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| 5/1/2005 12:00:00 AM

La historia de Nikita

Una bella mujer, madre soltera y amante del rock es la única francotiradora que hay en Colombia. Así es su vida.

La historia de Nikita Nikita en una de las montañas de Colombia con su fusil calibre 5.56, que en los próximos días guardará porque Estados Unidos les entregará a los francotiradores de la Policía fusiles AR 10, un arma de mayor alcance.
El aguacero cayó con fuerza. Ella lo presintió en la mañana por el color de las nubes. Ahora, ocho horas después, seguía allí tendida, con el dedo en el gatillo de su fusil calibre 5.56 y sus ojos clavados en la mira telescópica que apunta a la puerta de la casa donde, según los estudios de inteligencia, estaba cautivo un secuestrado. Nikita, como la bautizaron sus compañeros de armas, iba a completar una jornada acostada sobre la tierra húmeda. No había comido nada. Había bebido sólo unos sorbos de agua de su cantimplora. Cuenta que hubo un momento en que se sintió fatigada. Pero recordó a sus instructores, oficiales de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, cuando la pusieron como ejemplo hace un año en la escuela de la Policía Gonzalo Jiménez de Quesada en Sibaté, Cundinamarca. "Es un orgullo haber formado una mujer como usted, es sin duda una de las mejores que hemos tenido". En efecto, para ser francotirador se necesita paciencia y carecer de dudas. Y a ella, a pesar de lo que creían sus amigos más cercanos, en situaciones críticas le sobraba la calma. La tranquilidad se necesita en operaciones como en la que ahora estaba inmersa. Para no alterar ni un milímetro el blanco, es indispensable entrar casi en un estado de contemplación. No importa cuánto tiempo transcurra o como esté el clima del lugar. Poder felino "Eres un gato, eres un gato, le decían una y otra vez los oficiales estadounidenses. Aprende de ese animal, le aconsejaban. Ubica a su presa, se acerca, mira por dónde va a salir y allí se queda, inmóvil, nada lo desconcentra ni siquiera el ruido de su respiración". Cuando el aguacero amainó y entraba la noche, el objetivo se asomó a la puerta. Tras dos meses de inteligencia, el Gaula de la Policía había concluido que ese hombre flaco de 1,80 de estatura, de bigote poblado y tez morena, era el jefe de la banda de secuestradores. Nunca abandonaba su arma y había advertido a la familia de su víctima que en caso de un intento de liberación, no vacilaría en pegarle un tiro. "A mí nadie me va a quitar mi mercancía", le había dicho a un agente que la Policía logró infiltrar en el bajo mundo. Ante esa advertencia se había decido que en la operación de rescate estuviera Nikita. Su misión era "neutralizarlo", como dice ella, para que los demás miembros del grupo antisecuestro entraran en acción. Después de haber permanecido apuntando casi un día entero, ahora debía actuar. Para eso era indispensable sacar a flote la otra cualidad exigida en esta profesión: no dudar. "En caso de duda, por mínima que sea, se aborta la operación", le habían enseñado sus instructores cuando la hicieron francotiradora Swat, sigla inglesa que designa a los miembros de una unidad antisecuestro y extorsión de la Policía que actúa en momentos de máxima presión. Hasta hace un tiempo, sus integrantes se preparaban en Estados Unidos, pero con el grado de profesionalización de la Policía los cursos empezaron a dictarse en Colombia. El año pasado, esta subintendente de la Policía -nacida en Urrao, Antioquia, hace 31 años, de 1,63 metros de estatura, 58 kilos de peso, de ojos grandes y muy buen sentido del humor- habló con sus superiores para que le permitieran tomar el curso. En un principio ellos se sorprendieron. Hasta ese momento en Colombia los francotiradores eran solo varones. Pero la creciente presencia de mujeres en diversas actividades de las Fuerzas Armadas ayudó a que sus superiores le dieran el visto bueno. Hoy es la única francotiradora de la Policía, aunque se espera que pronto