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| 3/4/1996 12:00:00 AM

LOS COSTOS DE LA CRISIS

MUCHO SE HA HABLADO SOBRE LOS COSTOS ECONOMICOS DE LA GRAVE SITUACION POR LA QUE ATRAVIESA EL PAIS....

LOS COSTOS DE LA CRISIS LOS COSTOS DE LA CRISIS
Ojo que no mira más allá no ayuda al pie" dice una conocida canción de Silvio Rodriguez. Y aunque hoy en día el nombre de ese cantautor resulte un tanto anacrónico, la frase adquiere una gran relevancia en medio de la crisis que atraviesa Colombia. Por andar averiguando qué congresistas fueron al coctel del Presidente o cuántos días se puede vivir a punta de agua sobre una curul, casi nadie se ha detenido a pensar en los inmensos costos que este difícil proceso representa para Colombia. Lo cierto es que la crisis está abriendo heridas en los terrenos más sensibles de la vida nacional, desde la economía hasta las relaciones internacionales. De qué tamaño serán las heridas y cuánto tardarán en sanar, depende en buena medida de la manera como se supere la actual coyuntura. Pero si algo es seguro es que quedarán cicatrices.
El Gobierno y la Política
"Nunca está más oscuro que antes de amanecer", dice el adagio. Y ojalá que esta vez sea así, porque el sistema político, en deterioro desde hace décadas, está en su peor momento. Una muestra de ello es que los términos de negociación del gobierno con las fuerzas políticas se han vuelto inmanejables. Como lo señaló a SEMANA un alto funcionario gubernamental el jueves pasado "el chantaje burocrático del Congreso hoy no tiene precedentes". A pesar de los aplausos de buena parte de la bancada liberal el martes pasado al presidente Ernesto Samper, lo cierto es que el alto gobierno reconoce que son muchos los parlamentarios que se están aprovechando de la debilidad del gobierno.
Los partidos, por su parte, se encuentran fragmentados por la propia crisis, pues sus bancadas están divididas entre quienes están o pueden llegar a estar vinculados al proceso 8.000 y quienes nó, algo que complica seriamente la capacidad de negociación del gobierno en el Congreso, pero que, pensando en el largo plazo, es aún más grave pues en estas circunstancias es difícil creer que cualquiera de los dos partidos tradicionales pueda llegar a una próxima elección con un mínimo de credibilidad.
¿Y el Congreso?
Ya se ha vuelto un lugar común señalar que tiene una oportunidad histórica para sanearse y recuperar legitimidad. Sin embargo, lo observado la semana anterior al comenzar las sesiones parlamentarias extraordinarias, ha llevado a varios analistas a mostrar un marcado escepticismo respecto a la posibilidad de un brusco y positivo giro en el Capitolio. En suma, como van las cosas, la actual crisis va a dejar al sistema político en serias dificultades y con una legitimidad casi insignificante.

