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| 3/16/1992 12:00:00 AM

LOS BEVERLY RICOS

Una pareja de humildes campesinos costeños está a punto de ganarse 38 mil millones de pesos.

LOS BEVERLY RICOS LOS BEVERLY RICOS
HACE UNOS MESES LOS COLOMBIANOS SE sorprendieron ante el hecho de que 12 distinguidas familias bogotanas fueran a beneficiarse de una fortuna de 25 mil millones de pesos, gracias a las regalías por la explotación de los pozos petrolíleros de Cusiana. Ahora acaba de pasar casi inadvertido un caso aún más insólito. Se trata de un campesino paupérrimo de la costa Atlántica que está a punto de ganar un pleito sobre la posesión de un terreno, vecino del aeropuerto de Cartagena, cuyo valor se estima en 38 mil millones de pesos. El afortunado es Manuel Tejedor, un hombre humilde que nació en La Boquilla, un pueblo polvoriento y olvidado donde viven los pescadores de Cartagena. Sus gruesas y encallecidas manos son el testimonio de 75 años de lucha contra la pobreza. Esa que se llevó a tres de sus 14 hijos. La misma que hoy lo tiene postrado en una cama, semiparalizado, por una vieja lesión en su espalda. Ha sido una pelea desigual. Pero a su edad todavía está convencido de que en juego largo hay desquite.
Y todo parece indicar que tendrá la razón. Ese hombre, que decidió cambiar su profesión de cazador de iguanas por la de agricultor, está a las puertas de convertirse en un multimillonario. Algo que nunca hizo parte de sus sueños. A lo único que Tejedor aspiraba era a tener un lugar donde instalar un rancho. Un domingo, hace 38 años, en una de sus jornadas de cacería, con el agua hasta el cuello y crucificado por los zancudos, tuvo la corazonada de que allí, en ese terreno selvático a orillas del mar Caribe y a unos pasos del aeropuerto de Cartagena, estaba el futuro de sus 11 hijos, 74 nietos y 27 bisnietos. Por eso, desde ese mismo día y dyrante tres años se metió a tumbar monte a punta de machete y azadón. Ni siquiera el paludismo y las cantaletas de su mujer Josefina, una matrona de armas tomar, lo hizo retroceder. A la vuelta de unos años convirtió ese monte en unas tierras productivas que le han dado de comer no sólo a su familia, sino a muchos amigos pescadores que decidieron colgar la atarraya porque ya no se conseguía pescado ni para la comida de la casa.
Pero han sido años muy difíciles pues la tierra le ha jugado sus malas pasadas. Como ocurrió en 1980 cuando decidió probar fortuna con el sembrado de frutales y la sequía terminó por hundirlo más en la pobreza. Cuando los arbustos crecieron y estaban a punto de dar cosecha, un aguacero diluvial arrasó no sólo con el cultivo sino con los pocos pesos que tenía. Entonces decidió probar suerte en su chalupa como pescador. Pero las cosas tampoco resultaron y terminó con una pulmonía crónica que lo tuvo al borde de la muerte. Ese día comprendió que su destino era la tierra y volvió a lo suyo con la esperanza de que esta vez las cosas iban a salir mejor. Con los años se convirtió en el vendedor de frutas más requerido en Cartagena. Con su carretilla recorría las calles de La Heroica ofreciendo sus productos, cuya venta apenas le daba para alimentar a sus hijos. Fueron muchos años de trabajo recompensados por unos cuantos centavos, que nunca fueron suficientes para completar el diario de su familia. Pero Tejedor nunca desfalleció. Por el contrario, siempre creyó que un día esas tierras que domó a punta de machete le iban a dar fruto.
