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| 4/4/2017 6:42:00 PM

Murió el médico de los pobres

Gran parte de Boyacá y de Santander llora la muerte de Humberto Báez. ¿Quién era este hombre?

Murió el médico de los pobres A falta de un anestesiólogo en el Hospital San Antonio de Soatá, el doctor Báez se las ingenió para poder operar a los más necesitados: entrenó a las monjas del hospital para que le suministraran la anestesia a los pacientes mientras él los operaba.

Cuando Antonio Caballero escribió en revista SEMANA una columna a la que tituló ‘Chulavitización’, ni él ni la población de las provincias de Norte y Gutiérrez, en Boyacá, y García Rovira, en Santander, salían del asombro. Era enero de 1999, recién pasaban las festividades y el año nuevo los recibía con el secuestro de uno de los personajes más queridos de la zona: el doctor Humberto Báez, un médico nacido en Soatá -la capital del norte de Boyacá- que estudió medicina en la Universidad Nacional, en Bogotá, con mucho esfuerzo y una vocación, la de servir a la comunidad. Fue, como lo definen los amigos, un gran pupilo de Hipócrates, ese sabio de la medicina que decía que los médicos deben trabajar para la gente.

El día que lo secuestró el frente 45 de las Farc, luego de engañarlo con una falsa urgencia médica en el área rural de Capitanejo, Santander, boyacenses y santandereanos se conmocionaron. Cuentan que el doctor Báez llegó con su estetoscopio puesto, presto a ayudar, pero se llevó una ingrata sorpresa cuando lo que encontró fue guerrilleros armados. Sin embargo, más chocante resultó, como contó Caballero en su columna, la respuesta de las Farc al clamor de su familia: ““Si lo quieren de vuelta, paguen una contribución económica". Y cuando la familia alegó en descargo del secuestrado sus 34 años de dedicación a la salud de todos, guerrilleros incluidos, en esta vasta región del río Chicamocha olvidada hasta por la guerrilla misma, que solo hace unos meses se presentó por allá con sus uniformes nuevos para boletear cultivadores de tabaco, saquear tractomulas y tomar cerveza gratis en las tiendas de la carretera, el comandante ‘Alonso‘ respondió brutalmente: Son 34 años de explotar al pueblo. Así que multipliquen. Vayan contando la plata, y cállense la jeta””.

Ver: CHULAVITIZACION

Esos 34 años fueron los que el doctor Báez dedicó a los habitantes de los 23 municipios que se beneficiaban del Hospital San Antonio de Soatá cuando lo dirigía. Sus conocidos, casi todos también pacientes suyos, lo recuerdan como el cirujano que curaba todo, el que dejaba cicatrices “bien visibles”, el que trabaja 24 horas y siete días a la semana y que iba a donde fuera para atender a los enfermos, el que se quedó para poner la cara en su olvidado pueblo en la época en que la salud no era un negocio.

Lo llamaban por alguna urgencia médica y volvía hasta el otro día, no le importaba no dormir”; “viajaba a donde fuera y como fuera para curar a los más necesitados”; “la gente le atribuía facultades milagrosas: lo que no podía hacer el doctor Báez no lo podía hacer nadie”, fueron algunos de los comentarios que sus amigos y colegas utilizaron para referirse a él.

Varios de los que fueron aliviados por él, la mayoría campesinos, rememoran que no les cobraba o los curaba al fiado y que también luchó toda la vida por mejorar la prestación del servicio de salud en la región: participó activamente en la estructuración de la política de salubridad y saneamiento de ambas provincias y lideró la consecución de recursos para la construcción del nuevo Hospital San Antonio en los años noventa.

Era tan generoso que una vez una campesina que llegó al hospital con apendicitis y varias complicaciones le llevó un ternerito en compensación. El doctor Báez se negó y le dijo que más bien lo vendiera e hiciera mercado. Al poco tiempo la señora regresó con un pisco y este no tuvo de otra más que recibirlo.

Y tal era la confianza que despertaba en su pueblo que circulaba un chascarrillo que servía para retratarlo: una tarde el sepulturero estaba inhumando a un señor, pero de repente el "muerto" se levantó y le pidió auxilio al enterrador para que lo ayudara a salir, que era un error, que él estaba vivo. Pero el sepulturero, antes de asustarse, le dio un golpe en la cabeza y exclamó: “¿usted va a saber más que el doctor Báez? Y siguió cavando la tumba.

Tanto lo quisieron que ayer, a las once de la mañana, no cabía gente en la catedral de Soatá, donde se realizó su misa de entierro (casi 2.000 personas asistieron). A los 83 años, el doctor Báez, además de gran humanista y un historiador que como pocos conocía de la Guerra de los Mil Días y de Simón Bolívar, falleció el viernes pasado en el Hospital San Ignacio de Bogotá luego de varias complicaciones médicas. Esa tarde, él, que generalmente era el que consolaba a los familiares de sus pacientes fallecidos, era el motivo de llanto de los que debían estar consolando a su familia: las enfermeras y los doctores que lo atendieron en su recta final. Hoy su esposa, sus hijos y una región entera lamentan su partida.

EDICIÓN 1888

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