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| 5/29/1989 12:00:00 AM

LOS REYES DE LA COCAINA

POR GUY GUGLIOTTA Y JETT LEEN

LOS REYES DE LA COCAINA LOS REYES DE LA COCAINA
Dos periodistas norteamericanos del "The Miami Herald", Guy Gugliona y Jett Leen, ambos expertos en temas de América Latina, acaban de publicar en los Estados Unidos Kings of Cocaine, un libro de casi 400 páginas que ellos presentan desde la misma solapa como un recorrido por dentro y por fuera del llamado "cartel de Medellín", a lo largo de su escalada de violencia contra ministros, jueces, policias de Colombia y agentes de la DEA norteamericana. Este es, condensado, uno de los 34 capitulos que Gugliotta y Leen escribieron sobre Pablo Escobar, Gonzalo Rodriguez Gacha, Jorge Luis Ochoa, Carlos Lehder y otros señalados jefes colombianos de la droga. En inglés, el capítulo se titula "The Ramirez Contract" y narra como se gestó primero la prolongada caceria y se ejecuta luego el fulminante asesinato del coronel Jaime Ramirez, quien era entonces considerado el policìa antinarcóticos numero uno del mundo.

El 25 de enero de 1986, un hombre de mediana edad se hizo presente en la sede del F-2 en Bogotá. La policia lo reconoció como un soplón ocasional que tenia sus nexos con las guerrillas el M-19 en Medellin. En las raras ocasiones que ayudó a la policia, su informacion habia resultado exacta. Lo hacia por dinero. Pedía la tarifa normal, y màs tarde un poco más. La policia sospechaba que se trataba de un amante del juego o de un mujeriego, quien gustaba de hacer regalos costosos.

Su historia de ese sabado por la mañana tenía que ver con Pablo Escobar.
Dijo que unos dos meses atrás, Escobar había pagado por la muerte de un coronel de la Policia, cuyo nombre el ignoraba.
Era un trabajo gordo: 25 millones de pesos, mas gastos. Alguien había aceptado el contrato, pero terminó desistiendo a los dos meses. Quince días atrás, alguien más se había interesado: el comando en Medellin de la Brigada Ricardo Franco, un grupo segregado de las FARC y particularmente salvaje, que había ocupado poco tiempo atras titulares de prensa por torturar y asesinar a doscientos de sus propios integrantes, alegando que eran infiltrados de la Policia. La brigada habia nombrado a su jefe de ejecuciones,, Carlos Espinosa Osorio, alias Cuco, para "bajarse" al coronel. El soplon tuvo la delicadeza de aclarar que Cuco no tenía nada que ver con aquellas masacres del Ricardo Franco. El era un asesino, si, pero no estaba loco.

Según el soplón, Escobar había entregado a Cuco un anticipo de dos millones de pesos, que el sicario y su grupo utilizaron para hacer unas compras en el mercado negro de Medellin: cuatro pistolas Smith & Wesson de 9 milímetros, un revólver Ruger 357 y una subametralladora MAC-10 calibre 45. Todo esto lo echaron en la parte posterior de una camioneta Van de alquiler, que llevaron a Bogotá, escoltada por una motocicleta.
Esas mismas almas estaban ahora en el baul de un Renault 18 rojo, estacionado frente a una casa segura de propiedad de Escobar en Chia, al norte de Bogotá.

El soplón no sabia quien iba a ser la victima del plan pero, como Escobar y Cuco, poseia muchos datos sobre él. Venian, en su mayoria, de un teniente de la Policia que se había ganado la confianza del coronel y que la estaba traicionando por 5 millones de pesos. Cuco y sus pistoleros sabían, por ejemplo, que el coronel comenzaría a tomar un curso para ser general en la Escuela de Policía el día 25 de un mes no especificado; que la Unidad Antinarcoticos lo había agasajado con una fiesta de despedida en un club de Bogotá; que la DEA le habia prestado un Mercedes Benz blindado que su madre vivia en la diagonal 63 numero 27-41 en Bogota; que el tenía una casa de campo en Cajica, al norte de la capital; que manejaba un campero Toyota, placas AL-2618...

Sabían más y la Policia tomaba nota de todo, pero hacia ya rato habia deducido quien era la posible victima. La casa de campo era en Granada, no en Cajica, y el auto blindado era un Ford LTD, no un Mercedes. Pero solo un coronel se ajustaba con precision a esas especificaciones. El coronel Jaime Ramirez Gomez.

