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| 10/23/2000 12:00:00 AM

La primera de oro

La pesista vallecaucana María Isabel Urrutia logró una hazaña histórica en los Juegos Olímpicos de Sydney después de una ejemplar lucha contra la adversidad.

La primera de oro La primera de oro
La sonrisa diáfana de María Isabel Urrutia el miércoles de la semana pasada en la lejana Sydney con la medalla de oro colgada del cuello fue la misma que le vio su madre, doña Nelly Ocoró, hace años cuando llegó corriendo y se refugió entre sus faldas:

“¿Qué diablura hizo?”, le preguntó en aquella ocasión en esa casa de paredes de cañabrava ubicada en el marginal y deprimido barrio Mariano Ramos de Cali.

“¡Nada, que otra vez intentaron pegarme”. La madre supo que su hija de nuevo había sido acosada por dos vecinitas cuyos nombres perdió en la memoria, pero al igual que en otras oportunidades se había librado del castigo con la velocidad que le daban sus piernas.

En aquella ocasión doña Nelly dio gracias a Dios. Eran tiempos en que no rezaba para ayudarla a ganar sino escasamente para sobrevivir. Sus ruegos dieron resultado con María Isabel, pero no con otros ocho hijos, de los 12 que tuvo, que fallecieron cuando eran niños, cinco cuando ni siquiera habían cumplido los siete días de nacidos.

El barrio Mariano Ramos fue la tercera vivienda de esta familia. La pareja de Pedro, el mecánico, y Nelly, la lavandera, vivió primero en Florida, un municipio del Valle del Cauca cercano a Cali. Sin embargo el día que nació María Isabel, el 25 de marzo de 1965, no tenían ni una moneda y tuvieron que caminar en medio de los dolores hasta el vecino pueblo de Candelaria, donde atendían el parto gratis.

Cuando don Pedro perdió una pierna en un accidente de trabajo, y María Isabel tenía apenas 7 años, la madre tuvo que mantener la familia. Desde aquellos tiempos los Urrutia Ocoró se acostumbraron a multiplicar los escasos panes con los pocos ingresos obtenidos con los oficios de doña Nelly.

La costumbre se mantuvo hasta los días de gloria, cuando María Isabel empezó a triunfar y a llenar con medallas doradas la humilde casa. Así, cuando ella tenía que viajar para entrenar o competir, ni siquiera había discusión a la hora de plantear lo que para cualquier familia hubiera sido un dilema difícil: hacer mercado o comprar los tiquetes de avión para María Isabel. “Los tiquetes se compraban, en lo otro ni pensábamos”, dice su madre.

En realidad sí pensaban. Pues la mayor parte de las energías de María Isabel no las ha gastado en el lanzamiento de disco y jabalina o en el levantamiento de pesas sino en improvisados trabajos de rebusque. Ella misma, a la luz de una vela, pintaba coloridas boleticas para rifas o recorría la ciudad en extenuantes jornadas para vender el chance o la lotería.

Sus oficios los ejercía con la misma dignidad con que su madre siempre lavó ropa. Tanta que los dolores de espalda siempre la acompañan. Doña Nelly jamás reniega de ese pasado aunque cree que para las madres de otros deportistas ese no debe ser el destino. Por eso el jueves de la semana pasada, cuando por primera vez en su vida montó en avión, pisó a Bogotá y conoció a un presidente en persona, le dijo a Andrés Pastrana: “Ayude a los deportistas, ellos lo necesitan. Sabe: fue mucha la ropa que yo tuve que lavar”.

Lo dijo sin ningún resentimiento. Con naturalidad. Abrumada por los halagos de gente que jamás había visto en su vida. Su inmensa timidez no le permite decir que sólo ha recibido ayuda de muy pocos y es con ellos con los que hoy quiere estar. Por ejemplo, con el entrenador Daniel Balanta, cuyo nombre se perdió en el anonimato. Fue él quien la vio correr feliz en un potrero del barrio Mariano Ramos. El mismo habló con sus padres y les pidió que la dejaran ir a entrenar. “Tiene la fuerza para el lanzamiento de jabalina”. La premonición se hizo realidad dos años después, en 1978, cuando María Isabel cumplió 13 años y de regalo el entrenador la trajo a Bogotá. Por primera vez pisó una pista de atletismo y, para sorpresa general, terminó en el podio, exhibiendo su recién ganada medalla de oro y la sonrisa franca y transparente que la iba a acompañar toda su carrera.

En ese mismo instante María Isabel comprendió en toda su dimensión el adagio ‘no todo lo que brilla es oro’, pues a pesar de ser una campeona nacional tenía que vivir. Fue así como entró a Propal, en plena adolescencia, en el oficio de llevar los tintos. Aunque de allí renunció porque no la autorizaron a ir a los Campeonatos Suramericanos de Atletismo, que se celebraron en Chile .

Con un mayor número de medallas acumuladas tocó las puertas de las Empresas Municipales de Cali, donde la recibieron como contestadora de la línea 114 de quejas y reclamos. Entre las 300 y 500 llamadas que tenía que contestar a diario cultivó el corazón de grandes amigas, como Gloria Rey, que hoy mira su puesto vacío y dice que hay tres palabras para definirla: “Responsable, leal y alegre”. De igual manera la califica su entrenador de entonces, Wilson Rosero, quien recuerda que su único problema era que María Isabel es zurda y eso lo obligó a él a aprender a lanzar con la izquierda para poder enseñarle.



