las Farc. En las áreas bajo su dominio llenaron los vacíos del Estado, ejercieron control social y autoridad. Un joven que realizó un trabajo en Villa Laura cuenta que en una ocasión sus habitantes le hicieron una invitación y a él le llamó la atención un grupo de jóvenes que los miraban con detenimiento a cierta distancia. Preguntó que quiénes eran y le respondieron: "Ellos son los que nos cuidan. Son los milicianos".

Pero la luna de miel terminó y los redentores sacaron las garras. Comenzaron a extorsionar a los comerciantes y a los tenderos. Cerraron el puño y estrangularon a las organizaciones comunales y juveniles que no se doblegaron a sus intereses. Pelearon con bandas ligadas al narcotráfico que cuestionaron su dominio y reclutaron a jóvenes bajo presión o falsas promesas. A mediados de los 90 se integraron al panorama las CAP y quedó listo el explosivo de la situación actual. Le faltaba sólo un detonante: los paramilitares.

Precisar la fecha exacta en la que éstos ingresaron a esa zona de Medellín es imposible. Sin embargo en la mitología de la comuna existe una fecha que marca una ruptura clara: 13 de noviembre de 2000, entre 8 y 9 de la noche. Ese día, un lunes festivo según recuerdan los habitantes de Villa Laura, se escuchó una ráfaga de disparos "una cuadra adentro de la iglesia Santa Catalina. En ese momento nadie se explicó lo que pasaba". Un habitante del barrio 20 de Julio también tiene presente ese momento: "Creímos que había entrado la autoridad. Los tiros duraron hasta altas horas de la madrugada . Se oían intermitentes. Ahí empezamos a conocer esa sensación de tensión permanente que nos ha acompañado hasta ahora". Quince días después una joven apareció muerta y desfigurada en el mismo lugar. La gente comenzó a tener miedo. En cuestión de meses empezaron a registrarse hasta dos muertos diarios.

En agosto de 2001 hubo un signo claro del deterioro de la situación en ciertos barrios de la comuna. El desfile de la antioqueñidad, que se realiza por la misma época de la Feria de las Flores, se cambió por una marcha por la paz que salió del barrio Corazón y terminó en el Centro de Integración Barrial de Villa Laura. Estas demostraciones pacíficas de poco sirvieron pues al finalizar el año la comuna era la tercera en número de homicidios de la ciudad, 285, y en algunos rincones de los barrios empezaban a verse casas desocupadas. Belencito fue el epicentro de la ofensiva paramilitar hacia el centro y el norte de la comuna. Este año el conflicto se desbordó a una velocidad que superó todas las expectativas y que se reflejó en la rapidez con la que los grafitos del grupo dominante se superponían en las paredes sobre los de sus enemigos.

2002, odisea de guerra

El año comenzó en la comuna 13 con tres muertos, dos hombres y una mujer, en el barrio San Javier. Este fue el campanazo de arranque para una guerra más intensa y sucia de la que se había visto hasta el momento. El conflicto generó un efecto bola de nieve que arrasó con el tejido social de las comunidades. Desde enero los milicianos prohibieron el ingreso de la Defensa Civil y de cualquier organismo de socorro para evitar infiltración de paramilitares. El veto se hizo extensivo a los vendedores ambulantes, a los funcionarios de empresas públicas y a cualquier desconocido. Los buses y busetas eran detenidos en retenes de uno u otro bando, en los que siempre caía muerto en el sitio o era expulsado en el acto alguno de los pasajeros. La gente dejó de hacer vida social, pues estar en la calle en grupos se volvió un riesgo, y cumplían la orden de acostarse temprano. En la calle sólo saludaban a los conocidos para no despertar sospechas. Se acabaron las fiestas. Los colegios se paralizaron por los combates y en algunos casos los alumnos tomaron clases debajo de sus pupitres para evitar las balas perdidas. Los taxis dejaron de subir porque los grupos armados los obligaban a bajar cadáveres. Incluso se rumora que hay muertos que tuvieron que ser enterrados en los patios de las casas.

Hubo personas que dejaron de visitar el cementerio de La América por temor a los enfrentamientos y otras que hicieron lo propio con parientes vivos que residen en las partes altas de la comuna. Algunos negocios se cerraron, la finca raíz se vino al suelo y hubo un éxodo marcado que aún no termina. Un habitante de uno de estos barrios ha sido testigo de este desplazamiento graneado: "Tengo un camión de mudanzas y ayudo a la gente a irse. He tenido semanas en las que saco hasta 85 mudanzas y veo cómo lloran las personas al dejar su casa, sus vecinos, el barrio en el que echaron raíces". La evidencia más clara son conjuntos residenciales como San Michel, en donde de 238 apartamentos hay 170 desocupados. Hay personas que han entregado sus viviendas con la única condición de que sus nuevos moradores paguen los servicios públicos.