El soplón continuó. Otro grupo de Cuco dijo el ya había intentado ajusticiar al coronel, dos veces antes. Una en los antejardines de un club en Cajica, pero en esa ocasión había una escolta muy numerosa. La segunda, durante la Nochebuena en casa de su madre, pero el coronel habia estado todo el tiempo rodeado de sus familiares. Escobar-anadió el soplon quería matar al coronel pero no tenia interes en asesinar a mas nadie. El soplón añadió que el nuevo grupo de sicarios habia escogido tres lugares apropiados para dar muerte al coronel: frente a la panadería Paz del Rio en la avenida 68, en un cruce de avenidas cerca de la Academia de Policia General Santander, y en la casa de su madre.
El soplón dijo que el estaría en contacto con la gente de Cuco y que le complaceria dar mas información a la policia. Si deseaban cualquier cosa, que se lo comunicaran. Y, claro, que prepararan sus 400 mil pesos. Dos dias despues, el F-2 se reunió con el teniente de Policia, el coronel Teodoro Campo, jefe de la Unidad Antinarcoticos y le contó lo dicho por el soplon. Campo pidió al F-2 vigilar la casa de Chia y esperar el regreso del coronel Ramirez. El no quería molestarlo "hasta no estar bien seguros" .

Jaime Ramirez había sido relevado oficialmente como jefe de la Unidad Antinarcóticos por el teniente coronel Teodoro Campo Gomez, el 31 de diciembre de 1985. Se tomó 40 días de descanso y retorno a sus deberes en la segunda semana de febrero. Ramirez siempre se sintio muy bien sobre su oficio y sobre la vida en general, pero estaba especialmente contento en aquellos dias.

Y no era para menos. En los tres años que había prestado sus servicios desde la jefatura de Antinarcóticos, sus muchachos habian decomisado 27 toneladas de cocaina, arrestado a 7.941 hombres y 1.405 mujeres, confiscado 2.783 camiones, 1.060 automoviles, 83 lanchas y 116 aviones. Cincuenta y cuatro por ciento de toda la cocaina decomisada en el mundo durante 1985 fue incautada por sus hombres. Y un 95% de la cosecha de marihuana en ese mismo año fue destruida por el herbicida que fumigó el personal a su cargo.

Su unidad había sido condecorada como la mejor en el 85 y Ramirez había sido seleccionado para ser elevado al rango de general. Adelantaba clases para ello en la Escuela Superior de Guerra, y habia sido anotado en lista para ser promocionado muy pronto. A comienzos de 1986, Ramirez era sin duda el policia de narcóticos más famoso del mundo, una leyenda en su propio país, venerado por la DEA, consultado por sus colegas de Lima, La Paz, Washington...

Y buscado por el cartel de Medellin, que lo queria tanto como a nadie en toda su historia. No fue sorprendente que Escobar lo sentenciara. Escobar actuaba como si llevara un libro de todas aquellas personas que le causaban dolor. De vez en cuando, al parecer, sacaba el libro del bolsillo y examinaba los nombres Y de vez en cuando tachaba a uno de ellos con una cruz: Monroy Arenas, mayor del DAS, quien lo arrestó por droga en 1976; Rodrigo Lara Bonilla, quien le dijo que se fuera del Congreso en 1983; Tulio Manuel Castro Gil, quien lo sindicó por asesinato en 1984.

Y Jaime Ramirez. Nadie como él le habia costado tanto dinero a Escobar. Y ahora iba a pagarlo. Seria un gran golpe, quizás el mas duro que alguna vez había intentado el cartel. (...) Primero, Escobar encomendó el trabajo a sus propios hombres. Despues, traspasó el contrato a la brigada Ricardo Franco. Mas tarde, daría participación del mismo a otros miembros del cartel, vendiendo acciones de venganza. Gonzalo Rodríguez Gacha compró para tomar desquite de los millones que había perdido en Tranquilandia.
Hasta Carlos Lehder participó. Y el, quizas como ningun otro miembro del cartel de Medellín, tenia razones para desear la muerte de Ramirez. (...) El no había podido capturarlo, pero había enviado a su novia a la carcel, decomisado su mercancia y su dinero, y lo había lanzado a una fuga desesperada durante mas de un año. En septiembre de 1985, circulaba por las salas de prensa en Bogotá la fotografía de un Ledher más barbado, con ojeras y pinta de medio-loco. El propósito era mostrar que Lehder se había unido a la guerrilla del Quintin Lame, bajo el nombre guerrero de "Rambo".
Lehder ya no era nada. Y la razón de mayor peso se llamaba Jaime Ramirez.

