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| 9/19/1994 12:00:00 AM

LA TRAGEDIA DEL GENERAL

La trágica muerte del hijo del General Octavio Vargas Silva es el último eslabón de la cadena de desgracias familiares del director de la Policía Nacional.

LA TRAGEDIA DEL GENERAL, Sección Nación, edición 642, Sep 19 1994 LA TRAGEDIA DEL GENERAL
El General Octavio Vargas Silva se encontraba con su esposa en una reunión privada con el ministro de Defensa, Fernando Botero, y los altos mandos de la Policía y el Ejército, cuando le avisaron que lo necesitaban con extrema urgencia al teléfono, Al otro lado de la línea estaba uno de los ayudantes de su despacho quien le manifestó lacónicamente que le tenía una mala noticia. El general Vargas escuchó en silencio el mensaje y segundos después regresó a la mesa. Visiblemente confundido y con voz entrecortada dijo: "Acaban de matar a mi hijo ".
Eran las 10:15 de la noche del pasado jueves. La reunión se suspendió y el general, junto con su esposa Helda, salió rumbo a la Clínica del Country, ubicada en el norte de Bogotá. Su hijo Juan Carlos había ingresado moribundo media hora antes al centro hospitalario, donde lo atendió el equipo médico de urgencias. Cuando sus padres llegaron a la clínica, Juan Carlos todavía estaba con vida, pero el esfuerzo de los galenos fue en vano y unos minutos después falleció a consecuencia de las heridas mortales que recibió del disparo que se propinó accidentalmente cuando jugaba con su revólver. El incidente había ocurrido en un restaurante-bar a pocas cuadras de la clínica y que se encuentra ubicado en la conocida zona rosa de la capital.
La tragedia de este joven de 23 años, estudiante de administración agropecuaria y fanático de las motos, había empezado mucho antes de aquella fatídica tarde en que se reunió con varios de sus amigos en el bar-restaurante Coconuts. Para Juan Carlos el sitio le era un lugar común. Allí siempre se encontraba con su barra de amigos y varios de los dueños y administradores de los locales lo conocían como el 'hijo del general'. Llegaba en las tardes después de terminar sus clases en la Corporación Universitaria de Ciencias Agropecuarias y recorría los diferentes bares y restaurantes de la zona. Así conoció a sus amigos, la mayoría de ellos jóvenes universitarios, hijos de prestantes familias bogotanas. Pero también algunos de esos conocidos gustaban más de la rumba y de los tropeles que del estudio. Estas amistades le habían ocasionado al hijo del general varios problemas que llegaron a desembocar en riñas callejeras. "Juan Carlos era un joven muy alegre, muy sano, que le gustaba mucho la rumba desafortunadamente cuando se tomaba unos tragos se ponía un poco pesado y a veces terminaba metido en una que otra pelea", dijo a SEMANA uno de sus amigos.
Estos pequeños incidentes pasaron a mayores y algunos dueños de locales comenzaron a molestarse por el comportamiento del hijo del general quien había protagonizado más de un desorden en los bares y restaurantes de la zona rosa. Algunos propietarios de esos negocios decidieron quejarse ante las autoridades que tienen bajo su control la seguridad del lugar y solicitaron que le hicieran un llamado de atención a Juan Carlos Vargas. Otros, prefirieron una solución más directa y le enviaron cartas al general Vargas Silva para ponerlo al tanto de la situación.
Pero esos problemas en los que estuvo involucrado el hijo del general Vargas Silva son, sin embargo, relativamente frecuentes en algunos jóvenes de hoy. Es la forma como expresan su rebeldía. Conductas como estas son muy comunes entre los muchachos que concurren, por ejemplo, los fines de semana a los bares y restaurantes de la zona rosa de Bogotá. Las riñas callejeras se ven a cada rato. El consumo de licor y la moda de que los adolescentes anden en pandilla contribuyen a este tipo de desórdenes que a veces terminan en hechos violentos. "Ordinariamente llegan a nuestro departamento de urgencias jóvenes con heridas de bala o cuchillo que se han visto envueltos en peleas por cuestión de tragos", dijo a SEMANA un médico de la Clínica del Country, situada a tres cuadras de la conocida zona rosa de la capital.


DE GOLPE EN GOLPE
El general Octavio Vargas Silva había recibido en su despacho varias de las cartas en las que se quejaban del comportamiento de su hijo. A pesar de sus múltiples ocupaciones, este hombre que ha tenido el Cristo de espaldas desde que se posesionó hace cerca de seis meses como director de la Policía Nacional, decidió tomar cartas en el asunto. En varias oportunidades se reunió con su hijo para llamarle la atención y aconsejarlo. Juan Carlos era un joven muy comprensivo, cariñoso con sus padres a quienes siempre escuchaba con atención. Se comprometió con ellos que iba a tener más cuidado. El sabía más que nadie que era hijo de un hombre público que ocupaba uno de los cargos más peligrosos en Colombia y que en ese momento atravesaba por uno de los instantes más difíciles de su vida profesional.
El comandante de la Policía, quien se había hecho famoso por el trabajo que realizó frente al Bloque de Búsqueda que el 2 de diciembre del año pasado dio de baja a Pablo Escobar, estaba por esos días en la picota pública. Las grabaciones de los narcocasetes intentaban involucrarlo en un soborno por el cartel de Cali. Aunque en las grabaciones del periodista Alberto Giraldo con los hermanos Rodríguez Orejuela nunca se mencionó su nombre, sí se le trataba de relacionar con el alto oficial que sería ascendido en una transmisión de mando y que ese mismo día, en la noche, daría en su casa un open house. Semejante acusación tenía al general Vargas Silva más que preocupado.
Pero no solo recibió ese golpe. Por eso mismos días el general Vargas Silva emprendió viaje a Estados Unidos a una reunión con los altos oficiales de la DEA quienes tres meses atrás lo habían invitado para conocer de cerca la lucha que había librado la Policía contra el narcotráfico. El general fue plantado por los funcionarios de la DEA y tuvo que regresar al país para hacerle frente a la situación. Las cosas no pararon ahí. Unas semanas más tarde explotó otro escándalo. Más de un centenar de oficiales y agentes de su institución aparecieron en una supuesta nómina que era pagada por el cartel de Cali. Rayos y centellas cayeron de nuevo sobre la Policía y el general Vargas Silva tuvo que ponerle de nuevo el pecho a la tormenta.


