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| 10/15/1990 12:00:00 AM

LA CALLE PA' LA QUE TRABAJA

Cansadas de la persecución, las prostitutas del centro de Bogotá se organizan.

LA CALLE PA' LA QUE TRABAJA LA CALLE PA' LA QUE TRABAJA

Cansadas de la persecución policial, las prostitutas del centro de Bogotá se organizan. A miles de mujeres del centrO de Bogotá les han sumado a la ya existente en el pais, una violencia más: esa múltiple, sin cara permanente, que se ejerce contra ellas, las prostitutas, las muchachas de la calle, por parte de las autoridades policivas.
Y a raíz de las últimas violaciones de sus derechos, tan humanos comO los de otros, han decidido constituiR un pequeño gremio, que aunque temeroso y tímido, parece ser el germen de una organización de las prostitutas ubicadas entre las carreras tercera y 30 y las calles 7 y 26.
La historia de su ubicación en el centro de la capital tiene su origen en los días posteriores al 9 de abril de 1948, cuando tras los incendios y el despoblamiento del centro, sus antecesoras en el viejo oficio, se fueron estableciendo en calles y viejas mansiones arruinadas, dispuestas a ofrecer sus servicios sexuales a esa masa urbana de marginales, empleados e insatisfechos. Las muchachas de ahora heredaron de ellas las aceras, los burdeles, las casas de cita y también la vulnerabilidad.
Al vaivén de las administraciones distritales, año tras año se fueron acomodando a las disposiciones policiales que las apretaban en sectores del centro de Bogotá. Se acomodaron a los "impuestos" por parte de la policía, a las batidas, a los encarcelamientos, y al hacinamiento de sus hijos.
Pero ahora la copa se les ha llenado. A finales de la administración de Andrés Pastrana, se dispuso ubicarlas tras las rejas construídas en las fachadas de sus casas y según ellas desde entonces se inició una avalancha de agresiones policiales que van desde el asesinato, hasta el "derecho de pernada" por parte de algunos policías.
Desorientadas pero convencidas de la necesidad de defenderse, las prostitutas del centro de Bogotá se reunieron ( 200 de ellas, las líderes naturales de más de 10.000) con el firme propósito de oponerse a los llamados "planes de limpieza" que en no pocas ocasiones les han costado la vida a decenas de cartoneros y delincuentes ( según Daisy ella ha presenciado obligada, el asesinato de "desechables" en los cerros orientales).
Por primera vez en la historia del país, o por lo menos oficialmente, los problemas de las prostitutas han sido elevados a una instancia nacional: el Procurador Delegado para los Derechos Humanos, Jaime Córdoba Triviño, quien la semana anterior recibió en sus despacho un extenso "memorial de agravios" de las prostitutas organizadas.
Firmado por 200 trabajadoras de los burdeles y las calles, el escrito incluye numerosas denuncias contra las autoridades policiales, y específicamente contra policías de la Estación Quinta. Las acusaciones de las prostitutas contra la policía, van desde simples baños con manguera en las instalaciones de los CAI ( con los naturales problemas bronquiales que conllevan) hasta el homicidio de tres de ellas, Yaneth, Shirley y Patricia asesinadas en noviembre del año pasado y en abril de este año.
Las muchachas de la calle aseguran en su comunicación que entre otras cosas, los policías de tumo y especialmente los motorizados, las obligan a pagar un "impuesto" de hasta 2.000 pesos cada vez que las encuentran en la calle, fuera de las rejas que se les han impuesto. Insisten en que sus documentos carné Anti Sida, ficha médica y cédula de ciudadanía, les son arrebatados y rotos en su presencia. Igualmente denuncian que con mucha frecuencia son llevadas a los cerros de Guadalupe y Choachí, donde se les desnuda y se les obliga, bajo el frío paramuno, a regresar a Bogotá sin ropas. Llaman a esta modalidad policial "el paseo", destinado a las prostitutas que se niegan a pagar el el impuesto o a beneficiar sexualmente a los agentes. Se quejan, además, de que en las estaciones las desnudan y las ponen a "hacer cuclillas" ante la burla de todos los policías. Hablan también de frecuentes golpizas y algo peor: según las firmantes, el Mayor, comandante de la Estación Quinta, desde principios de agosto dio un plazo de 72 horas para desalojarlas de la zona céntrica, cerrar los negocios entre la carrera 8 y la 15 y entre las calles 7 a 20, y "sacarlas como ratas".
Hoy su problema es de hambre. Grupos organizados del comercio y la actividad productiva del sector céntrico, pretende crear zonas de tolerancia en los suburbios de la capital por ejemplo en Patio Bonito, en Bosa lugares a donde, según las muchachas no llegan los clientes. La represión desatada por policías de la Quinta Estación las obliga a vivir escondidas. Debido a su indefensión, los clientes abusan y muchas veces pagan por un servicio sumas que no llegan a los 300 pesos. Ante el moralismo de sus detractores, las muchachas argumentan su discreción:
Juliana afirma que a diferencia de otras ciudades del mundo, ellas jamás se exhiben desnudas. Algunos policías a veces actúan como sus amantes o protectores, pero esa misma relación las hace víctimas de la extorsión. Y lo que es peor, el miedo y la intolerancia, hacen que el Estado no se ocupe de ellas y que no existan formas alternativas de trabajo y mucho menos capacitación.
Las prostitutas del centro son tan diversas como la ciudad misma. Sus edades oscilan entre los 12 y los 60 años, hay desde analfabetas hasta universitarias que ocasionalmente se "rebuscan" un dinero extra. Pero como señal inequívoca de descomposición social, a diferencia de unos años antes, la mayor parte de ellas ( 85%) son de origen urbano. La vieja historia de la engañada campesina envuelta en la prostitución, ya no existe. Sus lugares habituales de trabajo, sistemáticamente allanados por la policía en los últimos tres meses, son cafés, bares aceras, "negocios" (léase burdeles) lugares de shows y las " residencias". A su manutención deben agregar el sustento para sus hijos, que según estadísticas fluctúan entre dos y cinco, para un promedio de 3,5. No son alcohólicas o drogadictas por definición, pero la carencia de condiciones de trabajo, las hace asimilables al lumpenproletariado. "Todo nos toca" dice Angela: la droga, la muerte. Somos sanas y estamos jartas de que todos nos toquen".
Por eso, además de la defensa de su trabajo, de sus lugares habituales, las prostitutas organizadas del centro de Bogotá, pretenden que así como la sociedad las utiliza y las repudia, se les respeten sus derechos, se les ofrezcan altemativas de educación o laborales, y que por sobre todo, las autoridades a través de la represión, no pretendan beneficiar a una ciudad impersonal, en detrimento de la vida cotidiana de ellas, miles de mujeres jamás escuchadas.
Marlene argumenta: "A nuestro problema las autoridades le están dando el mismo tratamiento de avestruz que al de los vendedores ambulantcs. Sacamos de donde hay trabajo y metemos quien sabe dónde".
Y frente a la represión y el acoso pemmanente ellas son conscientes de su organización. Se han unido para lograr acabar con la persecución, con las muertes, con el desprecio ( "si alguna de nosotras desaparece, a nadie le importa" ) y sobre todo quieren coaligarse para recuperar la mayor pérdida: la autoestima.
Ahora, elevada la denuncia, falta ver qué hará con este nuevo caso el Procurador Delegado, inmerso, como está, en otras numerosas situaciones de violación de los derechos humanos.































EDICIÓN 1893

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