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| 4/3/1995 12:00:00 AM

LA OTRA GUERRA DEL AMAZONAS

Un libro testimonial, 'Caucherías y conflicto colombo-peruano', subraya las ambiciones expansoristas del Perú en la Amazonía a comienzos de siglo.

LA OTRA GUERRA DEL AMAZONAS LA OTRA GUERRA DEL AMAZONAS
YA DESDE LOS tiempos de Lope de Aguirre, quien se rebeló contra España y se aventuró a fundar un reino en el Amazonas, esta región ha sido conflictiva. Tan pronto como Colombia, Perú, Ecuador y Venezuela se independizaron de España, se trenzaron en disputas jurídicas y de fuerza por su dominio. Un siglo después, la fiebre del caucho atrajo más codicia: el establecimiento en el Putumayo de la Casa Arana -la empresa peruana que monopolizó la extracción caucho- llevo indirectamente a Colombia a una guerra con el Perú hace ya 60 años. Arana sobornó a las autoridades colombianas y torturó a miles de indígenas que se opusieron a sus prácticas esclavistas.
Caucherías y conflicto colombo-penuano, de Augusto Gomez, Ana Cristina Lesmes y Claudia Rocha, analiza estos hechos en momentos en que Ecuador y Perú están en guerra por el control del Amazonas. SEMANA reproduce apartes de este libro.
Dentro de un ambiente de búsqueda de recursos naturales determinado por favorables precios en los mercados externos, se reinició la penetración del territorio amazónico en la segunda mitad del siglo XIX, proceso que se caracterizó por el comienzo de la navegación a vapor del río Putumayo y por la conformación y vinculación de empresas extractivas a la región.
Después del relativamente corto pero intenso auge de la quina, la extracción del caucho, con sus efectos aún más devastadores, se convirtió en la actividad económica principal, tanto en el Caquetá y Putumayo, como en el conjunto de la región amazónica.
El caucho comenzó a cobrar importancia como materia prima industrial a raíz de los estudios realizados por los franceses en territorio suramericano durante el siglo XVIII; ellos hicieron que este material fuera conocido en Europa. En la segunda mitad del siglo XIX encontramos ya a Inglaterra realizando elevadas importaciones de caucho en bruto para aplicarlo a prendas impermeables, zapatos, instrumentos de ingeniería y medicina y en accesorios destinados a vapores de transporte ferroviario.
El incremento en la utilización del caucho estuvo íntimamente relacionado con el desarrollo de bicicletas y automóviles como medios de transporte. Desde 1852 lo encontramos en el uso de las ruedas de bicicleta y en 1895 en llantas de autos. A partir de entonces comenzarían a crearse cuantiosas fortunas con base en la próducción de compuestos de caucho, materia prima que se extraía esencialmente de la región amazónica, aunque en los primeros años del siglo XX inversionistas y comerciantes trasplantaron semillas de alta calidad a regiones de Malasia.
Las condiciones favorables del caucho en los mercados internacionales estimularon fuertes olas migratorias de campesinos e individuos empobrecidos hacia la Amazonia, al igual que de aventureros y buscadores de fortuna. En los comienzos de la explotación del caucho los empresarios tenían gran cantidad de personal, oriundo del Huila y del Tolima, que laboraba en la extracción del látex en las zona aledañas a los ríos Orteguaza y Caguán. Sin embargo, las existencias de goma se fueron agotando rápidamente allí (especialmente por la tala de árboles de caucho negro -Castilla- que fue común en esas zonas), lo que los obligó a ir descendiendo hacia las áreas del río Caquetá y mucho más abajo de la unión del río Caguán con el Caquetá.
Las incursiones comerciales que el peruano Julio César Arana había emprendido en el Putumayo finalizando el siglo XIX, le permitieron conocer desde entonces las ricas selvas caucheras existentes en las márgenes de dicho río (y en algunos de sus afluentes), que eran ya explotadas por varias de las pequeñas compañías colombianas: Crisistomo Hernández y Benjamín Larraniaga le contaron a Arana que habían estado explotando caucho allí desde los inicios de la década de los 80. El peruano les ofreció intercambiar bienes comerciales por el látex, lo cual, dadas las dificultades para obtener provisiones de Pasto y Neiva a través de los Andes, les pareció una buena of erta y mis aún sabiendo que los grandes mercados caucheros se encontraban en Iquitos y Manaos.
Arana, que sabía desde el principio de su carrera que "un día el mundo iba a clamar por el caucho y que esta necesidad le iba a permitir a él levantar su imperio", entró entonces en sociedad con Benjamin Larraniaga, dueño del establecimiento conocido como La Chorrera.
En consecuencia, la primera compañía con negocios en el Putumayo en que tomó parte Arana, se formalizó por escritura otorgada ante el Notario Público de Iquitos Arnaldo Guichard, el día 8 de abril de 1904, bajo la ranzón social 'Arana, Vega y Larraniaga' (Vega y Larvaniaga eran colombianos).
