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| 9/22/2018 5:34:00 PM

Jaime Amín, el hombre de la política

El exsenador Jaime Amín, alto consejero presidencial para la política, tiene a su cargo la interlocución diaria con los congresistas. Junto con la ministra del Interior, Nancy Patricia Gutiérrez, debe darle forma a la gobernabilidad.

Jaime Amín, el hombre de la política Jaime Amín Hernández pasó de ser senador del Centro Democrático a consejero presidencial. Fue clave en la declaración de La U como partido de gobierno.

Cada cinco minutos entra un asesor en la oficina de Jaime Amín Hernández y le entrega un papel con los cambios de la agenda del Congreso. En mes y medio que lleva en el Palacio de Nariño, el consejero se aprendió de memoria los nombres de los congresistas y puede recitar en qué partido militan y en qué comisión están. Sobre todo aquellos que forman parte de la coalición de gobierno, la U, el MIRA, el Partido Conservador y, por supuesto, el Centro Democrático. Desde que lo nombró el presidente Iván Duque, ha participado en más de 150 reuniones, muchas de ellas con parlamentarios.

Inicialmente se especuló que el abogado Amín tendría su campo de acción en la política. Primero sonó para ministro del Interior y luego para secretario general. Pero desde antes de posesionarse, Duque ya tenía claro que lo quería en la Casa de Nariño. Fue el primer consejero que nombró y, hasta ahora, ha sido el más mediático y el más activo.

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El presidente lo quiso tener a su lado por lo que sucedió durante su campaña. Pocos congresistas del Centro Democrático creyeron al comienzo que Duque podría ser el presidente del uribismo. La mayoría dividía opiniones entre él, Paloma Valencia, Rafael Nieto, María del Rosario Guerra y Carlos Holmes Trujillo García. Pero Amín, junto con otros, como el hoy presidente del Congreso, Ernesto Macías, apoyó a Duque desde muy temprano. Le organizó reuniones, lo aconsejó y le abrió espacios en el Atlántico, departamento donde hizo su carrera política.

El consejero tuvo su primera prueba de fuego en Palacio hace dos semanas, cuando se puso al frente, con la ministra del Interior Nancy Patricia Gutiérrez, de los esfuerzos del Ejecutivo por acercar a los liberales y a La U. En cuanto a los primeros, su partido apoyó formalmente a Duque en segunda vuelta, pero la posición de los senadores y la actitud de último momento de su director César Gaviria impidieron que su colectividad se declarara gobiernista. No ocurrió lo mismo con La U. A pesar de que se había filtrado que el partido de Juan Manuel Santos prefería declarar la independencia, a última hora terminó por apoyar al gobierno. Amín desempeñó un papel clave en el detrás de cámaras de esta última decisión. Se reunió durante horas con los parlamentaios de esa colectividad e hizo cambiar de opinión a la mayoría.

Algunos críticos de esa actitud de La U, como Armando Benedetti, insistieron en que el consejero hizo una jugada inteligente: no ofrecerles ‘mermelada’, pero sugerir que no les quitarían las cuotas a quienes las tenían. Pero Amín desmiente esas acusaciones e insiste en que uno de los grandes retos de su trabajo será mantener una interlocución permanente con los políticos sin la lógica de la ‘mermelada’. “En un gobierno con tan poca legitimidad popular como la de Santos, las relaciones con el Congreso se mantuvieron a partir de cuotas para la Unidad Nacional. Acá tenemos el reto de reinventar esas relaciones con un cambio de reglas de juego”, asegura. Aunque es difìcil creer que los congresistas cedieron solo con argumentos, su discurso coincide con el de la ministra Gutiérrez, de quien será coequipero. Y si bien las misiones de los dos a veces se confunden, ellos sostienen que se complementan. “Es mi apoyo”, dice ella, mientras Amín reconoce que sus funciones, a diferencia de las de Gutiérrez, se concentran en la interlocución con los políticos.

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Eso supone que en el día a día Amín habla con los congresistas, pero también con alcaldes de grandes ciudades y gobernadores. Con estos últimos dialogó constantemente en el proceso reciente para elegir al director de la Federación de Departamentos. El consejero se echó al hombro la candidatura de Carlos Camargo, el favorito del uribismo, a quien Duque le hizo un guiño mencionándolo en el saludo que le dio días antes a los gbernadores. Camargo le ganó al exsenador Mauricio Lizcano, a quien Cambio Radical apoyaba para ese cargo.