La guerrilla y el narcotráfico
Y es que el problema de la legitimidad de las instituciones se puede reflejar en frentes muy delicados. La crisis representa una inmensa oportunidad para los actores al margen de la ley, como la guerrilla y el narcotráfico. Mientras más crece la mancha de corrupción y dinero ilegal sobre el gobierno, más pierde éste la legitimidad necesaria para combatirlos. En palabras del exministro y académico Fernando Cepeda, "el mayor logro político que había obtenido la sociedad colombiana contra la guerrilla, tras décadas de lucha, había sido el demostrar que la lucha armada había dejado de ser un fenómeno ideológico para convertirse en un negocio altamente rentable: el de la narcoguerrilla." Ahora, cuando la legitimidad de todo un gobierno se encuentra en tela de juicio por el uso de dinero del narcotráfico en la financiación de su campaña, ese logro se ha ido al suelo, y con él la legitimidad del Estado para combatir la subversión. Y los resultados ya están a la vista: en una conferencia radiotelefónica entre dos miembros de la dirección nacional del Ejército de Liberación Nacional (ELN), interceptada por el Ejército a mediados del año pasado, de la cual tuvo conocimiento SEMANA, los líderes guerrilleros planteaban como elementos centrales de la estrategia de su organización "las contradicciones internas de la narcoburguesía" y "la crisis de legitimidad del narcogobierno". Este fortalecimiento de la posición guerrillera resulta especialmente grave si se tiene en cuenta que las cifras que se barajan entre distintos analistas sobre reclutamiento subversivo señalan un aumento de casi 50 por ciento en los últimos dos años. Un fenómeno similar se presenta en el caso de la lucha contra el narcotráfico. Por donde quiera que se mire, el gobierno -y la sociedad en su conjunto- pierde margen de acción para abordar esta lucha, si se tiene en cuenta que su ascenso al poder se logró en parte con dineros provenientes del tráfico de drogas. Así las cosas, el sentido de las palabras del profesor Cepeda se ha invertido con la crisis, y los sectores al margen de la ley van en coche: no hay nada mejor que enfrentar un enemigo débil y sin legitimidad. En este caso ese enemigo es el gobierno.Relaciones con
Estados Unidos
Para nadie es un secreto que la crisis alterará de manera radical el rumbo de las relaciones entre Colombia y Estados Unidos. Y los hechos ya lo demuestran: mientras media docena de diarios estadounidenses piden la renuncia del Presidente Samper, el embajador Myles Frechette afirma, en declaraciones a la Associated Press: "Colombia necesitará entre 15 y 20 años para determinar todos los sectores que han sido contaminados por la corrupción rampante y entre otros 15 y 20 años para reducir el narcotráfico". Y es que la relación entre los dos países ha girado alrededor del tema de las drogas ilegales desde hace casi dos décadas, en un proceso en el que, en medio de zanahoria y garrote, Washington ha señalado a Bogotá como principal responsable del problema. A pesar de ello, Colombia -en especial después de los trágicos sucesos de 1989- había logrado pasar de victimario a víctima frente a la comunidad internacional, con el inmenso costo del sacrificio de una generación de líderes. Con la crisis todo ese esfuerzo se esfumó y ahora el país aparece como un paria a nivel internacional, siendo objeto de tratamientos como la Orden Ejecutiva del presidente Bill Clinton, que sólo se han aplicado a regímenes como el de Irak o el de Cuba. Lo más grave de todo es que, mientras en Colombia los analistas se devanan los sesos para entender este complejo proceso, la visión desde Estados Unidos no tiene matices. En ese sentido, hechos como el asesinato de Elizabeth Montoya pueden ser interpretados de la peor manera. Prueba de ello son los titulares de las cadenas internacionales de televisión, que prácticamente sugerían que el gobierno había comenzado a eliminar a los testigos claves del proceso 8.000.
Otros efectos sobre las relaciones internacionales
La debilidad en las relaciones internacionales no es sólo con Estados Unidos. El asunto es crítico en especial cuando se trata de discusiones limítrofes. Venezuela ha aprovechado de manera hábil la crisis colombiana para evadir la discusión binacional sobre los problemas de frontera. Inclusive el Canciller venezolano, Miguel Angel Burelli, ha llegado a afirmar que el presidente Samper pretende arrojar una cortina de humo sobre la crisis doméstica: "Ahora se entiende porqué Samper arremetió contra Venezuela: necesitaba un aire, y qué mejor que dirigir la opinión pública hacia nosotros." Si bien no es la primera vez que este tipo de acusaciones se dan en las discusiones entre los dos países, lo cierto es que la tradición había sido que en Colombia se acusara a los gobiernos venezolanos de distraer sus crisis internas calentando el tema del diferendo. Y ahora, por primera vez, el mismo argumento, pero dicho de allá para acá, ha cobrado validez, un fenómeno que refleja claramente la pérdida de capacidad negociadora internacional de Colombia como consecuencia de su crisis. Pero si por el lado de las relaciones con Venezuela llueve, por el de las discusiones con Nicaragua no escampa. Según varios observadores consultados por SEMANA, el envalentonamiento nicaragüense en sus pretensiones sobre San Andrés y Providencia -que ha llevado al gobierno de ese país a amenazar con denunciar el acuerdo de límites ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya- sólo se explica si se asume que Managua considera que el de Colombia es un gobierno debilitado. Y lo peor es que la hipótesis no es peregrina: un diplomático latinoamericano acreditado en Bogotá reveló a SEMANA que el apoyo que los mandatarios del Grupo de Río ofrecieron al presidente Samper en la pasada Cumbre de Presidentes en Quito -apoyo que se reflejó en una gran ovación a su discurso y en una mención explícita en el comunicado final- fue de alguna manera condicionado a que Colombia aceptara discutir con Nicaragua el tema de San Andrés. Una fuente de la cancillería colombiana negó enfáticamente este interpretación. Pero el solo hecho de que en el mundillo diplomático se especule con asuntos como ése indica que las fronteras de Colombia también temblarán por un buen rato por cuenta dela erosión de la credibilidad del país. La actual situación también ha puesto a prueba la capacidad de liderazgo del país en los escenarios multilaterales. Tal es el caso del Movimiento de los No Alineados (NOAL), en el cual 113 países le dieron al presidente de Colombia el mandato expreso de representarlos ante el Grupo de los Siete y de proponer las líneas de acción para reformar el movimiento. Al margen de las dudas que existen sobre el verdadero peso que los NOAL tienen hoy en el escenario internacional -o justamente por ellas- la misión que 113 mandatarios confiaron al presidente de Colombia no es cualquier cosa, y su margen de acción para cumplirla en tiempos de crisis no es muy grande. Un fracaso en este frente sería imperdonable para el país. En palabras del experto en relaciones internacionales, Juan Tokatlián: "Colombia no puede darse el lujo de que el único movimiento internacional de países pobres que ha tenido alguna importancia en la historia de la humanidad se muera en sus brazos."
La economía
En cuanto a la economía, también hay muchas especulaciones. La semana pasada se conoció un estimativo de Fedesarrollo según el cual el costo económico de la crisis sería la pérdida de algo menos de un punto porcentual de crecimiento económico en 1996. Si bien esta reducción en el crecimiento de la economía significa un aumento de un punto porcentual en el desempleo -alejando al gobierno aún más de sus metas en este tema-, las cifras distan de ser motivo de alarma. A pesar del golpe, de cumplirse estos estimativos la economía colombiana habría demostrado una vez más su capacidad de estar por encima de los problemas políticos nacionales. Pero las cosas serían a otro precio si Colombia no obtiene la ansiada certificación de Estados Unidos. En este caso el país tendría una inmensa dificultad para acceder a recursos financieros internacionales, bien sea porque se hace efectivo el veto estadounidense en las entidades multilaterales de crédito, o porque los bancos e inversionistas privados deciden no arriesgar en un país que, en la práctica, perdería el apoyo de Estados Unidos en el escenario económico y financiero internacional. Y eso sí que sería crítico pues la economía tiene para 1996 necesidades de financiación externa superiores a 5 por ciento del Producto Interno Bruto. Una potencial descertificación pondría entonces al país ante el dilema de perder cuantiosas reservas internacionales o devaluar masivamente. En cualquiera de los dos casos la estabilidad macroeconómica se iría al diablo, y con ella las esperanzas de crecimiento de los próximos años.

EDICIÓN 1879

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