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| 5/18/2002 12:00:00 AM

Las trampas de la 'yakuza'

SEMANA publica el fragmento de un escalofriante libro de Juan Carlos Giraldo sobre la trata de colombianas en Japón.

Las trampas de la 'yakuza' Las trampas de la 'yakuza'
Justo en medio de la avenida, Eisuke descubrió a una joven con la que había mantenido relaciones meses atrás. Miguel Angel también la conocía. Era Cristina. Con ella había actuado en un teatro de Tokio. Se sorprendió de verla ofreciéndose en la calle, y al respecto le preguntó cuando se acercó para saludarla.

La caleña se mostró apenada, pero aun así dejó traslucir cierta alegría. Sorprendida por el inesperado encuentro, le comentó que llevaba varios meses trabajando en las calles, no sólo en Nagoya sino también en Tokio, donde había recorrido las más renombradas casas de prostitución. Le contó que con sus actividades en los teatros y omisés había logrado pagar la deuda al manilla, y que ahora en la calle buscaba ganar dinero en mayor cantidad y en el menor tiempo posible.

Dos veces había escapado de la policía de Inmigración. La primera de ellas en la calle Shinokubo de Tokio, la más conocida y visitada por los clientes del sexo de la ciudad. Había sido un alto precio a su novatada, pues recién llegada ofreció sus servicios a un cliente con una pregunta demasiado directa:"¿Hoteru iku?", es decir, "¿Vamos al hotel?". Contó con tan mala suerte que el supuesto interesado era nada menos que un policía encubierto, quien de inmediato esgrimió su identificación oficial. Cuando el agente sacó de su bolsillo trasero las esposas, la confundida Cristina echó a correr tirando a un lado sus zapatos de tacón alto y alertando a gritos a las demás prostitutas que se encontraban en el lugar. "Inmigración, Inmigración", gritaba la asustada caleña, mientras huía rauda y veloz. Desesperada, tomó por la calle Fuji Jinkuwo y buscó El Son de Azúcar, discoteca de un japonés de la yakuza conocido como Doi. El lugar era frecuentado por colombianos, peruanos e iraníes, y servía de escondite a las prostitutas perseguidas por los uniformados, pues encontraban refugio en la oscuridad del sitio.

Cristina protagonizó su segunda fuga en la calle Ikebukuro. Esta vez la policía había planeado un detallado operativo para detener y deportar a unas 60 colombianas que ocupaban los andenes de la avenida. Pero los detalles de la gigantesca operación se filtraron y un shimpira enviado por un jefe yakuza alcanzó a alertarlas minutos antes de que comenzara la acción oficial. Cristina escapó en una bicicleta que había comprado especialmente para casos como ese. Cabe aclarar que casi todas se movilizan en bicicleta desde sus apartamentos hasta sus sitios de trabajo. Así, además de economizar dinero en transporte, garantizan una alternativa de fuga rápida y efectiva, pues pueden escapar en contravía o perderse en pequeños callejones.

En esa oportunidad Cristina pudo ver cómo tras ella quedaba un caos indescriptible en el que se confundían patrullas policiales, agentes y mujeres que despavoridas corrían entaconadas o a pie limpio de un lado a otro. Según le contó a Miguel Angel, de aquella redada 25 resultaron capturadas y luego fueron deportadas a su país.

Con el tiempo, Cristina había aprendido a sobrevivir en ese medio. Aunque el ejercicio de la prostitución ofertándose a los transeúntes es la más rentable de las modalidades del trabajo sexual en Japón, también resulta la más peligrosa por las acciones policiales, las bajas temperaturas que hay que enfrentar, la aparición de clientes con extrañas y peligrosas aberraciones y la presencia de shimpiras que acechan y amenazan con golpizas. Para una joven como Cristina, el 'sueño japonés' puede terminar fácil y rápidamente en una calle.

Muchas han caído en operativos de Inmigración sin haber superado los 15 primeros días de trabajo en suelo nipón. Como de todas formas queda una deuda económica sin saldar, los manillas se encargan de conseguirles nuevos documentos para entrarlas otra vez y así recuperar su inversión. Este sistema de cambio de documentos es reiterativo y las prostitutas lo usan con frecuencia cuando conocen los contactos que los manillas tienen en sus países de origen y han aprendido a utilizar sus métodos ilegales.

El peligro que representan los shimpiras es diario y continuo. Estos matones trabajan bajo órdenes de un yakuza que se apropia de algún sector público donde se ubican las mujeres. Su misión principal es cobrar una especie de impuesto obligatorio para la prostituta que haya decidido laborar allí. Así estén independizadas y hayan saldado su deuda con el manilla, ellas deben pagar por una supuesta protección. Cuando una se atreve a preguntar de quién las van a proteger, los shimpiras responden con descaro: "De nosotros", y proceden a golpearla para que entienda la lección y sepa que la amenaza va en serio.

