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| 8/16/1993 12:00:00 AM

Morir sobre ruedas

Aunque parezca increíbloe, los accidentes de tránsito están matando más gente que la guerrilla y el narcotráfico.

Morir sobre ruedas Morir sobre ruedas
POR ESTA VIOLENCIA NO se ofrecen recompensas, ni se arman bloques de búsqueda para capturar a sus cabecillas. Tampoco se publican titulares de primera página en los periódicos, ni se constituyen comités para analizarla, ni se nombran asesores presidenciales para enfrentarla. Es la violencia de las carreteras.
Entre noviembre del año pasado y lo corrido de éste han muerto más de 6.000 personas en accidentes de tránsito y han resultado heridas otras 31.183. Estas cifras tan escandalosas tienen el triste honor de ser ya la tercera causa de muerte entre los colombianos, superando las enfermedades del corazón, el cáncer y la propia violencia socio-política. Como reconoció a SEMANA la directora del Intra, Zaida Barrero de Noguera, "las carreteras colombianas se han convertido en el escenario de una guerra entre los conductores y las señales de tránsito y el respeto por la vida". Las estadísticas (ver recuadro) vienen en aumento. De 76.000 accidentes que ocurrieron en 1984 se ha pasado a 130.304 anuales en el último período, la cifra más alta jamás vista.
Lo que más alarma a las autoridades del tránsito es que todo esto ocurre en momentos en que -según ellas- se adelanta una de las más intensas campañas de prevención contra la accidentalidad vial. ¿Qué pasa entonces? Para el Intra es muy claro. Esa violencia de las carreteras es, simplemente, el reflejo de la mentalidad indisciplinada del colombiano, de su agresividad, y del caos jurídico de las normas de tránsito, que deberían ser más drásticas contra los infractores y las empresas transportadoras que no cumplen las leyes.
A esto se suma la corrupción que existe entre organismos como el propio Instituto Nacional del Transporte. El martes pasado, por primera vez, la Fiscalía General de la Nación tomó cartas en el asunto. A iniciativa de la propia directora de la entidad, inició una investigación para establecer, por ejemplo, quiénes se están robando los pases de conducción. Esa misma semana se descubrió un faltante de 1.000 tarjetas vírgenes, que se suman a otras 3.000 desaparecidas misteriosamente durante los últimos dos años. El Intra también ha detectado que funcionarios de algunos centros de diagnóstico venden calcomanías y revisados como si los vehículos hubieran recibido el visto bueno de los técnicos, con lo cual se aumentan las posibilidades de fallas mecánicas durante los viajes.
A ese clima de inseguridad hay que añadir el desmesurado crecimiento del parque automotor -con un millón de vehículos en Bogotá, Medellín y Cali- que contrasta dramátieamente con el deficiente estado de las carreteras nacionales: de 26.000 kilómetros que existen sólo 12.000 están pavimentados, pero de estos últimos sólo un 30 por ciento se encuentra en buenas condiciones.
LAS FALLAS HUMANAS
A pesar de que todo lo anterior haría pensar que los conductores y pasajeros que se transportan en automóvil en Colombia son ante todo víctimas de problemas infraestructurales, lo cierto es que los principales causantes de este drama continúan siendo los conductores, responsables del 80 por ciento de los accidentes de tránsito en Colombia. Hemos descubierto situaciones de la más absoluta irresponsabilidad entre algunos choferes", aseguró a SEMANA la directora del Intra. La mayoría de fallas humanas ocurren porque conducen en estado de embriaguez, o con marihuana y otras drogas en su cabeza. También sucede que las empresas los obligan a manejar tanto tiempo, que se duermen al volante. "Pero lo increíble -agrega la funcionaria- es que en muchos casos, los accidentes se presentan porque quien conduce, a pesar de llevar un pase, no tiene ni idea de manejar".
Lo curioso es que, a pesar del mal estado de muchas vías, en especial de las rurales, sólo una pequeña parte de los 130.304 accidentes que se han presentado desde noviembre pasado han ocurrido en carreteras rurales, que por descuido, mal estado físico o carencia de señalización, reúnen las condiciones "ideales" para ser consideradas como de alto riesgo.
La mayoría, en cambio, se han presentado en las zonas urbanas. Bogotá (ver recuadro) ocupa el primer lugar de acidentalidad, con 33.535 casos, seguida de Antioquia con 28.953 y el Valle con 27.078. La verdad es que la gente conduce en las calles de las ciudades como si se encontrara en una autopista.
Lo primero que parece urgente acometer es una modificación del actual código de tránsito para hacerlo más drástico. Porque las sanciones que impone son casi nominales. Por ejemplo, por conducir embriagado ordena detención de 24 horas y retención del vehículo, cuando en otros países se castiga esa conducta con la prohibición legal y de por vida de conducir.
El código tampoco faculta a las autoridades para cancelar definitivamente la licencia a las empresas transportadoras que reinciden en las anomalías. "Hay empresas -sostiene la directora del Intra- que se sienten con patente de corso cuando tienen amigos en las altas esferas. Y evitan con esas influencias que se las sancione". Aún así, las sanciones son el único mecanismo jurídico que le pone freno a las empresas. Este año fueron sancionadas 18 de ellas en Antioquia por valor de 69 millones de pesos; tres en Atlántico por dos millones; seis en Bolívar por ocho millones; y cinco en Boyacá por dos millones. Pero el negocio de los transportadores es tan grande que esas cifras no parecen afectarlos demasiado.
Pero más allá de un necesario endurecimiento de las normas jurídicas, las dimensiones del problema -que está ya produciendo más muertos que la guerrilla y el narcotráfico juntos, una violencia que anualmente produce unos 5.000 asesinatos- obligan a pensar en una solución de mayor envergadura. Habrá que comenzar desde la escuela a educar a los futuros conductores y peatones, y esperar además que el clima general de agresividad en que vive el país desde hace ya por lo menos una década, se relaje y se abra campo una nueva convivencia en el cual las calles y carreteras dejen de ser el campo de batalla que son hoy.

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