La negra grande

Con estas virtudes María Isabel se ha paseado por el mundo barriendo en todas las competencias. “Esto era lo único que me faltaba porque ya había ganado 24 medallas de oro”, recuerda hoy María Isabel desde Australia.

Los títulos más preciados los obtuvo con su actual entrenador, el búlgaro Gantcho Mitco Karouchrov, un hombre que la vio hace 12 años cuando ella era la reina del lanzamiento de bala y disco. “Usted ahora tiene que levantar pesas”, le dijo en un español recién aprendido.

Con él ganó la medalla en los mundiales de pesas en Inglaterra en 1989, repitió en Yugoslavia en 1990, volvió a ganar con récord mundial incluido en Alemania en 1991, volvió a hacerlo en Turquía en 1994 y de nuevo en China en 1995. Este es el mismo entrenador que la convenció para que bajara de peso y compitiera en Sydney en la modalidad de 75 kilos, categoría que se estrenaría en estas olimpíadas.

El también la llevó a su país y se convirtió en su guardián para que disminuyera el peso. En cuatro meses bajó 20 kilos. Un verdadero récord. Sin embargo, cuando se estaban escogiendo los miembros de la delegación colombiana que viajaría a Australia, el Comité Olímpico Colombiano le dijo a María Isabel que Karouchrov no viajaría. “Se nos vino el mundo encima”, recuerda la madre. “Si no cuento con el apoyo voy a pedir limosna”, anunció la deportista.

No era una frase para amenazar porque una de las virtudes que cultiva esta familia es la de jamás guardar rencores y no confrontar con ninguna persona. Así han sido siempre. Hoy, por ejemplo, de los cinco hermanos sólo María Isabel tiene trabajo, en las Empresas Públicas, en donde gana dos salarios mínimos, un poco más de 500.000 pesos mensuales. Los demás están desempleados. Incluyendo a su hermano Robinson, también atleta y quien vive de la nostalgia que le da el ser poseedor de la marca nacional de 100 metros planos.

La decisión de María Isabel obedecía a razones de elemental justicia. “No lo voy a abandonar ahora”. Porque detrás de su sonrisa fresca se esconde una mujer de carácter definido que pocas veces duda. Sólo desfalleció el año pasado cuando iba para su casa con los ocho millones de pesos que había recibido por varios títulos y fue asaltada por un hombre que le disparó. La bala cruzó cerca de ella y de su hermano Edison, que la acompañaba. “Esa vez sí me temblaron las piernas”.

Esa noche, cuando llegó a su casa del barrio Mariano Ramos, el mismo que la vio crecer y triunfar, se arrodilló con su madre y rezaron para que siempre ganara y para que jamás un triunfo le trajera una desgracia.

A este barrio de casas pequeñas, de paredes de ladrillo limpio y de calles angostas llegará con su medalla de oro a compartir con la gente que de verdad la ha ayudado, con su madre de cédula amarillenta y que en el renglón de la firma le escribieron: “Manifiesta no saber firmar”.

El sueño de su madre es que con ese “pedacito de oro se empiece a construir la paz de este país”, mientras que el de María Isabel es el de vivir con su gente, la gente humilde que siempre le ha dado la mano, los que la vieron crecer y conquistar la gloria, más ahora cuando le dirá adiós para siempre a la competencia de primer nivel.

Etapa de la cual guarda un ramillete de medallas de oro y muchas fotos. No así de su infancia, porque las pocas imágenes que le tomaron se fueron un día con una inundación que se les llevó las fotos y los pocos enseres que tenían. María Isabel sueña con sentarse en una mecedora y poder tararear su canción preferida, aquella del sonero Daniel Santos: “Vengo a decirle adiós a los muchachos”.

María Isabel disfruta con justicia de una gloria que ella se labró con un puñado de amigos. Hoy, ante el triunfo, el Estado, sin la menor vergüenza, ha decidido reclamar su cuota. “Este es el resultado de un esfuerzo muy grande del Comité Olímpico Colombiano.”, afirmó el presidente de esa entidad, Andrés Botero. Nada está más alejado de la realidad. Ni los distintos gobiernos, ni las autoridades deportivas nacionales apoyaron con suficiente decisión a María Isabel. Si lo hubieran hecho quizá la pesista hubiese obtenido títulos olímpicos hace muchos años. Y también es probable que muchos otros deportistas colombianos que hoy están recorriendo calvarios similares a los de María Isabel sólo sean reconocidos por los entes oficiales si, después de una persistencia titánica, logran descollar.

Por eso es tan cierto y tan compartido por decenas de deportistas y amantes del deporte en Colombia el editorial del periódico El Espectador del viernes pasado cuando, refiriéndose al triunfo de María Isabel afirmó: “No utilicemos su victoria (u otras similares) para engendrar fantasías que sólo disminuyen la verdadera tragedia del deporte nacional”.

Ojalá la emocionante lección de entereza, de disciplina y de vocación que le ha dado al país esta deportista, que ha llegado más lejos que ningún otro colombiano en las Olimpíadas, sirva para empezar a cambiar la mentalidad enana y discriminadora con que se han manejado los magros recursos que destinan los gobiernos para el deporte. Ojalá también ese “pedacito de oro” contribuya, como dijo la mamá de María Isabel, a hacer la paz, pues sea ejemplo de que los triunfos verdaderos, aunque demoren, sólo se hacen a punta de pulso, integridad y esfuerzo.

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