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| 11/5/2001 12:00:00 AM

La paz…¿en marcha?

En medio de los aires de guerra que soplan en el mundo, cerca de cinco mil manifestantes en Washington tuvieron tiempo y espíritu para revalidar las opciones de paz. Crónica desde la capital estadounidense.

La paz…¿en marcha? La paz…¿en marcha?
Rodrigo París Rojas

Pensar en soluciones pacíficas cuando la mayoría apuesta por acciones militares parece una utopía, e incluso un desafío al propio querer de una nación que sufrió el más grande ataque terrorista de la historia humana. Sin embargo, ese sentir utópico y desafiante no fue impedimento para que miles de personas decidieran hacer un llamado a la paz hace algunos días en Washington D.C.

La marcha contra la guerra que tuvo lugar el sábado 29 de septiembre en la capital estadounidense tuvo como punto de encuentro la imponente estación de trenes de esta ciudad, llamada Union Station. Con el albor del día, los manifestantes empezaron a reunirse en las afueras de ese corazón ferroviario. Eran las 5:30 de la mañana cuando ya se veían decenas de personas agruparse entorno a los líderes de diversas ONG que los habían convocado. Se veía en micro, lo que horas más tarde se convertiría en una inmensa mezcla multiétnica, multicultural y multirreligiosa unida en lazos por una causa común: la guerra no es la respuesta a lo ocurrido el 11 de septiembre, ni a las soluciones que se pretenden en los conflictos existentes alrededor del mundo.

Con el paso de las primeras horas del día, Washington en sus zonas céntricas, por donde se tenía previsto el paso de los manifestantes, observaba como se la fuerza policial hacia un despliegue inusual. Cada uno de los edificios federales era acordonado por enjambres de policías para evitar que algún manifestante generara estragos. El centro parecía un extraño laberinto de calles cerradas por policías que utilizando caballos, motos o carros montaban barreras para impedir el paso de cualquier persona. Cada agente al servicio de la seguridad ciudadana parecía un miembro de alguna extraña fuerza élite debido al equipo antidisturbios que utilizaba.

En medio de las medidas extremas de seguridad preparadas por la policía metropolitana de Washington, los manifestantes que ya se acercaban a unas mil personas iniciaron su marcha hacia las diez de la mañana. Existía mucho temor entre ellos, teniendo en cuenta los graves problemas que se han presentado en los últimos años en ciudades como Seattle, Niza, Quebec o Génova, pero el espíritu de llevar en alto una pancarta exigiendo acciones de paz y no de guerra superó esas corrientes de frío que se sentían en cada corazón.

Con paso lento pero seguro, los manifestantes llegaron al Banco Mundial, símbolo de capitalismo y globalización para muchos, y una de las causas para que una gran mayoría de personas decidieran protestar. –Inicialmente, las protestas se iban a realizar con motivo de las reuniones anuales del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, pero ante los trágicos sucesos del 11 de septiembre, estos actos fueron cancelados, y muchos manifestantes decidieron cambiar su discurso anticapitalista, por el antimilitarista-.

En el Banco Mundial, se presentó una refriega con un carro de policía y un oficial que roció a la gente con spray pimienta. Los ánimos de ambas partes se calentaron un poco, pero el discurso pacifista brotó de unos y otros y la normalidad retornó a la escena. Para esas horas, veía con agrado, como cada paso que daban los manifestantes se veía enriquecido por la llegada de más personas. Caminar por esas calles, y ver colombianos, negros, indios, árabes, islámicos, estadounidenses, japoneses, con diferentes edades, y la inmensa mayoría soportando en sus manos pancartas, letreros o banderas en pro de la paz, reivindicaba una vez más la importancia de un armamento de paz, y no de un Ejército de guerra.

Los tambores, pitos y alguno que otro instrumento musical se percibían escasamente, ante el alto voltaje que los manifestantes imprimían a sus voces para gritar consignas como: "War is not the answer, we are the answer", o "George Bush, we want peace, U.S. out of the Middle East".

Un poco antes del mediodía, la marcha se detuvo en el parque Edward Murrow. Allí se pronunciaron gran cantidad de discursos. La gente aplaudía fervorosamente causas o ideas comunes, mientras algunos otros se esforzaban por repartir toneladas de propaganda de movimientos, asociaciones, y grupos de todo tipo: desde mujeres afganas que luchan contra el régimen de los talibán, hasta contradictores de la reunificación en Corea, pasando por miembros del Partido Revolucionario Comunista de los Estados Unidos, sí…de los Estados Unidos; pero todos unidos por una bandera común, blanca y en favor de la paz.