Amín tiene un tono amable y en el Congreso le reconocen su talante político. Senadores y representantes aseguran que habla su lenguaje y que combina las virtudes que debe tener el encargado de manejar la política desde Palacio. Concilia, entiende las dinámicas electorales y las peticiones de los parlamentarios; sabe cómo se eligen y se reeligen, y, sobre todo, no es sectario. A pesar de estar en el Centro Democrático desde la fundación del partido en 2014 y de haber salido senador en el periodo anterior por ese movimiento, sus excolegas no lo ubican en la extrema derecha. Tiene canales de comunicación con la mayoría de los partidos y buen sentido del humor. Después del plebiscito, y mientras el presidente Santos andaba con una paloma en su pecho, Amín usaba un prendedor con un conejo en rechazo a la renegociación del acuerdo. “Es un uribista alegre”, asegura uno de sus colaboradores de su paso por el Senado.

Mientras estuvo allí hizo debates como cuando las Farc aún sin desmovilizar, hicieron campaña en favor del Sí en El Conejo (La Guajira). Se opuso al acto legislativo para la paz, criticó la justicia transicional y, en 2016, insistió en que el gobierno Santos estaba sacando adelante la implementación a punta de ‘mermelada’. Ya tenía experiencia en el Capitolio. En 2002 había llegado allí como representante a la Cámara por el Partido Liberal. También eran tiempos turbulentos y desde entonces se le midió al uribismo. A pesar de que en 2004 las toldas rojas ya se oponían a la reelección, Amín formó parte de una disidencia uribista y voto sí a la posibilidad de un segundo periodo presidencial.

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En días recientes ha circulado un video en el que Yidis Medina acusa a Amín de haber participado en la ‘yidispolítica’. Insiste en que la esposa del hoy consejero, Claudia Betancourt, recibió una notaría a cambio de votar por la reelección. El entonces superintendente de Notariado, Manuel Cuello Baute, ya había sugerido lo mismo. Sin embargo, nunca apareció una conexión explícita entre ese nombramiento y el voto de Amín, en parte porque él estuvo a favor de reelegir a Uribe desde un comienzo. El consejero insiste, además, en que no había que convencerlo de votar el articulito por la reelección porque comenzó a hacerle campaña a Uribe “desde mucho antes que tuviera el 5 por ciento de intención de voto en su primera campaña”.

En todo caso, esas menciones en el proceso de la ‘yidispolítica’ nunca lo trasnocharon tanto, como sí las acusaciones por una eventual cercanía con Enilce López, La Gata. A comienzos de 2009, Gustavo Petro, entonces senador, acusó a Amín –en esos días secretario general de la Gobernación del Atlántico– de haber favorecido a Uniapuestas, la empresa en que La Gata tenía acciones, de haberse quedado con la licitación de la Lotería. Sin embargo, años después, Eduardo Verano de la Rosa, para entonces gobernador del Atlántico y jefe de Amín, reconoció que su secretario general no había tenido ninguna responsabilidad. Nunca hubo una investigación formal y a Amín nadie le comprobó irregularidades. “Fue un escándalo infundado que me causó pesadillas”, asegura.

Amín comenzó su carrera pública con los gobernadores Nelson Polo, Rodolfo Espinosa y Eduardo Verano, liberal. En el partido de este último comenzó su propia carrera electoral con algo de nostalgia por la actividad pública de su abuelo, nacido en Yarumal y establecido en Magangué para huir de la violencia partidista. También aprendió de política de su tío Antonio Amín Beetar, quien le hizo campaña a Carlos Lleras en la costa Atlántica y a quien Amín conoció de niño. Tiene tal admiración por ese presidente que exhibe un retrato suyo en su oficina. Tal vez, por ese recuerdo liberal, no se siente del todo cómodo cuando lo ubican en el extremo derecho del espectro político.

El alto consejero ahora tendrá que invertir toda esa vena política en resolver un asunto aún no aclarado del gobierno de Duque: cómo mantener la gobernabilidad sin ‘mermelada’ y con ministros con mucha hoja de vida pero con poco perfil político. Para hacerlo también tendrá que impulsar, con la ministra del Interior, el pacto nacional que propone el presidente. Eso en plata blanca se traduce en conseguir apoyos políticos para una agenda aún por definir.

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