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| 9/13/1993 12:00:00 AM

Misterio en Cartagena

Ningún resultado concreto y muchos secretos dejó la visita de Fidel Castro a Cartagena.<BR>SEMANA revela de qué habló con Gaviria.

Misterio en Cartagena Misterio en Cartagena
CUANDO SE ANUNCIO LA VIsita de Fidel Castro a Colombia, lo que siguió fue un verdadero terremoto en los medios de comunicación y en los ambientes políticos. ¿Qué podría esperar el presidente César Gaviria de la visita de quien propició la lucha armada en el país? ¿No tenía algo de irónico que fuera precisamente Colombia uno de los Estados que le diera la mano al sempiterno promotor de revoluciones?
Pero cuando los colombianos vieron descender del avión que le condujo a Cartagena desde La Paz -donde se había encontrado con Gaviria para asistir a la posesión del nuevo presidente boliviano- muchos vieron en el semblante avejentado y adusto del presidente cubano la justificación del encuentro. Castro desde un principio mostró una cara muy distinta de aquel orador fogoso y combativo que atacaba con igual vehemencia al imperialismo norteamericano y a sus "lacayos del continente".
Los colombianos vieron a cambio a un hombre que atraviesa por el conflicto de mantener su palabra histórica sin perder la dignidad de 34 años de lucha. Un hombre en medio de la encrucijada, tratando de retomar sus pasos para no caer en el abismo.
Aunque los colombianos expresaron en las encuestas su apoyo a la visita, por razones que iban desde la solidaridad latinoamericana hasta la simpatía pura y simple por el caudillo, la clase política y los gremios económicos pidieron resultados concretos.
Sobre todo se esperaba que Castro condenara abiertamente el movimiento armado colombiano, como condición para recibir el apoyo abierto de Colombia para el levantamiento del bloqueo norteamericano. Pero Gaviria tenía, sin embargo, otras ideas al respecto.
UNA REUNION CON HISTORIA
La historia de la visita de Fidel a Cartagena comienza dos años atrás en México, con ocasión de la primera cumbre hispanoamericana que se celebró en Guadalajara. En ese foro los lideres de México, Venezuela, España y Colombia coincidieron en la necesidad de convencer al líder cubano sobre la urgencia de introducir cambios en el manejo económico y político de la isla.
Las nuevas circunstancias geopolíticas, sobre todo la caída del bloque soviético y por lo tanto de la mayor parte de sus socios comerciales,comenzando por los de Europa del Este, hacían evidente desde entonces que la isla se encaminaría muy pronto a un colapso total de su economía, con las consecuencias previsibles en el orden público.Para las cancillerías de esos países era claro que todo lo que se hiciera para evitar una guerra civil en Cuba, sería poco ante las catastróficas consecuencias que una salida sangrienta tendría en el área del Caribe en particular, y en América en general.
En esa ocasión se reunieron los líderes mencionados con Castro, para tratar de producir alguna reaccion en el presidente cubano. Carlos Andrés Pérez, con su retórica de siempre, hablaba de introducir una "verdadera" democracia en la isla, lo que no lograba sino producir en Castro su vieja respuesta de desprecio por lo que él llama democracia "burguesa". En cambio Carlos Salinas, Gaviria y Felipe González intentaban penetrar su fortaleza ideológica con un ariete mucho más pragmático: la economia.
Tres meses después en Cozumel, los miembros del grupo lo intentaron de nuevo, ante un Castro menos receptivo. La sensación que se produjo fue que el líder cubano se había sentido de alguna manera agredido. Castro estaba entonces a la defensiva, rechazó vehementemente todas las sugerencias políticas del presidente venezolano, y la reunión dejó un sabor a fracaso, motivado presumiblemente porque el cubano creyó encontrarse en medio de una especie de encerrona.
A pesar de todo, de nuevo resultó más asequible a los temas económicos planteados por los demás contertulios. Entre éstos quedó la sensación de que estaban arando en terreno abonado y que la cosecha podría producirse, siempre que se cuidara bien la sementera. Eso quedó evidenciado por la visita posterior a Cuba del ministro español Carlos Solchaga, porque es claro que ese país es el que tiene mayores inversiones que cuidar allí.
En el tiempo transcurrido entre Cozumel y la cumbre de Salvador de Bahía (Brasil), las cosas, lejos de mejorar, empeoraron para la economía cubana. La llamada tormenta del siglo, que produjo a comienzos del año más de mil millones de dólares en pérdidas, y la disminución de la zafra azucarera, que privó de otros 500 millones a la maltreeha economía cubana, se sumaron para poner al régimen contra la pared. Por primera vez, tal vez por los consejos escuchados de sus interlocutores latinoamericanos, Castro dio su brazo a torcer al tomar la medida histórica de legalizar la tenencia de dólares en la isla.
NUEVAS CIRCUNSTANCIAS
Eso demostró que el presidente cubano estaba dispuesto a flexibilizar sus posiciones, y, por lo tanto, que valía la pena seguir hablando. Pero las circunstancias eran distintas. Por una parte, Carlos Andrés Pérez había sido suspendido y su reemplazante Víctor J. Velásquez estaba inmerso en los problemas de su país.Felipe González no estaba disponible y Carlos Salinas de Gortari había reducido al mínimo su protagonismo, en vista del próximo debate en el Congreso de Estados Unidos sobre el tratado de libre comercio norteamericano (NAFTA)