En esos momentos de tensa calma, aproveché para intercambiar ideas con uno de los miembros de la policía que se encontraba trabajando. Terrence W. Gainer, con amplia experiencia en este tipo de acciones desde 1968, se mostró tranquilo por la actitud de los manifestantes, y tras esa caparazón de uniforme y equipo antidisturbios pudo decir: "Veo positivamente este tipo de protestas por la actitud positiva de la mayoría de participantes: quieren la paz, y realmente actúan en paz" .

Un tiempo después esa tensa calma, se alteró y llegó la confusión. Un grupo de contraprotestantes, de aquellos que representan a una gran mayoría del pueblo estadounidense –según encuestas publicadas por el Washington Post-, y que apoyan la guerra, y la acción militar como respuesta y venganza a lo ocurrido el martes 11 de septiembre, empezó a lanzar consignas contra los manifestantes del pacifismo. La policía, actuando como fuerza neutral debió actuar y un par de individuos de cada lado fueron arrestados.

Hacia las dos de la tarde, la marcha en un número que ya ascendía casi a las cinco mil personas inició la segunda parte del recorrido. Edificios como el Departamento de Trabajo apostado a un lado de la calle era testigo oculto y frío de los ríos de individuos que se movilizaban por todo tipo de medios. Caminando, en bicicletas, en patines, bebés arrastrados en caminadores, o discapacitados utilizando sillas de ruedas, todos querían dar su apoyo a una causa que siempre ha sido ideal de la humanidad: la paz.

Las pancartas en todo momento estuvieron arriba, y las causas a que aquellas hacían referencia se habían multiplicado. Algunas personas en las esquinas repartían papeles con frases que rememoraban personas como Martin Luther King, quien hace unas décadas decía: "Estados Unidos es el mayor generador de violencia en el mundo". Hoy la historia sigue siendo la misma, y una vez más el pacifismo emerge como una salida, muchas veces no apetecida.

La pasada frente al Capitolio fue emocionante. Ver a los pies de uno de los edificios -tras el cual se esconden toneladas de poder y en el que se aprueban muchas de esas acciones militares- a decenas de personas que como individuos representan una brizna de arena en el desierto, pero que como masa eclipsan por unos instantes ese poderío y arrogancia imperial, impulsa y da bríos para llamar a la convivencia y a la paz.

Con la caída del sol, la manifestación llegó a su fin. Muchos de los protestantes que como Ingrid Zemer, una joven de 21 años que recorrió casi 3.000 kilómetros desde el estado de Colorado, habían recorrido inmensas distancias, se sentían gustosos de haber participado en la marcha aduciendo que tenían una responsabilidad con ellos mismos, con el país y con el mundo entero.

Aunque un acto como estos no evita un conflicto que está a punto de estallar, si sirve en alguna medida para que surjan más reflexiones en torno a las apuestas por la paz, como la escrita por Michael Lerner en la revista Time: "Si los estadounidenses queremos un mundo en paz y con justicia, los estadounidenses debemos ser más pacíficos y más justos".

*Periodista colombiano



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Rodrigo París Rojas

Pensar en soluciones pacíficas cuando la mayoría apuesta por acciones militares parece una utopía, e incluso un desafío al propio querer de una nación que sufrió el más grande ataque terrorista de la historia humana. Sin embargo, ese sentir utópico y desafiante no fue impedimento para que miles de personas decidieran hacer un llamado a la paz hace algunos días en Washington D.C.

La marcha contra la guerra que tuvo lugar el sábado 29 de septiembre en la capital estadounidense tuvo como punto de encuentro la imponente estación de trenes de esta ciudad, llamada Union Station. Con el albor del día, los manifestantes empezaron a reunirse en las afueras de ese corazón ferroviario. Eran las 5:30 de la mañana cuando ya se veían decenas de personas agruparse entorno a los líderes de diversas ONG que los habían convocado. Se veía en micro, lo que horas más tarde se convertiría en una inmensa mezcla multiétnica, multicultural y multirreligiosa unida en lazos por una causa común: la guerra no es la respuesta a lo ocurrido el 11 de septiembre, ni a las soluciones que se pretenden en los conflictos existentes alrededor del mundo.