En febrero de 1986, Ramirez, su esposa Helena y sus hijos Jaime y Javier se mudaron a su nueva casa en los terrenos de la Academia de Policia General Santander en Bogotá. ( . . . ) Era mas seguro, por lo menos para su familia. El, no obstante, tenía que manejar a la Escuela Superior de Guerra todos los días.

Sin embargo, Ramirez no estaba muy preocupado. Ni siquiera cuando escuchó junto a su esposa la historia que les conto el teniente Campo. Los agentes habían vigilado la casa de Chia por una semana y no habían detectado nada anormal. El Renault estaba alli, como el soplón había informado. Pero, "y qué" Lo peor ocurrió cuando los vecinos vieron a los del F-2 tomando fotografías de la casa y llamaron a la policia. Aquello fue muy vergonzoso.

Ramirez empezó solamente a preocuparse despues de visitar el F-2, hablar con el soplón y hacerle sus cinco o seis preguntas de rigor. Las respuestas del soplón lo contrariaron. "Ese tipo no miente", le dijo a su familia. "Ese tipo esta diciendo la verdad" Pensó que tenía que incluir al soplón en la nómina, pero el F-2 sólo podía gastar 20 mil pesos. "No importa", dijo Ramirez. Se llevó al soplón en su carro hasta la sede de la DEA y hablo con el agente especial a cargo, George Frangullie. El soplón repitió lo que sabia. Frangullie asintió con la cabeza y le entregó el dinero. El soplón regresó a Medellín, con la promesa de permanecer en contacto.


(...) En los próximos ocho meses, Ramirez fue y vino de la Escuela y de la Policia en el LTD que la DEA le habia dado. Cargaba un revolver calibre 38 y una MAC-10, ademas de un chaleco a prueba de balas. Su chofer llevaba tambien un revólver de las mismas características, de igual manera el coronel de la Policia que iba a la escuela con Ramirez, y que aprovechaba el "chance" que le daba su compañero. Los dos sabian que Ramirez vivla bajo amenaza de muerte, pero no conocian los detalles.
Ramirez pensaba que no les convenía saberlo. El chofer cambiaba su ruta a diario y habia tomado cuidadosa nota de los sitios de emboscada que habia descrito el sopló. Cuando era posible, una motocicleta de la policia se adelantaba sobre la via que seguiría después el LTD.

La tensión se apoderó de la familia.
Helena, una mujer atractiva, siete años menor que Ramirez, era nerviosa por naturaleza y sensible en extremo a los cambios de humor de su marido. (...) Los muchachos iban a la escuela todos los dias en un bus blindado y todos usaban chaleco antibalas en las raras ocasiones que salian a comer en familia. Afortunadamente, el joven Jaime (Jimmy) se parecía mucho a su padre. Calmado, inteligente, muy seguro a sus 10 años. Había aprendido a disparar la MAC-10 y la cargaba cuando salian. En los restaurantes, la mantenia en el piso, entre las piernas .

Aun así, esa no era una manera de vivir. El padre de Ramirez, casi de ochenta años, preguntaba por el, diciendo que se la pasaba soñando con su muerte. Ramirez no se atrevia a visitarlo, pero llamaba a su hermano Francisco se lo contaba todo y le pedía que calmara al viejo.

-"Es imposible esconderle lo que pasa -decía Ramírez-, pero disminuyanselo".

Al principio, el soplón se reportó con cierta regularidad, dando a la Policia una justa y detallada descripcion de los movimientos de Cuco. Las noticias no eran buenas. Se rumoraba que el grupo de sicarios contaba ahora con un numero ilimitado de explosivos, granadas, cohetes y lanzallamas, siete carros, una mini Van y un taxi. Dijeron que pensaban minar la finca de Granada y volarla con Ramírez adentro. Un par de meses después, el soplón dejó de llamar, y se secó entonces el flujo de información.
La Policia se preocupó en extremo. Aumentaron la protección, a Ramirez y redoblaron los esfuerzos para conseguir más información. La casa de Chia era un callejón sin salida. Nada ocurría allí.

