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| 10/17/1994 12:00:00 AM

MARIA BONITA, MARIA DEL ALMA

La autobiografia de María Félix está causando sensación en México. Es la primera vez que 'La Generala' se atreve a contar al mundo los secretos de su fantástica vida.

MARIA BONITA, MARIA DEL ALMA MARIA BONITA, MARIA DEL ALMA
FUE ACUSADA DEL SECUESTRO DE SU PROpio hijo, del asesinato de su secretaria, del robo de un collar de esmeraldas, de haberse casado con un hombre sólo por su dinero, de ser amante de otro con miras publicitarias, de lesbianismo y hasta de ser adicta a las drogas. Conoció el amor loco, la pasión sin freno. La acusaron de ser, devoradora de hombres y destructora de hogares. Amó, hizo 47 películas que ahora son clásicas, vivió en las ciudades más bellas del mundo y en todas partes la acogió la aristocracia del talento.
Su autobiografía, que le narró al historiador mexicano Enrique Krauze, está causando furor. Se trata de un documento sin precedente en la vida mexicana. "María Félix, todas mis guerras", es un testimonio descarnado de la mujer que hizo época en el cine latinoamericano. SEMANA presenta algunos apartes de ese extenso libro publicado por la Editorial Clío.

***
Aquí estoy, desentilichando el alma. Contar mi vida en un libro ha sido la más difícil de mis guerras. Para hacerlo tuve que apretar mis marfiles, porque hablar de uno mismo es como dar un salto al vacío. Se necesita valor, pero también inteligencia, para revelar sentimientos y decir verdades que forman parte de nuestro ser más íntimo.
Entre mis amigos digo con frecuencia que ya hice todas las guerras y quise que un libro tan personal como éste llevara mi sello desde el título. En efecto, he librado todas las guerras habidas y por haber, luchando como fiera por sobrevivir. En el cine gané una guerra personal cuando me propuse ser la mejor. En la vida personal he ganado guerras más difíciles por defender mi libertad contra viento y marea. También el amor es una guerra. Yo no me puedo quejar de los hombres, porque los he tenido a montones y me han tratado fabulosamente, pero a veces tuve que lastimarlos para impedir que me sojuzgaran.
Por higiene mental y por falta de espacio en mis cajones he quemado cartas de Agustín Lara, he roto la guitarra que me regaló Pedro Infante, he regalado a mi hijo Enrique muchos carteles y fotos y recortes de periódicos de todo el mundo que me estorbaban para respirar. Quique se enoja cuando hago fogatas con mis recuerdos, pero yo prefiero vivir el momento sin esos fantasmas.
¿Para qué voy a guardar cosas de tanta gente que ahora está empujando margaritas en los cementerios?

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En las entrevistas me ponen una cara de taruga que yo no tengo y me atribuyen frases cursis que nunca dije. Me divierte la obsesión de los reporteros por mi edad. Según ellos, tengo 120 años. He llegado a pensar que la historia de mis años no es mía, es una historia de los demás. Yo no le tengo miedo a la vejez, le tengo miedo a algo más peligroso: al derrumbe de una mujer. No le temo a las canas ni a las arrugas, sino a la falta de interés por la vida

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Entre mis guerras no menciono la del éxito porque no me costó ningún trabajo obtenerlo. Más bien he luchado por no creérmelo. Desde niña sólo recibí cumplidos y halagos. Para mí la belleza es una condición natural. No me pongo en la punta del sombrero todo lo que he hecho con ella, porque fue un regalo de la vida. La belleza para mí ha sido una buena almohada. Por eso, cuando alguien me ataca, sencillamente no comprendo el motivo, porque estoy acostumbrada a que me echen flores.
Si yo me hubiera creído tan maravillosa como la gente decía de mí, hace tiempo que me hubiera vuelto loca o drogadicta o alcohólica. Todo el mundo me festejaba por cualquier cosa: ¡Oh, qué inteligencia! ¡Qué guapa! ¡Qué gran sentido del humor! ¡Cómo viste! ¡Qué elegancia! Nunca me creí tan guapa, ni tan simpática, ni tan inteligente, ni tan divertida. He conocido el gran éxito, me han llamado la mujer más hermosa del mundo en revistas internacionales de gran tiraje como Life, Paris Match y Esquire, y para cualquiera resulta duro aguantarse ese paquete. Yo no creo en mi propia imagen, pero me divierto mucho con ella.