Con el paso de las primeras horas del día, Washington en sus zonas céntricas, por donde se tenía previsto el paso de los manifestantes, observaba como se la fuerza policial hacia un despliegue inusual. Cada uno de los edificios federales era acordonado por enjambres de policías para evitar que algún manifestante generara estragos. El centro parecía un extraño laberinto de calles cerradas por policías que utilizando caballos, motos o carros montaban barreras para impedir el paso de cualquier persona. Cada agente al servicio de la seguridad ciudadana parecía un miembro de alguna extraña fuerza élite debido al equipo antidisturbios que utilizaba.

En medio de las medidas extremas de seguridad preparadas por la policía metropolitana de Washington, los manifestantes que ya se acercaban a unas mil personas iniciaron su marcha hacia las diez de la mañana. Existía mucho temor entre ellos, teniendo en cuenta los graves problemas que se han presentado en los últimos años en ciudades como Seattle, Niza, Quebec o Génova, pero el espíritu de llevar en alto una pancarta exigiendo acciones de paz y no de guerra superó esas corrientes de frío que se sentían en cada corazón.

Con paso lento pero seguro, los manifestantes llegaron al Banco Mundial, símbolo de capitalismo y globalización para muchos, y una de las causas para que una gran mayoría de personas decidieran protestar. –Inicialmente, las protestas se iban a realizar con motivo de las reuniones anuales del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, pero ante los trágicos sucesos del 11 de septiembre, estos actos fueron cancelados, y muchos manifestantes decidieron cambiar su discurso anticapitalista, por el antimilitarista-.

En el Banco Mundial, se presentó una refriega con un carro de policía y un oficial que roció a la gente con spray pimienta. Los ánimos de ambas partes se calentaron un poco, pero el discurso pacifista brotó de unos y otros y la normalidad retornó a la escena. Para esas horas, veía con agrado, como cada paso que daban los manifestantes se veía enriquecido por la llegada de más personas. Caminar por esas calles, y ver colombianos, negros, indios, árabes, islámicos, estadounidenses, japoneses, con diferentes edades, y la inmensa mayoría soportando en sus manos pancartas, letreros o banderas en pro de la paz, reivindicaba una vez más la importancia de un armamento de paz, y no de un Ejército de guerra.

Los tambores, pitos y alguno que otro instrumento musical se percibían escasamente, ante el alto voltaje que los manifestantes imprimían a sus voces para gritar consignas como: "War is not the answer, we are the answer", o "George Bush, we want peace, U.S. out of the Middle East".

Un poco antes del mediodía, la marcha se detuvo en el parque Edward Murrow. Allí se pronunciaron gran cantidad de discursos. La gente aplaudía fervorosamente causas o ideas comunes, mientras algunos otros se esforzaban por repartir toneladas de propaganda de movimientos, asociaciones, y grupos de todo tipo: desde mujeres afganas que luchan contra el régimen de los talibán, hasta contradictores de la reunificación en Corea, pasando por miembros del Partido Revolucionario Comunista de los Estados Unidos, sí…de los Estados Unidos; pero todos unidos por una bandera común, blanca y en favor de la paz.

En esos momentos de tensa calma, aproveché para intercambiar ideas con uno de los miembros de la policía que se encontraba trabajando. Terrence W. Gainer, con amplia experiencia en este tipo de acciones desde 1968, se mostró tranquilo por la actitud de los manifestantes, y tras esa caparazón de uniforme y equipo antidisturbios pudo decir: "Veo positivamente este tipo de protestas por la actitud positiva de la mayoría de participantes: quieren la paz, y realmente actúan en paz" .

Un tiempo después esa tensa calma, se alteró y llegó la confusión. Un grupo de contraprotestantes, de aquellos que representan a una gran mayoría del pueblo estadounidense –según encuestas publicadas por el Washington Post-, y que apoyan la guerra, y la acción militar como respuesta y venganza a lo ocurrido el martes 11 de septiembre, empezó a lanzar consignas contra los manifestantes del pacifismo. La policía, actuando como fuerza neutral debió actuar y un par de individuos de cada lado fueron arrestados.

Hacia las dos de la tarde, la marcha en un número que ya ascendía casi a las cinco mil personas inició la segunda parte del recorrido. Edificios como el Departamento de Trabajo apostado a un lado de la calle era testigo oculto y frío de los ríos de individuos que se movilizaban por todo tipo de medios. Caminando, en bicicletas, en patines, bebés arrastrados en caminadores, o discapacitados utilizando sillas de ruedas, todos querían dar su apoyo a una causa que siempre ha sido ideal de la humanidad: la paz.

