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| 7/5/1982 12:00:00 AM

LOS MITOS QUE MURIERON EL 30 DE MAYO

La lista es grande. Pero, ¿podrán resucitar?

LOS MITOS QUE MURIERON EL 30 DE MAYO LOS MITOS QUE MURIERON EL 30 DE MAYO
Más que saber quién ganó en las elecciones del 30 de mayo, que es cosa que no quedará claramente establecida sino cuando se conozca la conformación del gabinete del presidente Belisario Betancur, interesa saber quién perdió.
Pero no es fácil, porque todos los protagonistas de la derrota se esfuerza n por enredar el asunto entre vituperios y recriminaciones. El propio gran derrotado, el candidato López Michelsen, dio la pauta ofreciendo una curiosa explicación: el derrotado no fue él, sino el partido liberal; y el responsable de la derrota tampoco fue él, sino el expresidente Carlos Lleras. Tras haber analizado, unos pocos meses antes, su candidatura como la prueba de la impotencia de la gran prensa, analiza ahora el fracaso de esa candidatura como el resultado del poder de una prensa pequeñísima como es "Nueva Frontera", el semanario que dirigen Carlos Lleras y el ex-candidato Luis Carlos Galán. También derrotado en estas elecciones, puesto que no salió elegido presidente; pero, de acuerdo con complicadas interpretaciones, el verdadero vencedor. Todo esto recuerda el chiste que circuló a raíz de las elecciones presidenciales de 1970. Un costeño decía: "Yo no entiendo de política, voté por Sourdís; ganó Rojas: subió Pastrana; y está haciendo las pendejadas de Belisario".
Así no es fácil. Y lo es menos todavía si a eso se añade la profusión de mitos que caracteriza la política colombiana: el mito de la abstención, el mito de las maquinarias políticas, el de la gran prensa, el de la gran radio, el de los ex-presidentes liberales, el de la división entre país político y país nacional, el del enfrentamiento entre la costa y la cachaquería. Se da por sentado que todos esos mitos, y otros más, fueron derrotados en estas elecciones. Lo cual es tal vez cierto. Pero para saber cuánto vale de verdad esa derrota hay que tener en cuenta que todos ellos habían sido ya derrotados numerosas veces en el pasado. En Colombia los mitos políticos resucitan una y otra vez, cuantas veces sea necesario, porque lo que verdaderamente es necesario es que sean derrotados una vez más. Inclusive se crean pequeños mitos "ad hoc", de circunstancias, con el único propósito de que puedan ser derrotados. "Fue derrotado el mito de que el Chicó era galanista", declaran entonces satisfechos los mismos analistas políticos que habían inventado el mito de que el Chicó era galanista. Y así.
En este caso, por ejemplo, fue derrotado el mito del poder de la gran prensa, se asegura. Y tal vez sea verdad. Pero se olvida señalar que la gran prensa ha sido sistemáticamente derrotada desde hace ocho años por lo menos: con la primera candidatura de López Michelsen, y luego con su victoria; con la candidatura de Turbay, y con su victoria; con la segunda candidatura de López, y por último, con su derrota. Pues no alteró el resultado el timonazo de última hora de "El Tiempo", ni a Galán le sirvió el apoyo sin reservas de "El Espectador". Y en cuanto a la gran radio, lo mismo: Yamit Amat y "Caracol" no le dieron la victoria al candidato de sus predilecciones, como no pudieron dársela tampoco en la televisión Jaime Soto y Darío Silva Silva con sus respectivos noticieros.
Se dice también, y desde todos los ángulos, que fueron derrotadas las maquinarias clientelistas, los gamonales dueños de votos cautivos, el "país político" que escogió a López Michelsen como su candidato en la convención de Medellín, los electores de la Costa, de Antioquia, del Tolima, del Valle. Todo esto es cierto. Pero ha sido cierto muchas veces en el pasado, y sin embargo el mito de la invencibilidad de las maquinarias clientelistas sigue siendo reencauchado para cada elección.
Y otro tanto sucede con el mito del poder de los ex-presidentes, que si bien se mira no ha existido jamás. Ni Alfonso López en el 74, pese al abrazo de Chía ni mucho menos Carlos Lleras en el 66 y ni siquiera Julio César Turbay en el 78, fueron candidatos del corazón de Alberto Lleras. Lo mismo, y con mayor énfasis, puede decirse de Carlos Lleras.
Y sin embargo sus derrotas sucesivas no impiden que una vez más, cada cuatro años, vuelva a decirse: "Esta fue una derrota de los Lleras". Lo mismo pasa, por ejemplo, con el mito de la sagacidad política del novelita Gabriel García Márquez: se equivocó esta vez con López Michelsen, es verdad, pero también se había equivocado hace cuatro años cuando anunció en "El Espectador" la victoria de Belisario betancur sobre Turbay. Y lo mismo puede decirse del mito de la abstención: más de siete millones de colombianos votaron el 30 de mayo derrotándolo.
Pero es que la abstencíón sólo existe cuando no parece haber nada verdaderamente peligroso en juego: si los candidatos son Belisario y Turbay, como en el 78, ¿quién va a tomarse el trabajo de votar? Pero si hay el peligro del retorno de Alvaro Gómez, como en el 74, o del retorno de López Michelsen, como en el 82, hay colas ante las urnas.
Es cierto, sin embargo, que detrás de los mitos existen realidades concretas. Colombia es, en circunstancias normales, un país abstencionista. Y esto es así porque, dentro de la rigidez y la inercia del sistema que impera desde que se inventó el Frente Nacional, el voto no es considerado como algo que sirva para transformar las cosas, sino a lo sumo como una barrera contra males peores. También es cierto que existen las maquinarias clientelistas; lo que pasa es que su función no consiste en garantizar victorias, sino en aportar una determinada cuota de votos, cautivos o comprados: y en esta ocasión, como en todas, aportaron su cuota --sólo que esta vez, como otras en el pasado, esa cuota no fue suficiente para garantizar la victoria de su candidato. Y la gran prensa existe, y tiene un peso de opinión considerable; pero su papel no es el de hacer que triunfen sus favoritos sino simplemente--cuando de elecciones se trata--de opinar al respecto. Como lo hace también, por su parte, la gran radio, y a lo mejor con cierto éxito: es posible inclusive, aunque no sea muy verosímil, que varios cientos de millares de los votos que obtuvo López Michelsen hayan sido el resultado directo del verbo inspirado de Dario Silva Silva en la televisión. Y García Márquez, como todos los intelectuales, hace bien en opinar y en decir lo que piensa por fuera del campo estricto de su oficio literario: pero no hay razón para suponer que el peso de su pluma va a inclinar la balanza en favor de uno u otro candidato a la presidencia de la República.
Todo esto es así, pero no significa que los mitos vayan a morir esta vez definiti vamente: es sólo que han muerto una vez más, antes de su próxima resurrección, que sólo servirá para que puedan ser derrotados otra vez. Se volverá a hablar del peso de las maquinarias, del papel de los grandes electores, de la incógnita de la abstención. Nada de eso tiene mucha importancia, como no sea en el inconsciente colectivo. Y el inconsciente electoral de Colombia vive de la nostalgia de la época de la hegemonia conservadora, cuando al presidente lo designaba el arzobispo de Bogotá. Ya no es asi, pero Colombia no puede resignarse, y se la pasa inventando sucedáneos de arzobispo: Alberto Lleras, la gran prensa la maquinaria, la televisión. El arzobispó verdadero, entre tanto, se contenta de su pérdida de influencia entregándose a sus deberes de brigadier general.
Antonio Caballero

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