El impuesto oscila entre 3.000 y 5.000 yenes, dependiendo de la ubicación y concurrencia de la calle. El pago debe hacerse a diario. El shimpira de turno comienza el recorrido por el sector entre las 8 y 10 de la noche acompañado de dos compañeros y con una lista donde aparecen los nombres de todas las mujeres que frecuentan la zona. Si una de ellas no llega, al día siguiente deberá pagar el impuesto por el día que no se presentó a trabajar más el de la nueva jornada. Cuatro incumplimientos en el pago pueden ocasionar no sólo maltrato físico y de palabra sino la expulsión de la calle. Si una prostituta nueva no se reporta de inmediato, es golpeada: ellos presumen que les está robando. Estos cobradores 'profesionales' siempre andan en grupo y armados de bates de béisbol de aluminio o madera, y en casos extremos, de cuchillos y katanas, nombre de las espadas japonesas. Es extraño que los shimpiras puedan ejercer su control y sus represalias en completa impunidad, sin ser requeridos por los policías que constantemente patrullan los sectores donde se ejerce la prostitución.

Miguel Angel recordó el caso de Jeimi, joven bogotana que conoció en el apartamento de una amiga común, en Nagoya. Estaba allí mientras se recuperaba de las lesiones infligidas por un shimpira. Según contó, una gripe adquirida durante el fuerte invierno la obligó a quedarse en casa y no pudo asistir durante tres días seguidos a la calle donde trabajaba. Cuando pudo regresar, fue abordada por uno de estos cobradores, que no sólo le reclamó por las ausencias sino que le exigió el pago de los tres días de impuesto, pese a que las demás mujeres le habían advertido de la enfermedad de su colega. Jeimi se negó a pagar, primero porque no tenía dinero, y segundo porque su ausencia fue obligada. El shimpira la golpeó salvajemente en el rostro, y luego un segundo hombre que se encontraba esperando sacó un bate de la cajuela del auto y la emprendió a garrotazos contra la indefensa mujer. Todo ocurrió ante la mirada de las demás prostitutas, transeúntes y clientes que deambulaban por el sector.

Es una escena que se repite con frecuencia en las zonas de tolerancia de las principales ciudades de Japón. Jeimi sufrió fracturas en sus piernas, rompimiento del tabique y dislocación de la mandíbula. Permaneció encerrada en el apartamento de su amiga, viviendo de la caridad de sus coterráneas y sin posibilidad de dar aviso a su familia en Bogotá, y mucho menos a las autoridades policiales, que a cambio de castigar a los culpables la habrían entregado a Inmigración para que iniciara el proceso de deportación. Tres meses después, ya recuperada, se sintió con fuerzas para volver a ejercer su oficio.

Otro riesgo que las persigue al ofrecerse públicamente es el de encontrarse con individuos que una vez están a solas con ellas en una habitación sacan a relucir sus perversiones y aberraciones sexuales. Como aparentan ser personas normales, ellas aceptan sin ningún reparo y los acompañan al hotel. Se conocen casos de sujetos que las obligan a inyectarse heroína o a aspirar humo de cristal (cocaína cristalizada). Una vez sus víctimas se encuentran bajo el efecto del estupefaciente, abusan de ellas para luego huir del lugar sin pagarles un yen.

Ante el incremento de estos casos, las colombianas han optado por andar en grupos de tres o cuatro, y usan un sencillo sistema de comunicación para alertar a sus compañeras si están en peligro: las que están afuera saben que si pasado un determinado tiempo no hay señales de la que está con el cliente, puede estar ocurriendo algo extraño; o quien corre el riesgo simplemente anuncia que se encuentra en aprietos mediante un grito. El hecho de permanecer en grupos también les permite detectar con mayor rapidez la presencia de uno de estos personajes, pues puede ocurrir que una de ellas lo reconozca por haber sufrido sus abusos con anterioridad. De ser así, de inmediato alerta a las demás.

Pero no sólo los hombres constituyen un factor que juega en contra de la seguridad, salud y permanencia de las colombianas en las calles del Japón. Las bajas temperaturas de otoño y de invierno se convierten en el enemigo número uno. Si salen a ofrecerse muy cubiertas de abrigos y ropa especial para el frío, el cliente puede no fijarse en ellas. Por lo general, las temperaturas inferiores a 10 grados las obligan a salir con gorro, orejeras, guantes, abrigos largos y botas. Atraer la atención en estas circunstancias es casi imposible. La nieve no sólo dificulta aún más el trabajo, sino que reduce la demanda. La presencia de gente en las calles es escasa y automáticamente se rebajan las tarifas. Cuando algunas deciden usar trajes más ligeros y sensuales, corren el riesgo de contraer fuertes gripes y hasta pulmonías que las obligan a permanecer en casa por el resto de la temporada invernal. Deben entonces vivir de los ahorros, de la caridad de las amigas o de préstamos de los manillas. La deuda con éstos se incrementa y la posibilidad de terminar el pago se hace más lejana.

Todos estos elementos hacen que las trabajadoras callejeras sufran en alto grado de estrés. Poco a poco, por consejos de amigas, de los mismos clientes o por iniciativa propia, intentan buscar salida en el consumo de drogas o de alcohol. Con frecuencia se vuelven adictas y es muy común hallarlas ebrias, bajo los efectos de la marihuana, el hachís o la cocaína que consiguen de manos de los distribuidores iraníes y colombianos.

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