Las pancartas en todo momento estuvieron arriba, y las causas a que aquellas hacían referencia se habían multiplicado. Algunas personas en las esquinas repartían papeles con frases que rememoraban personas como Martin Luther King, quien hace unas décadas decía: "Estados Unidos es el mayor generador de violencia en el mundo". Hoy la historia sigue siendo la misma, y una vez más el pacifismo emerge como una salida, muchas veces no apetecida.

La pasada frente al Capitolio fue emocionante. Ver a los pies de uno de los edificios -tras el cual se esconden toneladas de poder y en el que se aprueban muchas de esas acciones militares- a decenas de personas que como individuos representan una brizna de arena en el desierto, pero que como masa eclipsan por unos instantes ese poderío y arrogancia imperial, impulsa y da bríos para llamar a la convivencia y a la paz.

Con la caída del sol, la manifestación llegó a su fin. Muchos de los protestantes que como Ingrid Zemer, una joven de 21 años que recorrió casi 3.000 kilómetros desde el estado de Colorado, habían recorrido inmensas distancias, se sentían gustosos de haber participado en la marcha aduciendo que tenían una responsabilidad con ellos mismos, con el país y con el mundo entero.

Aunque un acto como estos no evita un conflicto que está a punto de estallar, si sirve en alguna medida para que surjan más reflexiones en torno a las apuestas por la paz, como la escrita por Michael Lerner en la revista Time: "Si los estadounidenses queremos un mundo en paz y con justicia, los estadounidenses debemos ser más pacíficos y más justos".

*Periodista colombiano



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Petición hecha al congreso estadounidense del Consejo Nacional de Iglesias (inglés)



Rodrigo París Rojas

Pensar en soluciones pacíficas cuando la mayoría apuesta por acciones militares parece una utopía, e incluso un desafío al propio querer de una nación que sufrió el más grande ataque terrorista de la historia humana. Sin embargo, ese sentir utópico y desafiante no fue impedimento para que miles de personas decidieran hacer un llamado a la paz hace algunos días en Washington D.C.

La marcha contra la guerra que tuvo lugar el sábado 29 de septiembre en la capital estadounidense tuvo como punto de encuentro la imponente estación de trenes de esta ciudad, llamada Union Station. Con el albor del día, los manifestantes empezaron a reunirse en las afueras de ese corazón ferroviario. Eran las 5:30 de la mañana cuando ya se veían decenas de personas agruparse entorno a los líderes de diversas ONG que los habían convocado. Se veía en micro, lo que horas más tarde se convertiría en una inmensa mezcla multiétnica, multicultural y multirreligiosa unida en lazos por una causa común: la guerra no es la respuesta a lo ocurrido el 11 de septiembre, ni a las soluciones que se pretenden en los conflictos existentes alrededor del mundo.

Con el paso de las primeras horas del día, Washington en sus zonas céntricas, por donde se tenía previsto el paso de los manifestantes, observaba como se la fuerza policial hacia un despliegue inusual. Cada uno de los edificios federales era acordonado por enjambres de policías para evitar que algún manifestante generara estragos. El centro parecía un extraño laberinto de calles cerradas por policías que utilizando caballos, motos o carros montaban barreras para impedir el paso de cualquier persona. Cada agente al servicio de la seguridad ciudadana parecía un miembro de alguna extraña fuerza élite debido al equipo antidisturbios que utilizaba.

En medio de las medidas extremas de seguridad preparadas por la policía metropolitana de Washington, los manifestantes que ya se acercaban a unas mil personas iniciaron su marcha hacia las diez de la mañana. Existía mucho temor entre ellos, teniendo en cuenta los graves problemas que se han presentado en los últimos años en ciudades como Seattle, Niza, Quebec o Génova, pero el espíritu de llevar en alto una pancarta exigiendo acciones de paz y no de guerra superó esas corrientes de frío que se sentían en cada corazón.

Con paso lento pero seguro, los manifestantes llegaron al Banco Mundial, símbolo de capitalismo y globalización para muchos, y una de las causas para que una gran mayoría de personas decidieran protestar. –Inicialmente, las protestas se iban a realizar con motivo de las reuniones anuales del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, pero ante los trágicos sucesos del 11 de septiembre, estos actos fueron cancelados, y muchos manifestantes decidieron cambiar su discurso anticapitalista, por el antimilitarista-.

