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| 10/7/1991 12:00:00 AM

LA FLOR MALDITA

La amapola, fuente del opio y la heroína, irrumpe en Colombia con la fuerza de la marihuana y la cocaína.

LA FLOR MALDITA, Sección Nación, edición 488, Oct  7 1991 LA FLOR MALDITA
LOS ULTIMOS 30 AÑOS DE LA HISTORIA DE COlombia han estado marcados por el sello indeleble del narcotráfico. En la década de los 70, la bonanza marimbera convirtió a la costa Atlántica en el epicentro de un grupo social emergente que con su fortuna intentó abrirse paso en una sociedad que los caricaturizaba por sus excentricidades.
No pocos de ellos tuvieron suerte y vieron cómo se les abrían las puertas. Los que no lograron entrar en ese mundo, decidieron comprar clubes sociales y convirtieron sus precarias casas, en medio del desierto de La Guajira, en suntuosas mansiones.
En la década de los 80, la marihuana dejó de ser la gallina de los huevos de oro. Entonces la cocaína empezó a irrumpir con más fuerza en el tráfico de los estupefacientes. Era un negocio mucho más lucrativo, pero también mucho más violento. En todos estos años, el tráfico de cocaína ha dejado ríos de sangre y ha corrompido la vida colombiana en todos sus estamentos, desde la política hasta la justicia, pasando por sectores de la clase dirigente, sin olvidar tampoco que llevó al país a una guerra frontal que cobró incontables víctimas entre jueces, periodistas, policías, funcionarios públicos, gentes del común y hasta tres candidatos presidenciales.
Hoy, tras la nueva estrategia contra las drogas, diseñada por el Gobierno de César Gaviria, los principales capos de la droga se encuentran tras las rejas y con la promesa de sellar sus laboratorios y abandonar el negocio de la droga. De esta manera, aunque el tráfico de cocaína no ha disminuido y de Colombia siguen saliendo grandes embarques hacia Europa y los Estados Unidos, la década de los 90 parecía marcar el fin de esos años de terror y muerte que había traído consigo la cocaína.
Pero en las últimas semanas se han presentado unos hechos que parecen indicar que Colombia aún está lejos de escapar del flagelo del narcotráfico. Las autoridades han encontrado grandes extensiones de tierra cultivadas con amapola, la planta que sirve de base para la producción del opio y la heroína. Por eso, todo parece indicar que la estructura del narcotráfica no se ha resquebrajado y que la heroína ahora está entrando en el juego del mercado de narcóticos. El comercio de la heroína, había estado dominada hasta hoy casi exclusivamente por los orientales. Birmania, Laos y Tailandia, el famoso triángulo de oro, son los países asiáticos considerados en el mundo como los amos y señores de ese narcótico.

No es la primera vez que las autoridades colombianas tienen indicios sobre el cultivo de amapola. En 1984 los organismos de seguridad descubrieron las primeras plantaciones en el sur del Tolima. En esa oportunidad se encontraron 450 matas sembradas en 27 hectáreas. Junto con los cultivos se hallaron dos modernos laboratorios para la elaboración de opio, heroína y morfina. Sin embargo, las proporciones de siembra y procesamiento de las plantaciones resultaban prácticamente irrisorias frente al tráfico de la cocaína. Este derivado de la coca para ese entonces tenía invadido el mercado de los Estados Unidos y comenzaba a abrirse las puertas en Europa.
Esos primeros pinos que hicieron los narcotraficantes en el negocio de la heroína no parecen ser una aventura del pasado. Siete años después de los primeros hallazgos, las plantaciones de amapola se han multiplicado en cientos de hectáreas en las montañas del Tolima, Huila, Caquetá, Cauca, Nariño y Caldas.
La primera voz de alarma se dio a comienzos de marzo de este año. En un operativo realizado por el grupo antinarcóticos de la Policía Nacional, se descubrió en la vereda El Palmar, Huila, un cultivo de ocho hectáreas de amapola. Este golpe fue el primero de una larga cadena que se ha extendido por varios departamentos, y que hasta el momento ha dejado al descubierto cerca de 2.000 hectáreas del cultivo de la

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