Fidel Castro era el primer interesado en hablar, y César Gaviria quedaba como único interlocutor en condiciones propicias para un diálogo más reposado. Aunque se había acordado en principio que la reunión en Cartagena se realizara entre el jueves 12 y el viernes 13, el presidente cubano solicitó en La Paz (Bolivia), donde se encontró con Gaviria con motivo de la posesión de Sánchez, que se adelantara, con el argumento de que su aparato de seguridad y sus condiciones internas no le permitían ausentarse fácilmente de su país y que la reunión podría hacerse de paso hacia La Habana.
Esa solicitud produjo un impasse en la delegación colombiana. Gaviria sabía que el canciller español, Eduardo Solana, estaría alojado en la Casa de Huéspedes Ilustres de Cartagena, quien estaría en el país en visita privada por invitación de uno de los grandes conglomerados de negocios de Colombia, para examinar el tema de las inversiones españolas en el proyecto hotelero de Barú. Su presencia podría hacer que Castro se pusiera de nuevo a la defensiva, por lo que la conversación podría resultar en un fracaso.
Pero ante la insistencia cubana, Gaviria accedió a coincidir con el ministro Solana, quien efectivamente participó en una cena, pero muy poco en las charlas de fondo, como se llegó a decir durante la reunión. Al final, la presencia del español sólo sirvió para alimentar las especulaciones sobre el contenido de las conversaciones y sobre la eventualidad de que salieran de ellas anuncios espectaculares.
UNA RECETA CLARA
Pero en realidad, todo lo que sucedió fue una charla muy larga en la que por primera vez el líder cubano no arrolló a su eventual interlocutor con su retórica implacable y su verbo fácil.Esta vez quien habló y habló fue Gaviria, con un tema central inequívoco. El presidente colombiano se convirtió probablemente en la primera persona en decirle de frente a Fidel Castro que los problemas de su país no nacen del bloqueo norteamericano, como él se empecina en afirmar, sino del hecho escueto de que su sistema económico no funciona. "Fidel, ustedes con ese sistema político no salen adelante", fue una de las frases textuales utilizadas por el presidente colombiano.
El Gaviria economista le dio, por decisión del Gaviria político, una disertación a Fidel que se prolongó desde las sobremesas en la Casa de Huéspedes hasta las caminatas por la orilla del mar. Ante un Castro cabizbajo que escuchaba como un amigo regañado y que ocasionalmente tomaba notas, Gaviria habló en la primera sesión durante una hora y 35 minutos, y Castro le respondió en menos de una hora para rebatir los puntos en los que estaba en desacuerdo. Sobre el resto, dijo, lo tendría en cuenta para reflexionar.
Más que aceptar la adquisición de compromisos, Castro se limitó a escuchar por boca del presidente colombiano lo que es la esencia del pensamiento del grupo de los Tres y España alrededor de su economía: es claro que si Cuba quiere inversión privada extranjera, el grueso de la misma provendrá de sus países vecinos y amigos, sobre todo de los que son conscientes de la trascendeneia de una salida sangrienta en la mayor de las Antillas. Esas inversiones se dirigirían sobre todo a proyectos en el sector de servicios, entre los cuales hay uno específico de especial importancia con un grupo mexicano, que se refiere a telecomunicaciones. Pero para ello es absolutamente necesario que haya unas reglas del juego suficientemente claras, con unos elementos de apertura económica tan estable como para ofrecer suficiente seguridad a los inversionistas.
La receta de esos países respecto de Cuba es clara: en la medida en que haya apertura económica e inversiones cada vez más considerables,la transición política será una consecuencia inevitable y, sobre todo, pacífica.
Tal vez por eso Gaviria prefirió asumir un costo político indudable, ante la inexistencia de logros concretos tras la visita de Castro. Por eso, en el tema de la guerrilla se conformó con que Castro se limitara a recordarles a los periodistas que lo interrogaron insistentemente sobre el tema, que en las Declaraciones de La Habana, expedidas poco después de la revolución de 1959, no se instigaba al uso de medios violentos siempre que las condiciones así lo permitieran.
Gaviria apuntó más bien a que los dividendos de esa visita se traduzcan en mayores inversiones colombianas en la isla, pues es evidente que Cuba tiene un potencial enorme para los negocios en el futuro, y hay países como México, Brasil y sobre todo España, que han tomado una considerable ventaja al respecto.
Lo único que quedó en claro fue la extraordinaria cordialidad que animó la reunión. Castro viaja siempre acompañado por dos cocineros que le preparan sus platos preferidos con ingredientes transportados desde su país. Por eso, cuando se servía el buffet, ambos presidentes ofrecían sus manjares con un entusiasmo casi juvenil, mientras hacían alarde de sus respectivas recetas. Pero en materia económica, era claro que sólo uno de ellos tenía recetas suficientes para salir adelante.

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