En el Banco Mundial, se presentó una refriega con un carro de policía y un oficial que roció a la gente con spray pimienta. Los ánimos de ambas partes se calentaron un poco, pero el discurso pacifista brotó de unos y otros y la normalidad retornó a la escena. Para esas horas, veía con agrado, como cada paso que daban los manifestantes se veía enriquecido por la llegada de más personas. Caminar por esas calles, y ver colombianos, negros, indios, árabes, islámicos, estadounidenses, japoneses, con diferentes edades, y la inmensa mayoría soportando en sus manos pancartas, letreros o banderas en pro de la paz, reivindicaba una vez más la importancia de un armamento de paz, y no de un Ejército de guerra.

Los tambores, pitos y alguno que otro instrumento musical se percibían escasamente, ante el alto voltaje que los manifestantes imprimían a sus voces para gritar consignas como: "War is not the answer, we are the answer", o "George Bush, we want peace, U.S. out of the Middle East".

Un poco antes del mediodía, la marcha se detuvo en el parque Edward Murrow. Allí se pronunciaron gran cantidad de discursos. La gente aplaudía fervorosamente causas o ideas comunes, mientras algunos otros se esforzaban por repartir toneladas de propaganda de movimientos, asociaciones, y grupos de todo tipo: desde mujeres afganas que luchan contra el régimen de los talibán, hasta contradictores de la reunificación en Corea, pasando por miembros del Partido Revolucionario Comunista de los Estados Unidos, sí…de los Estados Unidos; pero todos unidos por una bandera común, blanca y en favor de la paz.

En esos momentos de tensa calma, aproveché para intercambiar ideas con uno de los miembros de la policía que se encontraba trabajando. Terrence W. Gainer, con amplia experiencia en este tipo de acciones desde 1968, se mostró tranquilo por la actitud de los manifestantes, y tras esa caparazón de uniforme y equipo antidisturbios pudo decir: "Veo positivamente este tipo de protestas por la actitud positiva de la mayoría de participantes: quieren la paz, y realmente actúan en paz" .

Un tiempo después esa tensa calma, se alteró y llegó la confusión. Un grupo de contraprotestantes, de aquellos que representan a una gran mayoría del pueblo estadounidense –según encuestas publicadas por el Washington Post-, y que apoyan la guerra, y la acción militar como respuesta y venganza a lo ocurrido el martes 11 de septiembre, empezó a lanzar consignas contra los manifestantes del pacifismo. La policía, actuando como fuerza neutral debió actuar y un par de individuos de cada lado fueron arrestados.

Hacia las dos de la tarde, la marcha en un número que ya ascendía casi a las cinco mil personas inició la segunda parte del recorrido. Edificios como el Departamento de Trabajo apostado a un lado de la calle era testigo oculto y frío de los ríos de individuos que se movilizaban por todo tipo de medios. Caminando, en bicicletas, en patines, bebés arrastrados en caminadores, o discapacitados utilizando sillas de ruedas, todos querían dar su apoyo a una causa que siempre ha sido ideal de la humanidad: la paz.

Las pancartas en todo momento estuvieron arriba, y las causas a que aquellas hacían referencia se habían multiplicado. Algunas personas en las esquinas repartían papeles con frases que rememoraban personas como Martin Luther King, quien hace unas décadas decía: "Estados Unidos es el mayor generador de violencia en el mundo". Hoy la historia sigue siendo la misma, y una vez más el pacifismo emerge como una salida, muchas veces no apetecida.

La pasada frente al Capitolio fue emocionante. Ver a los pies de uno de los edificios -tras el cual se esconden toneladas de poder y en el que se aprueban muchas de esas acciones militares- a decenas de personas que como individuos representan una brizna de arena en el desierto, pero que como masa eclipsan por unos instantes ese poderío y arrogancia imperial, impulsa y da bríos para llamar a la convivencia y a la paz.

Con la caída del sol, la manifestación llegó a su fin. Muchos de los protestantes que como Ingrid Zemer, una joven de 21 años que recorrió casi 3.000 kilómetros desde el estado de Colorado, habían recorrido inmensas distancias, se sentían gustosos de haber participado en la marcha aduciendo que tenían una responsabilidad con ellos mismos, con el país y con el mundo entero.

Aunque un acto como estos no evita un conflicto que está a punto de estallar, si sirve en alguna medida para que surjan más reflexiones en torno a las apuestas por la paz, como la escrita por Michael Lerner en la revista Time: "Si los estadounidenses queremos un mundo en paz y con justicia, los estadounidenses debemos ser más pacíficos y más justos".

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