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| 4/8/2006 12:00:00 AM

Los hijos de la lágrima

En el área metropolitana de Pereira miles de personas viven de los giros que les envían sus parientes desde el exterior. Casi todos ellos esconden una historia cargada de dolor.

Los hijos de la lágrima Olmedo Ospina y su esposa Rubria llevan seis años a la espera de que el gobierno español permita que sus nietos puedan reunirse con sus padres. Su único consuelo, la discoteca de El Rincón Clásico, el negocio de Olmedo
A Sandra Milena no le cabe ni un tinto de la dicha. Dentro de dos semanas viaja a Suiza para reunirse con su marido.

Medardo, un adolescente, anda contento y muy tranquilo en una pequeña casa de un nuevo conjunto residencial en Dosquebradas. Su mamá vive en España y poco a poco le ha ido aperando su casa. Una nevera, luego el televisor, el 'sueño americano' como caído del cielo.

Dairo es un estudiante de noveno semestre de medicina. Gloria, su mamá, cada mes le manda desde Miami entre 400 y 600 dólares. Con esa plata paga la matrícula y otros gastos de la universidad, la cuota de un carro, el teléfono, y le queda algo para divertirse como un joven normal de clase media acomodada. Tiene 25 años, un título de químico, y vive con su tío, la esposa y dos primos, en la casa de su abuela, que se fue a España hace mucho rato.

La suya es una familia de emigrantes. Su abuelo inició el éxodo hace 10 años y Gloria se fue a Miami hace seis. Ella es modista. Estaba al frente de una empresa familiar de confecciones que quebró como consecuencia de la apertura económica y entonces decidió empezar de cero en Estados Unidos. Un año después, se fue Clara Inés, la hermana menor de Dairo. Él cuenta los días que le faltan para graduarse y poder reunirse con su familia. Ya ha ido tres veces a visitarla y habla con ella día de por medio por lo menos 15 minutos.

Historias como las de Sandra Milena, Medardo y Dairo se repiten 100, 1.000 veces, en un país, que según cálculos que maneja la Asociación de Instituciones Cambiarias de Colombia (Asocambiaria), en 2005 recibió 3.300 millones de dólares en remesas. Y son historias muy comunes en el área metropolitana de Pereira, una comunidad en la que el 16 por ciento de sus familias tiene al menos un miembro en el exterior.

Pero pocas historias tienen final feliz. Más allá de la frivolidad macroeconómica de la multimillonaria cifra se esconde una tragedia social. Basta hablar un rato con Álvaro Ruge, presidente de la Asociación América-España Solidaridad y Cooperación (Aesco) para entenderlo. Él habla de niños que jamás reciben la plata que les mandan sus padres porque se la gastan los tíos. Muchos de ellos crecen sin la guía de un adulto. De jóvenes que se quedan tres, cuatro, cinco años en el limbo, sin hacer nada, a la espera de que sus padres los lleven a vivir con ellos. De emigrantes que integran una nueva familia en el exterior y se la pasan convenciendo a los suyos, a punta de remesas y disculpas difusas, de que ha sido imposible conseguirles papeles para que vayan a a acompañarlos. No son de aquí ni son de allá, le cogen bronca al Estado. Algunos viajan con odio y resentimiento, sobre todo quienes han sido víctimas de la violencia.

Casi toda la plata que llega de afuera se invierte en el día a día, en la necesidad inmediata, en tapar deudas. "Muy poco se ahorra o se invierte y, para completar, de cada dólar enviado, 17 centavos se quedan en intermediarios". Una cifra que no comparte Alfonso Garzón Méndez, presidente de Asocambiaria: "En Estados Unidos un envío no supera el 3 por ciento de comisión y en Europa está al 3,3 por ciento y continúa a la baja".