se sumen más. Ella cuenta que algunos de sus amigos más cercanos se sorprendieron pues, según habían visto en las películas, un francotirador necesita estarse quieto todo el tiempo y ellos no la asociaban con la disciplina de concentración e inmovilidad máximas. Al contrario, aún la creían la muchacha que derrochaba energía cuando estudió bachillerato en Medellín y que no paraba de bailar todas las gamas de rock. "Yo sí salto mucho en las rumbas, pero en mi oficio hago honor a mi signo: soy libra, puro equilibrio". Al terminar el curso, la Policía la puso en acción. Recuerda que en su primera misión "neutralizó" a su "objetivo", sus compañeros entraron a una casa y dentro encontraron a un hombre enflaquecido, tremendamente asustado y amarrado de pies y manos a una viga de madera incrustada en el suelo que salía por el techo. Eso fue en agosto pasado. "Somos del Gaula de la Policía, venimos a liberarlo", le gritaron en medio de los disparos. Humillación en cautiverio Mientras ella ayudaba a liberarlo, el hombre sólo preguntaba que si era cierto que la familia lo había dejado de querer. "Después él nos contó que sus captores le gritaban a cada instante, lo maltrataban, le apuntaban con un revólver, lo humillaban y le decían que la culpa no era de ellos sino de su familia, que no quería pagar, que no iban a darles ni un peso porque, al fin y al cabo, lo habían dejado de querer, relata, conmovida. Nada de eso, evidentemente, era cierto. Lo sometieron a esa tortura durante meses para desmoralizarlo y así quitarle las fuerzas para que nunca intentara siquiera planear una fuga". La escena retrata el grado de perversidad en el que han caído los secuestradores que hoy tienen a más de 3.000 colombianos cautivos. Ante semejante barbarie hay una fuerza cada vez más creciente y más especializada que busca erradicar ese flagelo Ese es el trabajo de Nikita. "Cuando las mujeres somos niñas, siempre jugamos a ser enfermeras, a la mamá, a las profesoras; en mi caso siempre jugué a ser policía. Después de haberme graduado como auxiliar de laboratorio clínico, cumplí mi sueño de niña y entré a la institución". En la Policía lleva 12 años. Antes era una agente más. Hoy es una novedad por su especialización y por su alta precisión para disparar. "Puedo darle a un blanco a unos 500 metros de distancia". Su jornada es distinta de la de sus compañeros porque debe levantarse dos horas antes para atender a su niño de 11 años. "Soy madre soltera", aclara. Cuando está con él madruga para alistarlo y llevarlo al colegio. Cuando está en su trabajo y si las condiciones se lo permiten procura llamarlo. A medida que el niño ha ido creciendo, ella le ha ido contando sobre sus actividades y los enormes riesgos que corre. Cuando el niño le dice que deje de atrapar ladrones y regrese a casa porque quiere verla, ella le explica que él puede jugar tranquilo en el parque con sus amigos gracias a su trabajo. "Soy consciente de la posibilidad de morir. Eso me aterra. Jamás quisiera faltarle a mi hijo. Por eso confío tanto en la protección de Dios". Cuando las misiones se alargan, pensar en su hijo la ayuda a pasar las horas. Como ahora, allí tendida, con el dedo en el gatillo de su fusil calibre 5.56 y sus ojos clavados en la mira telescópica que apunta a la puerta de la casa, entre las sierras y colinas de Caquetá. Nikita está picada por los mosquitos, empapada por el aguacero, exhausta pero paciente y decidida. Tras ver asomarse durante unos segundos a su blanco, dispara al hombre flaco, de bigote poblado y tez morena. "No diga si yo he matado ni a cuántos. Eso no se pregunta y tampoco se responde". El blanco de 1,80 metros de estatura cae. Sin dudarlo, sus compañeros ingresan a la casa y gritan: "Venimos a liberarlo". El esfuerzo valió la pena. "¿Hay una alegría mayor que ver el rostro de una persona recién liberada?", pregunta, para responder ella misma: "Sólo una. Ver a mi hijo crecer".

EDICIÓN 1896

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