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| 2/26/2001 12:00:00 AM

Las dos caras de la moneda

Qué diferencias hay para el país entre mantener la negociación política con las Farc y acabar definitivamente el proceso.

Las dos caras de la moneda, Sección Nación, edición 978, Feb 26 2001 Las dos caras de la moneda
Son muchas las columnas de opinión, las declaraciones políticas y las encuestas que piden acabar el despeje del Caguán “porque las negociaciones de paz no dan frutos” y “porque las Farc no tienen voluntad de paz”. Cada vez que parece que el proceso va a colapsar, como sucedió la semana pasada, en lugar de alarmarse se animan y piensan que por fin el país saldrá de esta situación y se empuñarán las armas de la guerra para acabar con los “bandidos”.

Es un péndulo recurrente en la opinión colombiana. Un clima similar se vivió hace una década, después de los diálogos de Tlaxcala y Caracas. Al contrario de aquella ocasión, ahora el gobierno persiste en la negociación y muchos ciudadanos se han movilizado para defender una salida pacífica.

Pero las confrontaciones alrededor de la paz y de la guerra son muy emotivas. Muchos han sufrido las atrocidades de las guerrillas y no soportan verlas convertidas en vedettes políticas. “Es muy fácil ser pacifista desde una oficina del norte de Bogotá, dice alguien cercano al proceso. Otra cosa es para la gente de las regiones que tiene que vivir con el terror y la extorsión”.

¿Quá pasaría si se acabara el proceso? ¿La guerra sería más grave y larga o más legítima y corta? ¿Se pierde o se gana con el fin del diálogo? Después de consultar a varios analistas SEMANA encontró que las opiniones se agrupan en tres escenarios.



Todo sigue igual…

Algunos creen que nada cambiaría si se acaba el proceso. La guerra seguiría igual, las Farc continuarían volando pueblos, secuestrando. Los militares seguirían propinando algunos golpes y sufrirán derrotas y los ‘paras’ seguirían con su política de masacres y control territorial. “Las Farc tienen ingeniería militar avanzada en zonas inhóspitas y por eso pueden aguantar mucho tiempo”, dijo un analista.

“Si no hay diálogo la guerra es la misma, pero no hay esperanza de que se acabe”, dice otro. Pero que todo siga igual no quiere decir que sea bueno. Las cifras son elocuentes: 3.000 colombianos murieron el año pasado en medio del conflicto armado. Hubo 2.800 secuestrados y 300 desapariciones. Es difícil hallar una familia que no haya sido víctima o que no conozca a alguien cercano que haya padecido las consecuencias de la guerra. Y con una guerra lenta sólo continuaría la descomposición social del país.



Se agudiza la guerra

Cerrar la válvula de escape que representa hoy el Caguán y las madres de secuestrados no tengan a dónde ir a reclamar, ni los medios a quién pedirle cuentas, ni las Farc a dónde ir politizando su guerra, ni un lugar donde los ciudadanos los desmitifiquen y vean el alcance de sus propuestas es para algunos la vía segura para desatar los perros de la guerra sin control. Y coinciden varios analistas en que, más que la guerra abierta, se dispararía la sucia.

“Puede que muchos aquí en Bogotá no estén tan radicalizados pero en el campo la gente está decidida a irse a la guerra, y de hecho pagan para librarla. Sin proceso se sentirían aún más libres para emprenderla”, dice un defensor del proceso. De ahí que se diga que las Farc tienen planes de ataque si hay rompimiento. “Le darían duro inmediatamente a las dirigencias políticas regionales donde tienen disputas territoriales, sostiene un académico. Esto a su vez traería retaliaciones”.

Los actores del conflicto tratarán de cobrar el fracaso del proceso, se incriminaría a los que tuvieron una u otra posición: periodistas, líderes sociales, ideológicos, académicos, gente del común. Los que hoy son amigos del proceso serían los enemigos de los impulsores de la guerra. Los desestabilizadores promoverían la polarización de la sociedad para estimular la contienda civil. Esto concluiría en más exiliados y desplazados internos, en más corrupción y degradación de la guerra.

El gobierno Pastrana, que apostó todo a la paz, quedaría muy debilitado. Tendría que cambiar radicalmente su plan de gobierno. Se pasaría a una economía de guerra. El apoyo internacional al proceso de paz de parte de Estados Unidos y de Europa sufriría un serio revés. No hay que olvidar que el primer componente del Plan Colombia es la negociación política.

La televisión seguiría siendo el instrumento más usado por los actores del conflicto, especialmente los guerreros, coinciden varios expertos. Obsesionados por las primicias, los noticieros harían lo que ya han venido haciendo en gran medida: abrir sus cámaras, sin contexto ni distancia, a Castaño o ‘Jojoy’. La diferencia es que no habría nadie que hable ni de paz, ni de negociación, ni de diálogo.



Se gana la guerra

También están los convencidos de que si se rompen los diálogos Colombia estaría preparada por fin para librar una guerra eficaz y corta que lleve a las guerrillas y demás actores armados a la rendición. Es lo que opinan algunos sectores dirigentes que creen que el Plan Colombia y el apoyo militar estadounidense harán toda la diferencia.

También lo dicen fuentes militares, que prevén que la guerrilla lanzaría una fuerte ofensiva que se prolongaría durante un mes y medio. “Después de ese tiempo militarmente empezarán a ceder”, dijo una de ellas. Este lapso coincide, según los militares, con el tiempo en que tardarán en recuperar los 42.000 kilómetros cuadrados de la zona de distensión.

Señalan además los generales que tanto los recursos adicionales que les brindará el Plan Colombia como los soldados profesionales, que aseguran serán 50.000 a final de este gobierno, y toda la reciente reestructuración de las Fuerzas Armadas, les darán una capacidad bélica que nunca antes tenían.



Al final…

Perder el diálogo significa perder un espacio donde —con todas las críticas que se le puedan hacer— se construye una esperanza. Y eso no quita que, como dijo un experto en seguridad, un Ejército con mayor tecnificación y mejor dotación y Plan Colombia podrá ser el garrote que acelere la zanahoria de los diálogos. “Si las guerrillas y el gobierno empiezan a percibir que les va mejor conversando que no haciéndolo, tendrán más incentivos para continuar en la mesa y eventualmente buscar acuerdos. Es la lógica de todos los procesos de negociación”, dice un experto en la materia. Perder el diálogo también significa aislar a Colombia como un paria violento. El país seguiría en su agobiante espiral de violencia hasta que dentro de una década, por la descomposición social y el terror, vuelva a clamar por un nuevo proceso.

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