El Eje Cafetero, con Pereira en particular, es una de las zonas de Colombia donde el fenómeno es más notorio. Desde comienzos de los años 90, cuando se agudizó la crisis del café y la apertura económica puso en aprietos la industria textil, aumentaron de manera dramática las cifras de desempleo. "En la zona está por los lados del 21 por ciento. El año pasado, 3.500 familias se quedaron sin trabajo por la crisis del sector de confecciones", señala Ruge.

Muchos de los avances en bienestar social e infraestructura se debían a los comités de cafeteros. Cuando se acabó la plata, la región comenzó a resentirse. A eso se agrega la violencia, que ha traído grandes oleadas de desplazados, atraídos por el mito de la prosperidad de esta zona.

Y como los paisas no suelen resignarse a las adversidades del destino, miles de ellos se la han jugado entera. En Pereira y otras ciudades del Eje Cafetero y del norte del Valle se multiplicaron las familias que se reunían para mandar a Estados Unidos o, más tarde, a España, al más fuerte, para que se abriera paso en el exterior y enviara plata. De acuerdo con el Estudio sobre Migraciones y Remesas en Colombia, elaborado por Luis Jorge Garay y Adriana Rodríguez Castillo, 79 por ciento de los emigrantes del área metropolitana de Pereira lo hicieron en los últimos 10 años, y más del 60 por ciento, entre 2002 y 2004.

Casi todos los que cuentan historias con final feliz tienen algo en común con quienes se quedaron sin el pan y sin el queso: aceptan hablar luego de pensarlo un rato. Pero no quieren revelar su identidad, ni mucho menos salir en la foto. Llegan desde los barrios de Pereira y Dosquebradas, de pueblos vecinos como La Virginia, Santa Rosa de Cabal y Belén de Umbría, a las oficinas de remesas de los centros comerciales Alcides Arévalo y El Paso, en el corazón de Pereira. Allí, a un paso del Bolívar desnudo de Arenas Betancourt, se sientan en silencio, esperan su turno y rezan porque la remesa haya llegado. Algunos viajan con gran esfuerzo desde lugares lejanos y temen que les digan que el giro no ha llegado, o que vuelvan tres días más tarde porque llegó, pero "en el momento no hay efectivo".

Albeiro es un hombre moreno de 46 años. Su esposa Luz Estela, de 39, viajó a España hace cinco años y desde hace seis meses no se hablan. Lo dice tranquilo, pero una tristeza infinita se apodera de su mirada, como perdida, como si tratara de viajar al pasado para recomponer su presente. "Ella no pensaba irse. Pero nuestro hijo Genaro iba a entrar a la universidad y una amiga que vive en Bilbao la animó a viajar. Ella se fue para poder pagarle la universidad".

Todo esto coincidió con los recortes que les hicieron a los trabajadores al comenzar el actual gobierno. De la noche a la mañana, Albeiro dejó de devengar por festivos y horas extras y su salario se cayó a la mitad. Así que Luz Estela decidió partir. Su amiga le mandó tres millones de pesos, compró tiquetes y empacó maletas. Pocos meses después, Albeiro y Genaro pensaron ir tras ella, pero España ya les pedía visa a los colombianos y no se las dieron.

Luz Estela le paga a Genaro los costos de la universidad y algunos extras. Albeiro está resignado y salta matones con su sueldo. Pero, además, ha descubierto en carne propia lo duro que es mantener en orden un hogar. Ahora, convertido en ama de casa sustituta, madruga a preparar el almuerzo, sale al medio día de su trabajo para almorzar con su hijo, y el sábado, su día libre, termina molido porque lava ropa, cambia cortinas, trapea... "Yo considero que fue un error. Ella nunca se amañó por allá". Pero como tenía que saldar la deuda y Albeiro no estaba en condiciones de pagarle la universidad a Genaro, Luz Estela hizo de tripas corazón y se quedó. Ahora trabaja en una casa de familia. Entre semana cuida a una niña, y los fines de semana, a una señora enferma.