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El éxito lo considero inferior a la celebridad. Exito lo puede tener mucha gente. La celebridad te coloca y te apoya toda la vida. El éxito depende de las circunstancias, de la suerte y de que lo sepas aprovechar. El éxito lo haces tú. La celebridad te la dan los demás. Mi iniciación en el cine fue fabulosa. Yo nunca luché por un papel: me los daban todos. Nunca sufrí por subir, ni por tener dinero ni por amar a un hombre. Para lo único que sí he luchado, y muy fuerte, es para aprender, porque yo entré al cine sin saber una palabra de actuación. Claro que si hubiera sido tonta no me habría mantenido 50 años en el mismo lugar, ni con todo el oficio del mundo. La imbecilidad no lleva a ningún lado. Mi celebridad no fue un premio del destino. Fue la consecuencia natural de haber elegido siempre lo que me convenía. Ese verbo, convenir, ha sido la clave de mi conducta, y no es de extrañar que lo repita mucho en este libro. Mi egoísmo ha consistido en rechazar películas, amistades, ofertas de matrimonio que no me convenían. Para eso hay que poner la sangre fría por encima del sentimiento.

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Vale dar más envidia que piedad. Si yo dijera delante del mundo que soy pobre, nadie me lo iba a creer. Tengo mi rolls, tengo mis joyas, y otras cosas que no escondo porque me las gané con mi voluntad y con mi disciplina. ¿Cómo quieren que me vista? ¿De huarache? De huarache sólo en mis películas de revolucionaria, pero ante mi público me pongo mis mejores alhajas y mis mejores galas, porque así están acostumbrados a verme. En la calle es distinto. Ya no puedo salir con mis joyas como antes porque el mundo ha cambiado, hay demasiada pobreza y ahora es una provocación llevarlas.
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Si el hombre que adoro y el hombre que me gusta tiene dinero, pues no me molesta para nada... pero para nada! Hacer circo, maroma y teatro con alguien que me gusta no tiene nada de malo. Pero si tengo que irme a la cama con un señor que no me gusta, prefiero procurarme yo sola mis lujos. Cuando un tipo no me gusta, yo como mula maizera me quedo parada y de ahí no me mueven.
Quizá no he sufrido el tormento de los celos porque nunca me enamoro de un hombre al extremo de sufrir por él. Sin embargo, lo que más me gusta en el amor es querer, pues querida lo he sido siempre, a veces demasiado.
Conocí el amor loco, la pasión sin freno, pero me duraron poco porque a esa tensión, a esos voltios, a esa temperatura de 40 grados no se puede vivir mucho tiempo. Después de que uno arda en llamas la pasión se va y entonces queda una cosa confortable, menos intensa pero más divertida. Yo no soy de las mujeres que adoran a sus amantes. ¡Dios me libre!
Todos mis hombres han sido sexys. No tengo un concepto preciso de belleza masculina: un hombre puede ser guapo de muchas maneras. ¿Cómo defino yo al sexy? Pues el sexy es el hombre con el que una tiene ganas de hacer el amor cuando lo ve vestido. Ese deseo no lo despierta un guapete cualquiera. El sexy es el que tiene estilacho, el que te habla bajito, el que se pone más guapo cuando cierra la puerta, el macho con palabras de amor.

El hombre al que más quise en la adolescencia fue mi hermano Pablo. Es normal que una niña se enamore de su padre o de sus hermanos, pero mi familia vio con malos ojos algo que se dio de la manera más inocente. Pablo era un dios de guapeza: moreno, con el pelo rubio veteado por el sol y un lunar junto a la boca idéntico al mío. Le decían el 'Gato' porque tenía los ojos muy claros, casi amarillos. Cantaba y tocaba la guitarra como los mismísimos ángeles. A esa edad yo no sabía nada de tabúes ni de prohibiciones y estar cerca de mi hermano me parecía lo más natural del mundo. El despertar de la adolescencia es una flor que se abre y a esa edad el afecto brota del modo más natural. Pero mi madre se dio cuenta de que mis relaciones con Pablo no eran como las de todos mis hermanos y nos comenzó a separar. No podía estar mucho tiempo cerca de él, sentarme en sus piernas o treparme en su espalda, porque ella se ponía furiosa. Primero nos prohibió que saliéramos juntos al campo y después convenció a mi padre de que internara a Pablo en un colegio Militar. En una de sus licencias vino a verme con su uniforme de cadete. Estaba tan guapo que me temblaron las piernas. Al verlo de militar pensé en buscarme un muchacho como él, que tuviera su piel y sus ojos pero que no fuera mi hermano. Era una tontería, porque el perfume del incesto no lo tiene otro amor.
Poco después nos llegó la noticia de que lo habían matado en el Colegio Militar. Sin Pablo todo se me nubló. Me daba tristeza salir al campo y no quise volver a la fuente donde nos habíamos bañado juntos.