El teniente traidor no habia sido descubierto y el F-2 concluyó que finalmente no existia. Ramirez tenia ahora un oficial civil, tres de patrulla y un escolta con moto que lo protegían a todas horas.

En mayo, la Unidad Antinarcóticos envio al capitan Octavio Ernesto Mora Jiménez a Medellin con el fin de encabezar un grupo de inteligencia que, entre otras cosas, verificaría las amenazas contra Ramirez. Oficial con experiencia, Mora había trabajado para Ramirez en el pasado y se reportaría ante el directamente. Se entendia que Mora buscaría acercarse a la organización de Escobar.
Una misión delicada, pero Mora habia llevado a cabo ya algunas similares.

Mora llamaba a Ramirez con frecuencia. Se las había arreglado en contactar a familiares de Escobar. Confirmó que Cuco tenía aun el contrato para matar al coronel, por veinte millones y que tanto Rodríguez Gacha como Lehder estaban en eso. Sus fuentes habian insinuado sin embargo, que Escobar pensaba retirarse del negocio o ya lo había hecho.
Mora no sabía las razones, pero continuaria indagando.

A propósito, Mora dijo que la gente de Escobar le habia dicho a el que Escobar queria reunirse con Ramirez y charlar. Ramirez no estaba interesado. Esta era otra variante de un tema que él habia estado escuchando por casi cuatro años.
El y Escobar dentro de un cuarto, un par de fotos y toda su carrera que se va por el inodoro. Ramirez pidió a Mora que le dijera a Escobar que si el se entregaba, Ramirez le aseguraría un tratamiento justo (...)

Ramirez descansó el 21 de octubre cuando se entero que Carlos Alberto Espinosa Osorio, mas conocido como Cuco, habia sido muerto en Medellin, durante una balacera. El capitan Mora lo llamó y le dijo que ahora era mas probable que Escobar cancelase su sentencia. Con Cuco muerto, resultaba muy difícil que alguien mas se le midiera a matar a Ramirez en un futuro cercano.
Le tocarla repetir gran parte de la averiguacion. Si no toda, casi desde el principio.

A Ramírez le gustó tanto esta noticia que llamo al F -2 y pidio que le quitaran los guardaespaldas. Se sentia mas seguro y no existia indicio alguno de que los asesinos se hubieran acercado a la familia (...) Mora lo telefoneaba casi a diario y Ramirez comenzó, por fin, a tranquilizarse. En dos meses, la odisea habria concluido, y él podria retornar al servicio activo.

El jueves 13 de noviembre de 1986, Francisco Ramirez, consciente de que las cosas habian mejorado para su hermano, lo invito en su nombre y en el de su esposa Lucero, para que con Helena y los niños fueran a su finca de Sasaima el próximo lunes, que era fin de puente.
El viaje de treinta minutos seria muy corto y sin muchos riesgos. Jaime dijo que lo pensaría.

A las 10 a.m. del viernes, Ramírez recibió una llamada de Mora desde Medellin. Mientras le escuchaba, su rostro fue adquiriendo una paz inusitada y empezó a conversar con mejor animo. Habló otros diez minutos y colgó.

"Suspendieron mi sentencia" -le dijo a Helena. Le conto que Mora había averiguado y confirmado que Escobar no estaba mas interesado en matarlo. No ahora, por lo menos. Que podia tomar la vida con mas calma. Pero algo mas tenia Mora que decirle a Ramirez.

Ramirez le había dicho que el no quería seguir hablando por teléfono. Que mas bien Mora viniera a visitarlo.
"Perfecto" -dijo Mora. "Cuándo puede ir " "Venga el lunes por la tarde, como a las siete de la noche -replicó Ramirez-, creo que voy a estar fuera este fin de semana" .

Los Ramirez salieron de Bogotá el domingo por la tarde. El Ford blindado de la DEA quedó en el garaje, y la familia se monto en el campero Toyota. Por primera vez en meses, Ramirez se sentia relativamente seguro. No había descartado por completo el peligro pero no estaria mucho tiempo en carretera y estaba confiado de que habrla mucho trafico por ser puente festivo. Una emboscada seria muy difícil. Aunque, por si acaso, Jimmy llevaba la MAC-10 sobre el piso en la parte posterior del Toyota.

La familia se detuvo a almorzar en una finca de Madrid, ya en las afueras de Bogotá, y luego siguió una hora hasta Villeta para pasar la noche en casa de un amigo. A las 10 de la mañana del lunes, todos estaban de nuevo en el Toyota, que en media hora llegó a la finca de Francisco en Sasaima.