Hace tres años Manuel Tejedor comprendió que ya era un hombre viejo. A su edad, en sus noches de insomnio, que cada vez eran más frecuentes, la muerte rondaba como un fantasma. En una de esas desveladas tuvo otra corazonada. Y como en aquel domingo de pesca, cuando decidió montar su rancho en ese terreno baldío, decidió que antes de irse a la tumba tenía que legalizarlo para dejarlo de herencia a su familia. Entonces recurrió a un primo suyo, que hacía poco se había graduado de abogado y que a falta de trabajo se había metido a crear una fundación para la defensa del patrimonio étnico de los palenqueros. "Le dije: si usted quiere asegurar el futuro, también tiene que luchar por estas tierras. Yo lo hice al rayo del sol, ahora a usted le toca enfrentar las vainas con la ley", contó Tejedor a SEMANA.
El abogado Dionisio Miranda aceptó el caso y elevó una demanda ante el Juzgado Cuarto Civil del Circuito de Cartagena, solicitando la declaratoria de pertenencia del terreno donde Manuel Tejedor había habitado por 38 años. Durante un año el juzgado se dio a la tarea de recopilar información para determinar, si además de Tejedor, había otra persona o entidad que reclamara la propiedad del terreno. Se recibieron los testimonios de personas que bajo juramento manifestaron que Manuel Tejedor era el dueño y amo de ese predio en el cual había vivido más de 30 años. El juzgado comisionó a un grupo de peritos para que realizaran una visita al terreno y rindieran un informe. Unas semanas después los peritos certificaron que la tierra reclamada por Tejedor estaba cultivada de yuca, plátano y palmas de coco y que las mejoras que tenía no eran trabajo de unos cuantos meses sino una labor de muchos años. Igualmente, el juzgado publicó edictos en el diario La República, en los que se informaba a la opinión pública sobre la petición de Tejedor y solicitaba información sobre si había alguien que se opusiera a dicho reclamo. El siguiente paso que dio la justicia fue abrir un debate probatorio con el fin de insistir sobre si había alguien más reclamando la propiedad de los terrenos. Durante el tiempo que se dio para la diligencia judicial nadie se hizo presente.
Por eso, a comienzos de marzo de 1990, el juzgado determinó que todas las diligencias legales se habían cumplido y que las pruebas aportadas al proceso eran suficientes para dictar una sentencia que ponía punto final al proceso. Sin embargo por esos días se realizó una reestructuración de la justicia en Cartagena y al Juzgado Cuarto Civil llegó nuevo juez. Evelin Caballero comenzó a manejar el proceso y, a pesar de que estaba listo para dictar fallo, la juez decidió ampliar el plazo de pruebas e indagar más sobre el asunto, con el fin de tener una mayor certeza sobre la decisión que se iba a tomar. El caso se abrió durante otro año. Se repitieron cada una de las diligencias y los resultados fueron similares a la primera etapa del proceso: nadie más se hizo presente para reclamar la propiedad.
Pero cuando se vencieron los términos legales del proceso y el juzgado estaba a punto de dar su veredicto, apareció la Aeronáutica Civil reclamando los terrenos. A pesar de que su solicitud se hizo fuera del tiempo establecido por la ley, la juez decidió ampliar de nuevo el período de recolección de pruebas y recibir la documentación que poseía la Aeronáutica Civil. "Las pruebas que presentó la Aeronáuticann no fueron contundentes. No tenían la justificación ni las luces para demostrar que esos terrenos eran de propiedad de la entidad oficial. Ni siquiera el Instituto Agustín Codazzi, al cual acudimos para establecer si ese terreno estaba inscrito a favor de la Aeronáutica, tuvo claridad sobre el asunto. La escritura que se presentó por parte de la entidad oficial, como prueba contundente para demostrar la posesión del terreno, tampoco tenía fundamento. Los peritos establecieron que los linderos de los que habla dicho documento; no correspondían al predió que reclamaba el señor Tejedor. Se solicitó a la Aeronáutica un plano sobre el terreno, que nunca entregó al juzgado", dijo a SEMANA la juez Evelin Caballero.