***
A pesar de tantos homenajes a mi belleza, no me había cruzado por la mente la idea de hacer carrera en el cine. Era dueña de mis actos y podía irme con el hombre que me diera la gana sin deberle favores a nadie. Tenía un criterio moral muy avanzado para la época. Pensaba -y pienso aún- que hacer el amor con el hombre que yo había elegido era correcto y sano. Lo inmoral hubiera sido haberme acostado con un fulano por interés. Mi gran delirio de grandeza era viajar al extranjero, pero en la fama nunca pensé. Ni siquiera veía películas mexicanas y el cine me parecía una cosa de otro planeta.
Entonces apareció en mi vida el ingeniero Fernando Palacios. Un día iba caminando por la calle de Palma, cerca del Zócalo, me detuve frente a la vitrina de una casa de antiguedades, cuando escuché a mis espaldas una voz masculina.
-¿ Y a usted no le gustaría hacer cine?
Al voltear vi a un hombre maduro, distinguido, que se había detenido en la vitrina al ver mi reflejo.
-¿Por qué tengo que hacer cine? -le dije-. ¿Qué le pasa a usted? El día que yo entre al cine lo haré por la puerta grande. Y él me respondió con una sonrisa: -no sé quién será usted, pero con el porte que tiene puede entrar por donde mejor le parezca.

***
La oportunidad para hacer cine se presentó cuando Gabriel Figueroa me hizo unas pruebas de fotogenia que salieron muy bien y me ofrecieron el estelar femenino de una película de Producciones Grovas titulada El peñón de las ánimas, que iba a dirigir Miguel Zacarías. Dije que me parecía fantástico y me llamaron a firmar el contrato. Ahí empezaron las dificultades.
La primera fue por el dinero. Querían pagarme una bicoca y no acepté. Pedí 5.000 pesos, un sueldo altísimo para una principiante. Hubo un estira y afloja pero al final me los concedieron, de otro modo yo estaba decidida a no aceptar la película. Me los tuvieron que dar, pero al día siguiente fui a jugar póker a casa de la señora Russek y perdí hasta el último quinto.
Con mi nombre también hubo líos. Querían que me llamara Diana del Mar. Ni loca, les dije, yo no me pongo un nombre tan cursi. Luego me propusieron uno peor: Marcia Maris. Me negué rotundamente a llevar seudónimo y finalmente se resignaron a que saliera en los créditos con mi nombre completo: María de los Angeles Félix.

***
El señor Miguel Zacarías me veía orgullosa y arrogante, pero así era yo por naturaleza, y estaba empeñado en quitarme la insolencia con malos modos. Tres días antes de comenzar la filmación me dijo que una actriz debía ponerse de rodillas ante su director. Estábamos en mi apartamento ensayando una escena en que yo tenía que hincarme a rezar en un cementerio. Yo le dije que me hincaría frente a la cámara, pero no a solas con él, porque me parecía humillante.
-¡Cómo que no!- se puso a gritar-. ¡Te hincas aquí delante de mí! Yo te voy a domesticar. ¿Te crees mucho por ser bonita? Pues, ¡al diablo con tu hermosura! ¡De rodillas!
- Primero muerta que arrodillada le dije, y lo corrí de mi casa.

***
Jorge Negrete se obstinó en hacerme la vida pesada. El vivía con Gloria Marín y había pedido que le dieran el papel a ella para repetir el éxito de 'Ay Jalisco no te rajes'.
Pero como no me pudo quitar del reparto estaba predispuesto en mi contra. Nuestra primera pelea fue por los camerinos. En Hollywood yo había visto que los grandes actores tenían su camerino dentro del set, una como casita con ruedas. Pedí que me la pusieran, y como eso no se usaba en México, Jorge fue con el productor a quejarse de que una desconocida como yo no tenía derecho a esos lujos.
La pelea continuó en una locación a la orilla de un río. Me había demorado un poco retocándome el cabello y Jorge se impacientó.
-¡Si esta señorita no está lista en cinco minutos, me voy! -le gritó al director.
-No espere los cinco minutos y vayase de una vez- le contesté, y para tardar más arrojé mi chongo postizo al río. Luego, cuando ensayábamos una polca me dijo: ¿Con quién se acostó usted para que le dieran el estelar?
-Usted tiene más tiempo en este negocio -le dije-, así que debe saber con quién hay que acostarse para ser estrella.

***
Jorge tenía un poco de razón para estar furioso porque yo también le hice algunas diabluras en la película. En la escena final, cuando se estaba muriendo, lo tenía tomado de la cabeza y de pronto se la solté sobre unas piedras. De milagro no se escalabró.

***
Por desgracia, mi familia no comprendió el esfuerzo que yo estaba haciendo. En ese tiempo el mundo de la farándula era mal visto, se creía que las actrices iban de cama en cama para conseguir un papel, y cuando mi papá supo que yo había hecho una película mandó hacer un pergamino que hizo firmar a todos mis hermanos y en el que dijo que yo era una perdida y una mala mujer y una vergüenza para la familia, y los puso a todos como testigos. Aquello lógicamente me dolió, pero hasta cierto punto me quitó un peso de encima. Fue como una licencia para volar.

***
Algún día, cuando me vuelva vieja, me vestiré toda de negro, me peinaré de chongo y caminaré despacio por un bello jardín con un bastón en la mano para pegarle a los niños cuando griten: ¡Es María Félix, es María Félix!. -

EDICIÓN 1879

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