Todos -padres, hermanos, hermanas, sobrinas y sobrinos estaban allí, y Ramírez lo disfrutó mucho.
Era un hombre sociable por naturaleza, un bromista y un contador de historias que no cambiaba sentarse a conversar en el patio con su familia por nada del mundo. Parecía que pronto sería nombrado jefe de personal de la Policía, y ya hacía planes para reclutar de nuevo a sus oficiales favoritos, para estimular a policías de asalto y comandos regionales a interesarse en la lucha contra las drogas.
Eran especulaciones, pero a Francisco le encantaba escucharlo. Jaime se veía relajado y eso, pensaba Francisco, era bueno. ¿Acaso el peligro había terminado? Jaime, deseando que eso ocurriese, lo daba ya como un hecho.

A las 4 y 30 p.m., Ramirez echo su silla hacia atrás, rechazó otro plato de costillas de cerdo que le ofrecia Lucero y habló a su familia. Esa tarde regresarían a Bogotá. Era mejor irse temprano.

Cuando los Ramirez partieron, otros autos estacionados al azar cerca del Toyota, encendieron sus motores y se fueron detras de él. Después la gente de los alrededores recordaría haber visto a los conductores de esos mismos autos dando vueltas por alli durante varias horas. Los vecinos no reconocieron a nadie. En aquel momento nadie sospechó de nada.

A las 5 y 43 p.m. , ese 17 de noviembre de 1986, el Toyota de los Ramirez comenzó a cruzar el puente sobre el río Bogotá, que separa el departamento de Cundinamarca de la capital. El tráfico era pesado, pero manejable. Los Ramirez avanzaban lentamente sobre el lado derecho de la via.
Cuando el Toyota habia cruzado un poco mas de la mitad del puente, un Renault 18 rojo lo aproximó por la izquierda, como si fuera a pasarlo, pero aminoro la velocidad y lo emparejo. Una subametralladora MAC-10 se asomó en el asiento delantero del Renault, por la ventana del pasajero. El arma carraspeo una vez y tosió luego todo su estrepito prolongado de violencia.

Ramirez, fulminado por los impactos, cayo de bruces. Herida sin gravedad en una rodilla, Helena agarro el volante y lo inclino hacia la derecha, maniobrando el Toyota hasta un lado del puente, donde lo detuvo contra el anden. Javier estaba bien. Una bala le había rasguñado una mano, pero Jimmy había sido herido en ambos muslos y sangraba copiosamente.
Aun así, había buscado a tientas en la oscuridad por su MAC-10. La habia envuelto en una sabana y la había escondido un poco, para que no la vieran sus primitos en casa de Francisco. Ahora que la había necesitado, no pudo hallarla.

El Renault avanzó un poco y se estacionó delante del campero. Las puertas se abrieron y salieron tres hombres. Todos en sus veintes, bien vestidos y aseados. Todos cargaban subametralladoras.
El chofer permanecía en el Renault, con el motor prendido.

Dos de los pistoleros se cuadraron de pie, uno frente al Renault y el otro detrás del Toyota. El tercero camino hasta la puerta del conductor del campero, la abrió, apreto el gatillo de su MAC-10 y vacio el cargador en el cuerpo de Jaime Ramirez.

Helena abrió la puerta del otro lado y se tiró al piso. Gateando agazapada llegó hasta la parte posterior del Toyota donde se encontró cara a cara con uno de los centinelas.

"Por favor, no me maten" -dijo ella. El pistolero la miró, dio media vuelta, se encaramó al Renault y partió con sus amigos.

Con la llegada del nuevo año, los compañeros de clase de Jaime Ramirez se convirtieron en generales. Helena de Ramirez solicitó al gobierno que le concediera a su esposo una promoción póstuma. Los superiores de Ramirez respaldaron la peticion, encomiando su excepcional labor. El documento recorrió la jerarquia militar y fue recibiendo firmas y sellos de aprobación.

El 20 de mayo de 1987, el Ministerio de Defensa envió una carta a Helena. La muerte de su esposo, decia, no cumplió desafortunadamente con la "norma en referencia". No fue tampoco el resultado de "actos meritorios en servicio" o "actos de orden público". No murió "en combate o por conflicto internacional". En otras palabras, Ramirez no fue asesinado en ejercicio.

Y el Ministerio no hacía excepciones. -

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