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| 12/16/1985 12:00:00 AM

JUICIO EN RIO REVUELTO

Después de la toma del Palacio de Justicia, polarización y oportunismo ponen su sello en el debate

JUICIO EN RIO REVUELTO JUICIO EN RIO REVUELTO
A pocos días de la toma del Palacio de Justicia sólo un aspecto parece quedar claro: la polarización de la opinión. Sin embargo, ésta no se ha producido, como pudiera pensarse, entre los de arriba y los de abajo. Los sangrientos hechos han colocado en orillas opuestas a miembros de una misma familia, a militantes de un mismo partido, a representantes de un mismo gremio, a personas de una misma clase social.
Se ha logrado lo que el M-19 se proponía con su acción: un juicio público a la política de paz de Belisario. Un debate que el mismo Presidente, en su discurso del jueves 7 en la noche, después de asumir enteramente la responsabilidad de la decisión de no negociar, anticipó que debía darse.
Dos declaraciones representan los extremos de la opinión: por un lado, la del general Samudio, Comandante del Ejército, quien afirmó que la contratoma fue "un ejemplo para el mundo" y, por otro, la del Procurador, quien sostuvo que no compartía "la solución militar que se le dio al problema".
Pero no sólo la polarización radical caracteriza la percepción que se tiene del asalto al Palacio de Justicia. El oportunismo afloró la semana pasada y puso su mezquino sello al debate.
Fue lo que Héctor Osuna, en su caricatura del jueves 14, sintetizó con la imagen de unos vulgares chulos.
El debate se veía venir. Aun cuando al desencadenarse el asalto la opinión, sin reservas, cerró filas en torno del Presidente, el desenlace trágico determinó que algunos intentaran salirse por la tangente, asumiendo la posición ambigua de quien prende dos velas, una a Dios y otra al diablo, y que otros decidieran coger el toro por los cuernos.
El debate se calentó la noche del martes 12 en el Congreso, que inicialmente, en pleno, había respaldado la acción del gobierno. Para empezar, el representante César Gaviria, director alterno del Partido Liberal, salió lanza en ristre y enjuició con actitud la actitud del gobierno, al cual acusó de ser "el gran responsable del fracaso del proceso de paz". Lo curioso fue el tono, mucho más duro que el que había empleado días antes el jefe único y candidato del partido, Virgilio Barco. Este apenas si se había limitado a declarar que "el liberalismo considera que deben hacerse las rectificaciones necesarias a la conducción del país". La constancia de Gaviria, supuestamente avalada por Barco, dejó boquiabierto a más de uno de sus copartidarios que expresaron su extrañeza y señalaron que era muy grave establecer un auto cabeza de proceso al presidente Betancur en momentos tan críticos y que la constancia ni había sido consultada, ni representaba una posición unánime del liberalismo.
Lo que sucedía al otro lado, en el Senado, parecía probarlo. El senador Edmundo López Gómez, otro de los cinco directores alternos del liberalismo, hizo una proposición que no coincidía con la de Gaviria y en la que expresaba la necesidad de que la investigación ordenada por el gobierno "haga plena claridad sobre los hechos". En el mismo recinto, otros dos senadores se pronunciaron en sentido diferente: José Manuel Arias Carrizosa, uno de los más acerbos críticos del proceso de paz, apoyó la decisión de Betancur, diciendo que "no se podía negociar la estabilidad de las instituciones, ni convertirse en interlocutor de secuestradores", no sin antes responsabilizar al jefe del Estado de haber creado las condiciones que condujeron a la cruenta toma del Palacio de Justicia; y Augusto Espinosa, quien exigió diálogo del Presidente con los partidos políticos y pidió un plan legislativo de emergencia.
Después del enredo propiciado por Gaviria Trujillo, que según algunos obedeció más a una iniciativa personal que del partido, la Comisión Política Central, encabezada por Barco recogió velas y habló de "solicitud clarificadora de las circunstancias" y ya no de "juicio de responsabilidades", alegando la función fiscalizadora del liberalismo.
Pero el lío estaba armado y la verdad en todo esto es que el Partido Liberal, que se queja de haber sido tratado como montonera por Belisario en esta oportunidad se ha comportado como tal. No está el palo para cucharas, dice el refrán, y el Partido Liberal no puede hacer ahora de Pilatos cuando, como dijo el editorialista de El Tiempo "no hay que olvidar tampoco que muchas de las responsabilidades que se pretendían fijar--y todavía algunos pretenden--son producto de decisiones que en su hora compartieron los liberales".