En febrero tuvo lugar un hecho que reveló que los combatientes estaban dispuestos a romper cualquier norma para resistir en su territorio. Un encapuchado encañonó al párroco del templo Divina Pastora, en el barrio El Salado, para avisar que habría guerra sin tregua y que nadie estaría a salvo. Ese mismo mes, durante la Operación Otoño, las autoridades incautaron miras telescópicas. En mayo el alcalde, Luis Pérez, llevó una comisión de periodistas al barrio 20 de Julio para que vieran que no había territorios vedados y tuvo que esconderse detrás de una silla cuando comenzaron a dispararles.

En los primeros seis meses el número de muertos de la comuna, 281, era casi el mismo de todo el año pasado. En julio los habitantes de Villa Laura organizaron un sancocho comunal de la resistencia para recuperar la cancha del sector. En el evento fue significativo que nadie aportara carne (un carnicero de El Salado dice que el año pasado vendía 400.000 pesos diarios y ahora no llega ni a la mitad) y que la mayoría de participantes fueron mujeres y niños.

El fenómeno se repitió en el desfile de la antioqueñidad de agosto. Sergio lo vio pasar desde la puerta de su casa en Belencito y se preguntó dónde estaban los muchachos. Su hermana le respondió: muertos, exiliados, en alguno de los bandos o evitando combos grandes para no quedar en la mira de alguien. Lo cual es cada vez más difícil porque desde la semana pasada el tema recurrente en la comuna son los francotiradores.

¿Principio del fin?

El último martes, casi a las 11 de la noche, Sergio tomó un taxi hasta su casa. Cuando le dijo al conductor que iba hacia Belencito aquél le respondió: "Vamos para la zona limítrofe del Caguán". Fue un chiste bobo pero revela hasta qué punto está estigmatizada la comuna por cuenta de la guerra en la que se ha visto inmersa. El miércoles Sergio se levantó a las 4:30 de la mañana para observar la calle. Las tropas patrullaban el sector mientras los habitantes de los barrios altos bajaban, a paso un poco más rápido de lo normal, en busca de transporte. No dejó de sorprenderle la aparente normalidad de la gente en medio de los ecos de los disparos y los anuncios de francotiradores que corrían de boca en boca. Esto no era un rumor del correo de las brujas sino una latente realidad. El teniente de fragata Mario Alfonso Villegas, de 24 años, y el subteniente Diego Andrés Acosta, de 21, murieron por disparos de este tipo durante las primeras incursiones de las Fuerzas Armadas al sector.

Esos francotiradores harían parte de un grupo de 250 guerrilleros de fuerzas especiales que las Farc enviaron para reforzar a los milicianos que se encuentran atrincherados en la comuna. Esta versión circula en todos los barrios del sector y es manejada también por el encargado del Bloque Metro de las autodefensas en Medellín. ¿Por qué enviarían las Farc un grupo tan grande de hombres a un rincón de la capital antioqueña cuando su estrategia nacional es replegarse y no defender posiciones? Luis Fernando Quijano, un reinsertado que dirige Corpades, sostiene que este punto es estratégico para la guerrilla porque quien lo controle domina el túnel de occidente, la entrada a Santa Fe de Antioquia, el camino a Urabá y los pone en contacto con el frente V. Los paramilitares piensan que lo que buscan las Farc es mantener el control de un circuito que les permite movilizarse sin dificultad por las zonas altas de la ciudad. Otros investigadores piensan que las milicias han convertido esta comuna en un símbolo que magnifica su poder de combate urbano.

Las imágenes que vieron los colombianos en televisión, con tanquetas del Ejército recorriendo las estrechas calles de los barrios populares, soldados disparando loma arriba y buenos samaritanos evacuando heridos, recordaban las peores épocas en Beirut. Y más de uno se preguntó: ¿Llegó la guerra a las ciudades?

Aunque la reacción era natural luego de ver semejante plomacera en vivo y en directo el interrogante puede inducir a respuestas equívocas. En primer lugar, porque la guerra está en las ciudades hace un buen rato. Pero no como una guerra táctica generalizada sino como una guerra focalizada y delincuencial. Con petardos, asesinatos selectivos, secuestros o extorsiones. No se puede pensar que con lo sucedido en la comuna 13 de Medellín filas de guerrilleros y paramilitares van a 'desembarcar' en las principales ciudades. El caso de las comunas de Medellín es muy particular por el influjo que han tenido los carteles de la droga en la conformación de bandas delincuenciales. Pero también por el casi absoluto abandono del Estado. Ciertas comunas se habían constituido en repúblicas urbanas independientes controladas por los actores armados, donde imponían su ley a sangre y fuego. La lección para ciudades como Bogotá y Cali es que el Estado tiene que ganarle la batalla al terror de los paramilitares o los guerrilleros a través de autoridad y legitimidad. Y no esperar, como sucedió en la comuna 13, a que el problema le estalle en las manos.

Pero ninguno de estos análisis ha pasado por la cabeza de los habitantes de la comuna 13, a quienes por ahora lo único que les interesa es aprovechar las noches para recuperar el sueño perdido de tantos meses. Y dormir acariciando la almohada y no el crucifijo.

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