En esa escritura pública (en la que figuraban 'como socios Julio Arana Pablo Zumaeta, Juan B. Vega y Rafael Larraniaga') se hace constar a que a los indios del Putumayo se les obliga a trabajar por la fuerza por medio de los empleados de la compañZa", y más adelante se agrega: "la cantidad que actualmente debe la firma a J. C. Arana de Iquitos está invertida en mercaderías, embarcaciones, aviamentos (adelantados) a los indígenas de esas regiones y en deudas de personal (empleados de la compañía) que reduce y obliga a trabajar a los indios de esas chacras".
Así, pues, lo que los socios de la compañía pactaron en la escritura antedicha fue el impúdico establecimiento de la esclavitud en la región del Putumayo, ya que no otra cosa significaba lo de 'obligar' a los indios a trabajar, como efectivamente lo han hecho, durante 23 años, empleando, para activar el rendimiento, los medios criminales que han horrorizado a todos los pueblos cristianos.
A pesar de los derechos colombianos sobre el territorio del Putumayo, adquiridos desde el período colonial (por Cédula Real del 20 de agosto de 1739, en la que se demarcaba la línea de jurisdicción territorial entre los Virreinatos de la Nueva Granada y del Perú y en la que se incluyó a Popayán y a Quito como Provincias de la Nueva Granada) y ratificados durante la Independencia, cuando se convino (bajo el principio del 'uti possidetis juris') en garantizar la integridad de los respectivos dominios tal como se había determinado en la época colonial, la Casa Arana se propuso controlar ese vasto territorio donde abundaba el caucho, y, además, existía una considerable población indígena que, incorporada a las actividades extractivas, produciría grandes beneficios económicos.
Pero las pretensiones de la Casa Arana de obtener el dominio absoluto del Putumayo se vieron obstaculizadas en un comienzo tanto por la presencia de los caucheros colombianos, que finalizando el siglo XIX y comenzando el siglo XX habían establecido trabajos de cauchería, lo cual significaba la posesión, el usufructo y el conocimiento de los bosques (del Cará-Paraná, del Igará-Paraná, del Cahuinari, del Putumayo, etc.) como por la existencia de vínculos (amistosos, laborales, de trueque y aun de parentesco) que tales caucheros habían contraído ya con los grupos indígenas de la región.
Estos obstáculos fueron resueltos entonces por Julio C. Arana (con la colaboración de sus parientes y empleados) mediante la creación de sociedades caucheras con los colombianos (Vega y Larraniaga fueron, como atrás se expresó, los primeros colombianos que entraron en sociedad con Arana), por medio de la compra a bajo precio de las posesiones, lo mismo que mediante la amenaza, la persecución, el asesinato de los poseedores y el secuestro y el genocidio de los indios que éstos tenían a su servicio.
Desde que don Julio Arana y sus súbditos tomaron preso al hijo de Benjamín Larraniaga en Iquitos para obligar a éste a vender los grandes dominios de lo que pronto sería territorio de la Casa Arana (por el año de 1904), se cometieron asesinatos y delitos en las áreas de los ríos Cará-Paraná, Igará-Paraná, Cahuinarí, Putumayo y Caquetá, territorios de los grupos indígenas huitoto, andoque y boras, entre otros.
Estos delitos fueron promovidos y ejecutadós por agentes de la empresa cauchera, la Casa Arana, más tarde llamada The Peruvian Amazon Company. Según los testimonios de la época, mientras el gobierno colombiano permanecía impasible, el gobierno del Perú había intensificado y secundado (privadamente) la acción de las casas peruanas Arana, Israelí y otras, arrebatando las riquezas de los colombianos, sin temor alguno y con la mayor osadía... "han aprisionado las tribus de los indios colombianos y los han sometido a tormentos tan espantosos que ni en los tiempos de Nerón se registra tanta atrocidad ".
Estos tormentos infligidos a los indígenas se practicaron públicamente con el propósito de generar escarmiento entre los espectadores, es decir, para mantener cautiva la fuerza de trabajo nativa bajo el mecanismo de terror.
Conocedores los empresarios de la Casa Arana en el Putumayo de que Colombia alegaba con títulos incontrovertibles derechos a esa región, quisieron ponerse a cubierto de las contingencias que podía acarrearles una solución del litigio con el Perú. Con tal fin constituyeron en Londres una compañía inglesa con capital de un millón de libras esterlinas en acciones, de las cuales se reservaron 780.000 libras los socios de la firma original. Así se formó, a finales de 1907, la empresa The Peruvian Amazon Company, más conocida como Casa Arana, por haber sido Julio Arana el dueño de la mayoría de las acciones de la misma.
En 1927 la Casa Arana contaba conacerca de 5.000 indios trabajadores, la mayor parte de ellos con familia, es decir, con un total aproximado de 12.000 almas, colocadas en más de 40 fundos o grandes labranzas situadas en las márgenes de los ríos CaráParaná, Pupuña, Campuyá y Putumayo.
No obstante los esfuerzos diplomáticos del gobierno colombiano para restablecer la soberanía sobre el territorio del Putumayo, el dominio ejercido allí, de hecho, por la Casa Arana, se mantuvo hasta comienzos de la década de 1930, y sólo fue a partir de la intervención de las Fuerzas Armadas colombianas, con la solidaridad de la sociedad nacional, como el país recuperó el Putumayo.

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