Durante muchos años, Albeiro y Luz Estela hablaron casi a diario. Pero en octubre del año pasado se rompió el frágil vínculo que los unía. "Se acabó todo. Como pareja, como familia". Sabe que si Luz Estela vuelve no volverán a estar juntos. La distancia acribilló el amor.

Ninguno está feliz. Luz Estela vive encerrada en un apartamento. No sale. No tiene amigas. No tiene novio. Sólo trabaja para que Genaro, quien hoy tiene 22 años, se gradúe. Y él también llora a menudo. "¿De qué me sirve la plata si mi mamá no está acá?".

Para Ruge, el problema de fondo es que no existe una política de Estado para los emigrantes. No existen convenios recíprocos, cualquier vuelta en los consulados vale un ojo de la cara. "Para el Estado colombiano es un problema de policía y no de relaciones exteriores". Por ese motivo, Aesco tramita cinco iniciativas ante la Comisión Accidental Migratoria del Senado. "Dicha comisión presentará a debate una propuesta de ley para la gestión integral de la migración colombiana", agrega Ruge.

Aesco, al igual que los ecologistas, piensa global y actúa local. Hoy adelanta un plan con la alcaldía de Dosquebradas para construir un vivienda para familias de emigrantes de la ciudad. El alcalde Uberney Marín Villada, muestra mucho entusiasmo con este proyecto piloto que les permitirá a 151 familias de escasos recursos hacerse a una casa con el esfuerzo del familiar que trabaja en el exterior.

También existen organizaciones como Compartiendo, que desde hace seis años les permite a los emigrantes garantizar que a sus familiares les llegue lo que necesitan. Giran la plata y Compartiendo se encarga de llevarles mercados y electrodomésticos. Además, desde hace un año y medio ofrecen planes de vivienda en varias ciudades de Colombia. De ese modo, los emigrantes, sin someterse a las altas tasas de interés y las exigencias de la banca colombiana, garantizan una casa para sus familiares o para cuando decidan regresar al país. "Esta es una manera de que los emigrantes vean el fruto de su esfuerzo", dice Julián Benítez, director de Compartiendo.

Doña Rubria Ospina sí permite revelar su nombre y que le tomen fotos a ella, a su esposo Olmedo Ospina, dueño de El rincón clásico -un tertuliadero legendario de Pereira-, y a sus nietos Juan Manuel y Ana María. Doña Rubria logró sacar adelante cuatro hijos, pero al quebrar la microempresa familiar, su hijo Olmedo Antonio y su esposa Clemencia Sánchez se fueron a probar suerte a España con Luis Miguel, el hijo mayor, y la dejaron cuidando a los dos menores. "Me los dejaron por seis meses y ya llevo seis años con estos niños". ¿La razón? El gobierno español aún no les permite establecerse con sus padres. Ya tienen una casa grande en Palma de Mallorca con los cuartos listos, pero el viaje, postergado para junio, de pronto se alarga aun más. Hasta diciembre.

Doña Rubria tiene problemas de tensión, una pierna enferma, y ahora debe lidiar con la adolescencia y la rebeldía de sus dos nietos. "Me parte el alma ver cómo lloran esos niños porque no han podido reunirse con sus padres. Esta es una gran injusticia".

Un estrechísimo pasadizo une su casa con El rincón clásico. Allí hay una enorme colección de viejos discos long play de música clásica, tangos, boleros, mientras decenas de retratos en blanco y negro de grandes compositores clásicos comparten la pared con un dibujo aun más grande de Carlos Gardel.

Cae la noche. Doña Rubria, sentada en una de las sillas del local, no puede contener las lágrimas cuando comienza a sonar una canción mexicana: "Ayer muy de mañanita/ tuve que dejar mi tierra/ con el alma hecha pedazos/ me despedí de mi vieja. A un exilio involuntario/ me tocó huir por la pobreza/ siendo mi patria tan rica/ tuve que irme a otra tierra".

En todo el día no ha dejado de llover. Pereira despide un día gris con el scratch y los tristes acordes que salen del tocadiscos de don Olmedo.

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