En cuanto a los ex presidentes, Lleras Restrepo ratificó su posición de que no se debió decir nunca que hacía falta apertura política y afirmó que "el gobierno y las Fuerzas Armadas han cumplido ejemplarmente con su deber". López aceptó que Betancur lo había llamado para informarle sobre los acontecimientos y declaró en apoyo a Betancur, que los presidentes deben tomar decisiones "porque no hay una segunda instancia" y que ahora no es tiempo de mirar hacia atrás, sino hacia adelante en busca de un liderazgo, de un camino, para reconstruir la paz en Colombia".
Turbay se movió sobre la cuerda floja: un paso hacia adelante, a favor de Betancur, después un amago de resbalón, "habrá mucho qué discutir sobre la forma como se realizó el operativo", y luego nuevamente otro paso hacia adelante, en un editorial de la revista Hoy por Hoy, donde retomaba la posición inicial. Al parecel, el ex presidente no pudo evitar la tentación de recordar sin decirlo que algo iba del manejo que él le había dado a la crisis de la Embajada de la República Dominicana al que Betancur le había dado a la del Palacio de Justicia.
Las restantes fuerzas liberales, cada una por su lado. Galán, observan algunos, jugando a dos bandas: "El Estado no podía negociar ni declararse impotente, pero debía obrar en tal forma que intentara todo lo que estuviese a su alcance para salvar la vida de los rehenes, aun cuando no pudiera garantizarla. Lo primero fue claro pero lo segundo no". Un "sí pero..." en contradicción con su cuota en el gabinete, el ministro de Justicia, Enrique Parejo, quien ha puesto la cara, y el pecho, en todo el asunto. En otro costado, Alvaro Uribe Rueda pidiendo pista para el designado Rodrigo Lloreda. Como quien dice, exigiendo la renuncia de Betancur.
Por su parte, los conservadores, aunque hay quienes dicen que hubo sus grietas, se solidarizaron con el Presidente. "Las instituciones no son negociables", dijo el candidato Alvaro Gómez y Pastrana mandó su bendición desde el exterior. En el Congreso, aceptaron el debate, pero rechazaron el juicio de responsabilidades, calificando la actitud de Gaviria Trujillo como impetuosa e inoportuna y en desacuerdo con la responsabilidad que actualmente tienen los partidos frente al desafío de la subversión.
Los comunistas, la UP, Firmes, el Comité de Derechos Humanos... como Fuenteovejuna, todos a una, condenaron la solución militarista que se le dio a la toma del Palacio de Justicia y la actitud del Presidente que, según ellos, no aplicó la metodología del diálogo que tanto había defendido. A estas reacciones se fueron sumando otras: la de los jueces que llamaron al paro, condenado por la diezmada Corte Suprema; la del Externado de Colombia declarando al Presidente persona no grata; la de algunos gremios apoyando incondicionalmente a Betancur; la de la Iglesia pidiendo claridad sobre el proceso de paz; la de los familiares de los muertos. Aquí también los dos extremos: por una parte, la de la viuda de Patiño, única que aceptó las condolencias oficiales por otra, la del hijo del presidente de la Corte, radical en contra de Betancur.
Es cierto, como lo dijo un editorial de El Tiempo que "la política de "silencio, enfermo grave", no es la más conveniente a la democracia". Y de todo ha habido menos silencio.
El Congreso, sin duda alguna, está al rojo vivo, ejerciendo su legítimo derecho de examinar los hechos y de pedir claridad sobre el proceso de paz. Es cierto que tal vez el Presidente se vio desbordado por los acontecimientos y que en un momento como el actual de debilidad, desestabilización institucional y vacío de autoridad, los militares tuvieron el sartén por el mango (se llegó a hablar inclusive de un golpe técnico de 28 horas).
Se habla ahora de un gran acuerdo nacional. El Presidente ha convocado a una reunión cumbre con los ex presidentes, candidatos y voceros de los partidos. Hay dos investigaciones en marcha. Sin embargo, algunos temen, como lo expresó un editorial de El Espectador, que todo puede concluir con una reacomodación de las cuotas burocráticas y con pactos mecánicos condenados a demostrar, una vez más, que los partidos,como el M-19, están cada vez más aislados de las masas populares. Esto no hacía sino aumentar el vacío político y darles la razón a aquellos que, en bandos opuestos y con el pretexto de la paz, quieren continuar recorriendo el camino de la guerra. --

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