LA TRAGEDIA
En las últimas semanas la situación comenzó a calmarse. Las medidas adoptadas por él y su equipo de asesores estaba logrando volver a poner la casa en orden. El jueves pasado tenía programada en su agenda una reunión con el Ministro de Defensa y el alto mando para analizar en conjunto algunas de las medidas que unos días atrás se habían comenzado aplicar.
Ese día, su hijo Juan Carlos salió temprano para la universidad. Fue la última vez que se vieron. El joven estuvo toda la mañana en clases y al medio día partió rumbo a la zona rosa en compañía del hijo de otro general de la Policía y una amiga en común. Pasada la una de la tarde llegaron al bar restaurante Coconuts, donde almorzaron.
Allí se encontraron con otros amigos y durante buena parte de la tarde estuvieron departiendo. "Estuvimos hablando de todo un poco, de la universidad, de la rumba para ese fin de semana, de muchas otras cosas. Hacia las cuatro de la tarde, pedimos unos tragos y la rumba comenzó a animarse", contó a SEMANA uno de los amigos de Juan Carlos Vargas.
Hacia las nueve de la noche la fiesta estaba muy animada. Juan Carlos había llevado un teléfono celular que terminó por convertirse en el juguete de los jóvenes. Pero los cosas empezaron a complicarse cuando el hijo del general sacó un pequeño revólver y comenzó a jugar con él. "La gente le gritó que lo guardara, que esa vaina era muy peligrosa y mucho más con tragos. Pero él no hizo caso", contó uno de los jóvenes que estuvo en la reunión.
Cuando Juan Carlos sacó el arma, lo primero que hizo fue quitarle el proveedor donde se almacenan las balas. Lo guardó en uno de sus bolsillos y le dijo a sus amigos que no se preocuparan que el arma estaba descargada. Los jóvenes estaban sentados en una terraza del restaurante que da a la calle y por eso varias personas que pasaron por el lugar vieron cómo Juan Carlos Vargas jugaba con su arma.
En uno de esos juegos se colocó el cañón de la pistola entre la boca. Llevó uno de sus dedos al gatillo y con una leve sonrisa miró a su alrededor. Los muchachos permanecieron tranquilos porque sabían que el revólver no tenía balas. Un ruido seco y el olor a pólvora los dejó aterrorizados. El cuerpo robusto y atlético de Juan Carlos Vargas se desplomó en su silla La sangre salía a borbotones y su respiración comenzó a dificultarse. Los muchachos que estaban a su lado pedían a gritos una ambulancia. Algunos de los clientes se pararon de sus mesas y salieron a la calle en busca de un carro para llevar al herido al centro hospitalario más cercano.
El primer carro que lograron detener fue una camioneta y los amigos levantaron el cuerpo de Juan Carlos con la silla donde estaba sentado y lo metieron al vehículo. La Clínica Country era el lugar más cercano, estaba a tan sólo tres cuadras de donde había ocurrido la tragedia. En menos de cinco minutos llegaron al centro de urgencias. El hijo del general ingresó inconsciente a la clínica y de inmediato un equipo médico se hizo cargo del asunto.
Uno de los amigos se comunicó con el despacho de la dirección de la Policía en busca del general. Allí le contestaron que Vargas Silva se encontraba en una reunión fuera de las instalaciones. Entonces el joven le contó a su interlocutor que Juan Carlos estaba mal herido en la clínica.
Cuando el general Vargas recibió la terrible noticia, pensó que su hijo había sido víctima de un atentado. Por eso al regresar a la mesa de la reunión tenía el presentimiento que había sido asesinado. Cuando el general y su señora llegaron a la clínica, Vargas Silva pidió a sus subalternos que iniciaran de inmediato una investigación para aclarar los hechos. El no podía creer que su hijo en un fatal descuido hubiera perdido la vida. Juan Carlos tampoco imaginó que al quitar el proveedor una de las balas hubiera quedado en la recámara de su arma que terminó por matarlo.

La tragedia que hoy vive el general Vargas Silva se ha repetido en más de una oportunidad. Igual ocurrió con uno de los hijos del asesinado comandante de la IV división del Ejército, el general Carlos Julio Gil Colorado. Veinte días antes de que la guerrilla volara el auto en que se desplazaba el general, su hijo Carlos Alberto, de 25 años, perdió la vida cuando se le disparó su arma.

Pero no sólo la pérdida de uno de sus tres hijos tiene hoy acongojado a uno de los generales más queridos en la Policía. Hace tan sólo dos semanas la hermana de su señora perdió la vida arrollada por un bus intermunicipal que la embistió en el momento en que ella se encontraba despinchando una de las llantas del auto en que se movilizaba de Neiva a Bogotá. Meses atrás, el general Vargas también sufrió un duro golpe con la muerte de su señora madre. Parece que la suerte le está jugando una mala pasada a un hombre que a finales del año pasado logró todos los honores no sólo por haber dado de baja a Escobar, sino por la hazaña de haber salido con vida de esa misión.

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