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| 6/3/1991 12:00:00 AM

LLEGA UN DURO

El reemplazo de Maturana en la Constituyente es una de las leyendas vivas del M-19.

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Su llegada a la Constituyente causó cierta sorpresa. Todos habían oído hablar de él pero no todos lo conocían. La primera impresión fue la de que se trataba de una combinación entre Pancho Villa y Juan Valdez. La corrosca, el bigote espeso, la pinta campechana, despertaron en la Asamblea una simpatía comparable a la que se vivió en el momento en que hicieron su aparición Muelas y Rojas Birri.
Aunque físicamente Marco Antonio Chalita puede ser una combinación de Pancho Villa y Juan Valdez, la analogía con esos personajes no se limita a la apariencia. El constituyente que reemplazó a Maturana es -en la vida real- mitad revolucionario y mitad campesino.

De extracción humilde, de apariencia hosca y poco hablador, Marco Antonio Chalita, 43 años, es esencialmente un hombre del campo. Su padre, un indígena del Caquetá, llegó al Huila metido en un canasto porque sus padres huían de la violencia. Allí creció y tuvo su hogar casándose con una blanca. De ese matrimonio nacieron 11 hijos y sólo se criaron ocho.

Cuarto de esa familia, creció como hijo de colono, en unas condiciones de vida precarias. La familia se volvió al Caquetá y ahí comenzó a destacarse como líder agrario, más por su intuición y sentido de la supervivencia que por sus dotes de orador o por sus conocimientos. Fue dirigente comunal, fundador del Sindicato de Trabajadores Agrarios del Caquetá y activista político.

A los 30 años, sin embargo, llegó a la conclusión de que los cambios que requería Colombia no se podrían obtener solamente a través de la política. Ahí fue cuando decidió meterse al eme. Su enlace fue Boris (Gustavo Arias Londoño), con quien sostenía una relación cordial. Este último lo convenció de que por las buenas no se iba a llegar a ninguna parte y de que lo mejor era jugársela toda y echarse el fusil al hombro.

Los últimos 13 años de su vida los pasó en el movimiento guerrillero. Era un duro y fue ascendiendo rápidamente. Con Boris y Germán Rojas, fue uno de la Troika de los tres comandantes del frente sur. Con ellos dirigió la toma de Florencia del 13 de marzo de 1984 . También estuvo en Yarumales, en diciembre de 1989 en donde durante 22 días en acción defendió a su gente echando plomo sin parar. Todos estos episodios le dejaron dos huellas imborrables: una esquirla le penetró la rodilla y una bala le rozó la cara.

Su participación en estas acciones militares lo convirtió en uno de los escasos hombres legendarios con vida que quedan del M-19. Por esto su ingreso a la Constituyente, aunque ha pasado relativamente inadvertido para la opinión pública, es considerado un evento de mucha trascendencia dentro de los militantes del antiguo movimiento guerrillero.

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