Por eso, el 16 de enero de este año, el Juzgado Cuarto Civil del Circuito de Cartagena dio su veridicto a favor de Manuel Tejedor Farías. Era la primera vez que la suerte le sonreía a un hombre que nunca se dio por vencido. Ya tenía el 50 por ciento a su favor, sólo restaba que el Tribunal Superior de Cartagena confirmara el fallo que había proferido el Juzgado de Circuito. Era cuestión de esperar y para Tejedor unos días o unos meses más, no importaban. Ya habían pasado 75 años esperando que la suerte por fin le jugara una buena partida.
Sin embargo, las cosas no fueron como él las pensó. La Aeronáutica Civil, por intermedio de sus abogados, apeló la decisión de la juez Evelin Caballero y reclamó la propiedad de los terrenos con el argumento de que son un bien de uso público, que no se puede entregar a particulares. El administrador del aeropuerto de Cartagena, Alvaro Navarrete, insiste en que la Aeronáutica Civil sí presentó al juzgado la documentación que demuestra quién es el verdadero dueño de esos predios. "No me explico cómo la juez falló en contra de la Nación. La administración del aeropuerto demostró al juzgado que desde 1989 venía realizando denuncias sobre la presencia de intrusos en esos terrenos, que fueron comprados por la Aeronáutica a la compañía Avianca en 1956. Este fallo es parcializado y el Tribunal Superior de Justicia de Bolivar lo va a demostrar durante la segunda instancia del proceso, que se iniciará en las próximas semanas", dijo Navarrete.
Pero más allá del reclamo de la propiedad, un nuevo elemento ha entrado en juego. Quizás el más poderoso de todos: el valor de esos terrenos. En ese sector las autoridades del departamento de Bolívar planean realizar una serie de obras de desarrollo urbano, que incluven la terminación de la carretera que unirá a Cartagena con Barranquilla. Igualmente se construirá un anillo vial para descongestionar la ciudad y en la esa misma zona se desarrollan importantes proyectos turísticos. Esto significa, en plata blanca, que el terreno donde hoy se debate en la pobreza absoluta Manuel Tejedor, tiene un costo de 200 mil pesos el metro cuadrado. Es decir, que el valor de las 19 héctareas asciende a la astronómica suma de 38 mil millones de pesos. Una cifra que no cabe en la cabeza de un hombre que a duras penas ha tenido con qué comprar el pan y la panela para no dejar morir de hambre a sus hijos.
Como en la historia de los Beverly ricos, que un día salieron a cazar conejos y descubrieron accidentalmente que sus improductivas tierras estaban repletas de petróleo, Manuel Tejedor está sentado en una mina de plata a la que ya muchos le han puesto el ojo. "Esta vaina no vale un peso. Yo lo único que quiero es morir aquí y que mis hijos tengan dónde echar las paredes de un rancho. Con todo este cuento de la plata, lo único que se va lograr es que me quiten la tierra donde dejé mi vida tratando de volverla productiva. ¡Que se vayan al carajo los proyectos de desarrollo y toda esa vaina que ahora le meten!", dice Tejedor mientras se soba su adolorida cintura.
Recostado sobre su rancho de bahareque, que está a punto de irse a tierra, Tejedor se lleva las manos a la cara y dice: "H.p. cómo es la vida. Yo muriéndome aquí de este dolor tan verraco, sin un peso para ir al médico y ahora vienen con el cuento de que esta tierra me convertiría en uno de los hombres más ricos de Colombia. Eso no lo cree nadie. Esas son vainas de los doctores que me quieren echar de aquí como a un perro".
Pero ahora, lo que más le preocupa es que se diga que él es un hombre rico. "Esa joda me tiene asustado porque de pronto les da por secuestrarme. Qué tal que vengan por mí y decidan matarme porque no tengo ni un billete para pagar el rescate", dice, mientras deja al descubierto el cinto donde guarda con recelo un viejo revólver cargado con un solo proyectil porque no tuvo plata para comprar más munición.
Para Tejedor, la plata es lo de menos. Ni siquiera sabe escribir la cifra astronómica que está en juego porque es un hombre analfabeta. Lo único que él quiere es un terreno donde morir en paz.

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